My Girl

Cuando vi la película de “Mi chica” por primera vez, nada más comenzar, me quedé dormido en el sofá, apenas llegué a ver como la vida de Thomas y Vada se desarrollaba con la de la inocencia de cualquier niño, con la felicidad de cualquier niño, así me quedé dormido, felizmente.

Ya nunca más he podido olvidar algo que me marcó, un momento que de alguna forma marcó uno de los puntos de inflexión en mi vida, como acostumbran al menos en la mía, por la más pura casualidad, o como acostumbro a decir, más que casualidad podría llamarse lo inevitable. Tras el profundo sueño que apenas duró un instante, abrí los ojos y vi una imagen, las gafas de Thomas en el suelo. Sin saber nada me puse a preguntar a quienes la estaban viendo conmigo dónde estaba Thomas, qué había pasado y cuando me contaron lo sucedido, no paré de llorar a lágrima viva con una intensidad que pocas veces recuerdo hasta acabar totalmente agotado. Poco a poco fui recuperando la calma después de más de diez minutos y aprendí a aceptar la pérdida de un personaje que para mí había significado, en apenas unos minutos, algo más que un personaje. Quizá fue su fragilidad, el que llevase gafas como yo de pequeño, el que fuese alérgico como yo, el que tuviese una amiga especial como yo. A día de hoy no sabría explicar qué fue aquello que me hizo sentirlo tanto.

Desde ese momento, después de mi querido E.T., Mi chica se convirtió en mi segunda película preferida, no por su grandeza la tenga o no, ni por su historia, sino por lo que me hizo sentir, porque conecté con ella de una forma que sólo me pasó con el final de mi extraterrestre, algo mágico que viene solo y que otros encontrarán en otras películas, porque dependerá de los estados de ánimo, del momento, de que la historia que se cuente te sea más o menos cercana, que esas palabras que se lanzan al viento y que cada cual recoge como quiere, como le conviene o como su forma de entendimiento desea, le sean de más o menos utilidad. Para mí Mi chica es una historia sencilla, una historia que habla de la felicidad que muere en su punto más fuerte y que de alguna forma deseas llevar contigo para siempre como un recuerdo y como prueba de que a la vuelta de la esquina puede volver a suceder de nuevo.

Cola de espera en los probadores

Día agobiante para el que lo trabaja (por suerte a mí este año no me ha tocado), pero un día distendido y perfecto para el que libra o desea disfrutar de dos días más con la resaca de las fiestas a la espalda. No era el caso aquí de ese gallinero a la entrada de los grandes almacenes esperando a que se abra la puerta y entrando a empujones pisoteando a la gente que cae al suelo lamentándose ya no por la caída ni porque se haya roto las gafas o el perdido el reloj, sino porque la otra persona ha cogido su talla de la camisa rebajada a 3€.

Al margen de estas situaciones taaan bonitas, las rebajas ya están aquí y hay que aprovecharlas, aunque a veces no se puede evitar comprar algo innecesario, va implícito en el ansia.

10:03 a.m. llego a una conocida cadena de tiendas y ya hay tres personas que salen con las bolsas de las rebajas y me pregunto, ¿cómo coño en 3 minutos a una persona le ha dado tiempo a entrar, subir las escalera, mirar, comprar, ser atendido y bajar en tres miserables minutos? Inoncebible pero cierto, como todo lo hagan así de rápido…

Mis compras han sido más tranquilas, he llegado con tiempo para ir directo a por lo que quería en cuanto a series al 35% y después tranquilamente (aunque debería haber sido más rápido para evitar las colas en los probadores que ya estaban listas a las 11 de a mañana) a la planta de moda joven en la que no quedaba mi talla M, pero daba la casualidad de que lo que me gustaba daba una talla menos y me queda perfecto. Y he aquí la camiseta al más puro estilo Nathan Drake y los pantalones. Quizá no hayan acabado las rebajas para mí, habrá que darles otra vuelta, por eso de hacer cierto que siempre se pila algo que no se necesita.