Semilla

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Por mucho que algunos se empeñen en intentar taparla, la vida, las plantas se abren paso por cualquier rendija. La tierra que yace bajo nuestros pies, bajo el manto del cemento que puebla las ciudades, el viento que esconde las semillas, el agua de lluvia que las alimenta. Nada puede frenarlo.

Hace unas semanas que abrí ya la lata que contenían brotes del alba y planté sus frutos. Así se abría paso la vida frente a mis ojos.

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Veintitres maestros, de corazón

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Mucha gente aún me pregunta (pesados) después de casi tres lustros, que por qué me gusta Gran Hermano. Si hoy tuviera que dar decirlo, sin duda emplearía esta película como respuesta. Me gusta porque se basa en las relaciones entre personas, porque cada persona es un mundo de situaciones impredecible cuando se junta con los demás, porque siempre que hay contacto con otros, se genera un maraviloso mundo de posibilidades de las que aprender o rectificar.

Hace ya algunos meses que descubrí la película “Entre maestros“, un proyecto documental a caballo entre la educación y el reality, basado en el libro “Veintitres maestros, de corazón” de Carlos González Pérez, también maestro protagonista de esta historia. No fue hasta ayer que pude verla completa, la historia de un profesor intentando un nuevo método educativo enfocado a la experiencia que cada uno llevamos dentro, once alumnos que terminarán siendo sus propios maestros y doce días para experimentar todo tipo de sentimientos encontrados.

Durante una hora y veinticinco minutos que dura el film, uno va cogiendo cariño y odiando a algunos de sus personajes. No sé hasta qué momento pudieron no predecir lo que pasaría en esa clase, pero ha salido un experimento realmente magistral, con violencia, dolor, bondad, sabiduría, cariño, una vez más se demuestra que allá donde hay seres humanos, estos sentimientos existen y van de la mano, muy cerca unos de otros.

El propósito de esta película no es sólo mostrar y ver, el espectador también aprende algo. Yo personalmente me quedo con dos enseñanzas, la del personaje, ese que todos interpretamos y que nos atrapa sin dejarnos salir, cuando estamos enfadados, cuando decimos lo que otros quieren oir o no decimos lo que queremos por miedo, cuando sabemos que estamos equivocados y aún así seguimos mintiéndonos.

También me quedo con la importancia de reconocer a los demás y lo que genera el que no te reconozcan, una sensación que nos lleva a perder la paciencia. “Entre maestros” ha sido capaz de mostrar un lado increíble de todos los personajes que habitan en él, esa pequeña parte que diferencia a una persona de otra, porque lo que nos diferencia no es sólo nuestro aspecto físico, sino los sentimientos y sabiduría que llevamos dentro y que compartimos con los demás a nuestra forma. Tanto es así, que una vez termina, uno ya los está echando de menos.

Canción fúnebre

El nuevo libro “El canto del cuco” de J. K. Rowling, o lo que es lo mismo, su seudónimo Robert Galbraith, comienza con una muerte, un presunto suicidio al que acuden en masa periodistas y medios de todo el mundo para dar cobertura a la noticia. A J. K. Rowling le encanta jugar con el misterio y hasta en los autores y versos elegidos hay escondido algún que otro pequeño secreto para desvelar.

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La autora elige como entradilla a su primer capítulo el poema “Canción fúnebre” de la famosa poetisa inglesa del siglo XIX Christina G. Rosetti, con la cual curiosamente no deja de tener un cierto parecido en su vida. Ambas sufrieron problemas económicos debido a situaciones familiares, las dos comenzaron a escribir desde muy pequeñas pero no fue hasta la treintena que escribieron su primer libro y además las dos se centraron en una determinada época de su vida en escribir para el público principalmente infantil (aunque no estoy de acuerdo con la idea de que Harry Potter sea infantil, pero va dirigido a este público).

¿Por qué naciste cuando la nieve caía?

Debiste haber nacido con la llamada del cuco,

o cuando las uvas están verdes en el racimo

o, al menos, cuando las ágiles golondrinas se reúnen

para su lejano vuelo

desde el verano agonizante.

¿Por qué has muerto cuando los corderos están paciendo?

Deberías haber muerto con la caída de las manzanas,

cuando el saltamontes se encuentra en apuros,

y los trigales son rastrojos empapados

y los vientos suspiran

por las cosas buenas que han muerto.

El cometa Ison contra el Sol

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Es cuanto menos una sensación extraña pero que nos ocurre a menudo, el no saber nada de la existencia de algo o de alguien, de repente se cruza en nuestras vidas diarias, saber que no volveremos a verlo nunca más y embargarte un sentimiento muy cercano al desaliento.

Esto es lo que ocurrirá con el cometa Ison, ese completo desconocido que ahora mismo se está cruzando en nuestras vidas. Viene de muy lejos, conoció el inicio del Universo, forma parte de él de forma prístina. De repente algo lo arrojó a una aventura que ha durado mucho tiempo. Hasta entonces era un congelado eterno, pero ahora juega a ese juego que es la vida y en estos momentos lucha contra el Sol.

La lucha entre la vida y la muerte. Cada minuto que pasa, cuanto más se acerca al astro, mayor es la lucha. Un núcleo helado que se va desintegrando poco a poco con el intenso calor. Así puede terminar su aventura después de miles de millones de años, convirtiéndose en una nube de polvo en el basto Universo donde nació, sin que lo hayamos podido ver nunca.

Si sobrevive y da la vuelta, nos regalará el mayor espectáculo que hayamos podido ver en el cielo, será tan brillante como la Luna, pero después de eso partirá y no volveremos a verle nunca más.

Ison no deja de ser una representación de la vida, de la muerte, del principio y el fin, de la cantidad de momentos que nos perdemos por nuestra condición. No podemos abarcarlos todos, pero sí tenemos la posibilidad de disfrutar de aquellos que el destino pone en nuestro camino.

El séptimo cumpleblog (especial 3,000,000 de visitas)

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El siete, ese número mágico con tantas connotaciones en nuestras vidas, las vidas de un gato (azul), los años de mala suerte al romper un espejo roto y mirarse en él, los siete días de la creación y su contínua repetición en el apocalipsis del final de nuestras vidas, el siete, ese número perfecto.

El siete, los siete días de la semana, las siete notas musicales y los siete colores del arco iris (tradicionalmente, venga, vamos a repetirlos como nos enseñaron en la escuela). Las siete maravillas del mundo, las antiguas y las nuevas. El siete es el número del universo, con sus siete rayos con nombre, Sthula Sharira, Linga Sharira, Kama Rupa, Kama Manas, Manas, Buddhi y Atma. El siete es la balanza y la pareja. Siete son las ramas del saber, Raja, Karma, Jnana, Hatha, Laya, Bhakti y Mantra y siete son las ciudades sagradas, Ayodhya, Máthura, Gaya, Casi, Kanci, Avanti y Dv Araka.

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Aunque el número once es el que más me ha acompañado a lo largo de toda mi vida (y aún hoy sigue haciéndolo de forma misteriosa), mi vida parece regida por el número siete. Hoy confesaré que a los 7 años rompí un espejo y me miré en él. No soy especialmente supersticioso, antes sí, ahora ya no, soy de los que pasa debajo de las escaleras sin temor, de los que no se asusta por cruzarse con un gato negro y de los que ya no hacen tonterías cuando se cae la sal o veo a alguien vestido de amarillo, aprendí a pasar de las supersticiones.

Y aunque no soy supersticioso, sé reconocer algunas cosas y una de ellas es que mi vida ha ido en ciclo de 7 años, pero no siempre para mal, muchas de las veces para bien, cambiando sin querer, quizá fruto de la casualidad, desde que rompí aquel espejo. A los 14 aprendí a ser adulto haciéndome más fuerte, a los 21 abandoné mi soledad para cambiar drásticamente de vida y conocí a los que hoy son mis amigos, a los 28 la vida se llevo mi cincuenta por ciento, a lo que más quería, a mi siempre amigo eterno Yoko al que dediqué el nombre de todos mis proyectos desde entonces. Estoy en los 35, esperando saber si el destino reserva algo o si ese espejo ya se cobró su deuda. A lo mejor el cambio se está produciendo poco a poco, en este mismo momento, y no sepa ver su cara hasta que pase el tiempo.

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Este blog se inició en otro lugar y con otro nombre un 11 de octubre, por el mero hecho de escribir y compartir con los demás, con ese mundo que es una audiencia inmensa, en el que siempre hay alguien para escuchar. Apenas dos meses más tarde y tras la trágica pérdida, Yoko le dio otro sentido y su nombre.

Est teclado está diciendo basta, tras pulsar cada una de sus teclas millones de veces, algunas no se quedan marcadas, os invito a ver que la letra “e” desparace de vez en cuando de las palabras. Su sucesor está aquí al lado y hay que darle paso antes de que mis cabreos al leer lo escrito aumenten.

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Esta celebración del séptimo cumpleaños del blog es muy especial por muchas cosas. El 8 de octubre así como quien no quiere la cosa, las estadísticas reflejaron ya más de 3,000,000 de visitas durante todo este tiempo. Tres millones de miradas que me ilusionan y que se hace una cifra enorme e imposible de asimilar lo suficiente como para ser consciente de ella. Pero no son sólo esos tres millones. Durante esta aventura surgieron otras, El libro gordo de Petete para los niños con sus más de 600,000 secretos, Mars & McLeod con más de 350,000 seriéfilos, el blog no oficial de Mujeres y Hombres y Viceversa con 1,500,000 seguidores, o la pasión por los videojuegos destada en Yoko’s Play con más de 2,300,000 jugadores.

Esos blogs han sido partícipes de parte de mis pasiones y desde hace unas semanas llegan a un nuevo nivel, el de los dominios propios abandonando la casa que los acogió. De esta forma nació primero el lugar que pronto, ahora en prueba, será el centro de todo, el cerebro, la placa madre, el motor, Yoko y Yo.

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La pasión por el entretenimiento no desaparece, Yoko’s Play y Mars & McLeod se fusionan para dar forma a una web de la que estoy muy orgulloso por su estética y por el cuidado que he puesto en hacerla paso a paso durante los meses de verano, En Episodios Anteriores. Con logo creado por un experto chico con residencia en Rumanía y con mascota propia, Jack Shephard y Vincent, creada por uno de los mejores dibujantes de cartoon del mundo, Muhamad Rizqi.

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El círculo se completa con una ilusión hecha realidad y la que fue la fuente de inspiración para que todo esto comenzase hace 7 años. Todo nació el día en que accedí a un blog grupal, creado por unos amigos de Barcelona. De cada publicación, con cada opinión, con cada historia y cada fotografía, consiguieron inspirarme para buscar mi propio hueco en el océano inmenso. Con el tiempo y cada vivencia y situación personal, terminaron dejando el blog. Ahora 7 años más tarde y con muchos nervios y sudores para conseguir su regreso, que ya contaré en otra entrada, se me iluminan los ojos y se me dibuja una gran sonrisa al anunciar la vuelta de Ideoflexia.

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Tras hablarlo con alguno de los autores originales y tener el visto bueno de su creador, volverán Anna y Tietgale (que me emociono de sólo pensarlo). Los lazos de esta vida me cruzaron con gente impresionante a la que no puedo olvidar, compañeros de residencia universitaria que también estarán allí, como Alberto, ese gran artista del que siempre quise un cuadro, un gran polemista y “opinador” y José Luis, educador, con el que apenas compartí unas palabras en su día y alguna que otra hora de gimnasio y de fiesta, pero que el facebook ha hecho que pueda leer unos artículos y ver una personalidad que no pude descubrir en su día.

Cada texto, cada palabra en estos siete años no ha sido tiempo perdido delante de una pantalla. Ha sido como hablarle al mundo, pero sobre todo a mí mismo. La posibilidad de plasmar en palabras pensamientos, inquietudes, aficiones, reflexiones y que cada una de esas palabras esté condicionada por tu propio día a día, hacen que escribir un blog sea algo grande y único. Os espero aquí y en esos nuevos lugares donde las ideas y las pasiones se vierten en un océano sin límites, como botellas con mensaje, donde lo bonito es atrapar una, sacar el papel y disfrutar de la sorpresa que aguarda.

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Relaxing cup of café con leche

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Desde el fin de semana de la candidatura olímpica de Madrid 2020, Plaza Mayor en la capital está llenita de gente buscando “fuuuuuuuuuuuuuunnnn”, sol y nothing like e relaxing cup of café con leche (gente que se ve hasta con sus termos sentada en cualquier sitio).

Me encanta este país, la gente que vota, un gobernante con la nariz muy larga y que le sigue creciendo cada vez que abre la boca, un yerno real con manos largas, un monarca que se va de caza de especies protegidas y cuyo nieto se pega un tiro con un rifle en el pie, así nunca nos aburrimos. Ahora añadimos al repertorio de la comedia a una nueva protagonista para la serie nacional, Anne Bottle, la que se quedó en inglés de primaria cuando le dijeron eso de “la A en inglés se pronuncia como una E”.

Cómo lo absurdo puede llegar a ser divertido es todo un misterio. Dónde está la línea que separa la indignación de la gracia. Pues debe ser muy fina porque se pasa de un lado a otro con una facilidad pasmosa. De la presentación de la candidatura no sabría si quedarme con el presidente prometoynometo, del compañerismo fingido del hijo del que fuera presidente del comité olímpico, con los dos compañeros a los que llamó al escenario para darles una palmadita en la espalda o con el saludo de una deportista paralímpica que, para saludar a los asistentes, no sé con qué intención, se salió de la mesa en la que estaba sentada para mostrar que estaba en silla de ruedas sin necesidad.

Lo que no pudo negar es que a pesar de la primera indignación, crucé la línea hacia el lado del sentido del humor viendo a esta tia haciendo el ridículo. Espero que el mundo no se haya dado cuenta (no mucho al menos) de los lamentables representantes, aunque parece que el jurado que votó tenían unas caras que parecían a punto de mandarnos bien lejos, encestando a cada uno de ellos por cada aro olímpico.

No teníamos canción del verano todavía. ¿Os apetece tomar un relaxing cup of café con leche mientras lo escuchamos? Y niños dee todo el mundo que veis este vídeo, tenéis una oportunidad excelente para desarrollar vuestro inglés básico, descubrir los errores y perfeccionarlos, venga, a estudiar.

Claro de luna

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Un universo lleno de posibilidades, un pequeño espacio en blanco, vacío pero tan lleno, una puerta al conocimiento y a la imaginación y un lugar desde el que acceder a cosas que de otra forma sería imposible entre las infinitas posibilidades.

La primera vez que accedí a Google hará ya 15 años, sentí el maravilloso poder de tener el mundo en la palma de mi mano. De repente una palabra abría el camino a lo desconocido. Y la primera vez que vi que esas seis letras daban rienda suelta a la imaginación y se convertían en homenajes, recuerdos e ideas me sorprendí.

Desde hace ya tiempo esas pequeñas píldoras de creatividad se abren paso cada día, siempre algo nuevo. Y una de las que más me ha sorprendido ha sido sin duda el claro de luna, el merecido e inesperado homenaje al compositor francés Claude Debussy, una pieza musical surgida del poema de Paul Verlaine que pone fin a estas líneas.

canvas3Your soul is a chosen landscape
Where charming masqueraders and bergamaskers go
Playing the lute and dancing and almost
Sad beneath their fanciful disguises.

All sing in a minor key
Of victorious love and the opportune life,
They do not seem to believe in their happiness
And their song mingles with the moonlight,

With the still moonlight, sad and beautiful,
That sets the birds dreaming in the trees
And the fountains sobbing in ecstasy,
The tall slender fountains among marble statues.

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Los 80: Mercromina para las heridas

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No recuerdo cuándo fue la última vez que mi madre cogió aquel botecito de tapa blanquecina y cuerpo oscuro. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo desenroscó y de su interior salía un estrecho tubito empapado en un pigmento rojo, cuando según se acercaba a la zona afectada, el cerebro a uno lo ponía ya en preaviso del escozor que iba a sentir. No recuerdo esa última vez en que, con mucho cuidado, iba pasándolo, casi acariciando la piel por encima.

Eran los últimos meses de los años 80 cuando mi hermana comenzó a estudiar enfermería en Cuenca. Yo apenas tenía 11 años y, aunque vagos, si tengo algunos recuerdos del momento en el que el antiséptico que nos había acompañado desde el principio de nuestras vidas, vivió sus últimos momentos a nuestro lado.

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Fue un dia en que mi padre se hizo una herida. De repente mi hermana le dijo a mi madre:”tráeme el betadine”. Lo recuerdo alto y claro, la palabra “betadine”. Recuerdo a mi madre sacando de su mochila de viaje un frasco de color amarillento, recuerdo unas gasas, impregnadas de una sustancia amarillenta, oscura, casi marrón, al contacto con la piel.

Al día siguiente miré en el armario. El botecito colorado con su tapa blanquecina había desaparecido y no recordaba cuándo fue la última vez que esa sustancia roja limpió mi piel. En aquel momento supe que algo había cambiado y que nunca volvería verlo.

Mercromina, gracias por curarme tantas veces de pequeño, de una forma tan dolorosa y suave.

Evolución

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Dos horas al día andando y aún así quedan energías para un último esfuerzo al llegar del trabajo. Con el calor pegando fuerte a más de cuarenta grados, el sudor en la frente comienza a resbalar y ni las cejas pueden ya contener el goteo incesante, llegando hasta los ojos y lo que escuece cuando esto pasa.

Las cejas que protegen del sudor para que esto no ocurra, las pestañas que protegen a los ojos, actuando como una pequeña tela de araña que detecta posibles objetos extraños obligando al párpado a cerrarse, el pelo que trata de proteger del frío…

Me pregunto si en algún momento el ser humano se ha dado cuenta de su evolución a lo largo de los siglos, si fueron conscientes de que les estaban saliendo cejas, de que sus manos se hacían retráctiles para atrapar objetos y manejar herramientas más complejas, de que su cuerpo se despejaba de pelo a medida que utilizaban ropajes para cubrirse.

Cada cambio en el ser humano en su evolución es tan pequeño y tan lento que, al producirse durante centenares de generaciones, cuando al final alcanza su volución máxima termina siendo algo natural. Me pregunto si con el uso de pantallas táctiles, de ordenadores y con el mundo rodando a un ritmo tan endiabladamente rápido, no se sté produciendo en cada uno de nosotros un cambio sin que lo estemos notando, hasta que dentro de unos cuantos siglos llegue alguien que se pregunte si fuimos conscientes, tal y como yo estoy haciendo en este momento.

La Hora del Planeta

Hora del planeta

Hace algo más de una semana que la cisterna de casa estaba rota. Ya no sólo no se podía gastar la mitad de agua cada vez que se vaciaba, porque no dejaba hacerlo, sino que además constantemente goteaba durante todo el día, perdiendo más agua si cabe. Ahora ya está arreglada y, a escondidas, tengo que pulsar a la mitad la cisterna para gastar 5 litros en lugar de 10.

Me gusta ahorrar energía y agua porque pienso en los que vendrán después (ya no sólo en el dineral que cuestan la electricidad y el agua), porque quiero que este planeta se conserve durante el mayor tiempo posible, porque soy consciente de que esto al fin y al cabo es una bola de tierra gigante con unos recursos limitados que, desgraciadamente, no podremos reabastecer hasta que salgamos a otros mundos en busca de ellos. Y ese tiempo no está cerca.

Por este motivo esta semana me cabreaba y tenía que ser ecológico a escondidas, porque ni en mi propia casa soy capaz de hacer entender lo importante de no gastar más de lo necesario, acusándome de haber roto esa cisterna por hacer eso precisamente. Pero lo seguiré haciendo una y mil veces, porque prefiero que haya que arreglarla cada dos años a malgastar. No he conseguido mi objetivo con esto, pero en el resto de cosas parece que todos hacemos lo posible. Ya no hay bañera desde hace muchos años, sino plato de ducha, separamos los materiales para después desecharlos en sus respectivos contenedores, e intentamos no generar más basura de la necesaria por cabeza.

No comulgo con el cambio de hora que se hace dos veces por año. Quizá el cambio de la primavera, ese último fin de semana de marzo, tenga un cierto sentido, pero el que se realiza en otoño no llega a convencerme. Sólo sé que al hacer el cambio dicen que se ahorra mucha energía, pero con lo único que me encuentro es que antes del mismo al levantarse no había que encender las luces y después sí, así que sigo sin entender dónde está el ahorro, ¿en las empresas? Y de qué sirve si después en millones de hogares se enciende una luz que no debería.

Aún así esta noche es la hora del planeta. Una hora de 20:30 a 21:30 en que cada ciudadano puede decidir si continuar con su vida o pararla por un momento. Me gusta que no vendan esta hora como venden el cambio de hora que vendrá la semana que viene. En esta hora no se salvará al planeta, apenas se ahorrará energía, esa es la verdad, pero aquel que quiera unirse tendrá el privilegio de reflexionar, que no es poco.

Leer algunas páginas de un libro con la poca luz natural que reste del día, pasar un rato en casa o salir, sin televisión, sin rutinas, haciendo algo diferente o aprovechar para hacer algunas fotografías. Desconozco lo que haré durante esa hora, aunque una de las ideas va ganando fuerza.

Tapones solidarios

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Es muy difícil costear algunos tratamientos para enfermedades, eso lo saben bien muchas familias que de repente se enfrentan a una vida distinta a como habían imaginado. Allá donde los ingresos no llegan, comienza entonces la búsqueda de la solidaridad. Carteles de ayuda con un número de cuenta, intentando explicar a esos desconocidos que siempre se cruzaron contigo que ahora necesitas de su ayuda, intentar llegar por todos los medios a personas a cientos, miles de kilómetros de distancia que comprendan tu situación.

Las empresas muchas veces son también parte importante en este movimiento y así es como nacen los tapones solidarios.

Diariamente compramos cajas de leche en tetrabrick, desodorantes, yogures. Solíamos destaparlos y cuando llegábamos a la última gota, se arrojaban a la basura. Ahora cuando esa última gota caiga sobre el vaso, hay un gesto más sencillo que no cuesta nada, meterlo en una caja o bolsa e ir acumulándolos hasta tener unos cuantos.

Una vez hecho esto, sólo hay que buscar información en tu ciudad o punto de residencia para saber cuál es el lugar más cercano de punto de recogida de tus tapones solidarios, los cuáles se encargarán de que una empresa los reciba. Cientos de miles de hogares, millones de tapones que parecen no servir ya para nada, no sólo serán reciclados, sino que por cada tonelada de ellos, se destina una cantidad a una obra social.

El simple hecho de pensar que el acto de echar un tapón a una caja sea un pequeño paso para salvar o hacer más agradable la vida de otra persona a la que no conoces y que está pasándolo mal, es reconfortante.

El juego de mesa de Jumanji hecho a mano

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Hace unos días, por curiosidad volví a ver el comienzo de esa película que me cautivó tanto hace ya algunos años, Jumanji. Algunos prodigiosos guionistas / productores / directores son capaces de ver que el sonido es una parte muy importante para impresionar al espectador y que nunca olviden algo, es algo que supieron hacer muy bien en Perdidos, donde el sonido del humo negro, inevitablemente provocaba en nosotros una reacción de miedo y misterio, incluso es algo que ya hasta echamos de menos y que cuando escuchamos no deja de producirnos de nuevo esas mismas sensaciones de antaño. Con el sonido de los tambores del tablero de Jumanji pasa lo mismo.

Soy un apasionado de los juegos de tablero de mesa, podría pasarme toda la tarde jugando al Monopoly, al Cifras y Letras, el Party, Trivial o cualquiera de ellos y El Gran Juego de la Oca seguirá siendo siempre mi programa estrella inolvidable. Es por eso que Jumanji me atrajo el doble y me impresionó tanto que decidí ponerme manos a la obra.

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En este tablero que hice a mano volqué absolutamente todos los conocimientos de manualidades que era posible aplicar en su construcción. Me visióné varias veces la pelicula para conseguir todos los detalles.

Lo primero era construir el tablero. Hasta ese momento mi única maqueta era la de El Gran Juego de la Oca, pero esta tenía que ser más resistente y consistente, que diese la sensación de ser un objeto antiguo, así que nada mejor que utilizar buena madera. No tenía referencias sobre las medidas, así que diseñé el juego a la escala que me pareció más atractiva. Iba a necesitar una base con un grosor suficientemente grande para dar esa consistencia que necesitaba, mientras que la parte superior bastaría con una lámina de marquetería. Entregué las medidas a un carpintero y me fui a casa con todos los pedazos de madera para comenzar el trabajo.

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Cada pieza va unida con cola y con varios clavos de cabeza ciega para hacer mejor las juntas. Unas sencillas bisagras hacen que las tapas superiores se abran en dos como el juego original de la película. Llegó aquí mi primer dilema. Las fichas debían ir colocadas en las tapas superiores, pero tenía que encontrar una forma de hacer que al cerrar la tapa no se viniesen abajo. Tras varias ideas, finalmente decidí poner en las dos cajoneras una cubierta de cartón duro que iría imantada.

Las figuritas de los personajes y los dados, como veis son muy rústicas. Decidí que tuviesen este aspecto tosco e inacabado ya no sólo porque no tengo mucha paciencia para estos detalles, sino porque tampoco se me da bien. Para hacer cada pieza utilicé la técnica del papel con cola. Cogí un barreño de agua tibia e introduje papel higiénico cortado a trozos hasta que el papel absorvió por completo el agua y quedó una masa de papel deshecho. A la mezcla le eché un poco de cola de carpintero y comencé a sacar trozos y moldear manualmente para darles una forma aproximada a la de los personajes y los dados, también a las bases de cada esquina. Ya sólo había que esperar a que se secasen.

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El trabajo más duro fue pintar. Hacía poco que había utilizado las acuarelas acrílicas, que vienen en botecitos muy cómodos de colores individuales, una pintura bastante resistente y que agarra bien a cualquier material, así que me decanté por ellas. El trabajo con los dados y las piezas fue rápido y sencillo, pero la caja me llevó más tiempo. Pausé la película decenas de veces para pintar la portada al detalle y otras decenas de veces más desde diferentes ángulos para ver la forma de las casillas, el número de casillas, el mensaje de las tapas laterales, las formas, todo debía quedar perfecto como en el juego original.

Una vez pintado, el aspecto era infantil y muy colorido, no podía echar pintura acrílica por toda la caja si quería darle un aspecto antiguo, así que me cogí el bote de pintura para madera que tenía mi padre en el armario y le di una primera mano. Aún así el aspecto era muy claro, no parecía antiguo. Recordé la técnica que empleaba mi hermana para sus cuadros y le eché el mismo producto, algo así como betún de judea creo que se llama. Ahora sí parecía una auténtica caja de juego antigua como pretendía.

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Quedaba un pequeño detalle. Tras secarse todo, la sensación al tacto era áspera y además el juego debía aguantar el ser metido en el armario con otros juegos de mesa, ¿qué iba a pasar cuando se rozase la parte superior? Se iba a desgastar. Así que nada mejor que dos manos de barniz. Esto hizo que el dibujo de portada y el tablero se oscureciesen más, eliminando el colorido de las pinturas acrílicas, pero era algo necesario para mantener y conservar el juego, una decisión bien tomada, ya que lleva a sus espaldas casi 20 años y sigue como el primer día.

¿Hace una partida?

Mars One, la futura colonización del planeta rojo en 2023

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Dentro de un mes se cumplirán 34 años desde que el hombre pisó por vez primera otra tierra desconocida fuera de nuestro planeta, sucedió en nuestro satélite, la Luna. Muchas veces me he preguntado por qué no hemos vuelto allí arriba, aunque quizá se deba a que lo que de allí se puede extraer no tiene el suficiente valor científico como para malgastar dinero en un trozo de roca inerte.

La Tierra está expuesta en cualquier momento a ser el objetivo de un meteorito y, en un futuro muy lejano, si sobrevive, a ser engullida por el tiempo, por el astro que ahora nos mantiene con vida, el Sol, pues no es otro que su destino el crecer y hacerse más pequeño cíclicamente durante cientos de millones de años hasta quedar convertido en un agujero negro. Ese momento no lo conoceremos, pero pensando en las generaciones futuras, hay que centrarse en ganar tiempo ante cualquier eventualidad que pueda sacudir el planeta.

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Tomando como idea las aportaciones anónimas a través de internet y gracias a las cuales numerosos estudios de desarrollo, por ejemplo de videojuegos, pueden sacar adelante un trabajo de otra manera imposible de llevar a cabo, así surge Mars One, que planea llevar humanos a Marte en el año 2023 fundando las bases de la primera colonia en el planeta rojo. El proyecto, que cuenta ya con integrantes de varios campos, embajadores en diferentes países del mundo y marcas patrocinadoras de compañías aeroespaciales, de momento es sólo una idea basada en la tecnología actual, que esperan hacer realidad dentro de una década.

Eso sí, el billete de ida y vuelta aquí de momento no existe, es un viaje de no retorno, desde el viaje que duraría entre siete y ocho meses en una nave tripulada, pasando por el aterrizaje y terminando con el asentamiento y la supervivencia. Ojala dentro de 10 años podamos ver cómo se convierte en realidad este gran sueño.

El viejo silo

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Tenía ya ganas de comenzar esta aventura fotográfica, han sido muchos meses de estos de ideas en la cabeza que dan vueltas y vueltas y con las que uno no queda conforme en última instancia, porque al final siempre surge otra nueva idea mejor que la anterior, así una y otra vez, sin fin.

Lo mejor de la fotografía es que al final, por muchas ideas y preparaciones que se hagan, siempre surge algo que rompe los esquemas. Incluso a veces, como por arte de magia, la mejor fotografía, la que derrite el objetivo, no resulta de aquello que tenías en mente, sino de ese algo inesperado que se te pone enfrente en el momento oportuno. Y aún cuando pienso en el marco de mi fotografía, no vale para nada, porque sé lo que quiero, pero no sé cómo lo quiero hasta que lo tengo delante.

Mi primer objetivo, mi primer proyecto a lo grande, el Puente de Castilla La Mancha, una obra titánica de la que he sido testigo en su levantamiento desde la primera piedra, un puente que he contemplado desde numerosas vistas durante varios meses, intentando decidir el momento, el tiempo, el lugar para inmortalizarlo.

Cuando parecía tenerlo todo claro y cómo lo quería, durante el camino me cambiaron los esquemas y me interné por un sendero que jamás había cruzado, digamos que en lugar de bordear por lo seguro, atravesé la ciudad en línea recta para llegar. No sabía por dónde me estaba metiendo, ni siquiera si era terreno privado. Árboles y trigales salían a mi encuentro hasta que de repente salí a una esplanada de cesped verde y charcos y de fondo el puente.

Mi objetivo estaba allí delante de mis ojos enorme y espléndido, dispuesto a ser fotografiado en una panorámica inédita, pero al mirar hacia atrás me encontré con ese poquito de magia.

Entrecerré los ojos y me llevé una mano de visera a la cara hasta que mis ojos se acostumbraron. Allí se alzaba majestuoso, entre los trigales, el viejo silo. El sol, semi escondido entre las nubes que se estaban acercando a la ciudad, le daba un brillo dorado al escenario, confiriendo al viejo silo una silueta oscura dibujada contra el cielo.

Es esta una de las imágenes más bonitas de esta aventura y quiero que también sea la primera, porque significa todo lo que la fotografía es y todo lo que aporta, porque es historia, porque es aventura, porque es magia, porque no deja de ser como esa serie de pequeñas cosas inevitables que suceden cada día, que ordenamos en nuestra mente como en un álbum de fotos y a la que llamamos vida.

fotografía (ver en alta resolución) @ José Francisco Cedenilla

vota por la fotografía aquí en National Geographic para que aparezca en la revista internacional

No quiero parques

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Detrás de mi casa, detrás de la fábrica de helados, había dos grandes terrenos en los que nos pasábamos las tardes jugando, con sus montañas de arena por las que Yoko subía y bajaba, las plantas que por más que quemaban volvían a salir cada año, un terreno en el que alguna que otra vez me dejé la piel, casi siempre de la rodilla.

Ahora esos terrenos ya no existen, siguen ahí, pero de otra forma, uno se ha convertido en un edificio y el otro permanece vallado con bloques de hormigón por esa estúpida norma que no sé quién ha inventado, todo para proteger a la gente de posibles caídas.

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Y yo me pregunto qué fue entonces de nosotros, cuando no había vallas, cuando salíamos libremente a jugar sin que una persona mayor nos estuviera vigilando todo el tiempo, correteando por ese terreno ahora vedado que supuestamente es ahora tan peligroso. ¿Acaso las caídas, la ropa rasgada, las manchas, no forman parte de un niño? Pero nadie pone una valla entre las aceras y las carreteras, que por supuesto son muy seguras.

Ayer muy temprano pasé por uno de los únicos lugares en los que aún uno puede jugar como antaño, uno de los barrios míticos en la ciudad, cerca de la fábrica algodonera, pero no por mucho tiempo, hasta que recauden lo suficiente para convertirlo en otro de esos parques infantiles sin tierra en los que una caída supone rebotar entre algodones. La magia que desprendía en la niebla está fuera de toda duda.

Tengo una pirámide maya en mi pared

piramide maya

Medir el tiempo. Cuántas veces nos preguntamos entre la noche y la mañana en qué día estamos, miramos a la pared y consultamos en los oráculos de papel ese día en que tenemos una cita médica, un cumpleaños olvidadizo o una cita importante. El paso del tiempo trae consigo un avance, la tecnología y las nuevas ideas hacen posible que todo lo que antes era de un tamaño gigantesco, al final termine en la palma de nuestra mano, y me vienen a la mente aquellos super ordenadores que ahora tenemos a toque de un click.

Cuatro caras correspondientes a los cuatro ciclos del año civil, las cuatro estaciones. Si uno se dispone a subir por una de esas caras hasta la superficie, contará 91 escalores, y así podría seguir con una, otra y la última de las caras, sumando 91 más 91 más 91 más, un total de 364 escalones, ¿os va sonando la cifra? El último escalón, el situado de frente al lugar de los sacrificios a los dioses, el 365.

365 días, un año. Nunca hubiera pensado que ese calendario que tengo en mi pared, hace un tiempo se esculpiese en piedra y fuese parte de rituales, cuentas y profecías. Porque las pirámides mayas son auténticos calendarios sobre la tierra.

Especial EL FIN DEL MUNDO, 21 de diciembre de 2012: El final del calendario Maya, los orígenes de la profecía

cuenta larga

201212 del 12 del 12, coincidiréis conmigo en que la de hoy es una fecha muy especial que jamás volverá a repetirse. La inquietud que invade a la humanidad estos días, no tiene que ver con una fecha inventada, ni rumorología legendaria, ni con suposiciones, sino con un hecho ante el cual no cabe ningún tipo de duda. La civilización maya era capaz de medir el tiempo con tanta precisión (y tengamos en cuenta que estamos hablando de una civilización que no dispone de los instrumentos científicos actuales) que eran capaces de determinar mediante su sistema de calendarios la duración del año solar con una diferencia de tan sólo 8 segundos con relación al nuestro.

calendario civil

Los mayas tenían varios calendarios, algunos de ellos con cuentas de más de diez millones de años con gran precisión. Todos estos calendarios se relacionan con los ciclos lunares, solares y el movimiento de los planetas, una cultura tan obsesionada con la medición del tiempo que eran capaces de predecir un eclipse solar con miles de años de antelación.

El calenario maya consiste en tres cuentas de tiempo distintas, pero que transcurren de forma simultánea, al fin y al cabo el tiempo fluye, nunca se para. El calendario sagrado de 260 días, el civil que conocemos todos de 365 días y el más importante y con el que comienzan todos nuestros problemas e intrigas y que nos lleva a la fecha fatídica, el de la Cuenta Larga.

calendario sagrado

La Cuenta Larga es algo así como un calendario profético que comprende una era de 5125 años, y viene a señalar el espacio de tiempo que transcurre entre un evento que ocurrió en el calendario sagrado con respecto a otro momento en el calendario civil. El calendario de la Cuenta Larga comienza el 13 de agosto del año 3114 a.C. y se para abruptamente el 21 de diciembre de 2012, una fecha que los mayas marcaron como un evento especial con respecto a otro suceso importante el día en que comenzó esa cuenta.

Precisamente el día 21 de diciembre de 2012 marca el solsticio de invierno en el hemisferio norte, o lo que es lo mismo, el día más corto del año, un hecho que ocurre cada año y que es a lo que llamamos Navidad (estrictamente sin referirnos al día en que se celebra religiosamente). Pero este día de este año, lo que se producirá no será sólo este acontecimiento anual, sino algo aún más grande, un fenómeno que jamás ha visto la raza humana y que sólo se produce cada 26,000 años.

calendario maya

¿Un asteroide que chocará contra La Tierra, erupciones solares, terremotos u otra serie de catastróficas desdichas? No te pierdas la próxima entrega del Especial EL FIN DEL MUNDO: El insólito alineamiento galáctico. Pero antes de eso… algo más.

Especial EL FIN DEL MUNDO, 21 de diciembre de 2012: Supersticiones

paraguas

2012Cuando esta fecha estaba lejana, no daba tanto miedo como ahora, algo así como ver a un fiero animal desde los seguros barrotes de un zoo. Ahora que se acerca, su fenómeno es incluso más intenso que el que sufrimos con el cambio de 1999 al 2000, cuando todo el mundo esperaba impaciente las sorpresas que nos depararía el cambio de milenio (no estrictamente, claro).

Todavía hay gente que no sabe acerca de la fecha del 21 de diciembre de 2012, os lo aseguro, esta misma mañana me encontré con alguien ajeno a todo esto, mientras que en canales como National Geographic no paramos de ver documentales especiales acerca de nuestro último día en La Tierra y las claves para entenderlo, canal en el que el mismo día 21 ofrecerán una maratón de 24 horas dedicada en exclusiva al fin del ciclo del calendario maya.

gato negro

Hoy, cuando apenas faltan 11 días (11, ese número mágico), es el momento de ver teorías y de profundizar en el comportamiento humano ante lo desconocido y precisamente esto último es lo que haré hoy, indagar en uno de los comportamientos del ser humano que nunca se extingue, el de las supersticiones, un tema al que regreso seis años más tarde, cuando este blog estaba creado pero tomando una forma desconocida y mi rincón era otro diferente. Entonces estaba empezando en esto del mundo de internet, experimentando y la segunda parte nunca llegó. Quizá estaba esperando a este momento, más grande, más sabio y más tonto. No me voy a poner a enumerar las supersticiones, que hay muchas y encima cada cual tiene la suya, sería una historia interminable, voy a hablar de mí y de mi entorno y del por qué necesitamos aferrarnos a una superstición.

escalera

Cuando yo era pequeño sufrí, como el resto de la humanidad, este mal que te esclaviza y te ata a unas condiciones invisibles. Comencé por levantarme y poner siempre el pie derecho en el suelo, continué con alguna pequeña rutina pasajera con la que me sentía bien, apagaba las luces en un determinado orden, evitaba pasar siempre por debajo de las escaleras y algo de lo que me avergonzaba y me avergonzaré toda mi vida y que comenzó como un pequeño juego supersticioso, tocar algo de metal al ver a una persona con el pelo pelirrojo.

Un día me di cuenta de las tonterías que estaba haciendo y decidí jugar al juego contrario, qué pasaría si primero dejaba de tocarme el botón del pantalón al ver esa vecina pelirroja. Un día me la crucé y con mucho esfuerzo vencí al miedo. Y no pasó nada malo. ¿Por qué estaba apagando las luces en un orden, por qué no me levantaba como me diese la gana? Aprendí a relacionar mis supersticiones con mis miedos. Cada vez que apagaba esas luces o me levantaba de la cama, estaba persiguiendo una acción de acuerdo con el mundo, con la naturaleza: “Si me levanto con el pie derecho, hoy todo saldrá bien”. Pero los pactos con los seres invisibles de la mente, se quedan en nuestra mente. Hice todo lo contrario y no pasó nada.

espejo

La última de las supersticiones que me quité fue la de las escaleras, quedando libre para siempre. Ocurrió un frío día de otoño en la ciudad, un aviso de un telegrama en la oficina de correos. Eran ya casi las ocho de la tarde, cuando me interné en la calle San Francisco, atestada de gente ultimando compras y regresando de sus trabajos. Era tal la incertidumbre por el asunto del telegrama que, para eludir a tantas personas, decidí meterme por debajo de una escalera de un hombre que estaba colocando la iluminación. No fue hasta media hora después, cuando abrí el sobre en el ascensor, que tú y yo creamos el segundo de nuestros lazos, Yoko. Desde entonces creé lo que yo llamo “superstición en positivo”, es decir, que siempre que puedo, paso por debajo de una escalera en la calle (eso sí, que tonto no soy, siempre que la vea estable). Hemos relacionado el peligro con nuestro miedos, la situación real de una escalera cayendo sobre alguien con nuestros temores, el que se te cruce un gato negro, con el susto que te llevas y más si sale aullando de un contenedor a tu lado cuando pasas a las cinco de la madrugada cuando todo está en silencio (y de esto soy testigo, Cuenca, madrugada para coger el autobús de camino a casa, descampado a oscuras, gato sale lanzado del contenedor aullando enfrente de mi cara y me pega el mayor susto de mi vida, no sé si era negro, pero ya se sabe cuándo dicen que todos los gatos son pardos).

luna llena

Durante toda mi adolescencia, he podido ver cómo la gente a mi alrededor es esclava de sus propios miedos. A mi hermana, cuando su entonces novio estaba en el servicio militar, apagar y encender las luces un número determinado de veces, a mi tía despedirse sin decir adiós, siempre evitando esa palabra que parece de despedida eterna… una penitencia que nos cargamos a cuestas sobre el hombro y que, o bien pasa a formar parte de nuestra vida, o aprendemos a deshacernos de ella, pero ante la que cada cual elige lo que hace con ella y el momento.

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Si la carga es ligera y nos hace sentir bien, es tan humilde como comerse un caramelo a escondidas. Pero si es pesada, tarde o temprano termina desapareciendo, cuando un buen día la mente despierta y comprende que no vale tanto sufrimiento una acción que nadie, sino lo inevitable, va a saber recompensar.

Ops, se me olvidó mencionar que todavía llevo una superstición a cuestas de por vida… a los siete años rompí un espejo y su maldición aún perdura. Si sobrevivimos al 21 de diciembre de 2012, quizá tenga que hacer una tercera parte…

Los árboles más grandes del mundo

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National Geographic nos trae en este mes de diciembre de 2012 un reportaje sobre los árboles más grandes del mundo, que no es el primero, las secuoyas gigantes. Un equipo encabezado por el prestigioso fotógrafo de la revista, Michael Nichols, recorre y se sube a una de estas secuoyas gigantes de 75 metros y más de 3,200 años de antigüedad para fotografiar el árbol desde la base hasta la copa y regalárnosla en un precioso póster de cuatro láminas en cuyo reverso podemos descubrir la cantidad de vida que puede llegar a alojar este monstruo de la naturaleza.

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Además junto a la revista, que además cumple ya 125 años en 2013, podemos encontrar una edición con la ya tradicional agenda, que este año conmemora ese importante aniversario, descubriendo en cada vuelta de hoja un interesante dato de la sociedad fundada en 1888.

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Para el que esté interesado, hace poco National Geographic emitió en televisión precisamente el documental sobre la complicación de fotografiar una secuoya gigante, la situación de las cámaras, intentar inventar un sistema de control remoto que además no se moviese mientras se tomaban las capturas para después unirlas y por supuesto, el espacio y las inclemencias del tiempo y la luz necesaria para llevar a cabo una de las fotografías más impactantes que cae este mes en nuestras manos.

RÉPLICA DEL POSTER

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Con un beso de amor verdadero

“Y un día se encontraron atrapados en un lugar en el que la felicidad les había sido robada, nuestro mundo. Así es como sucedió…”

Crecí a mis espaldas con las historias de Pinocho, ese muñeco de madera hecho con tanto mimo por Gepetto, que de repente una noche mágica cobró vida, disfruté de sus aventuras, de esa nariz que crecía con sus mentiras y que nos dejó ese “te va a crecer la nariz como a Pinocho”, y de cuando finalmente un hada lo convirtió en el hijo de carne y hueso que aquel hombre deseaba.

Hansel y Gretel que cayeron en la tentación de la dulce casa de chocolate, el despistado Pulgarcito, la niña que no quería ver la realidad de su mundo y se internaba en aquel país de las maravillas con el sombrerero loco y su té en la eterna fiesta del feliz no cumpleaños.

La imagen de la bruja en el libro de cuentos, gorro puntiagudo, cara demacrada, alargada nariz, una verruga, vestida toda de negro y con una roja y envenenada manzana en sus manos, preparada para vengar su odio hacia la mujer que el espejo consideraba la mujer más hermosa del mundo. Un ataud de cristal velado por siete enanitos, donde yace Blancanieves. Un príncipe roto de dolor que, con lágrimas en los ojos, da a su amada el último beso de amor verdadero.

Allá donde acabaron aquellos cuentos, sólo quedaba vivirlos una y otra vez, generación tras generación, millones de niños creciendo, como yo, con sus historias, sus finales felices y moralejas que uno no lograba entender hasta que pasaba el tiempo. Pero nunca nos preguntamos tras ese “vivieron felices y comieron perdices” qué ocurrió. ¿Qué cúmulo de casualidades hicieron que Pepito Grillo llegase a ser la voz de la conciencia? ¿Por qué Gepetto nunca pudo tener el hijo deseado hasta que apareció Pinocho? ¿De dónde nació esa manzana roja envenenada? ¿Por qué la malvada bruja tenía aquel odio tan grande hacia Blancanieves como para desear su eterno suspiro? ¿Qué hubo antes y que pasó después de las historias que nos contaron y leímos?

No podré agradecer lo suficiente a Adam Horowitz y Edward Kitsis que hayan recogido todos esos cuentos de nuestra infancia, a todos los personajes que tan bien conocemos, como si fuesen parte de nuestras vidas, tanto que no necesitan presentación, hayan decidido contestar a todas esas preguntas que jamás nos hicimos y mezclarlas y entrelazarlas como piezas de un complejo puzle para dar vida a una obra de arte llamada “Érase una vez”.

Ojala pudiéramos recuperar todo lo perdido con un beso de amor verdadero, aunque si uno lo desea muy muy fuerte, quizá, aunque no sea como lo imaginamos, consigamos traer de vuelta de ese mundo de fantasía, un suspiro que bien vale una vida.

Así fue la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012

Una película en directo, ese fue el regalo que Danny Boyle, responsable de, entre otras, Slumdog Millionaire, nos hizo a los asistentes para una noche mágica. Una vuelta de tuerca a la inauguración de Atlanta 96 añadiéndole este concepto cinematográfico y muy diferente a la del pasado año, sin duda por tratarse Pekín de una ciudad milenaria en la que es más complicado hacer un recorrido rápido, mientras que Londres, al igual que Atlanta, tienen menos recorrido histórico, aunque no menos importante. Debido a esto precisamente, todos tenemos más reciente su historia y todo fue más cercano al espectador, pudiendo reconocer cada escena y cada acto con una sonrisa, con melancolía y a veces mezclando sensaciones.

En su día Slumdog Millionaire me resultó extraordinaria, la forma en la que, sin palabras, con la banda sonora, era capaz de transmitir todas las emociones. Ayer en la ceremonia volví a tener esa sensación, cuando los obreros paraban para recordar a las víctimas de las dos guerras mundiales, todosd en silencio, vista baja o al cielo y mano en el pecho y sonaban esos silbidos y la banda sonora o en esa maravillosa danza de la lucha entre la vida y la muerte, un auténtico film en directo.

El paso del espacio verde a la industria fue espectacular, a raíz de unas palabras de la obra de Shakespeare. Ver cómo todos esos voluntarios convertían un escenario de campo en una nave industrial quitando vallas, derrumbando casas, levantando grandes chimeneas, hasta el final de un primer acto que ponía los pelos de punta, con la fundición del quinto aro olímpico que se elevaba en el cielo para unirse a los otros cuatro y volar hasta la estratosfera marcando al mundo, comunicando al resto de la galaxia que allí había una celebración.

Otro de los puntos fuertes y que más me emocionó fue el hospital de niños, lugar de cuentos donde se dieron cita grandes personajes, buenos y malos, salidos de la mente de autores ingleses. No puedo obviar que cuando vi a Lord Voldemort se me aceleró el corazón, pues soy un terrible fan de Harry Potter (que bien podría haber sustituído a la niñera más famosa del cine, Mary Poppins) y hasta pensé que al quedarse solo en el centro del escenario, íbamos a presenciar esa última batalla entre el bien y el mal con el otro protagonista. El remate ya fue ver a J.K. Rowling, que tanto ha hecho por la literatura ya no sólo en el Reino Unido, sino en el mundo entero, todo un símbolo.

El salto de la reina de Inglaterra del helicóptero, a pesar de que las secuencias no se correspondían en tiempo, uno de esos puntos de humor inglés que al menos despertó sonrisas, al igual que Mr Bean, utilizando su humor para recordar la grandísima historia de “Carros de fuego”. Un comentarista español durante la ceremonia, no recuerdo quién, decía que los helicópteros por la noche no vuelan. Entonces por ejemplo ¿algunos ganadores de Gran Hermano cómo llegan al plató, volando con sus alas? No sé a qué se refería exactamente. A partir de aquí sin duda la ceremonia estuvo enfocada al salto generacional, dando mayor importancia a la juventud y las nuevas generaciones, bailes dinámicos, la irrupción de internet en nuestras vidas con la presencia del creador de internet y mucha música. Inentendible el momento en que la serie “Cuéntame” ocupa uno de esos momentos de las mejores series de la historia, no es que esté mal, pero tanto como para estar ahí junto con leyendas de la televisión es más que excesivo, aunque la decisión, por mucho que digan que a Danny le gusta la serie, quizá vendría motivada por la relación entre la BBC y RTVE, una mancha negra sin duda que me dejó un mal sabor de boca por el atrevimiento, sobre todo porque el mítico Doctor Who, todo un icono en Reino Unido y en todo el mundo, tuvo una aparición casi insignificante.

Tras el soporífero desfile, a pesar de que en esta ocasión fue más ameno gracias a los tambores, la música y rapidez y ese misterio que portaban los niños en sus brazos y que desfilaban al lado de cada uno de los abanderados de los más de 200 países, pudimos asistir a los momentos tradicionales, el izado de la bandera olímpica y los juramentos y apertura de los Juegos Olímpicos.

Quedaba el misterio mejor guardado, el encendido del pebetero olímpico. Pero, ¿dónde estaba? Lo cierto es que no sé si jugaron al despiste, pero yo encontré cuatro posibles lugares, primero una extraña estructura de color rojo que se alzaba por fuera del estadio olímpico, posteriormente, tras el último relevo de la antorcha a los 7 jóvenes relevistas, según iban corriendo por la pista y se paraban pensé, ¿será la campana que se da la vuelta? Pero pasaron de largo hasta el siguiente punto, el roble sobre el montículo, ¿sería el propio árbol el pebetero? Pero también pasaron de largo y ya sólo quedaba un lugar.

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De repente, aquellas más de doscientas piezas que los niños portaban al lado de los abanderados, estaban ensartadas en unas varillas que radiaban del centro del estadio, los jóvenes relevistas se acercaron y prendieron fuego a siete de ellas, un fuego que se dispersó por el resto de aquellos más de 200 pequeños pebeteros mientras sonaba una música que será difícil de olvidar. Un lugar donde no había estado nunca, jamás en la historia el pebetero se encendió en el mismo centro del Estadio Olímpico y no había un sólo pebetero, sino decenas de ellos en representación de cada país participante. Celestial el momento en que las varillas se alzan hacia el cielo y se unen en un solo fuego, sin palabras, el mejor encendido de la historia de los juegos, imaginativo, innovador e imposible de predecir (y eso que en las invitaciones y cuadernos de prensa, los periodistas y espectadores lo tenían delante de sus narices desde haca semanas).

No hay palabras, sino sensaciones, para describir esta película que Danny Boyle nos regaló, mezclando el bien y el mal, las prisas de un mundo en movimiento con la calma del corazón, esos momentos únicos que te hacen sonreir mientras un nudo aprieta en alguna parte del cuerpo creando un sentimiento de felicidad y melancolía a la vez. The best ever, muchas gracias por el regalo.

Y allí estaba la National Geographic Store de Gran Vía en Madrid

Viajé a Madrid con mi compañero, para una entrevista enfocada a conseguir otra categoría en el mismo trabajo, Jefe de Proyecto Junior. Algo más de dos horas de entrevista que se hicieron amenas y de las que los resultados fueron más que satisfactorios, pero eso ya es otra historia.

Eran cerca de las dos de la tarde, hora de comer y el siguiente autobús no saldría hasta poco más de dos horas después, así que nos dimos una vuelta por Callao y Princesa y salimos a Gran vía para comer en un Burger King. Hacía mucho que no paseaba por las calles más concurridas de la capital, desde hacía tiempo mis viajes a la ciudad se habían limitado a ir a Boadilla del Monte. Después de comer, la casualidad, buscando la famosa tienda de donuts Donut King, hizo que bajásemos casi toda Gran Vía y que la tienda nos pasase desapercibida, así que tras haber recorrido un largo camino, preguntamos y nos mandaron de nuevo para arriba.

Una calle, otro cruce de calle, de repente miro hacia arriba en una esquina y allí se alza, majestuoso, el símbolo de la sociedad de investigación para la naturaleza más fasmosa del mundo, allí estaba ante mis ojos la National Gegraphic Store.

Sabía de ella desde su inauguración y siempre había querido ir, aunque con el tiempo, se me había olvidado por completo su existencia. “Dios, la National Geographic Store, aquí tengo que entrar” le dije a mi compañero. Un amable hombre de seguridad permanecía de pie cuando entramos por la puerta, un recibidor inspirado en el símbolo circular de NGS, unas escaleras que conducirían seguramente a una segunda planta de exposiciones para las jornadas diarias y unas escaleras que conducían a un lugar mucho más acogedor.

Iluminación ténue, colores marrones, ropa, revistas, libros, peluches, fotografías… aquello era como estar en el paraíso, volví a convertirme en un niño con zapatos nuevos, me olvidé del tiempo y sentí como si hubiera saltado en el espacio y me encontrase en un lugar distante.

El tiempo que tuve fue breve, pero intenso, el suficiente para admirar por encima todo aquello, sin poder llevarme más que una camiseta con el dinero que tenía, un recuerdo muy especial. Tras salir de allí con pena y conseguir los donuts, iniciamos la gymkana por las calles y el metro hacia la estación de autobuses, a la que llegamos por los pelos. Al llegar a la ciudad, allí me encontraba, de camino a casa, con la bolsa amarilla de un lugar al que volveré sin duda.

Así son Wenlock y Mandeville, las mascotas de los Juegos Olímpicos de Londres 2012

Recuerdo con especial cariño aquellos años previos a Barcelona 92 y nuestro famoso Cobi. El año 1992 parecía entonces lejano, inalcanzable, cada verano reencontrándonos con Verónica Mengod y Miguel de la Cuadra Salcedo en los programas previos donde un grupo de chavales viajaban por el mundo conociendo otras culturas y realizando juegos. Llegaba el final del verano y al siguiente volvía a girar la rueda, un 92 que era la meta y que cuando finalmente llegó se convirtió en algo realmente especial y esperado.Dos décadas han pasado ya desde entonces.

Y ahora, una vez más, parece mentira, han pasado otros cuatro años, casi mil quinientos días desde Pekín 2008, cuando en agosto de aquel año descubrimos a las mascotas de los JJOO de la ciudad oriental. Dejamos paso ahora a Londres 2012 que nos presenta las mascotas más aerodinámicas y tecnológicas de cualquier sede de los Juegos Olímpicos. Os presento con mucho gusto a Wenlock y Mandeville.

Ambas se complementan, mientras que Wenlock es la mascota oficial de los JJOO, Mandeville es la oficial de los Juegos Paralímpicos. Deben su diseño a Michael Morpurgo, trabajador de Iris Design, el cual asegura que los diseños nacieron y fueron inspirados en las últimas gotas de acero sobrante de la fundición de la última viga colocada en el Estadio Olímpico de Bolton.

Wenlock lleva un nombre que está inspirado en la ciudad real de Much Wenlock, ciudad que inspiró al Barón Pierre de Coubertin para idear los JJOO de la era moderna en 1858. Wenlock lleva en la muñeca cinco aros de la amistad de colores, los aros de los Juegos Olímpicos, en su cabeza tiene tres puntos, simbolizando los tres lugares del podio, el bronce, la plata y el ansiado oro olímpico y su pelo lo veremos todo el tiempo que duren estos juegos, ya que refleja la forma del techo del Estadio Olímpico.

Mandeville también lleva un nombre inspirado en una ciudad, Stoke Mandeville, ciudad donde nacieron los Juegos Paralímpicos. En la muñeca, en lugar de aros olímpicos, lleva un cronómetro que marca 0:20:12, el año de los juegos y su cabeza se asemeja a la forma del logo de los Juegos Paralímpicos.

Quizá desde hace algunos años no se dé la importancia que merecen a estas mascotas, recordemos que en el año 92 Cobi se hizo mundialmente famoso, tuvimos serie de dibujos animados, camisetas, pines y todo tipo de merchandising con el diseño del personaje e incluso llegó a emocionarnos cuando, en la ceremonia de clausura, se hizo a la mar en un pequeño barco y subió a los cielos, despidiéndose para siempre de nosotros. Para Londres Wenlock y Mandeville no han pasado desapercibidos y tienen su propia serie de algunos capítulos animados además de causar sensación. Puede que las mascotas sean más queridas cuanto más cerca las tenemos, algo así como las mascotas reales. No es lo mismo ver al perro del vecino que tenerlo en casa.

Así nacieron Wenlock y Mandeville, aventuras animadas

Los JJOO Londres 2012 ya se acercan y este año tenemos la enorme suerte de que no tendremos que madrugar para ver, por ejempl,o un partido de Waterpolo, ya que el horario nos beneficia. Deseando ver ya esa ceremonia inaugural, a estas dos mascotas y la forma en que el pebetero se iluminará. ¿Logrará superar la del año pasado con esa espectacular llama sobre pergamino que me ùso los pelos de punta? Muy pronto repasaremos algunos de los grandes momentos del encendido del pebetero olímpico.

National Geographic HD y NG Wild HD llegan a TiVo

Soy un apasionado de la naturaleza desde que tengo conocimiento. Debe venir de genética, cuando mi madre y mi padre, antes incluso de nacer yo, ya coleccionaban los fascículos semanales de la obra magna de Félix Rodriguez de la Fuente: “La Enciclopedia de la Fauna”. Antes incluso de aprender a leer, ya me sumergía entre las páginas de sus volúmenes, intentando aprender algo más sobre los animales salvajes que no estaban al alcance de cualquiera. Todavía queda por ahí alguno de los últimos volúmenes incompletos sin encuadernar, con un ridículo (ahora) precio en pesetas.

Seguidores de su obra y de la serie televisiva que nunca nos perdíamos, “El hombre y la Tierra”, la pérdida del naturalista significó un duro golpe para todos, pero la semilla y el espíritu ya estaban ahí, o más bien siempre habían estado potencialmente ahí.

Tras un gran espacio de tiempo, en octubre de 1997 volví a recuperar la ilusión por el mundo de la naturaleza gracias a la llegada de la edición en español de la revista mensual National Geographic Magazine, de la que a fecha de hoy no me falta ni un solo número después de haber pasado más de 15 años, sin duda una tarea más ardua que la que significó para mis padres la obra de Rodriguez de la Fuente y, de cierta forma, una deuda con el pasado, donde esos últimos números les fueron arrebatados e imposibles de localizar por ciertas circunstancias de la vida.

Años más tarde, cuando estaba en la Universidad, comenzó en España la emisión de National Geographic Channel como complemento a la revista, sólo en una plataforma digital en exclusiva y algo de lo que sólo podía disfrutar en la Residencia Universitaria, así que, cuando nadie estaba viendo la tele o aprovechando un rato antes de ir a dormir, pedía a Julio o Dolores que me cambiasen el canal para poder ver un documental. Me gustaba poder pasar un rato viendo algo diferente y deseaba algún día poder tenerlo. Harían falta varios años para que finalmente llegase Ono a la ciudad y con la operadora, entre todos los canales, NG Channel, al que pude suscribirme por fin y poder disfrutarlo cuando quisiera, ya sin tener que pensar en los demás ni aprovechar momentos en que nadie veía la televisión.

Hoy 10 de julio, después de un par de meses con el servicio TiVo de Ono, por fin llegan nuevos canales en HD y entre ellos dos que ya se encuentran entre mis favoritos, National Geographic HD y NG Wild HD, lo que significa un paso más allá. Quién me hubiera dicho esto, cuando me sumergía apenas sin saber leer entre los tomos de Félix. El primero de ellos es el canal normal pero en alta definición y el segundo, aunque de momento no hay información sobre la programación, ha conseguido engancharme y me he quedado viendo un documental sobre un tio de Australia que le daría mil vueltas en educación y trato animal al Frank de la Jungla, basado en el trabajo del día a día en el centro salvaje Australiano, desde el manejo de helicópteros para conducir al ganado y conducir al corral a los caballos salvajes sustituyendo el viejo oficio de vaquero, hasta la doma de otras criaturas salvajes que pueblan el interior del continente, toda una gozada.

No puedo evitar quedarme embelesado frente a la pantalla y sorprenderme con información que desconocía. El complemento visual de algo que antes sólo estaba disponible en lectura, le da una mayor profundidad y realismo. La naturaleza en estado puro. Por cierto, la generación que me siga, tendrá buenos volúmenes entre los que sumergirse.

Nuestros años pitufos

Comienzan sus vacaciones de verano bien contentos, tras una fiesta de viernes tarde y noche, de esas cuyo sonido se cuela por la ventana a altas horas, con las notas cada vez más cerca, la cartulina plegable donde pone P.A., Bien, Notable o Sobresaliente con buena caligrafía sobre los puntitos diseñados para ello. Cada final de curso de los pequeños, me trae recuerdos lejanos y uno de ellos más fuerte que los demás, quizá por la intensidad con que lo viví, la tómbola fin de curso del colegio.

José María y Rubén acaban las clases y hoy, echando un vistazo a las fotos de la cámara me di cuenta que no publiqué estas, en las que se aferran a un Papá Pitufo. Los pitufos, esos seres azules atemporales que nosotros disfrutábamos cada sábado por la tarde después de comer y que ahora disfrutan en canales de cable o la televisión digital, tras haber pasado ya más de un cuarto de siglo. No sé si la aparición de Gargamel sigue dando miedo o ya dan por hecho que los pitufos van a salir de esa, o si la aparición de Papá Pitufo impone respeto, si la actitud de Tontín provoca risas o realmente creen que es tonto, o si donde antes Pitufina era la dama siempre en apuros, ahora no pensarán que con quién será el siguiente pitufo con que se líe.

Absolutamente todo ha evolucionado, para ellos y para nosotros, disponemos de más información y nadie me quitará de la cabeza que los niños cada vez son más listos a edades más tempranas. No menosprecio para nada la inocencia de nuestros años pitufos, fue la que tuvo que ser, currándonos todo con menos medios, como también tuvieron que hacer nuestros padres, juguetes hechos con cartón, trabajos a máquina con su cinta de tinta negra y roja (y la blanca para borrar con la combinación exacta de teclas), soñar con eso que salía en la tele, que tenían en EEUU y tú nunca podrías tener. Ahora los juguetes ya vienen hechos, el ordenador nos quita trabajo tedioso e internet hace que tener algo que está al otro lado del mundo pueda ser nuestro en veinticuatro horas.

Y hasta con este panorama, nada consigue que la imaginación se acabe, simplemente se pone otros límites distintos. Hasta dónde llegarán nuestros pequeños pitufos… será cuestión de verlo.

Podcast El Ladrido de Yoko – Episodio 8: Aquello conocido

Este mundo no deja de ser una repetición de sí mismo, consigo mismo en su propio interior y con otros mundos desconocidos que andan perdidos en el espacio y que nunca llegaremos a ver. Por mucho que nuestra cabeza se haya empapado desde pequeños con historias de ovnis, alienígenas y otros menesteres, al final la realidad que nos muestran las imágenes de los satélites que lograron llegar, no reflejan algo que nos sea desconocido. Siguen teniendo los mismos componentes que conocemos, sigue habiendo viento, rocas, tormentas y seguramente por mucha vida que se descubriese, aunque soñemos con seres verdes y de ojos saltones, el resultado será el mismo, necesitarán alimentarse, necesitarán desplazarse de alguna forma que, aunque nos parezca extraña en un principio, no nos será desconocida si lo aplicamos a formas de vida que ya conozcamos.

Y es que cada partícula tiene su esencia en otro lugar paralelo. Al final todo se reduce a una serie de formas y actos de vida con los que ya nacemos de serie o que adquirimos con la experiencia visual o sensitiva o de cualquiera de nuestros sentidos. Así como en las formas de las nubes de una tarde despejada creemos ver cosas conocidas, lo mismo ocurre con cualquiera de los objetos y actitudes que vemos a nuestro alrededor, desde un delta que parece una hoja visto desde arriba, una expresión en la cara de una persona desconocida que de repente se nos asemeja a la reacción de un amigo, hasta una pelota de papel arrugada que bien podría ser el planeta que habitamos.

DESCARGAR

El lugar para las sorpresas queda sólo reservado a lo inesperado y en realidad, cuando creemos ver algo nuevo y único, sólo lo es para nosotros, por nuestra forma de ver las cosas, porque seguramente otra persona ya lo haya visto antes, si no lo mismo, sí en otra forma, en otra esencia. En alguna religión se dice que polvo somos y que en polvo nos convertiremos, la ciencia sabe que nuestro cuerpo no es sino un tanto por ciento superior de agua, como esa que corre por los ríos y no piensa, que lo único que nos diferencia de los genes de otra especie incapaz de pensar es un porcentaje ínfimo. Nosotros también somos sólo eso, una repetición de nosotros mismos con diferentes particularidades, esencias que guardan otra esencia en un lugar paralelo, aquello conocido.

Podcast El Ladrido de Yoko – Episodio 1: Las aventuras de Lor, el caballo mágico

De vez en cuando abro esa gran carpeta que guardo como un tesoro, en la que desde pequeño recopilo los viejos cuentos que escribía estando en la escuela, los relatos del instituto, los que vendrían después como intentos o como obras preentadas a concursos, también bocetos de historias inacabadas que quizá algún día vean la luz.

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No recuerdo cómo nació Lor, el caballo mágico, que presento en esta historia narrada en el siguiente audio. Formó parte de un trabajo narrativo para el colegio, cuando seguramente contaba con 4 o a lo sumo 5 años de edad, una edad en la que mi imaginación volaba cada tarde inventando cosas nuevas recién salía de clase, cuando mientras tomaba la merienda y veía los dibujos animados, estaba deseando ponerme a dar rienda suelta a todas las ideas que se habían agolpado en mi mente a lo largo del día.

Una vez narrado el cuento, uno observa ahora con el tiempo muchos fallos que desearía corregir, repeticiones de palabras, cambios de escenario inconexos, diálogos demasiado vacíos y rápidos sin detenerse a saborear la historia. Quizá esos fallos sean el fiel reflejo de lo anterior, de las ganas de terminar algo que necesitaba contarme a mí mismo sin pensar cómo lo verían los demás, para dedicarme a narrar la siguiente historia sin perder más tiempo en algo que ya daba por hecho. Y por ese mismo motivo, hubiera sido un sacrilegio mutilar, ampliar o corregir esta historia. Al fin y al cabo es cuento con 30 años de historia de cuando era un enano y que sólo tres personas han leído: mi madre, mi profesor en aquel entonces y yo.

Tres décadas más tardes, con voz y la música que le corresponde, he querido que sea este cuento y no otro. el que abra esta nueva ventana a las posibilidades de seguir compartiendo con el mundo. Un relato que aún conserva en su página principal los colores de los rotuladores con los que dibujé una portada, en una época en la que aún no pasaba por mi mente que un ordenador pudiera después hacerlo todo mucho más bonito, nunca más personal, en el que las letras son perfectas con una caligrafía impensable hoy y en el que se puede leer la anotación detrás del 9 de nota: “demasiado mágico, pero muy bien”.

¿Que de dónde procede la ilusión por hacer “El ladrido de Yoko”? Es una historia muy sencilla que quizá algún día cuente.

Aprendiendo los planetas

Como si de una tabla de multiplicar se tratase, fui el único de mi clase que consiguió aprenderse los nombres de todos los planetas del Sistema Solar. De entre todas las materias escolares, esa parte de Ciencias era para mí la más interesante, no me hacía falta estudiarla porque cada conocimiento que leía o me contaban, quedaba grabado en mi mente de forma natural y a día de hoy se mantiene intacto, con la misma facilidad de aprendizaje. Quizá porque lo que nos gusta lo aprendemos con mayor rapidez, pero creo que también hay una capacidad innata en cada uno de nosotros que nos facilita la comprensión en determinados temas, ya sea por genética o lo que diablos sea.

Los astrónomos nos han estado mareando durante algún tiempo, que si había un décimo planeta casi fuera del Sistema Solar cerca del cinturón, que si Plutón no se puede considerar un planeta sino un pedrusco gigante que se ha desprendido de ese cinturón… qué más da, siempre serán 9 y seguramente así lo aprendan millones de niños de todo el mundo, ya sea en los libros o con medios más escasos pero igual de efectivos en los lugares menos afortunados. En algún lugar del tiempo alguien seguirá entonando de memoria aquello de:

“Los planetas del Sistema Solar son nueve: Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Jupiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón”

Los créditos finales

Muy pocos somos los que disfrutamos de esos créditos que ponen el punto y final a una obra, un lugar en el que se esconden nombres y secretos clave que a veces nos hacen recordar antiguas obras de aquellos cuyos nombres aparecen impresos, donde se oculta una pequeña parte, pero la más importante, de la banda sonora y por ende, donde poder encontrar la información para hacerse con esos temas musicales que nos han hecho sentir como reyes del sentimiento durante casi o más de dos horas de ausencia del mundo real.

Una lacra para las televisiones comerciales en abierto y públicas que buscan audiencia rápida sin preocuparse de las minorías, pero a la vez un gran respeto por esas mismas minorías en las televisiones de pago por cable, donde el trato es exquisito. Muchas productoras investigan más allá de la pantalla en negro en la que van apareciendo letras en blanco sobreimpresionadas, una tradición en la que la banda sonora final con los créditos más importantes se mezcla al final con la música principal de la obra para mostrar todo su elenco. Se desmarcan mostrando escenas del making of, fotogramas con los momentos más importantes e incluso continuando o añadiendo sobre la historia ya contada, todo con el objetivo de reeducar a un público que no sabe apreciar esos momentos finales, que enseguida desestima, cambia o se levanta empleando su tiempo en otras cosas. Cinco minutos de sus vidas.

Eres de esos que en el cine odia que tras un final nostálgico en que los ojos se empañan, de repente las luces se enciendan sin dejarte tiempo para recomponerte mientras te recreas en la música. Eres de esos que viven los créditos hasta el final, hasta que salen los carismáticos iconos como los del Motion Picture, hasta que sale el THE END sabiendo entonces que ya sí puedes desconectar y volver a la realidad.

La memoria de los primeros años

Siempre que veo aquella fotografía en la que aparezco detrás de la antigua casa de mis abuelos de la mano de mi padre posando cerca de unas ruinas, o aquella en que estoy jugando al fútbol con mi jersey de punto marrón claro en ese mismo lugar, no me reconozco. Sí, es innegable que soy yo por la genética, pero, ¿por qué no recuerdo aquellos momentos? ¿Por qué permanecen oscuros totalmente, ni tan siquiera borrosos?

No recuerdo quién me dijo hace mucho tiempo que la memoria de nuestros primeros años, exactamente de la anterior a los 5 primeros, se quedaba oculta y era casi imposible recordar las cosas que nos sucedieron a no ser que fueran realmente traumáticas o tuvieran algún significado que hemos llevado a cuestas hasta ahora. Y así, es, recuerdo el día del 23F cuando apenas contaba con tres añitos, mi camión jugando en la arena y siendo llevado a casa con prisas de la mano de mi madre ante el acontecimiento, recuerdo dónde jugaba con mis juguetes y lo que me hacían sentir, pero sólo eso, aunque no es poco.

No sé dónde quedan las cosas comunes, aquello que no me marcaba, ¿dónde permanece oculto? Tan sólo las fotos que se conservan son la memoria de esos primeros años.

Para Sofía aún es pronto. Cuando crezca, seguramente sonría al recordar lo que sentía al jugar con sus barriguitas o los abrazos de sus padres, pero mirará estas fotos sabiendo que innegablemente es ella, por la genética, pero no recordará estos momentos y le parecerá como si cualquier otro extraño los hubiera vivido.