A tale of two cities

oblivion tale of two cities

Hace un par de semanas me puse a ver Oblivion, la última película intepretada por Tom Cruise. Durante los primeros minutos se produjo uno de esas joyas que yo ya llamo “momento LOST”, que también podría describir como “una pequeña nota de color, misterio, recuerdo, sensación o sobresalto que de repente inunda la calma y te hace entrar en un momento de exaltación y euforia”. Por eso lo llamo más corto “momento LOST”, ya que fue esta serie la que me hizo sentir por primera vez esa sensación maravillosa de locura transitoria frente a un televisor.

Jack, otra maravillosa coincidencia lo del nombre, Jack Harper en este caso, entra en su cabaña, en un lugar que aún permanece inalterado ante la invasión alienígena. Un lugar muy parecido a los barracones de Perdidos, otra semejanza más, ambos lugares reducto que parecen anacrónicos y desentonan en el conjunto de la historia y el paisaje global.

Jack pone su mono encima de la nevera y suelta un libro sobre la mesa, encima de otro. En ese momento paro la imagen y, después de tantas coincidencias, surge ese “momento LOST”, cuando me fijo en el título del libro que hay debajo, “A tale of two cities”, historia de dos ciudades, la novela que Charles Dickens publicó en 1859 y que de alguna manera viene a contar la historia de dos sociedades, de dos formas de pensamiento que crecieron apartadas y siguieron sus caminos hasta que el destino las confronta.

oblivion cabaña oblivion mono peluche

Una idea que muchos cineastas y guionistas han tomado ya como universal y que en algunas obras es una auténtica delicia. Mientras que en Oblivion supone la confrontación de dos razas que crecieron en mundos diferentes, su sentido en “Perdidos”, título que además se le dio al primer episodio de la tercera temporada, fue otra confrontación, la de los supervivientes del Oceanic 815 y los Otros, dos vidas que crecieron por caminos separados y que el destino termina uniendo para dar comienzo a una batalla, a una lucha por otro tipo de supervivencia.

Nuestra vida no deja de ser esa novela. Andamos, vamos y venimos, crecemos dando molde a unas ideas, a un espacio. Muchas veces no somos conscientes de que otras vidas crecen, andan, van y vienen y crean sus propios pensamientos y su propio espacio. Entonces un buen día chocas, y de ese choque nacen amores, batallas, se entremezclan las ideas y los espacios y se forma algo nuevo que andará, irá y vendrá y volverá a chocar de nuevo.

Especial EL FIN DEL MUNDO, 21 de diciembre de 2012: La banda sonora del fin del mundo

final

Seguro que si supiéramos con toda certeza que el de mañana sería el último de nuestros días, viviríamos la vida como nunca antes, nadie iría a trabajar, algunos se quedarían con sus familias, otros viajarían por última vez a un lugar recóndito del mundo en el que perderse, otros cumplirían sus sueños. No está de más pensar de vez en cuando o que ocurran estas cosas para darnos cuenta de que cada día en nuestras vidas es como una rutina, a veces impuesta por la necesidad. El ser humano es esclavo de muchas cosas y no aprovechamos cada segundo para disfrutar al máximo como deberíamos hacerlo.

Es el momento ideal para disfrutar de la creación del ser humano, de algo que comienza en nuestras vidas como una banda sonora, nuestro propio llanto, y que poco a poco va tomando forma con otras melodías, nuestras, de aquellas con las que nos cruzamos o de las que llegan por casualidad. La música acompaña al hombre desde la creación, de una forma u otra, siempre presente.

No voy a pronunciar más palabras, es el momento de sentarse y escuchar esta banda sonora. Reconozco que algunos cortes me gustan más que otros, pero escucharlo de principio a fin es una delicia, como un último dulce que saborear, por lo que pueda pasar. Y a esta banda sonora he agregado al final mi corte particular, mi aporte, uno de los que no podría faltar en los últimos instantes. Porque si ese momento llegase, me gustaría que alguien me estuviera esperando al otro lado, donde quiera que sea. Dale al play.

1. “Highway to Hell” – AC/DC


2. “Carmina Burana: O fortuna” – Opera


3. “My Way” – Frank Sinatra


4. “The Final Countdown” – Europe


5. “I Don’t Want to Miss A Thing” – Aerosmith


6. “Viva la Vida” – Coldplay


7. “Lux Aeterna: Requiem for a Dream” – OST


8. “It’s the End of the World As We Know It” – R.E.M.


9. “Born to Die” – Lana del Rey


10. “Última noche en la tierra” – La musicalité


11. “The End” – The Doors


12. “The Show Must Go On” – Queen


13. “Apocalypse Please” – Muse


14. “It’s My Life” – Bon Jovi

Es hora de marchar…

15. Move On “BSO Lost – Michael Giaccino”

Los ricos también lloran

los ricos tambien lloran

Hubo un tiempo en mi vida en que se cruzaron series y telenovelas, en el que era tal la similitud, que distinguirlas era cuanto menos una cuestión de percepción personal, más que de definiciones de eruditos y más cuando uno era tan pequeño que no levantaba más de seis palmos del suelo. Era la época de Santa Bárbara, de Dinastía, de Dallas, de Los Ricos También Lloran, de Falcon Crest, de Cristal y La Dama de Rosa, cuando las revistas de televisión en el kiosko se vendían como churros cada semana, cuando entre sus páginas se escondía un coleccionable del capítulo anterior y te regalaban una carpeta para recopilarlos todos, con los protas en la portada.

‘Cristal’: Momentazo, Victoria descubre que Cristina es su hija!!!!

De pequeño solíamos reunirnos todos en el salón para ver la primera telenovela que recuerdo, ‘Los Ricos También Lloran’, alrededor de esa televisión de tubo y sin mando a distancia, que tenía unas resistencias para graduar el brillo y el color y unos botones para cada uno de los nueve canales que podían programarse, no más. Pero no supe diferenciar por mí mismo entre telenovela y serie hasta que llegó ‘Cristal’ y esa Chari antes de cada episodio, la mari ganchillo del siglo XX que se colaba en nuestros televisores, muy cotilla, ella para hablar de lo ocurrido y ponernos los dientes largos al final de cada episodio.

‘Mi vida eres tú’ y sólamente tuuuu

Sólo así aprendí a diferenciar lo que era una telenovela, o lo que era para mí al menos, un serial hecho en los países latinoamericanos, con tramas extensas y trepidantes basadas en relaciones, amores, odios, engaños, parejas ideales que sabes que acabarán juntas al final pero que entre medias se lían y deslían y lían a los que les rodean, hijos abandonados que años más tarde se reencuentran con sus madres, finales en los que se desvela que ese personaje es tu hermano y el de más allá muere mientras te susurra al oído un secreto inconfesable que es la comidilla de los siguientes cien episodios. Argumentos que tienen como eje principal más el mundo de los sentimientos y emociones humanas que cosas ajenas a él.

Los Ricos También Lloran

Es el maravilloso mundo de la ficción, en que la imaginación es tu único límite. Me hacía gracia hoy leer a Gilda Santana, escribir que a veces se levantaba, y mientras echaba la pasta en el cepillo de dientes pensaba “bah, que le secuestren a la hija, que eso me da pa dos o tres semanas”.

cristal

Es hiriente escuchar a la gente maldecir sobre las telenovelas, que si son baratas, que si siempre los mismos argumentos. Pero miradas desde otro punto de vista, cada una de ellas es una peqeña obra de arte, así como el artista saca su pincel y traza líneas por donde la inspiración le lleva, el escritor o guionista plasma en letras e historias los desvaríos de su imaginación.

Un tiro certero a ese personaje que tanto te gusta, una escotilla de la que sale una luz en mitad de una isla perdida, esa nota en el buzón de una mujer desesperada, el oscuro pasajero desvelado. Yo ahora soy más de series que de telenovelas, porque saben jugar a la vez con mi corazón y mi cabeza y unirlos con un nudo en la garganta difícil de desatar.

Y esto es lo que no es una telenovela

La Cúpula de Stephen King

Hace ya muchos años que leí algún libro de Stephen King, después de ver esa película de la habitación de los objetos de deseo de sus habitantes. Los mundos que recrea el autor siempre están rodeados de un halo de misterio, podría ser cualquier pueblo perdido en la inmensidad de las montañas donde sucediesen todas las historias que cuenta (o casi todas), pero cada uno parece distinto, con habitantes que parecen cobrar una vida más allá del libro.

La Cúpula, tal y como él mismo deja constancia en las últimas páginas, ha sido uno de sus mayores retos, con una idea que permaneció dormida durante una década y que de nuevo ha rescatado, una historia muy complicada ya no sólo para el autor, sino para los lectores. Me faltan dedos de las manos y los pies para recordar la cantidad de veces que me he perdido con tantos personajes, al final por circunstancias se repiten los mismos nombres y terminas viendo la luz, que cuesta lo suyo, ni siquiera tirando de la pequeña guía que se nos proporciona antes de empezar a leer es suficiente para recordarles a todos. Es una de esas novelas en las que, sin querer, el que lo lea se sentirá más o menos identificado con algunas actitudes de unos y de otros y se situará en un bando concreto e incluso tendrá ese personaje preferido por el que sienta especial afinidad y saque alguna que otra sonrisa al ver que aparece de nuevo. Pero lo que no se olvida es su historia.

Stephen King bien podría convertirse en guionista de cualquier inicio de episodio de Fringe, en el que cada semana consiguen sorprendernos con algo nuevo. El autor ha elegido para la ocasión un hecho insólito. Imagina que de repente llevas tu vida diaria normal, que todo un pueblo se dispone a seguir su rutina, cuando de repente de la nada cae a cuchillo un cristal en varios kilómetros a la redonda formando una cúpula. El caos está asegurado, aunque es sólo el principio. Puedes tener la mala suerte de que el cristal se cruce en tu camino o ir en coche y estamparte contra él porque es invisible (al principio, cristal nítido), por ejemplo. Y efectivamente, es sólo el principio.

No sólo cuenta el hecho de los sucesos al caer una cúpula, sino de lo que comienza a ocurrir dentro de ella con el paso de los días, dentro de ella y fuera, donde los afortunados deben limitarse a contemplar aquella burbuja como si de un hormiguero se tratara. Las hormigas, uno de los insectos a los que el autor recurre de forma insistente para explicar la similitud con el suceso final que no desvelaré. Como en todo lugar cerrado y sin posibilidad de huir y con muchos tipos de gente, esa burbuja de cristal no deja de convertirse en un experimento sociológico, con aquellos que quieren escapar a toda costa, con otros que afrontan la desdicha y esperan pacientes, otros que poco a poco van buscando la forma de salir de su encierro y esos otros locos que ven en el claustro una posibilidad de provocar el mal e imponer sus ideas. Esta es la base sobre la que se asienta el delgado cristal unida a un componente fantástico que esta vez Stephen King ha sabido posponer hasta cierto punto, dejando al lector que asimile la idea e imagine distintas posibilidades.

Muchos compararán el final de La Cúpula con el de nuestra queridísima serie de Perdidos y es que ambas guardan cierta similitud (por ejemplo ya no sólo la mención a una inexistente secuela de la serie que los personajes ven, sino a cierto perro estilo Vincent), incluso uno de los guionistas de nuestra serie preferida será el encargado de sacar adelante el proyecto sobre la serie que muy pronto si todo va bien comenzará a grabarse. Los que esperen tener todas las respuestas por escrito vivirán una apasionante aventura pero se desilusionarán con su final. Sin embargo, aquellos que logren profundizar y pensar sobre los últimos episodios se darán cuenta de que todas las respuestas se encuentran allí mismo y de que no existe la necesidad de que nadie las escriba, se trata de ser “hombre de fe”. La historia no quedará bordada sobre el papel, pero si logras entender la idea, o incluso si no es la idea exacta, una idea que tú imagines, entonces todo quedará grabado a fuego en otro lugar más interesante.

Erase una vez… las barritas de chocolate Apollo

Que la serie Once Upon a Time se está convirtiendo episodio a episodio en una de las series que más me está gustando, lo dejo fuera de toda duda. Posiblemente llegarán otros episodios, pero de momento el dedicado a Pepito Grillo me parece por muchos motivos y con diferencia uno de los mejores episodios vistos en una serie (con permiso del famoso “Bang!” de Mujeres Desesperadas en su tercera temporada claro). Si alguien aún no ha visto la serie, a lo mejor con decirle que algunos de sus guionistas participaron en la escritura de episodios de Lost puede que sea suficiente, y para el que esto no sea justificable, basta decir que no se va a encontrar con cuentos al uso donde se cuente la misma historia. No, Once Upon a Time llega mucho más lejos que todo eso, le da a los cuentos de siempre otra visión, continúa allá donde ellos lo dejaron, más allá del vivieron felices y comieron perdices, o de repente te conducen a un flashback que nunca te contarán en ningún cuento, en el que sabrás por qué y como consiguió Pepito Grillo su famoso paraguas, inigualable.

Pero bueno, ponerse a enumerar las cualidades de la serie no es el objetivo de este post, sino de un detalle dentro del episodio que me llamó la atención, Pepito Grillo (su personaje en el mundo real) portando una barrita de chocolate Apollo que al niño protagonista se le había caído de la mochila.

Algunos no entenderán qué puede tener de interesante una barrita de chocolate Apollo, pero los más fans de Perdidos sí que lo entenderán perfectamente. Las barritas Apollo entraron en mi vida de forma virtual en el verano de 2006 a través de un juego que me quebró la cabeza (y la espalda), ya que de repente me vi envuelto en la primera traducción que se hacía al español de The Lost Experience, un juego que mezclaba algo poco conocido entonces, la realidad  y la ficción, basado en la intersección entre las temporadas 2 y 3 de Perdidos, como preludio de la segunda. En el juego (os dejo aquí un enlace aunque muchos de los enlaces y fotos ya no funcionan), se proponía al jugador participar activamente en la búsqueda de misterios, descubriendo detalles importantes, tan importantes que sólo a día de hoy aquellos que lo vivimos intensamente podemos entender en toda su inmensidad la historia que se cuenta en la serie (por ejemplo para los seguidores del juego, Alvar Hanso tiene un papael fundamental en La Roca Negra y los primeros habitantes de la isla).

Tan intensa era la participación, que en una jornada en pleno mes de agosto decidieron hacer comprar a la gente barritas de chocolate Apollo, un alimento exclusivamente fabricado para la ficción, no existe en la realidad aunque se comercializase una temporada para el juego, que ni por asomo se comercializaban en España. Pero yo no podía dejar pasar la ocasión de hacer historia, convirtiéndome en el primer español con una de esas barritas de chocolate que enviaba su foto a la página whereisalvar (ya inaccesible), en la que al llegar a un 100% de localización de una franja dorada que sólo tenían algunas chocolatinas repartidas por el mundo, la aventura continuaría. Mi foto con la chocolatina se paseó por varias de las webs más populares que hacían seguimiento del juego (envío un saludo a la gente de Chile que tanto apoyo me dio ese verano), viéndome envuelto en mi primer conflicto mediático a nivel nacional (los otros han sido “culpa” de Mercedes Milá) xD

Collage de fotos al llegar al 100% en Whereisalvar, única imagen que se conserva, yo he visto mi foto ampliándola, una pista, parte de arriba

Las barritas Apollo forman ya desde entonces, y antes, parte de un universo que comenzó con Lost, en el momento en que por primera vez Boone le da a su hermana Shannon una de estas barritas. Las chocolatinas no han abandonado nunca este universo aparte tan especial, han recorrido la despensa del bunker de la estación del cisne, formado parte de una máquina de chuches en un hospital perdido en el tiempo y el espacio y ahora regresan para sacarnos una sonrisa y hacernos decir “estos hijos de puta de guionistas, son ellos, qué grandes son” al verlas en la mano de nuevos personajes de nuevas historias.

Las barritas Apollo, que podrían parecer para alguien que las ve por vez primera tan insignificantes, son uno de los motivos que hacen preguntarse qué historia hay detrás de cada detalle. Por supuesto que es imposible conocerlos todos, no tenemos suficiente vida, pero una vez se conocen, uno es capaz de descubrir esos pequeños detalles en nuestro estado de ánimo y nuestra vida que nos diferencian.

Este cuarto

La última noche en aquel lugar, el que le vio nacer, donde pasó de una cuna a la cama, de la que tantas veces se cayó mientras dormía entre sábanas empapadas en sudor por culpa de alguna pesadilla. Se levanta a tientas en la oscuridad de la noche, con sólo el reflejo de la luna menguante que se cuela por la ventana y recorre aquel suelo por el que antaño gateaba y sobre el que dio sus primeros pasos, el que sirvió de escenario improvisado para las historias de sus muñecos y coches con los que pasaba las tardes después de la merienda, el que pisarían los amigos y familiares para celebrar cada 365 días esa gran fiesta de cumpleaños.

En su camino a la ventana respira un agradable aroma y de repente su cuerpo se hace más lento y pesado, como si para llegar a su destino tuviera que atravesar las risas de los invitados que alguna vez acudieron a aquel lugar, el aroma de tartas y bizcochos, su primera varicela, seres queridos, el recuerdo de aquella primera vez, un perro pelirrojo que de repente frena un instante su marcha, que descansa a sus pies hecho un pequeño ovillo. Se agacha y lo acaricia con el recuerdo.

Cuando se incorpora y consigue dar un paso al frente, se percata de que en la silla hay un niño pequeño que llora desconsolado por sentirse incomprendido, extraño, pero no le preocupa, porque sabe que dentro de unos años ese dolor habrá desaparecido y lo habrá hecho más fuerte. Apoya los brazos sobre la ventana y respira hondo. Abajo en la calle todo cambia muy deprisa. Una madre que da de merendar a un niño en la calle mientras juega con su camión, un grupo de niños que se divierten jugando en el barro, un balón que se cuela por la casa de al lado, tres hermanos que se dirigen hacia un cobertizo donde guardan las bicicletas, ellas tienen una blanca, él una roja con el faro trasero roto.

Levanta sus brazos apoyados en la ventana y vuelve dentro, donde parece que la claridad de esa media luna ha logrado invadirlo todo, todo lo que queda. Las cajas de cartón se apilan por toda la habitación y ya sólo algunas fotografías adornan las desnudas paredes. Acerca su mano a ese ser al que tanto quiso y con la yema de los dedos intenta acariciar lo que ya no existe. Una a una las fotografías van desapareciendo, arranca con cuidado a ese grupo de amigos que están sentados alrededor de una fuente, sonrie con la sonrisa cómplice de dos amigas que hacen muecas a la cámara, y con esa en la que él y sus hermanas posan con algunos personajes de peluche de la tele.

Vuelve a la cama y se tumba boca arriba con las manos detrás de la cabeza, pensando en los momentos que ese lugar le regaló, un lugar que desde hace un tiempo estaba frío y distante, como si ya no sucediese nada importante que recordar entre sus paredes, como si estuviera perdiendo la vida. Se durmió pensando que quizá en un futuro, otra pequeña vida ocuparía su suerte, que habría otros primeros pasos, montones de cumpleaños con olor a tarta y bizcocho de chocolate y pequeños seres bajitos con los que lucharía sobre ese suelo, entre risas y mordiscos.

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Perdidos en La Cúpula. Horace y Vincent

Dentro de pocos meses hará 2 años que ‘Perdidos’ nos abandonó para siempre, dejando tras de sí una estela de misterios, personajes e historias que bien podrían formar un universo aparte por sí solas. También dejó una legión de fans y seguidores, muchos de los cuales ahora son los que comienzan a tomar las riendas de nuevas series (incluso alguna vocación como guionista o director ha despertado y reconducido)  y en las que en cierta forma dejan esa pequeña píldora, esa imagen, esa frase de alguno de sus personajes que hace mención a esta magnífica obra televisiva.

Pero no son los únicos que le hacen mención. Hoy leía con sorpresa (para qué negarlo, lo he releído unas cuantas veces) en ‘La Cúpula’ de Stephen King, el libro que actualmente ocupa un rato de mi ocio, en una de sus páginas, un comentario acerca de ‘Perdidos’ y que además el autor ha hilvanado concienzudamente. Se trata de un comentario acerca no de la serie en sí, sino de ‘The Hunted Ones’, a la que describe como una ingeniosa continuación de ‘Lost’, refiriéndose de esta forma a una de las series que una de las protagonistas del libro, Andrea, veía en su sofá. Pero lo curioso y llamativo es que hace mención a esto en un capítulo en el que es su perro, Horace, el protagonista del mismo, un capítulo corto en el que a través de la visión del can, se descubre un secreto. La cosa no queda ahí, ya que es en este episodio se desvela de forma anecdótica que Horace puede ver a los muertos, un detalle que nada tiene que ver con la trama, pero que no deja de ser un homenaje a ‘Perdidos’ y a Vincent. Recordemos además que en la serie había un personaje con el mismo nombre, Horace Goodspeed, matemático que perteneció a la Iniciativa Dharma.

Por cierto, como detalle más curioso aún, decir que no busquéis ‘The Hunted Ones’ por ninguna parte, al menos de momento, ya que el nombre de esta serie se lo inventó Stephen King al escribir el libro, quizá como deseo de que alguien hiciese una continuación y adelantarse al futuro.