… y todo recto hasta el amanecer

todo recto hasta el amanecer

Siempre se empieza de la misma forma y siempre que se puede se acaba de la misma forma. Se pone el sol, la ducha te espera, un rato de relax, el único estímulo relajante de lo que te queda de noche. Crema hidratante y desodorante. Hora de ponerse guapo.

Sin pretenderlo sacas hasta tres o cuatro pantalones y camisetas. ¿Camiseta ajustadita? ¿De cuello de pico?¿Camisa? Cuesta decidirse. ¿Por qué cuesta tanto decidirse? Porque quieres estar guapo y nunca se sabe si esa noche podrás encontrar algo especial, y estar arreglado y sentirte bien ayuda mucho.

Cuando encuentras y le das el visto bueno al espejo, le guiñas un ojo y terminas lo que empezaste. Gomina y perfume. Mientras esos nervios indescriptibles van por dentro, los nervios de las ganas por comenzar ya. Dicen que la oscuridad y la noche encierran misterios. Es cierto, misterios y aventuras emocionantes.

La noche y su oscuridad encierran caminos, risas, gritos, música, besos, sexo, sonrisas. Y al final acaba todo de la misma forma, de la mejor forma. Puede que al lado de una persona que acabas de conocer o puede que con tus amigos, mientras desnudo en la cama echas un vistazo y miras a la ventana y te preguntas cómo pasó pero lo jodidamente maravilloso que fue todo o quizá por una calle dando gritos, recordando todo lo que dio de sí la fiesta junto a unos amigos que no paran de gritar y saltar mientras te diriges a la cama, todo recto, hasta el amanecer.

fotografía de cedequack (la sombra de Peter Pan)

Nuestros años pitufos

Comienzan sus vacaciones de verano bien contentos, tras una fiesta de viernes tarde y noche, de esas cuyo sonido se cuela por la ventana a altas horas, con las notas cada vez más cerca, la cartulina plegable donde pone P.A., Bien, Notable o Sobresaliente con buena caligrafía sobre los puntitos diseñados para ello. Cada final de curso de los pequeños, me trae recuerdos lejanos y uno de ellos más fuerte que los demás, quizá por la intensidad con que lo viví, la tómbola fin de curso del colegio.

José María y Rubén acaban las clases y hoy, echando un vistazo a las fotos de la cámara me di cuenta que no publiqué estas, en las que se aferran a un Papá Pitufo. Los pitufos, esos seres azules atemporales que nosotros disfrutábamos cada sábado por la tarde después de comer y que ahora disfrutan en canales de cable o la televisión digital, tras haber pasado ya más de un cuarto de siglo. No sé si la aparición de Gargamel sigue dando miedo o ya dan por hecho que los pitufos van a salir de esa, o si la aparición de Papá Pitufo impone respeto, si la actitud de Tontín provoca risas o realmente creen que es tonto, o si donde antes Pitufina era la dama siempre en apuros, ahora no pensarán que con quién será el siguiente pitufo con que se líe.

Absolutamente todo ha evolucionado, para ellos y para nosotros, disponemos de más información y nadie me quitará de la cabeza que los niños cada vez son más listos a edades más tempranas. No menosprecio para nada la inocencia de nuestros años pitufos, fue la que tuvo que ser, currándonos todo con menos medios, como también tuvieron que hacer nuestros padres, juguetes hechos con cartón, trabajos a máquina con su cinta de tinta negra y roja (y la blanca para borrar con la combinación exacta de teclas), soñar con eso que salía en la tele, que tenían en EEUU y tú nunca podrías tener. Ahora los juguetes ya vienen hechos, el ordenador nos quita trabajo tedioso e internet hace que tener algo que está al otro lado del mundo pueda ser nuestro en veinticuatro horas.

Y hasta con este panorama, nada consigue que la imaginación se acabe, simplemente se pone otros límites distintos. Hasta dónde llegarán nuestros pequeños pitufos… será cuestión de verlo.

Tómbola, bum bum, bum bum

El ambiente se respira en toda la ciudad, por cualquier rincón. Los edificios hacen las veces de amplificadores y envían esas palabras de la tómbola a cualquier lugar por distante que esté de su origen. Nada más salir a la calle y echar a andar hacia ese punto, uno va sintiendo su poder embriagador, una alegría, un pequeño nerviosismo, ese pequeño gusanillo que te hace venirte arriba.

La feria tiene un encanto irresistible en la noche. Son sus luces de colores que destacan contra la oscuridad, la cantidad de elementos y gente en los que uno puede reparar, interminable. Los sonidos de la tómbola rugen tan fuerte que penetran por todos los poros de nuestro cuerpo y se insertan como un corazón en un cuerpo de hojalata, imprimiendo su propio ritmo, desplazando con su música y volúmen al corazón para ser ellos quienes manden sobre nuestra voluntad, latiendo al ritmo de la fiesta.