Veintitres maestros, de corazón

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Mucha gente aún me pregunta (pesados) después de casi tres lustros, que por qué me gusta Gran Hermano. Si hoy tuviera que dar decirlo, sin duda emplearía esta película como respuesta. Me gusta porque se basa en las relaciones entre personas, porque cada persona es un mundo de situaciones impredecible cuando se junta con los demás, porque siempre que hay contacto con otros, se genera un maraviloso mundo de posibilidades de las que aprender o rectificar.

Hace ya algunos meses que descubrí la película “Entre maestros“, un proyecto documental a caballo entre la educación y el reality, basado en el libro “Veintitres maestros, de corazón” de Carlos González Pérez, también maestro protagonista de esta historia. No fue hasta ayer que pude verla completa, la historia de un profesor intentando un nuevo método educativo enfocado a la experiencia que cada uno llevamos dentro, once alumnos que terminarán siendo sus propios maestros y doce días para experimentar todo tipo de sentimientos encontrados.

Durante una hora y veinticinco minutos que dura el film, uno va cogiendo cariño y odiando a algunos de sus personajes. No sé hasta qué momento pudieron no predecir lo que pasaría en esa clase, pero ha salido un experimento realmente magistral, con violencia, dolor, bondad, sabiduría, cariño, una vez más se demuestra que allá donde hay seres humanos, estos sentimientos existen y van de la mano, muy cerca unos de otros.

El propósito de esta película no es sólo mostrar y ver, el espectador también aprende algo. Yo personalmente me quedo con dos enseñanzas, la del personaje, ese que todos interpretamos y que nos atrapa sin dejarnos salir, cuando estamos enfadados, cuando decimos lo que otros quieren oir o no decimos lo que queremos por miedo, cuando sabemos que estamos equivocados y aún así seguimos mintiéndonos.

También me quedo con la importancia de reconocer a los demás y lo que genera el que no te reconozcan, una sensación que nos lleva a perder la paciencia. “Entre maestros” ha sido capaz de mostrar un lado increíble de todos los personajes que habitan en él, esa pequeña parte que diferencia a una persona de otra, porque lo que nos diferencia no es sólo nuestro aspecto físico, sino los sentimientos y sabiduría que llevamos dentro y que compartimos con los demás a nuestra forma. Tanto es así, que una vez termina, uno ya los está echando de menos.

La luz de un semáforo

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Iba absorto por la calle en mis pensamientos, a veces me dicen que voy serio, otras me llaman la atención porque no he visto a alguien conocido. La gente espera que estés con los cinco sentidos al salir fuera y que te des cuenta de todo, pero yo no me paro a mirar cada cara con la que me cruzo.

Fue al pulsar un semáforo, uno de esos momentos en que el tiempo parece detenerse, todo se vuelve más lento y te da tiempo a pensar y reflexionar como si fuesen minutos. Estaba yo solo en aquel paso de cebra, cruzando mientras los coches estaban detenidos a uno y otro lado, sobre esa pasarela intermitente de negro y blanco.

Al pulsar el semáforo quizá había cambiado el curso de la historia de todos aquellos que estaban esperando. Quizá había evitado un accidente o creado uno nuevo en algún otro lugar, quizá había evitado que alguien se conociese al cruzarse casualmente por la calle, o quizá había propiciado ese encuentro… todo en apenas unos segundos.

La vida no deja de ser un constante botón de un semáforo, en la que cualquier pequeña decisión de un desconocido puede cambiar nuestra vida, llena de causas inevitables. Puede ser un choque con otra persona y un cuaderno que cae mientras nos ayuda a recogerlo porque alguien pulsó el botón antes de tiempo y tuviésemos prisa, puede ser ese mensaje que recibimos en el móvil, que nos hace detenernos y cuando alzamos la vista vemos a la persona con la que compartiremos el resto de nuestra vida.

Una cadena de sucesos que conduce mágicamente a otros y que puede ser tan tremendamente trágica como deliciosamente maravillosa.

Un paseo por el zoo (y VI): Descubriendo otras vidas

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Estamos acostumbrados a tantas cosas y todo nos parece más de lo mismo, que cuesta creer que la propia vida no deje de sorprendernos por mucho que estemos ligados a ella. Entre una y otra fotografía han pasado apenas poco más de 3 años, Sofía ya tiene el pelo rizado, como su madre, casi su mismo carácter de cuando era pequeña y la serenidad, sabiduría y templanza de su padre.

Esta foto es especial, muy especial. Refleja su contacto con otras vidas, con otras criaturas, la imagen desprende encanto, la inocencia de un niño que con cuidado se acerca a lo desconocido, pero a la vez el sentimiento de protección que le incita a acariciar y tranquilizar.

Nunca es tarde para volver a aprender a sentir como lo hicimos, sólo hace falta encontrar la excusa perfecta para abandonarse a lo que nos hace sentir felices sin tener que abandonar la estabilidad emocional necesaria de la que somos rehenes.

Ojos en la niebla

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Un paseo por la ciudad a por las compras navideñas. Me gusta levantarme pronto para ir a los sitios, no me gustan las aglomeraciones en los centros comerciales a no ser que sea para una tarde de cine o risas con los amigos, pero para ir a por mis cosas necesito la tranquilidad de poder avanzar por los pasillos, de observar sin tener que esperar ni cometer algún empujón.

Aún las diez de la mañana y la densa niebla sigue presente. Paso frente a mi antiguo colegio y miro hacia arriba, las farolas contra la niebla parecen sacadas de un cuento, igual que los árboles que se desdibujan en el fondo de un campo cientos de metros más adelante. Si dejase volar mi imaginación, bien podría estar en uno de ellos, en Nunca Jamás por ejemplo.

Un perro negro y bajito espera paciente y en silencio mirando la puerta de un comercio, la correa roja en el suelo pillada con la puerta, en la que hay un cartel con un precio marcado a rotulador.

Allá donde mire parece ser un día especial, la niebla difumina los rostros, las formas, otorga un halo de brillo a las cosas, un filtro de photoshop natural de trecientos sesenta grados e infinito.

Puedo leer infinidad de libros sobre cómo tomar una fotografía, cuándo hacerlo, la mejor forma de hacerlo, distinguir entre retrato, paisaje o acción, imbuirme de terminología y consejos, pero si cuando miro lo que tengo enfrente no fuese capaz de ver que algo especial está sucediendo ante mis ojos y la necesidad de captarlo como un momento fugaz que jamás se volverá a repetir, si no sintiese esa sensación de que se escapa y se pierde antes de poder captar ese marco bello e invisible, no serviría de nada.

La vida no es como tú esperas…

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Pierdes un montón de tiempo pensando en cómo será tu vida.

El caso es que no lo sabrás hasta el día en que abras los ojos y veas. Que si te relajas y aceptas lo inesperado, tal vez encuentres algo más hermoso de lo que podías haberte imaginado.

La vida no es como tú esperas… es aún mejor.

(A la memoria de Yoko 15 oct 1993 – 8 dic 2006, por el día en que me levanté sin esperar nada, me relajé, abrí los ojos y le vi, por regalarme ese tiempo inesperado con el que nunca conté)

El cometa Ison contra el Sol

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Es cuanto menos una sensación extraña pero que nos ocurre a menudo, el no saber nada de la existencia de algo o de alguien, de repente se cruza en nuestras vidas diarias, saber que no volveremos a verlo nunca más y embargarte un sentimiento muy cercano al desaliento.

Esto es lo que ocurrirá con el cometa Ison, ese completo desconocido que ahora mismo se está cruzando en nuestras vidas. Viene de muy lejos, conoció el inicio del Universo, forma parte de él de forma prístina. De repente algo lo arrojó a una aventura que ha durado mucho tiempo. Hasta entonces era un congelado eterno, pero ahora juega a ese juego que es la vida y en estos momentos lucha contra el Sol.

La lucha entre la vida y la muerte. Cada minuto que pasa, cuanto más se acerca al astro, mayor es la lucha. Un núcleo helado que se va desintegrando poco a poco con el intenso calor. Así puede terminar su aventura después de miles de millones de años, convirtiéndose en una nube de polvo en el basto Universo donde nació, sin que lo hayamos podido ver nunca.

Si sobrevive y da la vuelta, nos regalará el mayor espectáculo que hayamos podido ver en el cielo, será tan brillante como la Luna, pero después de eso partirá y no volveremos a verle nunca más.

Ison no deja de ser una representación de la vida, de la muerte, del principio y el fin, de la cantidad de momentos que nos perdemos por nuestra condición. No podemos abarcarlos todos, pero sí tenemos la posibilidad de disfrutar de aquellos que el destino pone en nuestro camino.

Ladrones del tiempo

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La cantidad de tiempo que perdemos llamando la atención de aquellos que no nos hacen ni caso. Sucumbimos a sus encantos, les encumbramos como a Dioses, soñamos con que nos dirijan una palabra, un gesto, una mirada. Cuando eso sucede, entramos en un estado de euforia del que nadie puede sacarnos.

Al final terminamos dándonos cuenta de que el tiempo que malgastamos intentando conseguir algo de una persona para la que no significamos nada, se lo acabamos robando a los que tenemos cerca y lo necesitan.

Pipas

La ignorancia. Conocer sobre las cosas que nos rodean es siempre estar un paso por delante. No conocerlas lo suficiente, puede ser la causa de todos nuestros problemas. La cantidad de errores que habremos cometido por ignorancia y que habrán cambiado nuestra vida hacia uno u otro rumbo.

El séptimo cumpleblog (especial 3,000,000 de visitas)

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El siete, ese número mágico con tantas connotaciones en nuestras vidas, las vidas de un gato (azul), los años de mala suerte al romper un espejo roto y mirarse en él, los siete días de la creación y su contínua repetición en el apocalipsis del final de nuestras vidas, el siete, ese número perfecto.

El siete, los siete días de la semana, las siete notas musicales y los siete colores del arco iris (tradicionalmente, venga, vamos a repetirlos como nos enseñaron en la escuela). Las siete maravillas del mundo, las antiguas y las nuevas. El siete es el número del universo, con sus siete rayos con nombre, Sthula Sharira, Linga Sharira, Kama Rupa, Kama Manas, Manas, Buddhi y Atma. El siete es la balanza y la pareja. Siete son las ramas del saber, Raja, Karma, Jnana, Hatha, Laya, Bhakti y Mantra y siete son las ciudades sagradas, Ayodhya, Máthura, Gaya, Casi, Kanci, Avanti y Dv Araka.

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Aunque el número once es el que más me ha acompañado a lo largo de toda mi vida (y aún hoy sigue haciéndolo de forma misteriosa), mi vida parece regida por el número siete. Hoy confesaré que a los 7 años rompí un espejo y me miré en él. No soy especialmente supersticioso, antes sí, ahora ya no, soy de los que pasa debajo de las escaleras sin temor, de los que no se asusta por cruzarse con un gato negro y de los que ya no hacen tonterías cuando se cae la sal o veo a alguien vestido de amarillo, aprendí a pasar de las supersticiones.

Y aunque no soy supersticioso, sé reconocer algunas cosas y una de ellas es que mi vida ha ido en ciclo de 7 años, pero no siempre para mal, muchas de las veces para bien, cambiando sin querer, quizá fruto de la casualidad, desde que rompí aquel espejo. A los 14 aprendí a ser adulto haciéndome más fuerte, a los 21 abandoné mi soledad para cambiar drásticamente de vida y conocí a los que hoy son mis amigos, a los 28 la vida se llevo mi cincuenta por ciento, a lo que más quería, a mi siempre amigo eterno Yoko al que dediqué el nombre de todos mis proyectos desde entonces. Estoy en los 35, esperando saber si el destino reserva algo o si ese espejo ya se cobró su deuda. A lo mejor el cambio se está produciendo poco a poco, en este mismo momento, y no sepa ver su cara hasta que pase el tiempo.

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Este blog se inició en otro lugar y con otro nombre un 11 de octubre, por el mero hecho de escribir y compartir con los demás, con ese mundo que es una audiencia inmensa, en el que siempre hay alguien para escuchar. Apenas dos meses más tarde y tras la trágica pérdida, Yoko le dio otro sentido y su nombre.

Est teclado está diciendo basta, tras pulsar cada una de sus teclas millones de veces, algunas no se quedan marcadas, os invito a ver que la letra “e” desparace de vez en cuando de las palabras. Su sucesor está aquí al lado y hay que darle paso antes de que mis cabreos al leer lo escrito aumenten.

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Esta celebración del séptimo cumpleaños del blog es muy especial por muchas cosas. El 8 de octubre así como quien no quiere la cosa, las estadísticas reflejaron ya más de 3,000,000 de visitas durante todo este tiempo. Tres millones de miradas que me ilusionan y que se hace una cifra enorme e imposible de asimilar lo suficiente como para ser consciente de ella. Pero no son sólo esos tres millones. Durante esta aventura surgieron otras, El libro gordo de Petete para los niños con sus más de 600,000 secretos, Mars & McLeod con más de 350,000 seriéfilos, el blog no oficial de Mujeres y Hombres y Viceversa con 1,500,000 seguidores, o la pasión por los videojuegos destada en Yoko’s Play con más de 2,300,000 jugadores.

Esos blogs han sido partícipes de parte de mis pasiones y desde hace unas semanas llegan a un nuevo nivel, el de los dominios propios abandonando la casa que los acogió. De esta forma nació primero el lugar que pronto, ahora en prueba, será el centro de todo, el cerebro, la placa madre, el motor, Yoko y Yo.

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La pasión por el entretenimiento no desaparece, Yoko’s Play y Mars & McLeod se fusionan para dar forma a una web de la que estoy muy orgulloso por su estética y por el cuidado que he puesto en hacerla paso a paso durante los meses de verano, En Episodios Anteriores. Con logo creado por un experto chico con residencia en Rumanía y con mascota propia, Jack Shephard y Vincent, creada por uno de los mejores dibujantes de cartoon del mundo, Muhamad Rizqi.

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El círculo se completa con una ilusión hecha realidad y la que fue la fuente de inspiración para que todo esto comenzase hace 7 años. Todo nació el día en que accedí a un blog grupal, creado por unos amigos de Barcelona. De cada publicación, con cada opinión, con cada historia y cada fotografía, consiguieron inspirarme para buscar mi propio hueco en el océano inmenso. Con el tiempo y cada vivencia y situación personal, terminaron dejando el blog. Ahora 7 años más tarde y con muchos nervios y sudores para conseguir su regreso, que ya contaré en otra entrada, se me iluminan los ojos y se me dibuja una gran sonrisa al anunciar la vuelta de Ideoflexia.

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Tras hablarlo con alguno de los autores originales y tener el visto bueno de su creador, volverán Anna y Tietgale (que me emociono de sólo pensarlo). Los lazos de esta vida me cruzaron con gente impresionante a la que no puedo olvidar, compañeros de residencia universitaria que también estarán allí, como Alberto, ese gran artista del que siempre quise un cuadro, un gran polemista y “opinador” y José Luis, educador, con el que apenas compartí unas palabras en su día y alguna que otra hora de gimnasio y de fiesta, pero que el facebook ha hecho que pueda leer unos artículos y ver una personalidad que no pude descubrir en su día.

Cada texto, cada palabra en estos siete años no ha sido tiempo perdido delante de una pantalla. Ha sido como hablarle al mundo, pero sobre todo a mí mismo. La posibilidad de plasmar en palabras pensamientos, inquietudes, aficiones, reflexiones y que cada una de esas palabras esté condicionada por tu propio día a día, hacen que escribir un blog sea algo grande y único. Os espero aquí y en esos nuevos lugares donde las ideas y las pasiones se vierten en un océano sin límites, como botellas con mensaje, donde lo bonito es atrapar una, sacar el papel y disfrutar de la sorpresa que aguarda.

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Moda

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He visto esta imagen y me ha sido imposible evitar que el primer pensamiento que me viniese a la cabeza fuesen los Power Rangers, y después de eso, toda esa serie de películas que mi padre nos alquilaba cuando éramos pequeños cuando teníamos el vídeo Beta y después el VHS, desde King Kong pasando por Godzilla y todos sus sucedáneos, mezclando a unos y otros, a cada cual peor hecho, en películas baratillas de serie B que ahora me parecen lo peor del mundo pero que en su tiempo lograban entretenerme. No sé si eran esos efectos especiales de tres al cuarto o la idea de imaginármelos como juguetes, pero fuese como fuese, me dejaban delante de la pantalla con los ojos pegados.

Los Power Rangers y toda esta parafernalia me pillaron con la edad justa en la que uno se deja llevar por el resto de niños. Que si ahora todos vestidos de Power Ranger, tú azul, tú rosa, tú amarillo, el regalo más deseado de las ferias y sus tómbolas, los muñecos campando a sus anchas por los escaparates de las jugueterías… el caso es que echo la vista atrás y aunque sí recuerdo que me lo pasaba muy bien delante de la pantalla, nunca llegué ni a vestirme de uno de los personajes ni a tenerlos como muñecos, a pesar de que los deseaba.

El tiempo pasa y uno se pregunta, como con Médico de Familia, cómo pudo llegar a ver semejantes bazofias. El secreto está muy claro, es la moda la que nos mueve desde siempre, audiencias millonarias para series y películas que no valen tanto pero sobre las que se genera un movimiento que te lleva a rastras sin querer. Y pasa lo mismo en todos los campos, en la literatura, en la moda de vestir, en los objetos y consumibles que utilizamos y comemos todos los días. Todo es objeto de la moda y lo que se escapa de ella está destinado a un segundo plano.

Lo mejor de todo es que cualquiera de nosotros podemos imponer una moda sin o pretendiéndolo. Basta con mezclar una idea en la que crees y confías al cien por cien con un mucho de personalidad en el momento oportuno. Y el ingrediente más importante: la suerte.

A tale of two cities

oblivion tale of two cities

Hace un par de semanas me puse a ver Oblivion, la última película intepretada por Tom Cruise. Durante los primeros minutos se produjo uno de esas joyas que yo ya llamo “momento LOST”, que también podría describir como “una pequeña nota de color, misterio, recuerdo, sensación o sobresalto que de repente inunda la calma y te hace entrar en un momento de exaltación y euforia”. Por eso lo llamo más corto “momento LOST”, ya que fue esta serie la que me hizo sentir por primera vez esa sensación maravillosa de locura transitoria frente a un televisor.

Jack, otra maravillosa coincidencia lo del nombre, Jack Harper en este caso, entra en su cabaña, en un lugar que aún permanece inalterado ante la invasión alienígena. Un lugar muy parecido a los barracones de Perdidos, otra semejanza más, ambos lugares reducto que parecen anacrónicos y desentonan en el conjunto de la historia y el paisaje global.

Jack pone su mono encima de la nevera y suelta un libro sobre la mesa, encima de otro. En ese momento paro la imagen y, después de tantas coincidencias, surge ese “momento LOST”, cuando me fijo en el título del libro que hay debajo, “A tale of two cities”, historia de dos ciudades, la novela que Charles Dickens publicó en 1859 y que de alguna manera viene a contar la historia de dos sociedades, de dos formas de pensamiento que crecieron apartadas y siguieron sus caminos hasta que el destino las confronta.

oblivion cabaña oblivion mono peluche

Una idea que muchos cineastas y guionistas han tomado ya como universal y que en algunas obras es una auténtica delicia. Mientras que en Oblivion supone la confrontación de dos razas que crecieron en mundos diferentes, su sentido en “Perdidos”, título que además se le dio al primer episodio de la tercera temporada, fue otra confrontación, la de los supervivientes del Oceanic 815 y los Otros, dos vidas que crecieron por caminos separados y que el destino termina uniendo para dar comienzo a una batalla, a una lucha por otro tipo de supervivencia.

Nuestra vida no deja de ser esa novela. Andamos, vamos y venimos, crecemos dando molde a unas ideas, a un espacio. Muchas veces no somos conscientes de que otras vidas crecen, andan, van y vienen y crean sus propios pensamientos y su propio espacio. Entonces un buen día chocas, y de ese choque nacen amores, batallas, se entremezclan las ideas y los espacios y se forma algo nuevo que andará, irá y vendrá y volverá a chocar de nuevo.

La primera vez

primera vez

Cuando somos pequeños tenemos la enorme suerte de poder sorprendernos con cada nuevo descubrimiento. La primera vez que nos lanzamos a la piscina, la primera vez que vamos a la playa, nos sumergimos en esas aguas frías y probamos su sabor salado.

La primera vez que salimos a un largo viaje, el que nos cuentan que es tan largo que nos faltaba tiempo para acopiar en una mochila montones de juegos y chucherías, para al final acabar con la cabeza dando bandazos de un lado a otro en la parte trasera del coche.

La primera vez que sentimos algo por alguien sin saber qué es y algo comienza a cambiar.De repente nuestro pensamiento queda ocupado casi por completo todas las horas del día por ese sentimiento extraño sin poder sacarlo de la cabeza.

Afortunadamente cuando crecemos, el mundo nos ofrece otras primeras veces únicas e inolvidables para poder recordar, distintas sin embargo, pero que logran unir líneas temporales con el niño que fuimos.

Y lo más maravilloso de todo es vivir esas primeras veces sin saber que están ocurriendo, hasta que no pasa el tiempo y uno se da cuenta de lo importante que fueron, hasta que no tomas conciencia de que el destino las cruzó en tu camino por una razón. Quedan entonces convertidas en leyendas, en retales de nuestras vidas, personales, intransferibles.

@ fotografía de Alchemy Photography

Volver

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Cuando miro algunos años atrás en el tiempo y recuerdo lo que era sentirse feliz, cuando nos reencontramos y probamos de aquella mezcla explosiva que se creó mágicamente, cuando siento lo que sentía, cuando veo sus sonrisas, cuando disfruto de nuevo de sus bromas y de su compañía, el tiempo de nuevo regresa donde debiera estar y cuando se esfuma, me invade una profunda sensación de desasosiego.

Me pregunto qué estoy haciendo con los mejores años de mi vida, en una ciudad que para mí es como una cárcel, y no hablo de fronteras físicas con rejas, sino de una cárcel de sentimientos, sin poder disfrutar de los amigos que están a cientos de kilómetros.

Ya hace un año que planeé volver a retorcer mi vida, no obstante ya lo hace sola cada cierto número de años de una forma incomprensible y me cambia por completo. Ahora sólo queda definir de nuevo el cuento para que de alguna forma pueda continuar con ese final feliz y eterno que no acabe nunca, para poder sentir que no estoy dsperdiciando ni un solo momento de mi vida.

Por qué no ha funcionado Gran Hermano catorce como se esperaba

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Ayer los votantes (que ni siquiera la audiencia) de Gran Hermano catorce alzaban a Susana como ganadora de esta edición. Una edición que desde ya, y a falta de un debate, se ha convertido en la menos vista de la historia del reality. Tuve claro quién iba a ganar, aunque siempre queda el gusanillo ese de si es verdad lo que piensas, cuando Desi quedó relegada a la tercera posición, una Desi que probablemente tenga mucho más futuro que todos los concursantes juntos y que merecía el premio, por haber sacado del encasillamiento a una edición anodina.

Cuando tenía claro que ganaba Susana pensé que no estaba ni tan mal, pues el programa este año tenía la ganadora que merecía, un MUEBLE. Una chica que ha hecho esfuerzos hasta para enamorarse sin sentir nada, que no ha tenido relevancia, que incluso ha pasado desapercibida muchas semanas. Y yo me quejaba de la ganadora de GH 2, Sabrina. Esa por lo menos se enamoró de verdad, lloró detrás de un sofá y salvó a una gallina haciéndole el boca a boca (la trilogía que le hizo ganar, que ya es para morirse).

Comenzaré diciendo cómo me he sentido como espectador, como el que no se ha perdido ni una sola gala de las cientos y cientos desde que todo comenzó en abril del 2000, seguidor de las ediciones especiales, reencuentros, revueltas y VIP’s. Y esto me cuesta mucho decirlo, pero pienso que hay que hacer un balance y decir la verdad, porque este concurso está hecho para divertirse, no para aburrirse y soportarlo sea cual sea el precio. Excepto en las galas de la expulsión de Miriam y de Juan Carlos, apenas ha habido una en la que no me durmiese durante las entrevistas y he tenido esa fastidiosa sensación de mirar el reloj, ver que eran las 23:00 de la noche, que apenas había pasado una hora y que no pasaba nada interesante, que ya sabía quién se iba a ir y que me quedaban casi tres horas aburridas para irme a dormir. Y de ese tiempo tan sólo una vez me quedé a ver la casa en directo.

Yo, fiel seguidor desde el principio, que adoro a Mercedes Milá, me he sentido mal sintiendo esto, ver cómo de repente mi programa favorito de la televisión me estaba comenzando a aburrir soberanamente. Y he tenido tiempo para pensar en lo que a mí personalmente, y estoy seguro de que a muchos también coincidirán, esta edición me ha fallado. He dejado de sentir ese cosquilleo al escuchar la sintonía.

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Para comprender por qué me ha ido decepcionando poco a poco hay que empezar por el principio. Uno tiende a auto engañarse, sobre todo cuando es fiel seguidor de un programa. Le pasa una, le pasa dos, le pasa diez, pero llega un momento en que por mucho que te quieras engañar, sabes que algo pasa. Se tiraron semanas y más semanas diciendo “asómate y siente el vértigo”, “asómate y siente el vértigo”. Puse las espectativas muy altas, que si una casa de dos pisos, que si iban a vivir por encima del suelo… ideas que, aunque no hubieran sido reales, sí podrían haberse implantado mejor, al menos de una forma tan divertida como el pasado año con esa habitación inclinada.

Todo para nada, para ver a dos personas tirarse desde una altura considerable, a los que ni siquiera vimos la cara ni nos los presentaron desde ahí arriba para sentir un poco el vértigo, ya bastante los conocimos mientras caían en dos segundos sin  la menor ilusión. Otros que entraban en una bola gigante de plástico (ohh qué vértigo) y otros que, para repetir jugada del año anterior, metían en una habitación sobre el suelo que de repente se abría. Todo esto repetido una y otra vez sin pizca de gracia.

Reconozco que al principio los concursantes me interesaron mucho y llegué a pensar que era el mejor casting hecho jamás. No podía estar más equivocado.

Muchos dicen que hicieron mal en estrenarlo contra Tu Cara me Suena y posteriormente contra algo nuevo en televisión como Splash!, ya que era directamente suicidar al programa. No voy a negar que hacer este movimiento supuso que muchos no se enganchasen desde el principio y decidiesen no ver esta nueva edición, pero creedme que esto a un seguidor fiel de GH no le ocurre. Y no voy a ponerme a decir esa gilipollez de que no voy a verlo más. No, lo voy a ver hasta el día del juicio porque sé que pueden hacerlo mejor y lo van a hacer.

Como siempre ha dicho Mercedes Milá, Gran Hermano es grande y si sus concursantes son grandes y hay grandes historias, GH ganará al fútbol, a Cuéntame y a lo que le echen encima. Pero este año ni había grandes historias ni grandes concursantes (algunos sí pero llegaron tarde).

Un arranque un poco flojo y unas siguientes galas penosas hicieron replantearse el concurso. Con concursantes que no tenían nada que aportar, no había vídeos interesantes y las galas ya se centraban en el plató, en el directo y alguna nueva forma de nominar o alguna ocurrencia y poco más.

En mi más sincera opinión, a muchos les sorprendrá, que el principal fallo de esta edición y por lo que creo que ha sido la menos vista, ha sido el no emitir tantos vídeos como otras veces. Los vídeos son vida para el espectador. Gracias a ellos conocemos a los concursantes. ¿Por qué muestras un minuto de los vídeos de la prueba semanal y encima a la vuelta de publicidad cuando casi nadie lo ve, cuando ha habido pruebas divertidísimas? ¿Por qué después pones el mismo vídeo una y otra vez durante media hora dando a conocer el inicio de una historia de amor que realmente interesa poco?

Anoche con la final me reafirmé en esto cuando ví el vídeo de RAKY a su paso por la casa. Mientras lo veía no paraba de mirar a mi madre y preguntarme: “¿qué están haciendo? ¿por qué muchas de esas cosas graciosas de Raky no las he visto nunca en las galas? ¿qué edición he estado viendo que no reconozco a la Raky que me están mostrando ahora?”. Miraba a la vez la cara de Raky y lo sentía por ella, porque quizá esa de los vídeos era ella realmente, la que era un poco “machorra y malhablada”, o quizá era la otra chica con carácter de los directos. Y sentí pena, sentí pena porque con ese vídeo me daba cuenta de que no nos habían mostrado lo suficiente, de que muchas situaciones graciosas las intercambiaron por momentos de amor en los que aprovechaba para ir a hacer pis. Sentí pena porque esta edición basada en jueguecitos, entradas y salidas y mentiras y exceso de información del exterior por subir un poco de audiencia se había ido a la mierda. Y por el camino me había perdido lo mejor de los concursantes, porque apenas había visto nada de ellos.

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Disfrazado de un “lo hacemos proque nos da la gana”, la información del exterior, esa regla inamovible de no trasladarla a los que están en la casa para preservar su “virginidad”, quedaba rota. Bien saben en Gran Hermano y los que lo seguimos, el dolor que ha provocado y puede provocar que se cuele información de fuera. Una casa en la que están encerrados las 24 horas y en la que todo se convierte en una comidilla gigantesca, donde una sola palabra de despedida podía truncarte tu experiencia allí dentro (¿verdad Carola?). Este año sólo ha faltado meter internet allí dentro. Ex novias, repescas que filtraban todo tipo de información de fuera, llamadas telefónicas de familiares aconsejándoles qué hacer, profesoras de Zumba… y tampoco hacían lo suficiente para dejar que la gente de fuera filtrase información a través de los megáfonos, interesaba también esto.

Con lo que molaba la entrevista a un invitado, saber que llegaba intacto al plató, que tú sabías lo que iba a ver pero él no. Esa era la fortaleza de las entrevistas. Si ya no existía ese efecto de “concursante virgen”, ¿qué sentido tenía la entrevista? Por no hablar de concursantes que cuando entraban por la puerta del GH se te pasaba por la mente decir “bueno, ya ha llegado al plató, se puede ir a su casa”, porque algunos se pasaron su estancia en la casa como si fuese cualquier cosa, sin disfrutarla, jugando al billar o durmiendo. Para eso, quédense en su casa.

Y después de ese “lo hacemos porque nos da la gana”, llegó la aplicación famosa donde el público decidía. ¿Entonces en qué quedábamos? ¿Hacemos lo que nos da la gana o dejamos que hagan lo que les dé la gana? Tan incoherente como poner un lema a una edición y olvidarse de seguir una línea con ese lema: “siente el vértigo”, un vértigo que no existió y del que nadie se acordaba hasta la final. Una final que no pudo ser más extraña, con figuras del arte y letras y sustituyendo al fuego y la magia por la infografía y la edición digital, para mi gusto, la peor final de todas. Con lo sencilla y emocionante que fue la final de GH VIP 2 cuando Ivonne salió de su cuarto, se encontró sola en la casa y Jesús Vázquez le preguntó si sabía lo que eso significaba, coste cero y emoción infinita.

Este año se han tratado de encauzar y meter con calzador muchas situaciones, cuando la principal cualidad de todos los GH ha sido dejar que todo surja sin miedo. Esta vez se ha notado y mucho, que no todo fluía de forma natural, que estaba forzado por el miedo a que no surgiesen situaciones interesantes dentro de la casa. ¿Cómo van a surgir si no muestras imágenes de cosas sencillas como una conversación y recortas el tiempo de los vídeos para meter las trrilladas historias de amor de siempre?

Excepto la interesante historia de Dany y Susana y la pareja de él, la mejor entrevista de la historia, la de Juan Carlos en su primera expulsión de la casa, Miriam, Igor y sus respectivos y la alegría y el color que ha aportado Desi a esta edición que sin ella no hubiera sido la misma, no me llevo casi nada más en la maleta de los recuerdos.

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No voy a entrar en expulsiones disciplinarias ni otras decisiones, los duelos finales fueron maravillosos y épicos y este Gran Hermano ha tenido cosas muy buenas. Nunca podrá agradecerse lo suficiente la idea de la prueba de los modelos “posé” con los japoneses y en directo, con esas nominaciones que recordaré toda la vida, nominacines donde cada plano era una obra de arte, nominaciones sangrientas.

Daba la sensación de ir rehaciéndose semana a semana, lo cual siendo el programa que es, donde cualquier cosa puede suceder, no es tan malo, pero sí se ha echado en falta una línea que seguir, la seguridad de que las cosas no se hacen porque sí, que ya estaba planeado, eso que gusta de las grandes series (un saludo a los seguidores de Perdidos). Como si las cosas se hiciesen para perseguir la audiencia y crear conflictos que no existían para frenar la caída, creando una atmósfera irreal, no dejando que surgiese todo con naturalidad.

Excesivas conexiones en directo y pocos vídeos mostrando las vidas de los que jugaban y a los que queríamos conocer. No podría entender a Sindi si no la hubiera escuchado tanto tiempo hablar con Pepe o Marta. Me hubiera encantado tener más tiempo para escuchar a Desi hablar sobre su vida, eso de lo que Mercedes hablaba pero que yo nunca vi en una sola gala. ¿Cómo voy a querer ver a alguien si no me dejas conocerlo?

Anoche, cuando se apagaban las luces de la casa y Mercedes susurraba unas palabras preciosas, volví a sentir la grandeza y volví a llorar, recordando que dentro de esas paredes habían pasado tantas cosas, pero anoche fue diferente, porque además de eso lloraba porque deseaba sentir más de lo que lo hacía.

Todo sobre la injusta expulsión de Argi de la casa de Gran Hermano catorce

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Todos sabemos ya, los que somos seguidores desde el principio de los tiempos de Gra Hermano, cómo funciona esto. Ya pueden pasar años y décadas, que Íñigo seguirá siendo el chaval pesado del polo verde (a pesar de molestarse con Mercedes Milá porque se le recordase por esto tal y como pudimos ver hace poco), Bea “la Legionaria” y la que no para de tirarse un pedo donde le dé la gana, Pepe Herrero “el estratega” del nominator, Niki el de los papeles de la paella… y así podríamos seguir con cada uno de los cientos de concursantes que han pasado por la casa. A cada uno se le recuerda por algún momento concreto de su estancia, sea o no agradable y a Argi le ha tocado la peor de las etiquetas posibles, una etiqueta que está manchada con las huellas de todos y cada uno que desde el pasado martes por la noche no ha dejado de dar bombo a una broma (sí, broma, yo no la pongo entre comillas como hacen otros medios que no conocen ni la mitad de este reality y lo que significa estar allí encerrado) de mal gusto, hasta el punto de elevarla a otra categoría.

En Gran Hermano todo está grabado. Sabemos cómo funciona el mecanismo del 24 horas, si algo importante sucede dentro de la casa, nada mejor que enfocar al ojo o al jacuzzi o donde no haya nada para después emitirlo en las galas o resúmenes. Ya es que ni nos molesta, lo hemos dejado por imposible. Pero lo que no pueden es evitar cosas como la que sucedió en directo, además mientras se hacía emisión por el nuevo canal 9, y que me pilló cenando por suerte. Los concursantes se encontraban preparando la cartelería para hacer una manifestación dentro de la casa y reivindicar las cosas que necesitaban dentro de la casa, algo como un minimundo aparte manifestándose contra el gobierno (aquí el súper). Obviamente el tema de conversación giró en torno a las manifestaciones y Argi, que como ella misma se describe es una bocazas, volvió a meter la pata y en broma dijo que ella la única manifestación a la que había ido era para que volviese “la ETA”.

Sus compañeros de alrededor se rieron como nos podemos reir cada uno de nosotros al escuchar estas bromas de humor negro y macabro. Sale por instinto, auqnue inmediatamente reaccionamos, como lo hicieron sus compañeros y ella misma, reconociendo que había sido de muy mal gusto.

Este pequeñísimo momento que duró un suspiro, si bien después Argi, sabiendo que estaba en la tele, estaba preocupada por si se emitía fuera, en otra época sin redes sociales de por medio, se hubiera quedado como lo que es, una simple broma de las tantas que se han hecho en nuestro país sobre bandas terroristas, asesinatos y muertes entre amigos. Pero no, las redes sociales tienen ese poder a veces maravilloso, a veces terriblemente cruel. Durante más de una hora me quedé observando las reacciones bajo la pantalla, por la que iban desfilando esa suerte de mensajes sms que toman el pulso a las opiniones que se van formando entre la gente. Y mientras los seguidores de Argi la defendían diciendo que era una broma sin importancia aunque de mal gusto, los detractores de la concursante, que también hay muchos, se dedicaron a elevar esta broma a otro grado diferente, haciéndose notar igualmente en todas las redes sociales.

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Lo de las redes sociales como digo, es a veces terriblemente cruel, ver cómo una serie de personas que no se conocen de nada, de repente se unen con una facilidad pasmosa para crear un hashtag y hacerlo trending topic, cómo una persona con un poder de convicción elevado, puede destrozar en segundos la vida de otra persona sin que nadie pueda remediarlo.

Una información que hace unos años hubiera quedado en la nada, se difundió como la pólvora por los medios (a los que ya no les hace falta casi ir a la puerta de la casa de nadie, con seguir su twitter les sobra y les basta para contrastar información) y obviamente con la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo hemos topado, que al leer las informaciones trastocadas, porque twitter no deja de ser un teléfono escacharrado como al que jugábamos de pequeños, no tardaron tanto como asociación como su presidenta, en pedir al programa la expulsión inmediata de la concursante y tomar medidas en el asunto. Y digo información trastocada y además no contrastada, porque en su twitter piden esta expulsión porque la concursante, según ellos “pidió la vuelta de ETA”, lo cual es mentira.

El jueves la bola siguió creciendo más y más sin límites, tanto que Argi y los hashtags de apoyo a la concursante se convirtieron en trending topic nacionales. Lo más curiosos es que, mientras los impresentables que habían sembrado la semilla desaparecían sin dejar rastro, el papel de los defensores de que aquello no era para tanto, se tornaba harto complicado ante un fuego que una vez creado ya no podían apagar de ninguna forma. Ni siquiera la invitación de la productora de Gran Hermano a Argi en el confesionario para retractarse de sus palabras y pedir perdón por el desafortunado comentario eran ya suficientes (ver el vídeo en este enlace), ni sus lágrimas, ni los nervios que tantos vimos reflejados en ella al sentir que era ya consciente de que la había liado sin querer. (Dónde estaría su cabeza en esos momentos sabiendo la repercusión de una frase desacertada, los que seguimos el concurso lo sabemos).

Ya lo dije hace un tiempo, cuando el caso La Noria, cuando los anunciantes hicieron boicot a un programa por no estar de acuerdo con una situación puntual. Lo dije. Dije que si conseguían salirse con la suya y acabar con el programa, en aquel momento estaríamos en un punto de inflexión en que la televisión dejaría de ser como la conocemos, dejaría de ser ese medio con libertad de expresión, con programas variados y libertad para crear.

A Argi ayer no la expulsó Gran Hermano ni la productora que está detrás (ya tuvieron la oportunidad de dejarlo claro), una productora que en todo momento ha tratado este tema como se merece, como un comentario desafortunado sin más, como tantos otros se han hecho en la casa sin consecuencias (véase a los gemelos diciendo que “estás más perdida que Marta del Castillo” o “antes prefiero estar muerto que ser gay”), dando libertad de expresión y dejando en manos de la audiencia decidir lo que considera ético o no, que para eso somos personas con la capacidad de decidir lo correcto o lo que no lo es. Dentro de esa casa, donde algunas veces llegas a olvidarte de las cámaras, se llegan a producir situaciones tan reales como en la vida misma. Como tantas veces dice Mercedes Milá, si a cada uno de nosotros nos pusieran una cámara al hombro las 24 horas del día, no podríamos aguantar después ver todo lo que hemos dicho y hecho si se emitiese públicamente.

La AVT no jugó limpiamente, enfrentándose a una persona que no se podía defender y dar explicaciones normalmente porque estaba encerrada dentro de una casa (y ellos son los primeros que deberían haber pensado en ello y haberse enterado de las cosas antes de escribir impulsivamente en una red social).

A Argi no la expulsó Mediaset, aunque así se lo dijeran porque tenían que hacerlo de esa manera, para desvincular de esa responsabilidad a la productora del programa.

A Argi la expulsaron esos anunciantes que se cargaron La Noria y a los que un día se les dio un poder que no les correspondía. Ahora saben cómo meter presión, ahora se creen jueces, ahora se creen dioses capaces de decidir lo que debe o no debe ser. Un camino que, como dije en su momento, es muy pero que muy peligroso y que cada vez se hace notar más. Ayer la víctima fue Argi, pero mañana puede ser otro cualquiera. No piensan en las consecuencias ni en nadie, ni siquiera en sus potenciales compradores, aunque ellos los hagan con la intención de desvincularse de ciertas opiniones socialmente mal vistas.

Va a resultar ahora que los que pisen cierto centro comercial o cierta clínica dental son santitos todos, que sólo ven documentales de La2 o Saber y Ganar como quieren hacer crees sus anunciantes. Pues no, esas mismas personas que pisan esos comercios, son gente normal, con sus defectos, con opiniones variadas, no son perfectos. Defienden a un tipo de audiencia que no existe, porque es una audiencia imaginada, perfecta, blanca, inmaculada.

Durante estos días he seguido muy de cerca este asunto y he escrito vehementemente las palabras según las sentía en los diferentes medios habituales que tengo para escribir. El poder que un día se dió a los anunciantes va a tener sus repercusiones y sólo espero que de tanto usarlo al final la tortilla se dé la vuelta y la sociedad sepa reaccionar para hacer ese boicot que tanto estilan últimamente a quien lo merece, porque ayer me dolía ver el hashtag BoicotGH cuando debería haber sido BoicotAnunciantesInquisidores, porque eso es lo que son, inquisidores en una sociedad que cada día pretende ser más libre. Ayer Argi no fue libre, fue una de esas tantas “brujas” cazadas y quemadas en la hoguera para disfrute de sus ejecutores que necesitaban saciar su sed y dar ejemplo, un ejemplo que no existe.

La presión hizo que a Mediaset no le quedase otro remedio que expulsar a la concursante, a pesar de que si por ellos fuera no lo hubieran hecho, ya que como demuestran las imágenes, las disculpas son más que aceptables. Pero como todo grupo empresarial en este sector, están cogidos por los mismísimos huevos, o eso o vivir un caso La Noria. Un chantaje digno de llevar ante los tribunales.

Si bien este asunto me exaspera, hay otro que no quiero dejar pasar por alto. Ayer la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo me dejó francamente desilusionado, por su actitud, de escribir  sin pensar, sin contrastar antes la información, difundiendo con un comentario algo tan grave, acusando a una persona de hacer apología contra el terrorismo. Como digo, los principales culpables de toda esta situación son los que con sus dedos intentaron tecla a tecla poner una etiqueta a una persona (cuánto nos gusta esto eh) sabiendo que estaban actuando mal, pero creo que tenemos el deber, que tienen el deber, los que saben que tienen más fuerza social, el de hacer el caso que se merece a las redes sociales. Las redes sociales no deben elegir por nosotros, no deberían llevarnos a un estado de euforia, no deberíamos creer todo lo que en ellas se dice, son un teléfono escacharrado lleno de medias verdades o verdades a medias y hay que ponerlas en su lugar antes de que se les dé también un poder que no deberían tener.

Tras la expulsión, mientras se emitía José Mota, leí que en 13tv estaban debatiendo sobre Gran Hermano. Ya que estaba siguiendo todas las reacciones, por qué no ver algunas más. Lo que escuché me dejó boquiabierto y con ganas de ir al servicio a potar. Una mesa de debate en la que poco menos que ponían a Argi como una terrorista infiltrada, colaboradores que hablaban sin saber, acusándola de hacer apología contra el terrorismo. Uno de los momentos más indignantes fue la intervención telefónica de la presidenta de la AVT, que tuvo los santos cojones de decir que ella nunca había pedido la expulsión de la concursante. Por suerte para esta señora, tenemos una cosa que se llama captura de pantalla, que la disfrute tanto como ha disfrutado del poder que ayer le concedieron, ese poder que cuando uno lo tiene entre las manos o le quema y lo suelta o le hace más cruel de por vida.

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Gran Hermano lleva con nosotros 13 años, se dice pronto. Juntos nos hemos enfrentado a esa primera vez en que socialmente una puta (por qué no, vamos a llamarlo con todas sus letras) dice que es puta y a las reacciones de la gente, a esa primera vez en que una persona transexual, un gay o una lesbiana confiesan su condición y a ver ls reacciones de la gente, juntos hemos asistido al escarnio público al que fue sometido Carlos “el yoyas” por un jugueteo con su novia que de haber sido hoy lo hubiéramos tomado como algo muy normal, juntos hemos vivido lo que supone el chantaje emocional y el machismo más exagerado (y que sin embargo es tan común) de la mano de nuestra Sindi. Cuando parecía que todo eso ya se estaba empezando a ver en la sociedad con normalidad y que estábamos aprendiendo a discernir entre lo que es grave o lo que no lo es, llega un tema que ha sumergido a un gran número de personas en un debate sin precedentes.

Yo sólo pido desde aquí, aunque sé que será imposible por la larga historia que llevamos a nuestras espaldas, que en la medida de lo posible seamos conscientes de lo que ha sucedido y de quienes son los culpables de que hoy una persona lleve una etiqueta ante la cual ha de ser muy estable emocionalmente para poder sobrellevar y superar. Algunos deberán mirarse a ellos mismos y otros tendrán que decidir si el poder que se les ha otorgado les está haciendo cambiar algo abanderando algo que no existe, la perfección.

Argi para mí no era ni mucho menos la ganadora de esta edición, aunque su evolución en el concurso, de parecerme un simple mueble pasó a mostrar sus sentimientos y ser imprescindible, llegó a conquistarme algunas semanas. Pero no deseo que lleve la etiqueta de “expulsada por la broma sobre el terrorismo”, deseo que lleve la etiqueta de “ganadora moral de Gran Hermano”. Vaya esto por sus seguidores, porque el apoyo durante estos dos días a la concursante y persona ha sido brutal y porque ya es hora de que la sociedad ponga a cada cual en su sitio, el que merece.

El gato azul: El regreso de Sofía

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Después de algunas semanas en que apenas he tenido tiempo para sentarme a escribir como se merece, aquí os traigo la tercera entrega de esta historia. Escribir un relato o un libro conlleva mucho tiempo. Muchas veces cuando me viene la inspiración hago una sentada de algunas horas y, a veces, sale algo bueno. Otras veces en muy contadas ocasiones, me despierto en mitad de la noche y mi cabeza se inunda de buenas ideas, en ocasiones a consecuencia de sueños o pesadillas (que por qué no, también ayudan y mucho).

Detrás de mí, en la otra habitación, conservo una carpeta con decenas de hojas e historias de ese personaje que algún día espero sacar a la luz y que sólo los que estuvieron conmigo en la Residencia Universitaria Bartolomé Cossio tuvieron la oportunidad de leer en un fragmento que saqué en la primera revista mensual (esa que se nos quedó en el limbo del tiempo después, proyecto de los fanzines que tanto me gustan). Ellos, entre ellos mis amigos, pudieron leer el principio de todo, el primer episodio de la novela.

Ese personaje tiene su pequeña historia, y mientras crece y se desarrolla, otro ocupa mi tiempo, este curioso gato azul del que tengo tantas y tan buenas ideas que a veces no sé por cual comenzar. Muchos, a puerta cerrada, sobre el anterior capítulo le tomaron cariño al gatito que se salvó y el final lo consideraron un tanto trágico cuando pensaban precisamente que ese era el protagonista de la historia. No puedo contarles todo ni a ellos ni a vosotros. Me gusta saber que, cuando escribo, alguien no puede adivinar con tiempo lo que va a suceder en una historia, quiero que cuando una persona se siente a leer lo haga sabiendo que puede ser sorprendido… pero también que otras veces tiene el control, hasta el punto de no saber si lo que imagina será o no lo que ocurra.

Quizá con esta nueva entrega sepan perdonar la tragedia de la anterior. En el capítulo que váis a leer, se mezclan el tiempo presente y un pequeño flashback emotivo. Esa mirada atrás no es ni mucho menos el inicio de la historia, pero sí parte de ella.

El Gato Azul: El regreso de Sofía – por José Francisco Cedenilla

Sofía Tarenzi vio cómo su vida de repente daba un giro inesperado. Hacía apenas unos minutos ocupaba el asiento 42 de un pájaro volador en los cielos de Italia y ahora estaba sentada en el tercer banco de una iglesia. Pensó que se sentía como un mantel blanco colgando de una cuerda y meciéndose contra el viento bajo la luz del sol del atardecer de la Toscana, mientras alguien vareaba sus entrañas con fuertes sacudidas que, si bien eran dolorosas, tenian ese regusto amargo y a la vez dulce de la expiación de los pecados. Mientras enfocaba la vista en la figura de un Cristo crucificado, imponente sobre la cabeza del párroco, y bajaba la mirada hacia el ataúd semiabierto, no podía dejar de admitir que toda su vida se había visto condenada al mismo hecho, alejarse de las personas a las que más quería y quererlas en la distancia hasta perderlas para siempre. Un cariño que ella sentía de verdad, pero que nunca llegaba a transmitir.

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Sus manos, con más hueso que piel, dedos finos y alargados, agarraban los pantalones vaqueros de color negro. Dos anillos de plata colgando de su cuello por una cadena, contrastaban con el color añil de la camiseta. Semblante serio y pensativo, ojos verdes llenos de tristeza, rasgos finos con pómulos que sobresalían y se convertían en su rasgo más característico, acentuado por el negro color de su pelo en media melena, un poco rizado y despeinado, abombado y despegado de su rostro. Las palabras del Señor se habían convertido durante aquella media hora en un mero tránsito entre sus dos oídos, porque su cabeza estaba ocupada recordando el tiempo que pasó a su lado.

Sofía tenía apenas siete años cuando, de la mano de un hombre, cruzó la puerta por primera vez. Una mano grande acarició su cabeza, aquel hombre se agachó, le dio un beso en la mejilla y dejó a su lado una maleta de equipaje donde estaban algunas de las cosas que había recogido de su habitación. Allí se quedó estática durante unos minutos, desorientada. Aquella casa olía a bizcocho recién horneado, a madera, a flores, a primavera, olía a hogar. Mientras miraba hacia el fondo del pasillo, donde había unas escaleras que subirían a algún desván lleno de secretos, una voz ronca y desgastada salía del lugar de donde venía ese dulce olor. La puerta, rota y desgastada, se entornó con un chirrido y una señora mayor se acercó ilusionada a la pequeña niña, llenándola de besos y abrazos.

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Recordaba aquel momento mejor que ningún otro porque algo en su interior se rompió del todo. Fue cuando su abuela Olivia le cogió de la mano, mientras con la otra portaba su maleta, mientras subían juntas las escaleras del fondo hacia ese desván lleno de secretos que se convertiría en su nuevo hogar, fue mientras pisaba cada uno de los escalones y a cada pisada su corazón se iba llenando de un peso insoportable y le costaba más respirar, cuando notó las primeras lágrimas de sentimiento resbalar por sus mejillas y sintió que dejaba algo atrás.

Un pequeño alboroto en la iglesia le hizo despertar de su sueño de recuerdos, cuando el párroco pidió a todos ponerse en pie. A pesar del dolor, sabía que cuando había perdido a alguien en su vida, por suerte siempre aparecía alguien para consolarla, este era su destino.

Ensimismada aún en sus pensamientos, sintió que alguien a su lado le agarraba de la mano y le daba un pañuelo. Apenas se había percatado de que las lágrimas volvían a inundar su rostro. Sin llegar a levantar la mirada mientras se secaba, le dio las gracias. La otra persona le tendió la mano y le ayudó a levantarse mientras le susurraba bajito.

– Hola, me llamo Noel.

Sé que estás ahí

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Las palabras quedan mudas cuando una actitud lo dice todo. No hay nada más poderoso que un sentimiento escondido largo tiempo. No hay nada tan poderoso como un sentimiento que comienza a crecer. No se cruzan palabras que arrastre el viento. Todo se construye a base de gestos, miradas y comportamientos tan complejos y a la vez tan secillos.

Muchas veces una pared separa dos almas gemelas que nunca llegan a unirse, no por culpa de la pared, sino por otras barreras invisibles. Y otras veces la pared es tan fina, que los sentimientos viajan con tanta facilidad que da vértigo. También existe un tipo de muro impenetrable, construído con base de tragedia, insalvable e infinito. Sólo se destruye cuando todo termina. Mientras tanto, hay que confiar en que cuando tocas su fría pared, sabes que está ahí.

Safe & Sound

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Soy uno de aquellos a los que le molesta el final de una película en el cine, cuando salen las primeras letras de los créditos finales, las luces se encienden y no se puede saborear ese último acto, cuando la historia ya ha terminado y comienza la lucha de la reflexión en tu cabeza. Esa última parte se corta con el alboroto por salir del local, el bullicio de gente que comenta con palabras algo que pertenece a la intimidad.

Por eso disfruto a solas los créditos finales de las películas de misterio y drama, para pensar, porque me dejan desahogarme durante el tiempo suficiente, con la música adecuada para que afloren todo tipo de sentimientos encontrados, necesarios para obtener el premio, la moraleja, la razón, la similitud de lo visto con lo vivido, para imaginar un poco más allá.

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Comencé a leer “Los Juegos del Hambre” porque leí sobre su éxito en muchos países, sería un imbécil si nolo hiciese, máxime cuando mi historia preferida de todos los tiempos, la de Harry Potter, se convirtió en tal gracias a un recorte de periódico en el lugar y el momento oportunos, cuando nadie sabía que existía.

Si bien la historia de Suzanne Collins está muy lejos de alcanzar las cotas de la trama de la obra de J.K. Rowling e incluso el primer libro me dejó con una sensación encontrada entre la simplicidad y mi amor por los realities a los que tanto se ataca en él, aún es pronto para evaluarla en su conjunto cuando me restan dos libros a los que echar mano. No soy de los que se lanzan a leer y disfrutar de las típicas historias de amor, pero tanto la autora como el director de la película han conseguido hacer interesante y bastante original un argumento que cada día tiene lugar en nuestras vidas, el de las difíciles elecciones.

La película ha influído muy positivamente a mis ganas de continuar leyendo, porque detrás de la historia de los 74º juegos del hambre se aventura algo de dimensiones que parecen épicas, de conspiraciones en un mundo controlado por el gran hermano que todo lo ve (recordándome aunque sea un pòco a una de mis obras literarias preferidas, “1984”).

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Safe & Sound es la canción de Taylor Swift que suena tras el final del film, en unos créditos que merecen ser escuchados, mientras las letras, los nombres van pasando a ritmo lento por la pantalla, en la cabeza la canción va entonándose como un himno que deja también sentimientos encontrados, algo así como un collage de melancolía y superación.

El viejo silo

el viejo silo

Tenía ya ganas de comenzar esta aventura fotográfica, han sido muchos meses de estos de ideas en la cabeza que dan vueltas y vueltas y con las que uno no queda conforme en última instancia, porque al final siempre surge otra nueva idea mejor que la anterior, así una y otra vez, sin fin.

Lo mejor de la fotografía es que al final, por muchas ideas y preparaciones que se hagan, siempre surge algo que rompe los esquemas. Incluso a veces, como por arte de magia, la mejor fotografía, la que derrite el objetivo, no resulta de aquello que tenías en mente, sino de ese algo inesperado que se te pone enfrente en el momento oportuno. Y aún cuando pienso en el marco de mi fotografía, no vale para nada, porque sé lo que quiero, pero no sé cómo lo quiero hasta que lo tengo delante.

Mi primer objetivo, mi primer proyecto a lo grande, el Puente de Castilla La Mancha, una obra titánica de la que he sido testigo en su levantamiento desde la primera piedra, un puente que he contemplado desde numerosas vistas durante varios meses, intentando decidir el momento, el tiempo, el lugar para inmortalizarlo.

Cuando parecía tenerlo todo claro y cómo lo quería, durante el camino me cambiaron los esquemas y me interné por un sendero que jamás había cruzado, digamos que en lugar de bordear por lo seguro, atravesé la ciudad en línea recta para llegar. No sabía por dónde me estaba metiendo, ni siquiera si era terreno privado. Árboles y trigales salían a mi encuentro hasta que de repente salí a una esplanada de cesped verde y charcos y de fondo el puente.

Mi objetivo estaba allí delante de mis ojos enorme y espléndido, dispuesto a ser fotografiado en una panorámica inédita, pero al mirar hacia atrás me encontré con ese poquito de magia.

Entrecerré los ojos y me llevé una mano de visera a la cara hasta que mis ojos se acostumbraron. Allí se alzaba majestuoso, entre los trigales, el viejo silo. El sol, semi escondido entre las nubes que se estaban acercando a la ciudad, le daba un brillo dorado al escenario, confiriendo al viejo silo una silueta oscura dibujada contra el cielo.

Es esta una de las imágenes más bonitas de esta aventura y quiero que también sea la primera, porque significa todo lo que la fotografía es y todo lo que aporta, porque es historia, porque es aventura, porque es magia, porque no deja de ser como esa serie de pequeñas cosas inevitables que suceden cada día, que ordenamos en nuestra mente como en un álbum de fotos y a la que llamamos vida.

fotografía (ver en alta resolución) @ José Francisco Cedenilla

vota por la fotografía aquí en National Geographic para que aparezca en la revista internacional

No quiero parques

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Detrás de mi casa, detrás de la fábrica de helados, había dos grandes terrenos en los que nos pasábamos las tardes jugando, con sus montañas de arena por las que Yoko subía y bajaba, las plantas que por más que quemaban volvían a salir cada año, un terreno en el que alguna que otra vez me dejé la piel, casi siempre de la rodilla.

Ahora esos terrenos ya no existen, siguen ahí, pero de otra forma, uno se ha convertido en un edificio y el otro permanece vallado con bloques de hormigón por esa estúpida norma que no sé quién ha inventado, todo para proteger a la gente de posibles caídas.

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Y yo me pregunto qué fue entonces de nosotros, cuando no había vallas, cuando salíamos libremente a jugar sin que una persona mayor nos estuviera vigilando todo el tiempo, correteando por ese terreno ahora vedado que supuestamente es ahora tan peligroso. ¿Acaso las caídas, la ropa rasgada, las manchas, no forman parte de un niño? Pero nadie pone una valla entre las aceras y las carreteras, que por supuesto son muy seguras.

Ayer muy temprano pasé por uno de los únicos lugares en los que aún uno puede jugar como antaño, uno de los barrios míticos en la ciudad, cerca de la fábrica algodonera, pero no por mucho tiempo, hasta que recauden lo suficiente para convertirlo en otro de esos parques infantiles sin tierra en los que una caída supone rebotar entre algodones. La magia que desprendía en la niebla está fuera de toda duda.

Especial EL FIN DEL MUNDO, 21 de diciembre de 2012: Supersticiones

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2012Cuando esta fecha estaba lejana, no daba tanto miedo como ahora, algo así como ver a un fiero animal desde los seguros barrotes de un zoo. Ahora que se acerca, su fenómeno es incluso más intenso que el que sufrimos con el cambio de 1999 al 2000, cuando todo el mundo esperaba impaciente las sorpresas que nos depararía el cambio de milenio (no estrictamente, claro).

Todavía hay gente que no sabe acerca de la fecha del 21 de diciembre de 2012, os lo aseguro, esta misma mañana me encontré con alguien ajeno a todo esto, mientras que en canales como National Geographic no paramos de ver documentales especiales acerca de nuestro último día en La Tierra y las claves para entenderlo, canal en el que el mismo día 21 ofrecerán una maratón de 24 horas dedicada en exclusiva al fin del ciclo del calendario maya.

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Hoy, cuando apenas faltan 11 días (11, ese número mágico), es el momento de ver teorías y de profundizar en el comportamiento humano ante lo desconocido y precisamente esto último es lo que haré hoy, indagar en uno de los comportamientos del ser humano que nunca se extingue, el de las supersticiones, un tema al que regreso seis años más tarde, cuando este blog estaba creado pero tomando una forma desconocida y mi rincón era otro diferente. Entonces estaba empezando en esto del mundo de internet, experimentando y la segunda parte nunca llegó. Quizá estaba esperando a este momento, más grande, más sabio y más tonto. No me voy a poner a enumerar las supersticiones, que hay muchas y encima cada cual tiene la suya, sería una historia interminable, voy a hablar de mí y de mi entorno y del por qué necesitamos aferrarnos a una superstición.

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Cuando yo era pequeño sufrí, como el resto de la humanidad, este mal que te esclaviza y te ata a unas condiciones invisibles. Comencé por levantarme y poner siempre el pie derecho en el suelo, continué con alguna pequeña rutina pasajera con la que me sentía bien, apagaba las luces en un determinado orden, evitaba pasar siempre por debajo de las escaleras y algo de lo que me avergonzaba y me avergonzaré toda mi vida y que comenzó como un pequeño juego supersticioso, tocar algo de metal al ver a una persona con el pelo pelirrojo.

Un día me di cuenta de las tonterías que estaba haciendo y decidí jugar al juego contrario, qué pasaría si primero dejaba de tocarme el botón del pantalón al ver esa vecina pelirroja. Un día me la crucé y con mucho esfuerzo vencí al miedo. Y no pasó nada malo. ¿Por qué estaba apagando las luces en un orden, por qué no me levantaba como me diese la gana? Aprendí a relacionar mis supersticiones con mis miedos. Cada vez que apagaba esas luces o me levantaba de la cama, estaba persiguiendo una acción de acuerdo con el mundo, con la naturaleza: “Si me levanto con el pie derecho, hoy todo saldrá bien”. Pero los pactos con los seres invisibles de la mente, se quedan en nuestra mente. Hice todo lo contrario y no pasó nada.

espejo

La última de las supersticiones que me quité fue la de las escaleras, quedando libre para siempre. Ocurrió un frío día de otoño en la ciudad, un aviso de un telegrama en la oficina de correos. Eran ya casi las ocho de la tarde, cuando me interné en la calle San Francisco, atestada de gente ultimando compras y regresando de sus trabajos. Era tal la incertidumbre por el asunto del telegrama que, para eludir a tantas personas, decidí meterme por debajo de una escalera de un hombre que estaba colocando la iluminación. No fue hasta media hora después, cuando abrí el sobre en el ascensor, que tú y yo creamos el segundo de nuestros lazos, Yoko. Desde entonces creé lo que yo llamo “superstición en positivo”, es decir, que siempre que puedo, paso por debajo de una escalera en la calle (eso sí, que tonto no soy, siempre que la vea estable). Hemos relacionado el peligro con nuestro miedos, la situación real de una escalera cayendo sobre alguien con nuestros temores, el que se te cruce un gato negro, con el susto que te llevas y más si sale aullando de un contenedor a tu lado cuando pasas a las cinco de la madrugada cuando todo está en silencio (y de esto soy testigo, Cuenca, madrugada para coger el autobús de camino a casa, descampado a oscuras, gato sale lanzado del contenedor aullando enfrente de mi cara y me pega el mayor susto de mi vida, no sé si era negro, pero ya se sabe cuándo dicen que todos los gatos son pardos).

luna llena

Durante toda mi adolescencia, he podido ver cómo la gente a mi alrededor es esclava de sus propios miedos. A mi hermana, cuando su entonces novio estaba en el servicio militar, apagar y encender las luces un número determinado de veces, a mi tía despedirse sin decir adiós, siempre evitando esa palabra que parece de despedida eterna… una penitencia que nos cargamos a cuestas sobre el hombro y que, o bien pasa a formar parte de nuestra vida, o aprendemos a deshacernos de ella, pero ante la que cada cual elige lo que hace con ella y el momento.

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Si la carga es ligera y nos hace sentir bien, es tan humilde como comerse un caramelo a escondidas. Pero si es pesada, tarde o temprano termina desapareciendo, cuando un buen día la mente despierta y comprende que no vale tanto sufrimiento una acción que nadie, sino lo inevitable, va a saber recompensar.

Ops, se me olvidó mencionar que todavía llevo una superstición a cuestas de por vida… a los siete años rompí un espejo y su maldición aún perdura. Si sobrevivimos al 21 de diciembre de 2012, quizá tenga que hacer una tercera parte…

Lugar de paso

Cuando echo la vista atrás y pienso en cómo era antes mi barrio, pienso que cualquier persona que se hubiese marchado entonces y regresase por navidad sin haberlo visto cambiar día a día, no lo reconocería y lo primero que sentiría sería añoranza.

Ahora hay una avenida, nuevos edificios, un supermercado, allí, al lado de la fábrica de harina donde antes había un descampado, en el que pasábamos las tardes jugando al béisbol, el que se llenaba de barro en días lluviosos para jugar al pincho, por el que pasear comiéndose un helado en verano, un lugar de risas y juegos, de tardes tranquilas sin ruido de coches, sin miedo a que el balón se escapase hacia cualquier lugar.

Ya no hay risas de niños, tan solo motores rugiendo y gente que pasa con la cabeza agachada camino de cualquier otra parte.

Viva el horario infantil

Acabo de llegar a casa, hoy tocaba, con mucho retraso, ver el episodio 1,000 de mi comedia favorita, pero este no podía verlo de espaldas, como acostumbro para aprovechar el tiempo, enterándome de todo lo que se cuece en la comedia, este necesitaba su tiempo especial, así que lo he quitado para verlo en otro momento más tranquilo.

Informativo que salta, un hombre tiroteando con una escopeta a otro que está a un metro de él y mientras las balas impactan en su cuerpo como si le estuvieran dando puñetazos, el pobre hombre hace un gesto reflejo de taparse la cara y el cuerpo como si con ello pudiese evitar lo que se viene encima. Cae al suelo, sin vida, el hombre que disparó, le remata por si acaso. Son las 21:11 de la noche, la hora en que los niños acaban de ver “Pasalaspapas” y similares y se reenganchan mientras juegan con sus padres regresados del trabajo.

Me causan asco y repudio aquellos y aquellas que van de cultos y de defensores de la audiencia, que se escandalizan cuando a las 16:30 de la tarde o a las 22:00 de la noche sale una teta o un culo, que se echan las manos a la cabeza cuando ven a dos personas discutir en la sobremesa sacando trapos sucios y lo llaman telebasura y van a los juzgados a denunciar que esas cosas no deberían salir en horario infantil.

Personas que después en sus casas son los primeros en no dar ejemplo, que discuten con gritos e insultos delante de sus hijos, que llevan dobles vidas con amantes, salidas nocturnas y relaciones fuera de pareja. ¿A quién van a dar ejemplo y denunciar esta panda de sinvergüenzas?

Prefiero mil veces que mis hijos viesen una teta o un culo, una discusión encarnecida en la televisión que no cómo termina la vida de un hombre en plena calle a sangre fría.

No se trata de horario infantil, se trata de lógica humana y de saber un poco de sicología infantil, los niños no son idiotas y ya no vivimos en los años 80, dicen “puta” o “cabrón” antes de saber hablar y por mucho que se les repita o reprenda, lo seguirán diciendo, con más empeño si cabe.

No seamos gilipollas y terminemos ya con esta idea tan asquerosa llamada horario infantil, porque, seamos sinceros, comencemos por respetar dentro de casa, porque si no lo hacemos ahí, cómo vamos a pedir a un televisor que lo haga por nosotros.

fotografía de Rez González

Laika

Son muchas las ilusiones que unos padres vuelcan en sus hijos. Los tiempos cambian, las oportunidades son diferentes y todo aquello que un día ellos no pudieron llevar a cabo, hacen maravillas para que los que les siguen puedan lograrlo al fin, incluso esas pequeñas victorias que nacen y culminan las toman como logros personales, aunque no sean suyos propios.

Inconscientemente depositamos en nuestras mascotas otra serie de deseos. Les cubrimos bien con una manta cuando hace frío, les colmamos de caricias y jugueteamos con ellos, queremos que sean ajenos a los problemas del ser humano, son una evasión, nuestra evasión.

Hace ya 55 años, una perrita llamada Laika se convirtió en el primer ser vivo que viajaba al espacio. Toda una temeridad de aquellos a los que se les ocurrió la idea de utilizar un animal como conejillo de indias, poco valiente y algo que no comparto. Algo así como “pon tú la mano en el fuego y así si quema me avisas”. Ellos no tienen voluntad para decidir lo que quieren hacer cuando nuestra orden está ya dada.

Y es que cuando de relaciones entre mascotas y humanos se refiere, puede haber puro interés o puro sentimiento y sólo cuando uno es capaz de entender que su mascota no es recipiente de sueños y que nuestros caprichos pueden hacer daño, empieza a crearse una cierta relación de empatía que no necesita expresarse con palabras.

Con un beso de amor verdadero

“Y un día se encontraron atrapados en un lugar en el que la felicidad les había sido robada, nuestro mundo. Así es como sucedió…”

Crecí a mis espaldas con las historias de Pinocho, ese muñeco de madera hecho con tanto mimo por Gepetto, que de repente una noche mágica cobró vida, disfruté de sus aventuras, de esa nariz que crecía con sus mentiras y que nos dejó ese “te va a crecer la nariz como a Pinocho”, y de cuando finalmente un hada lo convirtió en el hijo de carne y hueso que aquel hombre deseaba.

Hansel y Gretel que cayeron en la tentación de la dulce casa de chocolate, el despistado Pulgarcito, la niña que no quería ver la realidad de su mundo y se internaba en aquel país de las maravillas con el sombrerero loco y su té en la eterna fiesta del feliz no cumpleaños.

La imagen de la bruja en el libro de cuentos, gorro puntiagudo, cara demacrada, alargada nariz, una verruga, vestida toda de negro y con una roja y envenenada manzana en sus manos, preparada para vengar su odio hacia la mujer que el espejo consideraba la mujer más hermosa del mundo. Un ataud de cristal velado por siete enanitos, donde yace Blancanieves. Un príncipe roto de dolor que, con lágrimas en los ojos, da a su amada el último beso de amor verdadero.

Allá donde acabaron aquellos cuentos, sólo quedaba vivirlos una y otra vez, generación tras generación, millones de niños creciendo, como yo, con sus historias, sus finales felices y moralejas que uno no lograba entender hasta que pasaba el tiempo. Pero nunca nos preguntamos tras ese “vivieron felices y comieron perdices” qué ocurrió. ¿Qué cúmulo de casualidades hicieron que Pepito Grillo llegase a ser la voz de la conciencia? ¿Por qué Gepetto nunca pudo tener el hijo deseado hasta que apareció Pinocho? ¿De dónde nació esa manzana roja envenenada? ¿Por qué la malvada bruja tenía aquel odio tan grande hacia Blancanieves como para desear su eterno suspiro? ¿Qué hubo antes y que pasó después de las historias que nos contaron y leímos?

No podré agradecer lo suficiente a Adam Horowitz y Edward Kitsis que hayan recogido todos esos cuentos de nuestra infancia, a todos los personajes que tan bien conocemos, como si fuesen parte de nuestras vidas, tanto que no necesitan presentación, hayan decidido contestar a todas esas preguntas que jamás nos hicimos y mezclarlas y entrelazarlas como piezas de un complejo puzle para dar vida a una obra de arte llamada “Érase una vez”.

Ojala pudiéramos recuperar todo lo perdido con un beso de amor verdadero, aunque si uno lo desea muy muy fuerte, quizá, aunque no sea como lo imaginamos, consigamos traer de vuelta de ese mundo de fantasía, un suspiro que bien vale una vida.

Quién eres

De forma inconsciente nos basamos en primeras impresiones, intentamos compensar y completar lo que sentimos al conocer a alguien con experiencias pasadas, sus gestos, sus expresiones, sus palabras, conforman un patrón sobre el que actuamos en consecuencia, buscamos semejanzas con aquellos que ya conocemos y actuamos tal y como lo haríamos con ellos.

Y poco a poco se va creando un tú a tú particular, donde antes estaban las semejanzas comienzan esas maravillosas diferencias que hacen de cada relación, sea cual sea, algo único.

Old lady

Las arrugas del ser humano son como las marcas de un árbol, allí donde tallamos un corazón se instala un sentimiento, cada golpe y cada hachazo dejan una huella y aquello que le rodea moldea su voluntad.

Son sus anillos de vida cada pliegue de piel de lo vivido. Una semilla infinitamente pequeña enterrada en lo más profundo que, por eso de lo inevitable, se instaló en el lugar oportuno para salir a la superficie. Son sus ojos como una película en la que se adivinan alegrías y sufrimientos.

The last remember Mujeres Desesperadas

Aunque sabía que se estaba acercando, mi cabeza parecía no querer admitirlo, pero ya no le ha quedado más remedio, de repente los episodios han tomado un rumbo que huele a un final, de esos que me dejarán delante del televisor, durante varios minutos, con un gran vacío cuando todo acabe.

‘Mujeres Desesperadas’ llegó a mi vida hace ocho años, un jueves por la noche, en la misma semana en que se estrenó en nuestro país ‘Perdidos’. Ambas iniciaban un camino que la cadena FOX España daba a conocer como “las series de nueva generación”. Estas series se diferenciaban de las otras que habíamos visto de pequeños en sus tramas, mucho más elaboradas y complejas, además de una mezcla de géneros en los que tenía cabida el misterio. ‘Mujeres Desesperadas’ era y es la mezcla perfecta de comedia, drama y misterio.

Vi el primer episodio en el salón, y aún recuerdo ese cosquilleo y esas ganas de descubrir otra de las nuevas series que abrirían un camino que en ese momento jamás hubiera acertado a pronosticar. Hacía pocas horas que mi boca se había quedado abierta con el final del piloto de ‘Lost’, así que decidí olvidar todo lo visto y me dejé sorprender con la primera y sorprendente escena en que su protagonista principal se suicida. Por mi cabeza pasan las imágenes de un día normal, de Martha Huber acercándose a por su batidora cuando por la ventana ve el cuerpo y el charco de sangre. Y aquel final en que las cuatro amigas reciben una carta de amenaza y el misterio hace acto de presencia mientras la cámara se aleja, dejándome con tantas ganas de más y preguntándome por qué Mary Alice se suicidó.

La primera temporada fue trepidante, combinando el sentido del humor (he de confesar que muchas veces han consegido que me tire por el suelo de la risa) con los pequeños detalles que ayudaban a resolver el misterio del suicidio, tan complejo, que fui incapaz siquiera de imaginar la realidad de lo sucedido. Una traca final de sucesos que me dejaron impresionado por el detalle con que se había cuidado cada personaje y movimiento.

El resto de temporadas se basaron en otros misterios concretos que me resultaron algo más sencillos de resolver, sólo a la espectativa de saber si mis intuiciones eran ciertas. Mientras que la sensacional primera temporada se centraba en el suicidio de Mary Alice y la tormentosa relación de la familia Young, la segunda nos trajo a Wisteria Lane a nuevos inquilinos, los Applewhite y el misterioso personaje que guardaban en secreto en el sótano. El final de aquella fase nos trajo a Orson y la desaparición de su mujer, una temporada irregular debido a la huelga de guionistas que hizo que los misterios se desencadenasen antes de lo previsto. Con la cuarta temporada, la casa de los sucesos (casi comparable ya a la de American Horror Story) recibía después de doce años a su antigua propietaria, Katherine Mayfair con todos sus secretos, permitiéndonos conocer más detalles.

La quinta temporada nos trajo consigo un sensacional regalo, cinco años adelante en el tiempo. He de decir que fue una de las temporadas que más disfruté después de la primera, quizá por el hecho de ver a esos pequeñajos de Wisteria, que ahora ya no eran tan enanos, tomando el control de muchas de las tramas, haciendo cobrar vida y dando un nuevo sentido al barrio residencial más famoso de la tele. De hecho, a fecha de hoy, cada vez que veo a Porter, Juanita o MJ, echo la vista atrás, como si a pesar de saber que sólo es una serie de televisión, realmente hubiera formado parte de mi vida de alguna forma.

MJ siempre ha conseguido sacarme una sonrisa gracias en parte a su sensacional doblaje al castellano, esa cara de pillo e inteligente y esa vocecita, se convertiría sin quererlo en uno de los protagonistas del final de la quinta temporada como parte de los planes de Dave. La siguiente y sexta temporada se centró en el misterio de los nuevos vecinos, los Bolen, una familia aparentemente familia y perfecta, nada más lejos de la realidad. Tras esta temporada, decidieron rescatar a viejos personajes, puede que ya intuyendo el cercano final de la serie, resolviendo por fin los cabos sueltos de Paul Young.

Para la última temporada y final, después de tantas vicisitudes, ya no serían ni nuevas familias ni antiguos vecinos, sino el crimen de las propias protagonistas, una vuelta de tuerca final para aquellas que siempre habían visto todo desde la ventana, ahora el misterio eran ellas mismas.

La serie me deja momentos inolvidables. Nunca olvidaré algunas de las muchas frases finales de cada episodio que, a modo de epíteto, ponían cada semana punto y final al episodio en la voz de Mary Alice, frases que siempre han conseguido emocionarme y hacerme llorar, algunas veces con una sonrisa acompañando y otras con una desconsolación total por la intensidad de las palabras y lo acertado de su mensaje, basadas en cosas que todos los seres humanos hemos pensado o vivido en alguna ocasión.

No podré olvidar el intenso final de “Bang!”, el episodio del supermercado, el que hasta el momento ha sido inigualable y es por derecho el mejor episodio de una serie que haya visto jamás además de la verdadera esencia de ‘Mujeres Desesperadas’. Como tampoco podré olvidar los emocionantes episodios que sólo encuentran comparación con series como ‘Falcon Crest’, en que vivimos esa incertidumbre del suceso de la avioneta o del tornado que llegó a Fairview.

Esta última temporada me ha dejado otro de los grandes momentos,y ahora comprendo que necesario, que ha conseguido que me tire todo un episodio llorando, precisamente, como bien dije antes, por el hecho de que la serie y sus personajes llegan a formar parte de la vida de uno, se meten cada semana dentro de ella y juegan a tocarte en lo más profundo. Es por ello que, si bien el final del episodio de la muerte de Mike Delfino, uno de mis personajes preferidos, de esos que pedí muchas veces hablando solo al televisor “por favor que no se muera nunca”, me dejó trastocado, no fue tan intenso como lo que vino después con su funeral, uno de esos episodios “flashback” que tanto me gustan (como el del manitas) en que la serie te muestra que el día a día cobra sentido con cada persona que nos cruzamos, que todo lo que nos dicen y nos enseñan sirve para remodelar nuestras vidas en uno u otro sentido aunque parezca que no son importantes hasta que las perdemos.

Ayer asistí a una de esas grandes escenas que me costará olvidar y que hizo que las lágrimas fluyesen, la secuencia en la que Susan reconduce el dolor de MJ por la pérdida de su padre lanzando unos botes de mermelada hacia la pared. No puedo describir lo que sentí cuando MJ deja resbalar por su mano uno de los botes y decide que su dolor debe ser compartido a través del abrazo de su madre.

Porque esta serie está llena de momentos mágicos que de repente hacen que tu mundo se pare, te hacen reflexionar, con palabras o simplemente llevándote de la mano a través de una historia para terminar en un tiempo en el que tu vida y la de los personajes parecen darse de la mano. Entonces sale una sonrisa de complicidad o unas lágrimas de tristeza, creando un lazo que te une a ella, inseparable.

Ahora estas dos, las dos primeras series de esa llamada nueva generación se acaban para siempre, en mi espacio temporal. Nunca escribí sobre el final de ‘Perdidos’, probablemente nunca escribiré sobre el final de ‘Mujeres Desesperadas’, quizá porque, al igual que hice con ‘Lost’ y acabo de hacer ahora, prefiera contar lo que siento antes de que todo termine, y una vez termine, no haga falta contar nada porque ya se sepa lo que siento sin necesidad de hablar, algo así, tan parecido, como cuando perdemos a alguien que queremos tanto.

La casa de un hombre es su castillo

El lugar donde uno puede desear, puede hacer y deshacer libremente, opinar, expresar alegrías y arrojar lágrimas sin miedo a nada y sin tener respuesta, formar una familia, rodearse de amigos o estar solo.

A veces, en lugar de un castillo, la casa de un hombre es el foso, uno que ni siquiera es suyo, que comparte y que no quiere, un hogar previo a cruzar el puente soñado.

@fotografía de Mr. Monster (basado en la frase de Thomas W. Coke)