No quiero parques

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Detrás de mi casa, detrás de la fábrica de helados, había dos grandes terrenos en los que nos pasábamos las tardes jugando, con sus montañas de arena por las que Yoko subía y bajaba, las plantas que por más que quemaban volvían a salir cada año, un terreno en el que alguna que otra vez me dejé la piel, casi siempre de la rodilla.

Ahora esos terrenos ya no existen, siguen ahí, pero de otra forma, uno se ha convertido en un edificio y el otro permanece vallado con bloques de hormigón por esa estúpida norma que no sé quién ha inventado, todo para proteger a la gente de posibles caídas.

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Y yo me pregunto qué fue entonces de nosotros, cuando no había vallas, cuando salíamos libremente a jugar sin que una persona mayor nos estuviera vigilando todo el tiempo, correteando por ese terreno ahora vedado que supuestamente es ahora tan peligroso. ¿Acaso las caídas, la ropa rasgada, las manchas, no forman parte de un niño? Pero nadie pone una valla entre las aceras y las carreteras, que por supuesto son muy seguras.

Ayer muy temprano pasé por uno de los únicos lugares en los que aún uno puede jugar como antaño, uno de los barrios míticos en la ciudad, cerca de la fábrica algodonera, pero no por mucho tiempo, hasta que recauden lo suficiente para convertirlo en otro de esos parques infantiles sin tierra en los que una caída supone rebotar entre algodones. La magia que desprendía en la niebla está fuera de toda duda.

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