20 años

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Hoy nacías tú. En algún lugar del mundo, mientras yo continuaba mi vida sin saber de ti, tú nacías y abrías por primera vez tus pequeños ojos para ver este mundo, sin saber que en pocas horas nuestros destinos se cruzarían por una extraña mezcla de casualidades, por lo inevitable.

Cuando lo tenía entre mis manos, cuando aún era lo bastante pequeño para cogerlo en el regazo y acariciarlo, siempre pensé que estaríamos juntos mucho tiempo, quizá veinticinco años. Lo acariciaba mientras dormía apacible, observando esa cara tan dulce y pelirroja, su perfecta narizota negra y redondeada, sus orejas suaves, le molestaba un poco viendo cómo se revolvía cuando le hacía cosquillas en los tres pelos del bigote que le sobresalían del morro y no me resistía a darle unos besos grandotes, pensando todo lo que nos quedaba por disfrutar y por vivir.

Aunque cuando nació aún no sabíamos el uno del otro, nos conocimos un 16 de octubre de 1993, bueno, más bien yo lo conocí a él. Papá y mamá habían viajado a Córdoba y estaba solo en casa con mi hermana mayor. Esa mañana hice algo inusual porque me levanté antes de lo previsto, simplemente me desperté antes, no sé por qué. No era consciente de que ese pqueño descontrol me cambiaría la vida. Normalmente solía levantarme con la hora pegada, el tiempo justo para prepararme el desayuno, arreglarme y salir pitando al instituto. Pero aquella vez fue distinto, me lo tomé con calma, me preparé un desayuno más completo, y en lugar de desayunar de pie como siempre, me senté tranquilamente en la mesa de la habitación para beber el cola cao con leche y unos cereales.

Sólo iba a desayunar, pero como había tiempo por delante decidí poner la tele. Podía haberme levantado más tarde haciendo el remolón en la cama, haber desayunado sin más, podía haber puesto el televisor en cualquier cadena, incluso unos minutos más tarde y entonces todo en mi vida habría tomado otro rumbo, pero ocurrió como debía ocurrir. Estaban terminando los dibujos animados de Telecinco en “Desayuna con alegría”, presentado por Sofía Mazagatos entonces y acto seguido salió una camada de once cachorros pelirrojos, todos en una cesta, recién nacidos el día anterior. Junto a Juan Luis Malpartida, el criador (más conocido también por llevar los animales de El Gran Juego de la Oca de Emilio Aragón en Antena 3), estaba Sofía Mazagatos. De esa camada, cada uno de los perritos iba a quedarse en alguna casa, dos para Sofía, uno para Patricia Pérez, otros para presentadores y presentadoras de la cadena y dos de ellos iban a ser para dos niños, los que estábamos al otro lado de la pantalla. Para ello había que escribir una carta de por qué queríamos tener un perro. No había sorteo de por medio, nada de suerte, aquí jugaba el sentimiento.

No tenía ni idea de que un mes más tarde uno de esos niños era yo. Redacté la carta y la finalicé al llegar del instituto. Una vez redactada contando todas las ganas que tenía de tener un perro, le dije a mi hermana lo que iba a hacer y la dejé en el buzón de correos más cercano. Más tarde Pilar Soto, redactora que la eligió, me contó que se había emocionado mucho al leer la carta y que estaba en los archivos de la cadena, yo desgraciadamente no tengo ninguna copia, aunque me encantaría e intentaré ver si es posible rescatarla de alguna forma, sabr el sentimiento que escribí aquel día y que me llevó a él.

Con tantos niños escribiendo para un programa tan popular, casi lo di todo por perdido desde el momento en que inserté la carta en el buzón, pero allá iba. Las semanas pasaron y un día llegó un aviso de telegrama. En ese momento nada se me pasó por la cabeza, sólo sé que recuerdo ir a la oficina de correos cuando caía la noche, cruzando la calle San Francisco, pasando por debajo de una escalera (no me olvidaré de este detalle), llegar a la oficina, recoger el telegrama y prometerme no leerlo hasta llegar a casa. Quizá era de alguno de los amigos o amigas con los que me carteaba por entonces.

Me pudieron la ganas, lo hice en el ascensor. Cogí el sobre y lo abrí leyendo sus primeras palabras: “Enhorabuena, has ganado el perro…”. Me había hecho tan a la idea de la imposibilidad de que alguien me diese un regalo tan querido que lo había olvidado, incluso durante unos segundos me extrañé y no supe a qué se refería. Los 32 segundos en el ascensor dieron para abrir el telegrama, leerlo, extrañarme y comprender que se refería a aquel día en que escribí. También me dio tiempo a saltar de alegría, recuerdo la sensación como si estuviera allí dentro de nuevo, a salir disparado, llegar a casa y gritar por todas partes localizando a mi madre para decirle que me habían dado al perro.

Otro error de cálculo. El día que envié la carta, la única que sabía el secreto era mi hermana, así que las caras de mis padres eran un poema ya que no entendían nada. Con tranquilidad les expliqué todo y un poco reticentes ya que nunca habían querido que tuviésemos un perro en casa a pesar de llevar varios años insistiendo, no les quedó más remedio que aceptarlo.

En el telegrama me venía un telefono para llamar pero aunque lo hice, ya era demasiado tarde aquel día, tuve que esperar al día siguiente para contarcar con la redactora. Resultó que al escribir la carta, no indiqué ningún número de teléfono, además de casi ningún dato para contactar conmigo, lo que hizo que Pilar Soto tuviera que buscarse la vida para encontrar la dirección de alguna forma hasta dar conmigo. También tenía una mala noticia, y es que la entrega del perro se retrasaría hasta enero, debido a que la niña a la que le habían dado el otro tenía unos problemas personales. Pilar me prometió que los perros estarían muy bien acompañados, correteando entre la redacción y los presentadores de la cadena hasta que pudiésemos grabar el programa.

Sí, había que ir a Telecinco para grabar la entrega. Ocurrió a mediados de enero de 1994, una redactora nos llevó en coche directamente hasta los estudios por los que recorrimos sus pasillos, en los que muchos actores y presentadores se me quedaron mirando confundiéndome con uno de los personajes de Médico de Familia (Iván Santos, que hacía el papel de Alberto), hasta llegar, atravesando el comedor, hasta la zona exterior donde estaba situado el plató de “Desayuna con Alegría”.

Nada más entrar y esperar un rato a que estuvise la otra chica, Sofía Mazagatos vino directa a saludarnos y a coger con cariño a los dos perritos que acababan de llevar a la entrada para que eligiésemos. Había una perrita y había un perrito. No sé muy bien cómo sucedió, miré a uno y a otro y sólo sé que en la cara de él había algo que me enternecía, así que lo cogí.

Prepararon nuestros micrófonos e hiceron algunas pruebas de sonido. Tenía a mi lado a Sofía Mazagatos, que me decía más o menos lo que iba a preguntarme además de contarme que ella se había quedado con dos y alguna que otra historia antes de empezar. Yo no dejaba de acariciar el pelo suave y rojizo de ese cachorro que se acurrucaba en mis piernas. Fue el día en que Yoko y yo nos conocimos por fin. Y así ocurrió…

El séptimo cumpleblog (especial 3,000,000 de visitas)

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El siete, ese número mágico con tantas connotaciones en nuestras vidas, las vidas de un gato (azul), los años de mala suerte al romper un espejo roto y mirarse en él, los siete días de la creación y su contínua repetición en el apocalipsis del final de nuestras vidas, el siete, ese número perfecto.

El siete, los siete días de la semana, las siete notas musicales y los siete colores del arco iris (tradicionalmente, venga, vamos a repetirlos como nos enseñaron en la escuela). Las siete maravillas del mundo, las antiguas y las nuevas. El siete es el número del universo, con sus siete rayos con nombre, Sthula Sharira, Linga Sharira, Kama Rupa, Kama Manas, Manas, Buddhi y Atma. El siete es la balanza y la pareja. Siete son las ramas del saber, Raja, Karma, Jnana, Hatha, Laya, Bhakti y Mantra y siete son las ciudades sagradas, Ayodhya, Máthura, Gaya, Casi, Kanci, Avanti y Dv Araka.

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Aunque el número once es el que más me ha acompañado a lo largo de toda mi vida (y aún hoy sigue haciéndolo de forma misteriosa), mi vida parece regida por el número siete. Hoy confesaré que a los 7 años rompí un espejo y me miré en él. No soy especialmente supersticioso, antes sí, ahora ya no, soy de los que pasa debajo de las escaleras sin temor, de los que no se asusta por cruzarse con un gato negro y de los que ya no hacen tonterías cuando se cae la sal o veo a alguien vestido de amarillo, aprendí a pasar de las supersticiones.

Y aunque no soy supersticioso, sé reconocer algunas cosas y una de ellas es que mi vida ha ido en ciclo de 7 años, pero no siempre para mal, muchas de las veces para bien, cambiando sin querer, quizá fruto de la casualidad, desde que rompí aquel espejo. A los 14 aprendí a ser adulto haciéndome más fuerte, a los 21 abandoné mi soledad para cambiar drásticamente de vida y conocí a los que hoy son mis amigos, a los 28 la vida se llevo mi cincuenta por ciento, a lo que más quería, a mi siempre amigo eterno Yoko al que dediqué el nombre de todos mis proyectos desde entonces. Estoy en los 35, esperando saber si el destino reserva algo o si ese espejo ya se cobró su deuda. A lo mejor el cambio se está produciendo poco a poco, en este mismo momento, y no sepa ver su cara hasta que pase el tiempo.

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Este blog se inició en otro lugar y con otro nombre un 11 de octubre, por el mero hecho de escribir y compartir con los demás, con ese mundo que es una audiencia inmensa, en el que siempre hay alguien para escuchar. Apenas dos meses más tarde y tras la trágica pérdida, Yoko le dio otro sentido y su nombre.

Est teclado está diciendo basta, tras pulsar cada una de sus teclas millones de veces, algunas no se quedan marcadas, os invito a ver que la letra “e” desparace de vez en cuando de las palabras. Su sucesor está aquí al lado y hay que darle paso antes de que mis cabreos al leer lo escrito aumenten.

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Esta celebración del séptimo cumpleaños del blog es muy especial por muchas cosas. El 8 de octubre así como quien no quiere la cosa, las estadísticas reflejaron ya más de 3,000,000 de visitas durante todo este tiempo. Tres millones de miradas que me ilusionan y que se hace una cifra enorme e imposible de asimilar lo suficiente como para ser consciente de ella. Pero no son sólo esos tres millones. Durante esta aventura surgieron otras, El libro gordo de Petete para los niños con sus más de 600,000 secretos, Mars & McLeod con más de 350,000 seriéfilos, el blog no oficial de Mujeres y Hombres y Viceversa con 1,500,000 seguidores, o la pasión por los videojuegos destada en Yoko’s Play con más de 2,300,000 jugadores.

Esos blogs han sido partícipes de parte de mis pasiones y desde hace unas semanas llegan a un nuevo nivel, el de los dominios propios abandonando la casa que los acogió. De esta forma nació primero el lugar que pronto, ahora en prueba, será el centro de todo, el cerebro, la placa madre, el motor, Yoko y Yo.

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La pasión por el entretenimiento no desaparece, Yoko’s Play y Mars & McLeod se fusionan para dar forma a una web de la que estoy muy orgulloso por su estética y por el cuidado que he puesto en hacerla paso a paso durante los meses de verano, En Episodios Anteriores. Con logo creado por un experto chico con residencia en Rumanía y con mascota propia, Jack Shephard y Vincent, creada por uno de los mejores dibujantes de cartoon del mundo, Muhamad Rizqi.

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El círculo se completa con una ilusión hecha realidad y la que fue la fuente de inspiración para que todo esto comenzase hace 7 años. Todo nació el día en que accedí a un blog grupal, creado por unos amigos de Barcelona. De cada publicación, con cada opinión, con cada historia y cada fotografía, consiguieron inspirarme para buscar mi propio hueco en el océano inmenso. Con el tiempo y cada vivencia y situación personal, terminaron dejando el blog. Ahora 7 años más tarde y con muchos nervios y sudores para conseguir su regreso, que ya contaré en otra entrada, se me iluminan los ojos y se me dibuja una gran sonrisa al anunciar la vuelta de Ideoflexia.

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Tras hablarlo con alguno de los autores originales y tener el visto bueno de su creador, volverán Anna y Tietgale (que me emociono de sólo pensarlo). Los lazos de esta vida me cruzaron con gente impresionante a la que no puedo olvidar, compañeros de residencia universitaria que también estarán allí, como Alberto, ese gran artista del que siempre quise un cuadro, un gran polemista y “opinador” y José Luis, educador, con el que apenas compartí unas palabras en su día y alguna que otra hora de gimnasio y de fiesta, pero que el facebook ha hecho que pueda leer unos artículos y ver una personalidad que no pude descubrir en su día.

Cada texto, cada palabra en estos siete años no ha sido tiempo perdido delante de una pantalla. Ha sido como hablarle al mundo, pero sobre todo a mí mismo. La posibilidad de plasmar en palabras pensamientos, inquietudes, aficiones, reflexiones y que cada una de esas palabras esté condicionada por tu propio día a día, hacen que escribir un blog sea algo grande y único. Os espero aquí y en esos nuevos lugares donde las ideas y las pasiones se vierten en un océano sin límites, como botellas con mensaje, donde lo bonito es atrapar una, sacar el papel y disfrutar de la sorpresa que aguarda.

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El tiempo me enseñó a aceptar la muerte. Me enseñó a poder revivir los mejores momentos con una sonrisa en la cara en lugar de con lágrimas, a mirar cara a cara a los últimos momentos sin sentir un nudo en la garganta. Pero al tiempo se le olvidó avisarme de algo más.

Ayer en el parque vi aquella figura tan reconocible, pelos de color pelirrojo, andares de cazador, cazadora en este caso y no pude resistir ir hacia ella. Además de a Yoko, sólo he visto en mi vida a tres setter irlandés, pero lo que hace especial esta circunstancia es que nunca había visto uno desde que él murió.

Me acerqué y empecé a acariciar ese pelo tan suave, el mismo que acaricié durante años, cada mañana, cada noche, cuando entre risas o entre sollozos ponía su cara delante de la mía intentando participar en todo, lo bueno y lo malo. Mientras le acariciaba, hizo esa postura, apoyando su lomo contra mis piernas, como hacía él. Todo era igual, como volver.

Me hubiera quedado así eternamente. Fue unos segundos después de dejarle cuando entendí que el tiempo no me había enseñado aún a aceptar la gran necesidad de tenerle a mi lado de nuevo… y volver.

La parada de verano

Hay un lugar en la ciudad, un pequeño rincón ya casi olvidado, el que durante estos últimos años he cruzado cientos de veces sin prestarle ya la atención que merece. Ha sido el rincón de las esperas y de la desesperación, el preludio de cada verano, la antesala a una ducha fría y a un buen baño en la piscina, lugar de encuentro de socios, de personas y de descubrimiento de amigos de la infancia, de prisas desesperadas y de pérdidas, pero sobre todo lugar de risas y aventuras.

Es la parada de verano que ya no existe, que se quedó en un tiempo lejano, en la que cogíamos cada tarde, después de ver el episodio de turno de “Falcon Crest” o “El coche fantástico”, el primer autobús camino a Los Alcores, aquellos viejos autobuses sin aire acondicionado, incómodos, que andaban a rastras, con asientos incómodos, con su “perrera” como llamábamos a la parte de atrás del bus en semicírculo donde había que ir de pie y donde cabía mucha gente, en la que el único apoyo era una barandilla y los contínuos zarandeos eran motivo de risas y mofas, nuestra querida “perrera”, esa que siempre odíabamos pero de la que en realidad disfrutábamos, sólo era cuestión de llegar a tiempo para no quedar relegado a ella.

Podcast El Ladrido de Yoko – Episodio 10: La parada de verano

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@ fotografías por cedequack

Ahora sería cuanto menos un atentado contra la vida, la comodidad y la seguridad llegaron para instalarse en nuestras vidas veraniegas y los asientos se volvieron mulliditos y confortables, se minimizó el ruido de los motores y el efecto taladradora de los asientos desapareció. Un buen día con el cambio de autobuses y normas, descubrimos que la perrera había sido sustituída por cinco asientos traseros donde hacer el cabra. Sí, seguía siendo como nuestra perrera, con menos gente, con menos encanto, pero al fin y al cabo el lugar donde hacer travesuras y sacarse unas risas.

Carnet en mano y ticket de un color diferente cada temporada, numerado, esperábamos el momento en esa parada. Parada que un buen día de sábado se convirtió en campamento improvisado durante un par de horas, cuando nos confundimos de horario en la mañana por eso de ser fin de semana y esperando y desesperando supimos que algo no iba bien y nos habíamos equivocado. Pero nuestras mochilas estaban bien cargadas de provisiones, así que ni cortos ni perezosos, mientras el resto del mundo iba de un lado a otro con prisas y trajes, tiramos las toallas entre el suelo y el cesped, nos quedamos en bñador y comenzamos a jugar a las cartas, a nuestro recién descubierta pasión por el “chichón”, “el burro”, “el cinquillo”, “el mentiroso” o “el hijo puta” a la vez que dábamos buena cuenta de risketos, palomitas y gusanitos.

Ahora me pregunto cómo verían los demás, transeúntes que iban a sus trabajos o que pasaban por allí, aquella pequeña acampada. Un pequeño oasis, una solución rápida para hacer desaparecer los problemas, o más bien para convertirlos en algo diferente, en un rato de diversión, en un remedio contra la espera.

Sí, ahí está esa parada de verano, la que cada vez que miraba me provocaba una sonrisa por los momentos vividos. Un pequeño rincón desapercibido en la gran ciudad, pero tan grande como un corazón. De pequeños espacios en los que dejamos sentimientos se forjan los recuerdos.

La bicicleta que está de vuelta

Hoy la bicicleta estática ha vuelto a mi vida y puedo confirmar que cansa, sí que cansa, antes apenas lo notaba, pero es que “antes” fue hace un par o tres de años, después de dejar de ir definitivamente al gimnasio, tras esas sesiones obligadas de decenas de minutos con el control a tope que me dejaban exhausto y sudando sin ganas para poder hacer todo lo demás (y eso que era sólo el calentamiento). Pero hay que afrontarlo, llega el veranico en unos meses y hay que estar otra vez en forma, así que la hemos sacado, sinceramente no sé de donde la tuviésemos guardada (y puedo asegurar que no sé dónde estaba) y a correr kilómetros se ha dicho.

Dentro de poco toca una de verdad, de esas para disfrutar de unos buenos paseos ahora que tenemos el carril que cruza toda la ciudad por todas partes. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que en mis escritos, sin pensarlo siquiera, he mencionado involuntariamente la cantidad de terreno que ha ganado la urbanización en detrimento de la tierra y el campo. Ahora sería impensable coger la bicicleta y hacer como cuando era pequeño, cruzar todo el terreno de tierra hasta la vía del tren, mirar que no pase ninguno y seguir en línea recta entre casitas llamadas “villas” cada una con sus colores alegrando un terreno en el que sólo había naturaleza pura y dura. Ahora sería imposible, tres carreteras sustituyen esos trozos antes sin urbanizar y el acceso a la vía queda tapado por la construcción de un edificio. Y como de momento no soy David Copperfield ni puedo atravesar paredes, es lo que hay.

Por cierto, debajo de ese puñetero edificio se quedan mis paseos a Yoko y el entierro del “pipi”. Dejo esto para otra ocasión en que me entren ganas de expresar que todo el terreno vuelva a ser como era.

Podcast El Ladrido de Yoko – Episodio 7: Sic Parvis Magna

Cosas buenas como cosas malas, siempre en esta balanza que nunca se decanta de un lado o del otro, para no morir estancada y no poder seguir moviéndose bajo el peso de lo que caiga, allá donde caiga, por puro azar.

Una pequeña chispa que es capaz de provocar un incendio que arrase a su paso con todo lo que encuentre o incluso más grande aún, remontándonos a los orígenes del universo, responsable de una explosión sin precedentes a la que ahora debemos la existencia, pero también esa pequeña chispa es capaz de cosas mucho más sencillas, como prender un cigarrillo o encender una vela que nos aporte la luz necesaria para guiarnos en un camino.

Una pequeña célula, tan insignificante que es invisible, pero que junto a otras y en el ambiente idóneo es capaz de crear vida, al principio también invisible, pero con el tiempo capaz ya no sólo de hacerse notar, sino de desplazarse e incluso pensar en el mundo que habita.

‘Sic Parvis Magna’ es nuestro sentido de ser, porque forma parte de cada existencia, porque en el fondo todos queremos ser o formar parte de algo que se mueve, que nos aporta un motivo, que tiene una dirección y un sentido, sea el que sea el lugar al que nos conduce. La grandeza nace de cosas pequeñas. El valor de la humildad de los comienzos y las ilusiones que acaban con grandes descubrimientos, de una sencilla idea de esas que dicen “estás loco” pero de la que nace ese objeto sin el que nadie puede vivir, esa marca que adora el mundo entero.

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Pero las cosas pequeñas, a veces, por muy buena intención que se ponga para hacer de ellas algo grande, se pretenda o no, quedan convertidas en armas mortales, un uso para el que no estaban detinadas. La balanza no para de decantarse de un lado y de otro, siempre viva. Quizá en este preciso instante alguien a quien no conozcamos, en un lugar que nuestros pies nunca hayan pisado, esté fraguando una idea sobre un papel o puede que planeando una aventura que lo lleve a descubrir algo que cambie su vida. Y quizá en un futuro lejano, esa idea o esa aventura interrumpa nuestro camino de una forma que no imaginamos.

La grandeza nace de cosas pequeñas y el tiempo es su mayor aliado.

Podcast El Ladrido de Yoko – Episodio 2: Lo que somos y lo que los demás ven

Con la expulsión de Arístides de la casa de Gran Hermano queda patente que volvemos a tropezar una y otra vez con la misma piedra sin remedio. Hay una gran diferencia entre lo que realmente somos y lo que proyectamos a los demás sin pretenderlo. En este segundo episodio del podcast dedicado a Gran Hermano, además los posibles motivos del abandono de David de la casa, la iniciativa que una lectora de “Diez años en Gran Hermano. Diario de una Guionista” que fue expuesta por Gilda Santana, la guionista, a la editorial Anaya para hacer un DVD muy especial.

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El podcast aún no está perfecto, le queda mucho recorrido, el no ponerme nervioso mientras realizo la grabación (lo que da como resultado una voz poco natural xD), el efecto “pop” con la pronunciación de la “p” por ser el micro demasiado sensible y alguna que otra cosilla que espero sepáis perdonar por ahora.