Con un beso de amor verdadero

“Y un día se encontraron atrapados en un lugar en el que la felicidad les había sido robada, nuestro mundo. Así es como sucedió…”

Crecí a mis espaldas con las historias de Pinocho, ese muñeco de madera hecho con tanto mimo por Gepetto, que de repente una noche mágica cobró vida, disfruté de sus aventuras, de esa nariz que crecía con sus mentiras y que nos dejó ese “te va a crecer la nariz como a Pinocho”, y de cuando finalmente un hada lo convirtió en el hijo de carne y hueso que aquel hombre deseaba.

Hansel y Gretel que cayeron en la tentación de la dulce casa de chocolate, el despistado Pulgarcito, la niña que no quería ver la realidad de su mundo y se internaba en aquel país de las maravillas con el sombrerero loco y su té en la eterna fiesta del feliz no cumpleaños.

La imagen de la bruja en el libro de cuentos, gorro puntiagudo, cara demacrada, alargada nariz, una verruga, vestida toda de negro y con una roja y envenenada manzana en sus manos, preparada para vengar su odio hacia la mujer que el espejo consideraba la mujer más hermosa del mundo. Un ataud de cristal velado por siete enanitos, donde yace Blancanieves. Un príncipe roto de dolor que, con lágrimas en los ojos, da a su amada el último beso de amor verdadero.

Allá donde acabaron aquellos cuentos, sólo quedaba vivirlos una y otra vez, generación tras generación, millones de niños creciendo, como yo, con sus historias, sus finales felices y moralejas que uno no lograba entender hasta que pasaba el tiempo. Pero nunca nos preguntamos tras ese “vivieron felices y comieron perdices” qué ocurrió. ¿Qué cúmulo de casualidades hicieron que Pepito Grillo llegase a ser la voz de la conciencia? ¿Por qué Gepetto nunca pudo tener el hijo deseado hasta que apareció Pinocho? ¿De dónde nació esa manzana roja envenenada? ¿Por qué la malvada bruja tenía aquel odio tan grande hacia Blancanieves como para desear su eterno suspiro? ¿Qué hubo antes y que pasó después de las historias que nos contaron y leímos?

No podré agradecer lo suficiente a Adam Horowitz y Edward Kitsis que hayan recogido todos esos cuentos de nuestra infancia, a todos los personajes que tan bien conocemos, como si fuesen parte de nuestras vidas, tanto que no necesitan presentación, hayan decidido contestar a todas esas preguntas que jamás nos hicimos y mezclarlas y entrelazarlas como piezas de un complejo puzle para dar vida a una obra de arte llamada “Érase una vez”.

Ojala pudiéramos recuperar todo lo perdido con un beso de amor verdadero, aunque si uno lo desea muy muy fuerte, quizá, aunque no sea como lo imaginamos, consigamos traer de vuelta de ese mundo de fantasía, un suspiro que bien vale una vida.

Así fue la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012

Una película en directo, ese fue el regalo que Danny Boyle, responsable de, entre otras, Slumdog Millionaire, nos hizo a los asistentes para una noche mágica. Una vuelta de tuerca a la inauguración de Atlanta 96 añadiéndole este concepto cinematográfico y muy diferente a la del pasado año, sin duda por tratarse Pekín de una ciudad milenaria en la que es más complicado hacer un recorrido rápido, mientras que Londres, al igual que Atlanta, tienen menos recorrido histórico, aunque no menos importante. Debido a esto precisamente, todos tenemos más reciente su historia y todo fue más cercano al espectador, pudiendo reconocer cada escena y cada acto con una sonrisa, con melancolía y a veces mezclando sensaciones.

En su día Slumdog Millionaire me resultó extraordinaria, la forma en la que, sin palabras, con la banda sonora, era capaz de transmitir todas las emociones. Ayer en la ceremonia volví a tener esa sensación, cuando los obreros paraban para recordar a las víctimas de las dos guerras mundiales, todosd en silencio, vista baja o al cielo y mano en el pecho y sonaban esos silbidos y la banda sonora o en esa maravillosa danza de la lucha entre la vida y la muerte, un auténtico film en directo.

El paso del espacio verde a la industria fue espectacular, a raíz de unas palabras de la obra de Shakespeare. Ver cómo todos esos voluntarios convertían un escenario de campo en una nave industrial quitando vallas, derrumbando casas, levantando grandes chimeneas, hasta el final de un primer acto que ponía los pelos de punta, con la fundición del quinto aro olímpico que se elevaba en el cielo para unirse a los otros cuatro y volar hasta la estratosfera marcando al mundo, comunicando al resto de la galaxia que allí había una celebración.

Otro de los puntos fuertes y que más me emocionó fue el hospital de niños, lugar de cuentos donde se dieron cita grandes personajes, buenos y malos, salidos de la mente de autores ingleses. No puedo obviar que cuando vi a Lord Voldemort se me aceleró el corazón, pues soy un terrible fan de Harry Potter (que bien podría haber sustituído a la niñera más famosa del cine, Mary Poppins) y hasta pensé que al quedarse solo en el centro del escenario, íbamos a presenciar esa última batalla entre el bien y el mal con el otro protagonista. El remate ya fue ver a J.K. Rowling, que tanto ha hecho por la literatura ya no sólo en el Reino Unido, sino en el mundo entero, todo un símbolo.

El salto de la reina de Inglaterra del helicóptero, a pesar de que las secuencias no se correspondían en tiempo, uno de esos puntos de humor inglés que al menos despertó sonrisas, al igual que Mr Bean, utilizando su humor para recordar la grandísima historia de “Carros de fuego”. Un comentarista español durante la ceremonia, no recuerdo quién, decía que los helicópteros por la noche no vuelan. Entonces por ejemplo ¿algunos ganadores de Gran Hermano cómo llegan al plató, volando con sus alas? No sé a qué se refería exactamente. A partir de aquí sin duda la ceremonia estuvo enfocada al salto generacional, dando mayor importancia a la juventud y las nuevas generaciones, bailes dinámicos, la irrupción de internet en nuestras vidas con la presencia del creador de internet y mucha música. Inentendible el momento en que la serie “Cuéntame” ocupa uno de esos momentos de las mejores series de la historia, no es que esté mal, pero tanto como para estar ahí junto con leyendas de la televisión es más que excesivo, aunque la decisión, por mucho que digan que a Danny le gusta la serie, quizá vendría motivada por la relación entre la BBC y RTVE, una mancha negra sin duda que me dejó un mal sabor de boca por el atrevimiento, sobre todo porque el mítico Doctor Who, todo un icono en Reino Unido y en todo el mundo, tuvo una aparición casi insignificante.

Tras el soporífero desfile, a pesar de que en esta ocasión fue más ameno gracias a los tambores, la música y rapidez y ese misterio que portaban los niños en sus brazos y que desfilaban al lado de cada uno de los abanderados de los más de 200 países, pudimos asistir a los momentos tradicionales, el izado de la bandera olímpica y los juramentos y apertura de los Juegos Olímpicos.

Quedaba el misterio mejor guardado, el encendido del pebetero olímpico. Pero, ¿dónde estaba? Lo cierto es que no sé si jugaron al despiste, pero yo encontré cuatro posibles lugares, primero una extraña estructura de color rojo que se alzaba por fuera del estadio olímpico, posteriormente, tras el último relevo de la antorcha a los 7 jóvenes relevistas, según iban corriendo por la pista y se paraban pensé, ¿será la campana que se da la vuelta? Pero pasaron de largo hasta el siguiente punto, el roble sobre el montículo, ¿sería el propio árbol el pebetero? Pero también pasaron de largo y ya sólo quedaba un lugar.

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De repente, aquellas más de doscientas piezas que los niños portaban al lado de los abanderados, estaban ensartadas en unas varillas que radiaban del centro del estadio, los jóvenes relevistas se acercaron y prendieron fuego a siete de ellas, un fuego que se dispersó por el resto de aquellos más de 200 pequeños pebeteros mientras sonaba una música que será difícil de olvidar. Un lugar donde no había estado nunca, jamás en la historia el pebetero se encendió en el mismo centro del Estadio Olímpico y no había un sólo pebetero, sino decenas de ellos en representación de cada país participante. Celestial el momento en que las varillas se alzan hacia el cielo y se unen en un solo fuego, sin palabras, el mejor encendido de la historia de los juegos, imaginativo, innovador e imposible de predecir (y eso que en las invitaciones y cuadernos de prensa, los periodistas y espectadores lo tenían delante de sus narices desde haca semanas).

No hay palabras, sino sensaciones, para describir esta película que Danny Boyle nos regaló, mezclando el bien y el mal, las prisas de un mundo en movimiento con la calma del corazón, esos momentos únicos que te hacen sonreir mientras un nudo aprieta en alguna parte del cuerpo creando un sentimiento de felicidad y melancolía a la vez. The best ever, muchas gracias por el regalo.