Los 80

cumpleaños

La maravillosa etapa de los años que cambiaron por completo nuestras vidas me pilló cuando apenas podía mantenerme en pie. Es por eso que la recuerdo como si de un álbum de fotografías se tratase. En mi cabeza se agolpan olores, sabores, sentimientos, todos viajando por el tiempo, momentos intensos que nunca jamás podré olvidar.

Mientras el mundo adulto se rehacía y de la necesidad surgieron nuevas ideas que nos cambiarían para siempre y que aún hoy persisten y se mejoran, yo me limitaba a vivir, ajeno a todo, pero dentro de ese mundo en constante movimiento. Crecí con las canicas y las chapas y un pedazo de tierra para jugar, con el Cola Cao en polvo, las galletas Tosta Rica, Mecano, las canciones del verano, el cubo de Rubik, los juegos de dados y aventuras desmontables, los juegos de MB, el boom de las maquinitas de game watch y sus imitaciones, el tetris, la game boy, mi primer PC MSX y el de mi prima, un Spectrum, el come cocos, los marcianitos, el walkman, el loro que te llevabas a todas parte y ponías a todo volúmen para que los demás escuchasen la música que te gustaba y fardar, los Pitufos, Ferdy, los Fraggle, Barrio Sésamo, Los Aurones y el simpático poti poti, Falcon Crest y la Ángela Chaning, las telenovelas, Candy Candy y la llegada de los animes con las televisiones privadas, Los Mundos de Yupi, Cajón Desastre, La Rosa Amarilla y esas mañanas de sábado madrugando mientras los demás dormían… y tantas y tantas cosas nuevas. Los bicivoladores, los Goonies, Roger Rabbit, las pelis de cine de sábado tarde donde podías llevarte tus chuches, esas que comprabas en la tienda de al lado. E.T. y lo que todavía hoy me hace sentir porque su mensaje es inmortal.

Mis primeros cumpleaños y lo que deseaba que llegasen acompañados con gusanitos que mi madre compraba. Me cogía la bolsa y no paraba de comerlos, y si eso de vez en cuando le daba uno a alguno de los invitados a la fiesta. El resto de cumpleaños rodeado de primos y amigos. El día que el 23-F me pilló en la calle jugando con mi camión, la caída del muro de Berlín que era tan comentado en la escuela al día siguiente como lo fue en los 00’s la expulsión de Maria José Galera.

Mis primeras vacaciones en la playa, nuestros fines de semana en un lugar al que ya no sabría ni cómo llegar, entre juncos, una auténtica aventura cada sábado, decorando una casa derruída con pegatinas de la Teleindiscreta y dándole algo de aire tecnológico gracias a los experimentos que hacíamos en la escuela. La primera vez que pisé el Club Social Los Alcores aquel mágico viernes a pocos días de acabar las clases y todo lo que viviría allí dentro, la primera vez que me enamoré.

Los 80 fueron una época maravillosa, increíble, indescriptible, inabarcable. Todo lo que sucedió entre sus barreras temporales es lo que hoy soy. Cada recuerdo, cada fotografía, no hacen sino sacarme una sonrisa y una ilusión, porque detrás de cada una se esconde un momento irrepetible.

Paperman

PAPERMAN

Soy de la generación que disfrutó y que tiene un gran aprecio por Los Pitufos, por Seabert, por El Maravilloso Mundo de los Gnomos, por los Snorkles, Ferdy y que gracias a mis hermanas conocí la existencia de Tao Tao, Candy Candy y muchos otros dibujos animados. También amante de las series infantiles como Los Aurones, Barrio Sésamo y Los Mundos de Yupi que buenas meriendas me hicieron pasar.

Me pilló mi edad infantil a medias en la generación en que llegó D’Ocon con sus Fruittis (Gazpacho, Mochilo, Pincho y compañía) que tanto nos hicieron cantar. Estaban llegando los dibujos animados por ordenador, que poco a poco dejaban de lado las antiguas técnicas del dibujo a mano.

Cuando uno es pequeño no se para mucho a mirar ciertos detalles, pero poco a poco fui sintiendo que aquellos dibujos carecían de algo. Comencé a darme cuenta de que ciertas escenas se repetían, de que los personajes carecían de la expresión facial necesaria para saber si transmitían felicidad o tristeza y de que todo era demasiado perfecto y nítido. Y justo en ese momento comencé a odiar a D’Ocon y su factoría de series (que fueron unas cuantas), todas iguales, carentes de sentido y con una historia tan simple que se convertían en una pérdida de tiempo.

En aquella época decidí volver con Disney, disfruté de algunas veladas con Mickey, Donald, Goofie, Daisy, Minnie, Tío Gilito y sus tres sobrinos. Regresé al dibujo animado de toda la vida, ese que tenía un trasfondo, una historia con moraleja o hecha para echarse unas risas tontas con las tonterías que nos hacen reir siempre, donde las expresiones de aquellos dibujos conseguían traspasar la pantalla hasta llegar a mí.

Las técnicas de animación han evolucionado mucho desde aquellos seres inexpresivos y, aunque aún quedan rescoldos derivados de malos presupuestos, esas nuevas técnicas informáticas y el antiguo y eficiente lápiz han conseguido un punto común de encuentro para convivir.

Aquí está la historia de Paperman, una de esas joyas minimalistas en blanco y negro que auna el pasado, el presente y el futuro de los dibujos animados.

Paperman (de John Kahrs)

(Nominado mejor cortometraje a los Oscar)