De la semilla a la flor

Los que habeis seguido el blog, sabeis que desde hace unos meses estuve cultivando un brote del alba, vamos, unas petunias. En mi casa parece haber una terrible maldición que acaba con toda forma de vida que no sea animal o persona, más que nada porque la mayor parte del día da el sol de lleno y, el tiempo de primavera ha sido tan corto, que apenas sí le dio a la planta para completar su ciclo.

Desde el pasado domingo y durante siete días, decidí crear en yokoyyo.com una semana temática para mostrar definitivamente el proceso de crecimiento de la petunia, desde los preparativos hasta la flor. Entre bambalinas detrás de la cámara era un placer fotografiar con todo detalle el inicio de una nueva forma de vida, desde la tierra inerte y las semillas, el tierno brote tan indefenso, los tallos blanquecinos que empezaban a abrirse camino.

Durante unos días temí por la planta, sus tallos se volvieron rojos y los capullos en flor que estaban a punto de abrirse de repente se tornaron mustios. Justo aquella noche en que parecía no haber solución, hice un último intento dándole un empuje y regándola de noche. Fue un placer levantarse por la mañana y descubrir que la flor se había abierto por fin, de un color entre azulado y morado muy intenso, con pequeñas motitas brillantes.

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Por desgracia este sueño duró apenas unas horas. Con la caída de la noche, la flor se cerró y nunca más volvería a abrirse, a pesar de los intentos por recuperarla. Durante varios días estuve como un médico intentando reanimar a un paciente que parece perdido y finalmente no sobrevivió. Los tallos se volvieron de color oscuro y la flor cerrada se secó por completo. Una pequeña momia, un ser inerte que permanecía de pie, apoyado en la tierra en la que creció.

A través de las siguientes fotografías dejo el legado de su existencia, breve pero intensa. Porque hay pequeños detalles en la vida que no deben dejarse pasar desapercibidos.

Pulsando sobre cada una de ellas podréis ir a la entrada completa de cada etapa del proceso de crecimiento con más fotografías. Y ya aprovecho para convocaros a la siguiente semana temática, esta vez centrada en la diversión, que comienza ya mismo.

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Brote del alba

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Siempre he tenido especial admiración por ver cómo la vida se abre paso. Una simple semilla que guarda en su interior un pequeño big bang al que solo hay que poner bajo unas condiciones para que toda la información que lleva dentro comience a darle forma.

Dentro de esta lata hay semillas de brote del alba. He pasado muchos días riéndome un poco con mi sobrino, haciéndole creer que están dentro de la lata porque son plantas carnívoras y en realidad se lo ha creído.

Por muchos años que pasen, esa admiración no desaparece. Llegó el momento de plantar las semillas.

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Sergio

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La historia volvió a repetirse. Tiempo revuelto con tormentas, de nuevo me pilló en el trabajo y esa llamada inesperada de mamá: “salimos corriendo hacia Fuenlabrada que tu hermana está ingresada”. Y tras algunas complicaciones sabía que tenía que ser ese día, un 11 de febrero, el número 11 otra vez, siempre.

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Me levanté antes de las seis de la mañana y cogí el primer tren que salió. Fui el primero en llegar, tras pelearme con unas calles que había recorrido previamente gracias al mapa virtual de google. Habitación 3D-25. Les desperté sin querer. Allí estaba Sergio con apenas unas horas de vida en su nueva burbuja llamada mundo, disfrutando de sus primeras horas de sueño.

Si pudiéramos revivir el momento de cada fotografía de nuestro álbum

Lo que daríamos a veces por hacer un poco de magia y poder revivir como si fuese un making of algunas de las fotografías de nuestro álbum.

Yo me trasladaría a la Talavera de la Reina antigua, al menos más antigua de la que yo conozco claro, a ese paseo en blanco y negro con el carrito donde iba mi hermana mayor, o a las ferias en las que mi padre se divertía tirando con la escopeta junto a sus amigos, cuyos hijos fueron amigos míos después, o al momento en que mis padres se hacían fotografías apoyados junto al puente de hierro que cruza el Tajo.

Reviviría aquellos momentos frente a la puerta de la casa de mi abuelo, junto a mi prima y su columpio azul, o cada cumpleaños con sus bizcochos de chocolate y un montón de gente rodeándome mientras apago las velas.

Volvería para verle a él, mi pequeña criatura, mi cincuenta por ciento, y volveríamos a realizar ese primer paseo en que era un pequeño canijo pelirrojo con las patitas delgadas, del que había que tirar para que andase porque le daba miedo.

Sin duda, volvería.

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La luz de un semáforo

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Iba absorto por la calle en mis pensamientos, a veces me dicen que voy serio, otras me llaman la atención porque no he visto a alguien conocido. La gente espera que estés con los cinco sentidos al salir fuera y que te des cuenta de todo, pero yo no me paro a mirar cada cara con la que me cruzo.

Fue al pulsar un semáforo, uno de esos momentos en que el tiempo parece detenerse, todo se vuelve más lento y te da tiempo a pensar y reflexionar como si fuesen minutos. Estaba yo solo en aquel paso de cebra, cruzando mientras los coches estaban detenidos a uno y otro lado, sobre esa pasarela intermitente de negro y blanco.

Al pulsar el semáforo quizá había cambiado el curso de la historia de todos aquellos que estaban esperando. Quizá había evitado un accidente o creado uno nuevo en algún otro lugar, quizá había evitado que alguien se conociese al cruzarse casualmente por la calle, o quizá había propiciado ese encuentro… todo en apenas unos segundos.

La vida no deja de ser un constante botón de un semáforo, en la que cualquier pequeña decisión de un desconocido puede cambiar nuestra vida, llena de causas inevitables. Puede ser un choque con otra persona y un cuaderno que cae mientras nos ayuda a recogerlo porque alguien pulsó el botón antes de tiempo y tuviésemos prisa, puede ser ese mensaje que recibimos en el móvil, que nos hace detenernos y cuando alzamos la vista vemos a la persona con la que compartiremos el resto de nuestra vida.

Una cadena de sucesos que conduce mágicamente a otros y que puede ser tan tremendamente trágica como deliciosamente maravillosa.

Un paseo por el zoo (y VI): Descubriendo otras vidas

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Estamos acostumbrados a tantas cosas y todo nos parece más de lo mismo, que cuesta creer que la propia vida no deje de sorprendernos por mucho que estemos ligados a ella. Entre una y otra fotografía han pasado apenas poco más de 3 años, Sofía ya tiene el pelo rizado, como su madre, casi su mismo carácter de cuando era pequeña y la serenidad, sabiduría y templanza de su padre.

Esta foto es especial, muy especial. Refleja su contacto con otras vidas, con otras criaturas, la imagen desprende encanto, la inocencia de un niño que con cuidado se acerca a lo desconocido, pero a la vez el sentimiento de protección que le incita a acariciar y tranquilizar.

Nunca es tarde para volver a aprender a sentir como lo hicimos, sólo hace falta encontrar la excusa perfecta para abandonarse a lo que nos hace sentir felices sin tener que abandonar la estabilidad emocional necesaria de la que somos rehenes.