Naruto, tributo de fans

naruto

Naruto simboliza la batalla del bien contra el mal. No es consciente de que en su interior se aloja la maldad personificada, pero, ¿cómo actuaríamos cada uno de nosotros de saber semejante verdad? Un peso enorme que sólo se puede combatir a base de corazón.

Muchos son los fans de Naruto que dedican un tiempo para hacer los mejores montajes y darlos a conocer en la red. Con más de 250 episodios a sus espaldas bien merece un tributo.

Tributo de shinnie04

Tributo de BlueFoxXT

Tributo de RogueBH

Tributo de drummerjdm

“My heart will go on” de Celin Dion, diez años bajo las aguas

 alas

Entre mi colección de videos hay uno llamado Titanic, cuando el video estaba en sus últimos grandes coletazos ante la llegada del DVD, con sonido THX incluído, en versión para coleccionista.

Cuando quise ir a ver esta película ya sabía el final, pero ello no impidió que me emocionase con la escena y con otras, como esas dos personas abrazadas en la cama esperando el destino final, o aquellos arrastrados por el agua, por el miedo a perderlo todo, a perder la vida.

Nos aferramos a ella con garras cuando la vemos peligrar más que nunca. No tenemos miedo a la muerte, tenemos miedo a perder nuestra vida.

“My heart will go on” de Celine Dion 

 titanic

Llevar la iglesia a otro lugar

No, no se trata de predicadores cambiando de lugar llevando con ellos sus doctrinas, se trata de llevar, literalmente hablando, la iglesia a otro lugar, el edificio en sí vamos.

No sólo las iglesias son llevadas a otros lugares, sino edificios, casas y monumentos dependiendo de dónde se necesiten o por cambios que harán de su nueva localización un sitio donde conservalrlas mejor.

Heuersdorf Germany Church

Iglesia trasladada de Heuersdorf a Borna, Alemania 

“La Invasión” con Nicole Kidman y Daniel Craig

“No creas en nadie. No sientas. No duermas.”

la invasion

Nuestro mundo sufre una invasión. Siempre me ha gustado esta premisa. Esta vez la situación se lleva hasta el límite, poco a poco la humanidad es dominada instalándose en los cuerpos y la protagonista debe luchar para defender la vida que conocemos. Debe estar interesante ya no el argumento que promete, sino el final, ¿cómo acabaría una peli donde la humanidad ya ha sido contagiada y sólo unas pocas personas sobreviven? Aunque sea un remake de la peli antigua no me acuerdo. Desactivo comentarios, por supuesto 😛

Han sido muchas las películas y series que se han basado en el argumento extraterrestre invasor, desde Men in Black, más desenfadada, hasta series como Invasión de escaso éxito, pasando por El Pueblo de los Malditos, aquellos niños de ojos azules que ponian la voluntad en la gente del pueblo para hacer lo que ellos querían. No puedo olvidarme tampoco de la película Vecinos Perfectos, muy parecida a la anterior pero con un giro argumental que la hace diferente y que me encantó.

Trailer “La Invasión”

la invasion

“El significado de la noche”, Michael Cox, fragmentos

el significado de la noche portada

1

 

EXORDIUM

Después de matar al pelirrojo, fui a comer ostras a Quinn’s.
Había sido sorprendente, casi absurdamente fácil. Lo había
seguido a una cierta distancia, tras observarlo primeramente en
Threadneedle Street. No puedo decir por qué decidí que fuese él,
y no cualquiera de los otros en quienes mi vigilante ojo se había
posado aquella noche. Llevaba caminando por la vecindad una
hora o poco más con un único propósito: encontrar a alguien a
quien matar. Entonces lo vi, delante de la entrada del banco, entre
un grupo de peatones que esperaban a que el guardia hiciese
su trabajo para cruzar. No sé por qué, pero parecía destacar entre
la multitud de empleados vestidos de idéntica manera que salían
del edificio. Miraba la escena a su alrededor, como si estuviese
rumiando algo en su mente. Por un momento creí que
estaba a punto de volver sobre sus pasos; en cambio, se calzó los
guantes, se apartó del cruce y se alejó a paso enérgico. Segundos
más tarde comencé a seguirlo.
Caminamos con paso seguro hacia el oeste a través de la niebla
cada vez más espesa y el crudo frío otoñal. Al final entró en una
callejuela que, en realidad, era un atajo para llegar al Strand,
apenas más ancha que un pasaje y flanqueada a ambos lados por
altos muros sin ventanas. Eché una ojeada a la descolorida placa que
decía «Cain Court» y después me retrasé para asegurarme
de que la callejuela estaba desierta.
Mi víctima continuó su camino sin sospechar nada; pero antes de que
pudiese alcanzar los escalones al otro lado del callejón,
yo ya me había acercado silenciosamente y le había clavado
hasta el mango la hoja de mi puñal en el cuello.
Había esperado que se desplomara hacia delante por la fuerza
del golpe pero, curiosamente, cayó de rodillas con un suave
gemido, los brazos a los costados y, al tiempo que se oía el eco
del bastón al caer al suelo, permaneció en esa posición durante
unos segundos, como un fiel devoto delante de un altar.
En el momento de sacar la hoja, me moví un poco hacia delante.
Fue entonces cuando vi por primera vez que sus cabellos,
allí donde asomaban por debajo del sombrero, eran, como su
bien recortada barba, de color rojizo. Durante un instante fugaz,
antes de que cayese suavemente de lado, me miró; no sólo me
miró, sino que –lo juro– sonrió, aunque, a decir verdad, supongo
que fue la consecuencia de algún espasmo involuntario provocado
al retirar el puñal.
Iluminado por un angosto rayo de débil luz amarilla proveniente
de la farola de gas en lo alto de la escalera, yacía en un
charco de sangre oscura cada vez más grande que contrastaba
curiosamente con el tono zanahoria del cabello y la barba. No
había duda alguna de que estaba muerto.
Por un momento miré en derredor. ¿Un sonido, quizá, en algún
lugar a mi espalda en los oscuros recesos de la callejuela?
¿Alguien me había observado? No; todo estaba tranquilo. Arrojé
el puñal por una rejilla, junto con los guantes –un par viejo, sin
la etiqueta de la tienda–, y con paso seguro bajé la tenebrosa escalera
para perderme en el anónimo bullicio del Strand.
Ahora sabía que podía hacerlo, pero eso no me produjo ningún
placer. El pobre hombre no me había hecho ningún daño. Había
sido más bien una jugarreta del destino, y el color de sus
cabellos, ahora lo comprendo, había resultado ser un fatídico
reclamo. Aquella noche su camino, que desafortunadamente había
coincidido con el mío en Threadneedle Street, lo había convertido
en el inconsciente objeto de mi irrevocable intención de matar a alguien;
de no haber sido él, habría sido cualquier otro.
Hasta el preciso momento en que asesté el golpe no supe con
certeza que fuese capaz de cometer un acto tan terrible, y resultaba
del todo necesario aclarar ese tema más allá de cualquier
duda. Despachar al hombre pelirrojo se podía considerar como
un ensayo, o un experimento, para demostrarme a mí mismo
que podía acabar con otra vida humana y escapar de las consecuencias.
La siguiente vez que levantase la mano llevado por la
furia debería hacerlo con la misma rapidez y firme determinación,
pero entonces mi acción estaría dirigida no a un extraño
sino al hombre a quien llamo mi enemigo.
Cuando eso suceda no debo fracasar.
La primera vez que oí a alguien describirme utilizó la palabra
«ingenioso».
Se la dijo Tom Grexby, mi viejo y querido maestro, a mi madre.
Estaban debajo del viejo castaño que daba sombra al pequeño
sendero que conducía a nuestra casa. Yo me encontraba fuera
de su vista, cómodamente instalado en una cuna de ramas a
modo de atalaya. Desde allí veía el mar por encima del acantilado
y soñaba durante horas con el día en que navegaría para descubrir
qué había más allá del inmenso arco del horizonte.
Aquel día –cálido, quieto y silencioso– vi a mi madre caminando
por el sendero hacia la verja, con una pequeña sombrilla
de encaje apoyada en el hombro. Tom subía agitado por la ladera
desde la iglesia cuando ella llegó a la verja. No hacía mucho
que yo era su alumno, y supuse que mi madre lo había visto
desde la casa y había salido expresamente para hablar con él
de mis progresos.
«Es un chico muy ingenioso», lo oí decir en respuesta a su
pregunta.
Más tarde pregunté a mi madre qué significaba «ingenioso».
–Significa que sabes cómo hacer las cosas –respondió ella, y
me complació que aquello fuera una cualidad aprobada en el
mundo de los adultos.
–¿Papá era ingenioso?
No me contestó, sino que me dijo que me fuese a jugar, porque
ella debía volver a su trabajo.
Cuando era muy pequeño, mi madre me decía a menudo,
amable pero con firmeza, que me «fuese a jugar», de modo que
pasé muchas horas entreteniéndome. En verano, soñaba entre
las ramas del castaño o, en compañía de Beth, nuestra criada
para todo, recorría la costa al pie del acantilado. En invierno,
envuelto en una vieja manta a cuadros, y sentado en el poyo de
la ventana de mi dormitorio, soñaba con las lecturas de Wonders
of the Little World de Wanley, Los viajes de Gulliver o El
progreso del peregrino (por el que sentí un aprecio y una fascinación
poco habituales) hasta que me dolía la cabeza, con la mirada
puesta más allá de las melancólicas aguas, sin dejar de preguntarme
cuánto más allá del horizonte y en qué dirección se
encontraba el país de los houyhnhnms, o la Ciudad de la Destrucción,
y si sería posible embarcar en un paquebote en Weymouth
para ir a verlos en persona. Por qué la Ciudad de la Destrucción
me parecía un lugar tan tentador es algo que no consigo
imaginar, ya que me aterrorizaba la premonición cristiana de
que aquel sitio estaba a punto de ser consumido por el fuego celestial,
y a menudo imaginaba que la misma suerte se abatiría sobre
nuestro pequeño pueblo. También me sentí acosado durante
la infancia, aunque de nuevo no puedo decir la razón, por las palabras
del peregrino al evangelista: «Estoy condenado a morir y,
después, a presentarme al juicio, y encuentro que no estoy dispuesto
a hacer lo primero ni soy capaz de hacer lo segundo». Por intrigantes
que fuesen, sabía que aquellas palabras expresaban una
terrible verdad, y me las repetía a mí mismo una y otra vez, como
si fueran un conjuro, mientras yacía en mi cuna de ramas, en mi ca-
ma o mientras paseaba por la ventosa costa al pie del acantilado.
También soñaba con otro lugar, asimismo fantástico e inalcanzable,
que, sin embargo –extrañamente–, tenía la claridad de
algo experimentado y recordado, como un sabor que permanece
en los labios. Me encontraba delante de un gran edificio, en
parte castillo y en parte palacio, que me parecía el hogar de alguna
antigua raza, erizado con ornamentados capiteles, torrecillas
almenadas y maravillosas torres grises coronadas con curiosas
estructuras que parecían cúpulas elevándose hacia el cielo,
tan altas que parecían perforar la mismísima bóveda celeste. En
mis sueños siempre era verano; un verano perfecto e interminable,
y había pájaros blancos y un gran estanque de aguas oscuras
rodeado por un muro muy alto. Aquel lugar mágico no tenía
nombre, ni ubicación –ni real ni imaginaria. No lo había
encontrado descrito en ningún libro, ni en los relatos que me narraban.
Quién vivía allí –si algún rey o califa– yo tampoco lo sabía.
No obstante, estaba seguro de que existía en algún lugar de
la tierra, y que algún día lo vería con mis propios ojos.
Mi madre trabajaba constantemente, ya que, como mi padre
había muerto antes de que yo naciera, sus esfuerzos literarios
eran nuestro único medio de vida. Siempre que la recuerdo, la
imagen que acude a mi mente es la de ella inclinada sobre la gran
mesa cuadrada que se encontraba frente a la ventana de la sala,
con diversos mechones de pelo oscuro canoso asomando por
debajo de su gorro y cayendo sobre sus mejillas. Allí permanecía
sentada durante horas, a veces hasta bien entrada la noche,
dedicada a escribir frenéticamente. Tan pronto como acababa
una tambaleante pila de hojas y la enviaba al editor, de inmediato
comenzaba con una hoja nueva. Sus obras (la primera fue
Edith, or the Last of the Fitzalans, en 1826) ya nadie las recuerda
–sería desleal a su memoria si dijese merecidamente–, pero
durante unos años estuvieron de moda. Por lo menos encontraron
los suficientes lectores como para que el señor Colburn
continuase aceptando sus producciones (la mayoría publicadas
anónimamente o algunas veces con su nom de plume: «Una
dama del oeste») un año tras otro hasta su muerte.
Sin embargo, a pesar de que trabajaba tanto y con tanto esfuerzo,
siempre encontraba un hueco para estar conmigo durante un
rato, antes de dormirme. Sentada a los pies de mi cama, con una
sonrisa de cansancio en su dulce rostro de elfo, me escuchaba
mientras yo le leía con solemnidad algunos fragmentos favoritos
de mi preciosa traducción de Las mil y una noches hecha por monsieur
Galland*; o me contaba pequeños cuentos de su intervención,
o quizá recapitulaba memorias de su propia infancia en West
Country, que a mí me encantaba escuchar. Algunas veces, en los
atardeceres de verano, caminábamos cogidos de la mano hasta el
borde del acantilado para contemplar la puesta de sol; luego permanecíamos
juntos en silencio, y escuchábamos los chillidos de las
gaviotas y el suave murmullo de las olas, y mirábamos más allá de
las resplandecientes aguas al misterioso y lejano horizonte.
–Allí está Francia, Eddie –recuerdo que me dijo una vez–. Es
un país grande y hermoso.
–¿Los houyhnhnms viven allí, mamá?
Ella se rió.
–No, cariño. Sólo personas, como tú y yo.
–¿Has estado en Francia alguna vez? –fue mi siguiente pregunta.
–Estuve allí una vez –respondió, y exhaló un suspiro–. Y nunca
volveré de nuevo.
Cuando la miré, vi para mi asombro que lloraba, algo que
nunca antes le había visto hacer; pero enseguida se puso a batir
palmas y, al tiempo que decía que era hora de ir a la cama, me
llevó de vuelta a casa. Al pie de la escalera, me dio un beso y dijo
que yo siempre sería su chico. Después se volvió, y desde el primer
peldaño la observé mientras se dirigía a la sala, se sentaba
a la mesa y mojaba la pluma en el tintero otra vez más.
El recuerdo de aquel atardecer se reavivó muchos años más tarde
y, desde entonces, siempre se ha mantenido vivo. Lo recordaba
ahora, mientras fumaba tranquilamente mi puro en Quinn’s y reflexionaba
sobre la extraña relación de las cosas; en los delgados
pero irrompibles hilos de la causalidad que vincularon –porque
vincularon de verdad– la imagen de mi madre trabajando en sus escritos
durante todos aquellos años con el hombre pelirrojo que
ahora yacía muerto a no más de ochocientos metros en Cain Court.
A medida que caminaba hacia el río, me iba embriagando el
pensamiento de que no me habían descubierto. Pero entonces,
mientras le pagaba mi medio penique al encargado del peaje en
el puente de Waterloo, advertí que me temblaban las manos y
que, a pesar de mi reciente refrigerio en Quinn’s, tenía la boca
seca como la yesca. Sentí un súbito mareo y me apoyé en el parapeto
durante un segundo, junto a una farola de gas. La espesa
niebla se extendía sobre la negra superficie del agua, que chapoteaba
contra los pilares de los grandes arcos, y su sonido era
como una música muy triste. Luego, de entre las volutas de niebla,
apareció una joven delgada con un bebé. Se detuvo durante
unos segundos, con la mirada perdida en la oscuridad. Vi claramente
el más absoluto desamparo en su rostro, y al momento intuí
que se disponía a saltar; pero cuando me quise acercar a ella,
me miró con desesperación, apretó al bebé muy fuerte contra su
pecho y echó a correr. Me quedé parado, viendo cómo su pobre
y fantasmal figura se fundía de nuevo en la niebla. Una vida
salvada, aunque sólo fuese por un tiempo, pensé; algo, quizá,
que compensaba lo que había hecho aquella noche.