Diseñando

A veces me cuesta un mundo ponerme delante del ordenador (lo hago extensible al resto de cosas de la vida cotidiana excepto en mi trabajo) a hacer determinadas cosas, soy de esos de “deja para mañana lo que no quieras hacer hoy”, pero cuando se mezclan las ideas y una buena empieza a elevarse como el sol cuando amanece, eso ya no hay quien lo pare y entro en un proceso creativo que me tiene pegado a la pantalla hasta que lo termino.

La vida está llena de bifurcaciones entre las que uno ha de elegir: uno o dos, A o B, playa o montaña, Madrid o Barcelona (no os podéis quejar, he puesto todas las más típicas), pero he dado con la forma de no tener que elegir para así no tener que echar de menos, al menos por ahora, haciendo que el tránsito sea lo más agradable y menos doloroso posible.

Hace un año más o menos nació yokoyyo.com pero ahí quedó aparcada, en beneficio de otros proyectos, hasta que ha surgido una idea con gran fuerza que espero se mantenga viva mucho tiempo, una forma de volver a compartir las tonterías diarias que se me pasan por la cabeza.

Ya habrá tiempo de mudanza, ahora llega el momento de presentaros el aspecto del nuevo logo, simpático y divertido, que a veces hay que poner una pequeña tirita en alguna parte y continuar el camino. La vida sigue…

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Caza la emoción

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Creo que es la primera vez que hablo de coches en el blog, pero merece la pena. Hoy, echando un vistazo a la revista National Geographic del mes de julio me he encontrado con el coche de mis sueños. No es que estuviese en mis sueños, porque no lo había visto antes, de hecho hasta ahora mi coche deseado siempre ha sido el Hyundai Coupe.

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Me molan los coches deportivos, son mi debilidad, que tenga curvas y una forma especial, no sé, esto es como cuando te enamoras, no sabes exactamente por qué es, sólo sabes que te excita de una forma sobrehumana. Ahora mi nuevo coche soñado es el Peugeot RCZ, alq ue ya anuncian con el lema “caza la emoción”. Ha sido verle y enamorarme, dee su aire futurista, tan alejado del patrón de automóvil que conocemos, un deportivo aerodinámico con carrocería iluminada con leds.

¡Me encanta!

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Mi primer billete nuevo de 5 euros

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Tenía muchas ganas de que llegase el euro, el hecho de manejar una nueva moneda no es algo que ocurra a menudo a no ser que viajes de un país a otro. Fui uno de los que se fue al banco el primer día que salió la moneda, para recoger esa famosa bolsita de euros donde venían todas las monedas actuales. Durante bastante tiempo estuve pensando, supongo que como el resto de españoles y gente de Europa, y comparando con la moneda antigua, en nuestro caso la peseta. Si iba a comprar una barra de pan, cuando me cobraban, inmediatamente mi mente lo convertía a pesetas.

Afortunadamente con el tiempo dejé de pensar en las pesetas aunque de vez en cuando, sobre todo para comparar cómo nos la metieron doblada, hago cuentas y me pregunto cómo es posible que antes se llenase un carro de la compra con 5,000 pesetas y ahora con 30€ no compras ni dos chuminadas, o comprar un libro por un precio que ahora nos parece medio normal por 25€ y que te dé por pensar que se corresponde con casi 4,000 de las antiguas pesetas, una burrada.

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Los billets de 5€ hace poco tiempo que cambiaron, los había visto en imágenes pero en el intercambio de moneda no había caído aún ninguno en mis manos. Este, el primero, llegaba de forma curiosa por una confusión de Círculo de Lectores por la que me llegaban dos libros repetidos, uno gratis y el otro cobrándomelo. Al darme cuenta, el hijo del agente volvió a llevarse el libro y devolverme el dinero. Y fue en ese intercambio cuando me quedé extrañado al darme los 5€ pero enseguida caí en la cuenta de que este billete ya era distinto.

Cada moneda y cada billete tiene su pequeña historia, algunas son bastante interesantes. Por ejemplo, ¿qué probabilidades hay de viajar a otro país europeo, dar un billete en el que has escrito algo y que algún día ese billete vuelva a caer en tus manos? El destino sería poco 😛

Lo que tienen en común The Last Of Us de Naughty Dog y el perfume Pachá Ibiza Wild Sex

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Estoy impaciente por que este próximo 14 de junio se lance por fin The Last Of Us, de los creadores, entre otros videojuegos, de Uncharted. Este pasado fin de semana pude probar la demo y quedé encantado, sobre todo por su mecánica, sus posibilidades, la historia y un sonido que me dejó impactado, en un entorno con lluvia y con el 5.1 activado, parecía que estaba dentro del juego.

Hace ya bastante tiempo que tenemos noticias de The Last Of Us y una de las cosas más llamativas de un videojuego son su portada y el logotipo. Un logotipo que entonces me sonaba a algo pero no sabía exactamente a qué. Un logotipo con letras en blanco sobre un fondo negro que tienen mucho que ver con lo que el juego quiere mostrar, un pequeño hálito de vida dentro de un mundo en el que la humanidad está llegando a su fin.

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Hace un par de días, como siempre hago antes de irme a trabajar, me eché perfume después de ducharme. Suelo coger uno al azar o en función del ánimo pero sin detenerme en contemplaciones. Pero ese día al coger el perfume de Pachá Ibiza Wild Sex, reparé en el logotipo posterior de la caja, un logotipo con letras blancas sobre un fondo negro diciendo “I am the night”.

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Un parecido curioso, otra de esas maravillosas coincidencias que a uno le hacen pensar si a los de Naughty Dog de vez en cuando les da por echarse perfume de pachá.

El gato azul: El regreso de Sofía

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Después de algunas semanas en que apenas he tenido tiempo para sentarme a escribir como se merece, aquí os traigo la tercera entrega de esta historia. Escribir un relato o un libro conlleva mucho tiempo. Muchas veces cuando me viene la inspiración hago una sentada de algunas horas y, a veces, sale algo bueno. Otras veces en muy contadas ocasiones, me despierto en mitad de la noche y mi cabeza se inunda de buenas ideas, en ocasiones a consecuencia de sueños o pesadillas (que por qué no, también ayudan y mucho).

Detrás de mí, en la otra habitación, conservo una carpeta con decenas de hojas e historias de ese personaje que algún día espero sacar a la luz y que sólo los que estuvieron conmigo en la Residencia Universitaria Bartolomé Cossio tuvieron la oportunidad de leer en un fragmento que saqué en la primera revista mensual (esa que se nos quedó en el limbo del tiempo después, proyecto de los fanzines que tanto me gustan). Ellos, entre ellos mis amigos, pudieron leer el principio de todo, el primer episodio de la novela.

Ese personaje tiene su pequeña historia, y mientras crece y se desarrolla, otro ocupa mi tiempo, este curioso gato azul del que tengo tantas y tan buenas ideas que a veces no sé por cual comenzar. Muchos, a puerta cerrada, sobre el anterior capítulo le tomaron cariño al gatito que se salvó y el final lo consideraron un tanto trágico cuando pensaban precisamente que ese era el protagonista de la historia. No puedo contarles todo ni a ellos ni a vosotros. Me gusta saber que, cuando escribo, alguien no puede adivinar con tiempo lo que va a suceder en una historia, quiero que cuando una persona se siente a leer lo haga sabiendo que puede ser sorprendido… pero también que otras veces tiene el control, hasta el punto de no saber si lo que imagina será o no lo que ocurra.

Quizá con esta nueva entrega sepan perdonar la tragedia de la anterior. En el capítulo que váis a leer, se mezclan el tiempo presente y un pequeño flashback emotivo. Esa mirada atrás no es ni mucho menos el inicio de la historia, pero sí parte de ella.

El Gato Azul: El regreso de Sofía – por José Francisco Cedenilla

Sofía Tarenzi vio cómo su vida de repente daba un giro inesperado. Hacía apenas unos minutos ocupaba el asiento 42 de un pájaro volador en los cielos de Italia y ahora estaba sentada en el tercer banco de una iglesia. Pensó que se sentía como un mantel blanco colgando de una cuerda y meciéndose contra el viento bajo la luz del sol del atardecer de la Toscana, mientras alguien vareaba sus entrañas con fuertes sacudidas que, si bien eran dolorosas, tenian ese regusto amargo y a la vez dulce de la expiación de los pecados. Mientras enfocaba la vista en la figura de un Cristo crucificado, imponente sobre la cabeza del párroco, y bajaba la mirada hacia el ataúd semiabierto, no podía dejar de admitir que toda su vida se había visto condenada al mismo hecho, alejarse de las personas a las que más quería y quererlas en la distancia hasta perderlas para siempre. Un cariño que ella sentía de verdad, pero que nunca llegaba a transmitir.

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Sus manos, con más hueso que piel, dedos finos y alargados, agarraban los pantalones vaqueros de color negro. Dos anillos de plata colgando de su cuello por una cadena, contrastaban con el color añil de la camiseta. Semblante serio y pensativo, ojos verdes llenos de tristeza, rasgos finos con pómulos que sobresalían y se convertían en su rasgo más característico, acentuado por el negro color de su pelo en media melena, un poco rizado y despeinado, abombado y despegado de su rostro. Las palabras del Señor se habían convertido durante aquella media hora en un mero tránsito entre sus dos oídos, porque su cabeza estaba ocupada recordando el tiempo que pasó a su lado.

Sofía tenía apenas siete años cuando, de la mano de un hombre, cruzó la puerta por primera vez. Una mano grande acarició su cabeza, aquel hombre se agachó, le dio un beso en la mejilla y dejó a su lado una maleta de equipaje donde estaban algunas de las cosas que había recogido de su habitación. Allí se quedó estática durante unos minutos, desorientada. Aquella casa olía a bizcocho recién horneado, a madera, a flores, a primavera, olía a hogar. Mientras miraba hacia el fondo del pasillo, donde había unas escaleras que subirían a algún desván lleno de secretos, una voz ronca y desgastada salía del lugar de donde venía ese dulce olor. La puerta, rota y desgastada, se entornó con un chirrido y una señora mayor se acercó ilusionada a la pequeña niña, llenándola de besos y abrazos.

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Recordaba aquel momento mejor que ningún otro porque algo en su interior se rompió del todo. Fue cuando su abuela Olivia le cogió de la mano, mientras con la otra portaba su maleta, mientras subían juntas las escaleras del fondo hacia ese desván lleno de secretos que se convertiría en su nuevo hogar, fue mientras pisaba cada uno de los escalones y a cada pisada su corazón se iba llenando de un peso insoportable y le costaba más respirar, cuando notó las primeras lágrimas de sentimiento resbalar por sus mejillas y sintió que dejaba algo atrás.

Un pequeño alboroto en la iglesia le hizo despertar de su sueño de recuerdos, cuando el párroco pidió a todos ponerse en pie. A pesar del dolor, sabía que cuando había perdido a alguien en su vida, por suerte siempre aparecía alguien para consolarla, este era su destino.

Ensimismada aún en sus pensamientos, sintió que alguien a su lado le agarraba de la mano y le daba un pañuelo. Apenas se había percatado de que las lágrimas volvían a inundar su rostro. Sin llegar a levantar la mirada mientras se secaba, le dio las gracias. La otra persona le tendió la mano y le ayudó a levantarse mientras le susurraba bajito.

– Hola, me llamo Noel.

El juego de mesa de Jumanji hecho a mano

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Hace unos días, por curiosidad volví a ver el comienzo de esa película que me cautivó tanto hace ya algunos años, Jumanji. Algunos prodigiosos guionistas / productores / directores son capaces de ver que el sonido es una parte muy importante para impresionar al espectador y que nunca olviden algo, es algo que supieron hacer muy bien en Perdidos, donde el sonido del humo negro, inevitablemente provocaba en nosotros una reacción de miedo y misterio, incluso es algo que ya hasta echamos de menos y que cuando escuchamos no deja de producirnos de nuevo esas mismas sensaciones de antaño. Con el sonido de los tambores del tablero de Jumanji pasa lo mismo.

Soy un apasionado de los juegos de tablero de mesa, podría pasarme toda la tarde jugando al Monopoly, al Cifras y Letras, el Party, Trivial o cualquiera de ellos y El Gran Juego de la Oca seguirá siendo siempre mi programa estrella inolvidable. Es por eso que Jumanji me atrajo el doble y me impresionó tanto que decidí ponerme manos a la obra.

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En este tablero que hice a mano volqué absolutamente todos los conocimientos de manualidades que era posible aplicar en su construcción. Me visióné varias veces la pelicula para conseguir todos los detalles.

Lo primero era construir el tablero. Hasta ese momento mi única maqueta era la de El Gran Juego de la Oca, pero esta tenía que ser más resistente y consistente, que diese la sensación de ser un objeto antiguo, así que nada mejor que utilizar buena madera. No tenía referencias sobre las medidas, así que diseñé el juego a la escala que me pareció más atractiva. Iba a necesitar una base con un grosor suficientemente grande para dar esa consistencia que necesitaba, mientras que la parte superior bastaría con una lámina de marquetería. Entregué las medidas a un carpintero y me fui a casa con todos los pedazos de madera para comenzar el trabajo.

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Cada pieza va unida con cola y con varios clavos de cabeza ciega para hacer mejor las juntas. Unas sencillas bisagras hacen que las tapas superiores se abran en dos como el juego original de la película. Llegó aquí mi primer dilema. Las fichas debían ir colocadas en las tapas superiores, pero tenía que encontrar una forma de hacer que al cerrar la tapa no se viniesen abajo. Tras varias ideas, finalmente decidí poner en las dos cajoneras una cubierta de cartón duro que iría imantada.

Las figuritas de los personajes y los dados, como veis son muy rústicas. Decidí que tuviesen este aspecto tosco e inacabado ya no sólo porque no tengo mucha paciencia para estos detalles, sino porque tampoco se me da bien. Para hacer cada pieza utilicé la técnica del papel con cola. Cogí un barreño de agua tibia e introduje papel higiénico cortado a trozos hasta que el papel absorvió por completo el agua y quedó una masa de papel deshecho. A la mezcla le eché un poco de cola de carpintero y comencé a sacar trozos y moldear manualmente para darles una forma aproximada a la de los personajes y los dados, también a las bases de cada esquina. Ya sólo había que esperar a que se secasen.

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El trabajo más duro fue pintar. Hacía poco que había utilizado las acuarelas acrílicas, que vienen en botecitos muy cómodos de colores individuales, una pintura bastante resistente y que agarra bien a cualquier material, así que me decanté por ellas. El trabajo con los dados y las piezas fue rápido y sencillo, pero la caja me llevó más tiempo. Pausé la película decenas de veces para pintar la portada al detalle y otras decenas de veces más desde diferentes ángulos para ver la forma de las casillas, el número de casillas, el mensaje de las tapas laterales, las formas, todo debía quedar perfecto como en el juego original.

Una vez pintado, el aspecto era infantil y muy colorido, no podía echar pintura acrílica por toda la caja si quería darle un aspecto antiguo, así que me cogí el bote de pintura para madera que tenía mi padre en el armario y le di una primera mano. Aún así el aspecto era muy claro, no parecía antiguo. Recordé la técnica que empleaba mi hermana para sus cuadros y le eché el mismo producto, algo así como betún de judea creo que se llama. Ahora sí parecía una auténtica caja de juego antigua como pretendía.

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Quedaba un pequeño detalle. Tras secarse todo, la sensación al tacto era áspera y además el juego debía aguantar el ser metido en el armario con otros juegos de mesa, ¿qué iba a pasar cuando se rozase la parte superior? Se iba a desgastar. Así que nada mejor que dos manos de barniz. Esto hizo que el dibujo de portada y el tablero se oscureciesen más, eliminando el colorido de las pinturas acrílicas, pero era algo necesario para mantener y conservar el juego, una decisión bien tomada, ya que lleva a sus espaldas casi 20 años y sigue como el primer día.

¿Hace una partida?

El Puente de Castilla La Mancha sobre el río Tajo en vista panorámica

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La aventura comenzó un viernes por la tarde, después de comer, una hora con poca gente andando por la ciudad, algo nublado pero con el el sol presente, colándose entre las nubes y dejando ver los rayos de luz entre tanto y tanto.

Podría haberme internado por dónde todo el mundo lo hace, por la carretera nueva que conduce al instituto más reciente de la ciudad y que llega hasta la entrada del puente, pero de haberlo hecho, jamás habría topado con la magia del viejo silo, con la antigua ciudad, ni con esta panorámica.

Inicié el camino sin saber por dónde iba a salir. Sabía dónde estaba el puente y atravesé la ciudad para conseguir llegar a él en línea recta y para conseguirlo, torcí hacia el Recinto Ferial y me introduje por el camino de la ganadería y la pista de atletismo hasta llegar a una encrucijada a la que jamás había llegado nunca, ni siquiera cuando era más pequeño: un camino que no sabía dónde me llevaría y una fábrica.

Obviamente sólo había un camino para tomar o dar marcha atrás, así que me interné en él. En aquel momento me sentí como estar entrando en un agujero que me llevó al pasado, cuando no había tantas carreteras, cuando uno no era consciente del espacio y todo le parecía enigmático, inexplorado y asombroso, me sentí como un niño más que nunca. Un sendero de arena cámara en mano, mientras me apartaba un par de veces para dejar paso a algún coche.

Avancé a ritmo rápido entre los árboles, ese ritmo que llega cuando te impacientas y no sabes dónde estás. Después de un rato de caminata, allí estaba a lo lejos, el puente. Unas tomas de prueba para poner en práctica la distancia focal, torcí un recodo y salí a una esplanada gigantesca llena de charcos y hierba y algo de “basura industrial” que me sirvió para alguna toma curiosa.

Aquel lugar me ofrecía la oportunidad de fotografiar el Puente de Castilla La Mancha como nunca se ha hecho, en toda su inmensidad de extremo a extremo y de una sola toma. Tuve que andar un poco más para coger el ángulo adecuado, el camino parecía no terminar nunca, pero allí estaba la obra de ingeniería más ambiciosa de la ciudad, ante mí, contrastado contra el cielo azul del atardecer.

fotografía: José Fco Cedenilla