La vida no es como tú esperas…

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Pierdes un montón de tiempo pensando en cómo será tu vida.

El caso es que no lo sabrás hasta el día en que abras los ojos y veas. Que si te relajas y aceptas lo inesperado, tal vez encuentres algo más hermoso de lo que podías haberte imaginado.

La vida no es como tú esperas… es aún mejor.

(A la memoria de Yoko 15 oct 1993 – 8 dic 2006, por el día en que me levanté sin esperar nada, me relajé, abrí los ojos y le vi, por regalarme ese tiempo inesperado con el que nunca conté)

y volver

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El tiempo me enseñó a aceptar la muerte. Me enseñó a poder revivir los mejores momentos con una sonrisa en la cara en lugar de con lágrimas, a mirar cara a cara a los últimos momentos sin sentir un nudo en la garganta. Pero al tiempo se le olvidó avisarme de algo más.

Ayer en el parque vi aquella figura tan reconocible, pelos de color pelirrojo, andares de cazador, cazadora en este caso y no pude resistir ir hacia ella. Además de a Yoko, sólo he visto en mi vida a tres setter irlandés, pero lo que hace especial esta circunstancia es que nunca había visto uno desde que él murió.

Me acerqué y empecé a acariciar ese pelo tan suave, el mismo que acaricié durante años, cada mañana, cada noche, cuando entre risas o entre sollozos ponía su cara delante de la mía intentando participar en todo, lo bueno y lo malo. Mientras le acariciaba, hizo esa postura, apoyando su lomo contra mis piernas, como hacía él. Todo era igual, como volver.

Me hubiera quedado así eternamente. Fue unos segundos después de dejarle cuando entendí que el tiempo no me había enseñado aún a aceptar la gran necesidad de tenerle a mi lado de nuevo… y volver.

El tiempo es un río

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El tiempo es un río, que nace de la casualidad en alguna parte, que crece, que fluye entre rocas y juncos. El tiempo es un río que se desboca, que se concentra, que explota, que se bifurca. El tiempo es un río que crea otros tiempos, que sigue abriéndose camino hasta el fin de sus días.

El tiempo es un río, que envuelve y que guía, a través de senderos, de caminos inoportunos. Todo se puede hacer con el tiempo, excepto una cosa, que su corriente cambie de sentido.

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Mamá Sara

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Es, además de mi prima, una de las mejores amigas que tuve desde la infancia. Juntos recorrimos muchos lugares, desde La Manga del Mar Menor, hasta Cuenca. Siempre inseparables, cada fin de semana en Los Alcores, jugando con bolas de tierra, al tenis, en la piscina, en el parque, no nos despegábamos el uno del otro.

Sólo el tiempo y el destino con sus caminos consiguieron separarnos y ahora apenas hablamos una vez cada año. Pero aquello que vivimos sigue estando ahí en el recuerdo… y es bonito, muy bonito.

El día 22 de mayo en la madrugada se convirtió en mamá y me invadió una enorme felicidad que acabó con todo lo malo del día, un sol entre las nubes. Me puse a rebuscar entre nuestras fotografías.

Y al final me decanté por uno de los lugares donde pasamos los 7 días más felices de nuestras vidas, en la playa, donde no hubo día igual, donde no hubo noche igual, cerca de donde se juntaban los dos mares, a unos kilómetros más allá de Oasis, donde decían que el barro de aquellas playas tenía propiedades únicas. Así decidimos posar, con el barro en la cara y felices, con ese Seat 127 amarillo al fondo que consiguió llevarnos hasta allí.

Teníamos tantas fotografías, entre viajes, cumpleaños y la antigua casa de los abuelos, que me costó decidirme por una para poner aquí, en esta, su entrada, porque es suya y para ella. ¡Felicidades mamá!

El gato azul: El regreso de Sofía

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Después de algunas semanas en que apenas he tenido tiempo para sentarme a escribir como se merece, aquí os traigo la tercera entrega de esta historia. Escribir un relato o un libro conlleva mucho tiempo. Muchas veces cuando me viene la inspiración hago una sentada de algunas horas y, a veces, sale algo bueno. Otras veces en muy contadas ocasiones, me despierto en mitad de la noche y mi cabeza se inunda de buenas ideas, en ocasiones a consecuencia de sueños o pesadillas (que por qué no, también ayudan y mucho).

Detrás de mí, en la otra habitación, conservo una carpeta con decenas de hojas e historias de ese personaje que algún día espero sacar a la luz y que sólo los que estuvieron conmigo en la Residencia Universitaria Bartolomé Cossio tuvieron la oportunidad de leer en un fragmento que saqué en la primera revista mensual (esa que se nos quedó en el limbo del tiempo después, proyecto de los fanzines que tanto me gustan). Ellos, entre ellos mis amigos, pudieron leer el principio de todo, el primer episodio de la novela.

Ese personaje tiene su pequeña historia, y mientras crece y se desarrolla, otro ocupa mi tiempo, este curioso gato azul del que tengo tantas y tan buenas ideas que a veces no sé por cual comenzar. Muchos, a puerta cerrada, sobre el anterior capítulo le tomaron cariño al gatito que se salvó y el final lo consideraron un tanto trágico cuando pensaban precisamente que ese era el protagonista de la historia. No puedo contarles todo ni a ellos ni a vosotros. Me gusta saber que, cuando escribo, alguien no puede adivinar con tiempo lo que va a suceder en una historia, quiero que cuando una persona se siente a leer lo haga sabiendo que puede ser sorprendido… pero también que otras veces tiene el control, hasta el punto de no saber si lo que imagina será o no lo que ocurra.

Quizá con esta nueva entrega sepan perdonar la tragedia de la anterior. En el capítulo que váis a leer, se mezclan el tiempo presente y un pequeño flashback emotivo. Esa mirada atrás no es ni mucho menos el inicio de la historia, pero sí parte de ella.

El Gato Azul: El regreso de Sofía – por José Francisco Cedenilla

Sofía Tarenzi vio cómo su vida de repente daba un giro inesperado. Hacía apenas unos minutos ocupaba el asiento 42 de un pájaro volador en los cielos de Italia y ahora estaba sentada en el tercer banco de una iglesia. Pensó que se sentía como un mantel blanco colgando de una cuerda y meciéndose contra el viento bajo la luz del sol del atardecer de la Toscana, mientras alguien vareaba sus entrañas con fuertes sacudidas que, si bien eran dolorosas, tenian ese regusto amargo y a la vez dulce de la expiación de los pecados. Mientras enfocaba la vista en la figura de un Cristo crucificado, imponente sobre la cabeza del párroco, y bajaba la mirada hacia el ataúd semiabierto, no podía dejar de admitir que toda su vida se había visto condenada al mismo hecho, alejarse de las personas a las que más quería y quererlas en la distancia hasta perderlas para siempre. Un cariño que ella sentía de verdad, pero que nunca llegaba a transmitir.

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Sus manos, con más hueso que piel, dedos finos y alargados, agarraban los pantalones vaqueros de color negro. Dos anillos de plata colgando de su cuello por una cadena, contrastaban con el color añil de la camiseta. Semblante serio y pensativo, ojos verdes llenos de tristeza, rasgos finos con pómulos que sobresalían y se convertían en su rasgo más característico, acentuado por el negro color de su pelo en media melena, un poco rizado y despeinado, abombado y despegado de su rostro. Las palabras del Señor se habían convertido durante aquella media hora en un mero tránsito entre sus dos oídos, porque su cabeza estaba ocupada recordando el tiempo que pasó a su lado.

Sofía tenía apenas siete años cuando, de la mano de un hombre, cruzó la puerta por primera vez. Una mano grande acarició su cabeza, aquel hombre se agachó, le dio un beso en la mejilla y dejó a su lado una maleta de equipaje donde estaban algunas de las cosas que había recogido de su habitación. Allí se quedó estática durante unos minutos, desorientada. Aquella casa olía a bizcocho recién horneado, a madera, a flores, a primavera, olía a hogar. Mientras miraba hacia el fondo del pasillo, donde había unas escaleras que subirían a algún desván lleno de secretos, una voz ronca y desgastada salía del lugar de donde venía ese dulce olor. La puerta, rota y desgastada, se entornó con un chirrido y una señora mayor se acercó ilusionada a la pequeña niña, llenándola de besos y abrazos.

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Recordaba aquel momento mejor que ningún otro porque algo en su interior se rompió del todo. Fue cuando su abuela Olivia le cogió de la mano, mientras con la otra portaba su maleta, mientras subían juntas las escaleras del fondo hacia ese desván lleno de secretos que se convertiría en su nuevo hogar, fue mientras pisaba cada uno de los escalones y a cada pisada su corazón se iba llenando de un peso insoportable y le costaba más respirar, cuando notó las primeras lágrimas de sentimiento resbalar por sus mejillas y sintió que dejaba algo atrás.

Un pequeño alboroto en la iglesia le hizo despertar de su sueño de recuerdos, cuando el párroco pidió a todos ponerse en pie. A pesar del dolor, sabía que cuando había perdido a alguien en su vida, por suerte siempre aparecía alguien para consolarla, este era su destino.

Ensimismada aún en sus pensamientos, sintió que alguien a su lado le agarraba de la mano y le daba un pañuelo. Apenas se había percatado de que las lágrimas volvían a inundar su rostro. Sin llegar a levantar la mirada mientras se secaba, le dio las gracias. La otra persona le tendió la mano y le ayudó a levantarse mientras le susurraba bajito.

– Hola, me llamo Noel.

El tiempo que nunca existió

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De vez en cuando nos vemos condenados a repetir el pasado y otras nos lo arrebatan de las manos. No somos dueños del tiempo, ni siquiera podemos dominarlo, bestia salvaje e indomable jamás. Tan sólo podemos conformarnos con manejar sus manecillas, si con eso nos damos por satisfechos, más nada cambiará, ni nosotros ni lo que nos rodea.

Es esta la hora perdida de nuestras vidas, que descansará por siempre entre los engranajes de un inmenso reloj.

Compulsa

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Hice mi primera compulsa de documentos hace algunos años, cuando existían las pesetas y ni siquiera había que pagar por hacerlo. El hecho de compulsar tres puñetereos papeles me dejó traumatizado entonces. Dos horas de espera, mientras la secretaria llegaba de un descanso interminable a su puesto de trabajo, mientras en ese tiempo, además de la gente que ya había, seguía acumulándose más y más y algunos, desesperados, se marchaban por aburrimiento… y porque hay otras cosas que hacer. Una vez conseguí entrar después de dos horas y media, me dicen que no me pueden hacer las fotocopias y que tengo que traerlas hechas. No me cago en todo pero sí muestro mi desaprobación hasta que consigo que me las hagan en la máquina que tiene a su izquierda. Con mucho esfuerzo y sin parar de refunfuñar, me compulsa los documentos de mala manera y salgo de allí con la sensación de que aquello y ese sistema es una mierda.

Con esto no quiero menospreciar ni mucho menos el trabajo que sé que muchos secretarios y secretarias realizan diariamente con respeto y profesionalidad, pero esta fue mi circunstancia y no es fácil olvidarla.

Como la compulsa de documentos era tan sencilla, se ha implantado una medida para facilitar aún más el trabajo, vamos, para disuadir a la gente de compulsar documentos. Ahora se trata de duplicar el trabajo, de multiplicar el tiempo y de gastar más papel si se puede. Doble de tiempo porque tienes que ir una primera vez a la secretaría para recoger un impreso de tres papeles que debes fotocopiar y entregar. Multiplicación del tiempo de gestión porque tienes que hacer tú las fotocopias con el consiguiente gasto de papel (tan concienciados que nos quieren hacer con la tala de árboles) y además ir al banco para hacer un ingreso de 20 céntimos, con la cola y la espera que eso conlleva a ciertas horas.

Todo para llegar después de varias horas (cuando ya se han tomado el café bien a gusto) y esperar la cola para que te pongan un puto sello. Quien inventó este procedimiento debe estar bien a gusto tocándose las pelotas en su silla de trabajo, de mi parte que le jodan.

Mi otro cincuenta por ciento

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Éramos él y yo y cada uno a su vez la sombra del otro, durante más de trece años moviéndonos a la vez, mi nombre no existía sin el suyo ni el suyo sin el mío y un día me quedé sin sombra.

El pequeño ser de pelo rojizo y orejas largas que se movía al lado de mis pies, burro como él solo, amante de las causas imposibles. No puedo evitar recordar el hoy de hace doce años, cuando los dos nos quedamos dormidos en el sofá y despertando en el amanecer de un nuevo siglo o ese día de enero de la mayor nevada en la ciudad y su cara al ver todo el paisaje blanco, un paseo inolvidable de nuestra corta pero intensa historia.

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Mi cincuenta por ciento está aquí, mi otro cincuenta por ciento se encuentra dividido, entre los paisajes que recorrieron sus pies, en los yogures que se acaban con el sonido característico de la cuchara, en el tintineo de una correa, en la manta que cubre mi cama, en el recorte del mueble de la cocina a cuyo pie descansaban su agua y su comida.

Un día me di cuenta de que las cosas no son eternas y me arrepentí el no haberlas aprovechado más cuando vivían, aún si lo hice, porque nunca parece suficiente cuando el tiempo se acaba.

Especial EL FIN DEL MUNDO, 21 de diciembre de 2012: El final del calendario Maya, los orígenes de la profecía

cuenta larga

201212 del 12 del 12, coincidiréis conmigo en que la de hoy es una fecha muy especial que jamás volverá a repetirse. La inquietud que invade a la humanidad estos días, no tiene que ver con una fecha inventada, ni rumorología legendaria, ni con suposiciones, sino con un hecho ante el cual no cabe ningún tipo de duda. La civilización maya era capaz de medir el tiempo con tanta precisión (y tengamos en cuenta que estamos hablando de una civilización que no dispone de los instrumentos científicos actuales) que eran capaces de determinar mediante su sistema de calendarios la duración del año solar con una diferencia de tan sólo 8 segundos con relación al nuestro.

calendario civil

Los mayas tenían varios calendarios, algunos de ellos con cuentas de más de diez millones de años con gran precisión. Todos estos calendarios se relacionan con los ciclos lunares, solares y el movimiento de los planetas, una cultura tan obsesionada con la medición del tiempo que eran capaces de predecir un eclipse solar con miles de años de antelación.

El calenario maya consiste en tres cuentas de tiempo distintas, pero que transcurren de forma simultánea, al fin y al cabo el tiempo fluye, nunca se para. El calendario sagrado de 260 días, el civil que conocemos todos de 365 días y el más importante y con el que comienzan todos nuestros problemas e intrigas y que nos lleva a la fecha fatídica, el de la Cuenta Larga.

calendario sagrado

La Cuenta Larga es algo así como un calendario profético que comprende una era de 5125 años, y viene a señalar el espacio de tiempo que transcurre entre un evento que ocurrió en el calendario sagrado con respecto a otro momento en el calendario civil. El calendario de la Cuenta Larga comienza el 13 de agosto del año 3114 a.C. y se para abruptamente el 21 de diciembre de 2012, una fecha que los mayas marcaron como un evento especial con respecto a otro suceso importante el día en que comenzó esa cuenta.

Precisamente el día 21 de diciembre de 2012 marca el solsticio de invierno en el hemisferio norte, o lo que es lo mismo, el día más corto del año, un hecho que ocurre cada año y que es a lo que llamamos Navidad (estrictamente sin referirnos al día en que se celebra religiosamente). Pero este día de este año, lo que se producirá no será sólo este acontecimiento anual, sino algo aún más grande, un fenómeno que jamás ha visto la raza humana y que sólo se produce cada 26,000 años.

calendario maya

¿Un asteroide que chocará contra La Tierra, erupciones solares, terremotos u otra serie de catastróficas desdichas? No te pierdas la próxima entrega del Especial EL FIN DEL MUNDO: El insólito alineamiento galáctico. Pero antes de eso… algo más.

Así fue el eclipse total de sol que oscureció el cielo del pacífico el 13 de noviembre de 2012

Que la humanidad lleve milenios mirando al cielo esperando este acontecimiento, con una mezcla entre miedo y asombro, saber que la ilusión cuando se mira hacia arriba no se ha perdido y lo que se siente tampoco, no tiene precio.

Hace miles de años, no había una cuenta atrás hasta que la Luna tapa al Sol, costumbre que es ya como nuestra tradición moderna preferida para muchos acontecimientos especiales y que aquellos humanos, en aquella época, no cambiarían por sus rituales.

Pero ahí estuvieron y ahí estamos con el paso del tiempo, mirando todos a ese mismo cielo, al astro y al satélite que nos acompañan en este viaje.

fotografía principal por Mauricio-PH

No me imagino una vida sin ti princesa

Una pared desnuda es como un lienzo que llama al arte. Es el lugar propicio en el que dejar un mensaje para alguien especial o para la humanidad, allí plasmado, perdurando en el tiempo, mientras la pared permanezca en pie.

Un día está vacío y al otro, sin que nadie se de cuenta, como si una mano invisible en la noche lo tocase con su gracia, aparece aquel escrito. Este muro se levantó hace poco, pero ya tiene sus marcas de amor. No sé quién es él, no sé quien es ella, pero cuando cada día paso por allí y lo leo, no puedo evitar una sonrisa, “los dos a 3msc”.

Los primeros reencuentros

Cuando uno sueña con un reencuentro y el tiempo va pasando y nunca llega a producirse, la intensidad de ese sueño es proporcional a las ganas y a ese tiempo. Parece que nunca va a llegar el momento hasta que llega y entonces el mundo de repente deja de ser lo que es para convertirse en lo que quieres que sea.

Me tomé la semana con tanta tranquilidad y emoción que no preparé nada hasta última hora antes del viaje a Toledo. Apenas dos horas para tener todo preparado y además sin saber qué ponerme, un poco bastante perdido porque al llegar a la estación de autobuses no sabía ni a donde ir, hacía más de 6 años que no visitaba la ciudad. Al final, con unas cuantas prisas terminé un viernes 31 de agosto a las 17:30 de la tarde camino de la ciudad imperial recibiendo las indicaciones y consejos de los amigos que me esperaban en el destino, en el viaje más corto que recuerdo (a pesar de tener una duración considerable).

He de reconocer que las dos únicas veces que he cogido un taxi en toda mi vida fueron para subir de la plaza en Cuenca y para ir a ella, pero decidí hacer uso del comodín y dejar que un señor al que le tuve que indicar una calle que no conocía, al lado de una avenida que no conocía y un supermercado que sí conocía (para sorpresa mía) mientras le relataba mi niñez en aquella ciudad. Mientras le hablaba, atrás en el asiento, no podía quitarme de la cabeza el libro de “La estrella más brillante” de Marian Keyes, porque sin querer, ahora yo era uno de esos pasajeros que relataban sus historias.

Le hice parar cuanto antes (en parte porque el taxímetro se estaba hinchando demasiado ya) porque ya me podía guiar por esa zona. Quizá los metros más largos, una acera que subía. Pregunté por la calle y una chica me indicó. Nadie en casa. Llamada de teléfono. Y allí nos encontramos, a la salida de la puerta del supermercado, el primer reencuentro don Jesús, un abrazo, un par de besos y mucha emoción contenida. Nunca lo imaginé así en mis sueños, me sorprendió quizá porque no tenía esas ganas de llorar que siempre imaginé, tampoco ese abrazo intenso. Simplemente estaba feliz y sólo me apetecía continuar adelante.

Tras contarnos algunos momentos y recordar otros, aparte de quedarme un poco sorprendido por otro hecho, Bea ya se estaba aproximando. Bea, mi pequeña Bea, por la cabeza se me pasaban esos momentos de risas con su paricular humor. Salimos a recibirla abajo y allí estaba, saliendo del coche. De nuevo el recibimiento acabó con todo lo que imaginé. Un abrazo fuerte y un beso, como si el tiempo se hubiera detenido aquel verano de hace años y de repente hubiera decidido continuar su marcha. Quizá era hora de ir acostumbrándome, porque se repetiría una y otra vez.

Se que estos días algo ha cambiado, había dejado de sentir esa sensación y ahora que volví a sentirla, no puedo evitar echarla de menos. Sé que les necesito como siempre, como desde el primer día que conectamos. Hay tantas historias que son inacabables, cada minuto, cada segundo una nueva aventura, tantas para contar… estos son mis amigos.

Fotografía Olímpica Londres 2012 – Días 14 y 15

Comienzo a sentir ya esa especie de nostalgia que te provoca un nudo en algún lugar, al saber que mañana al encender la televisión no habrá un equípo dejándose los restos en la cancha, una selección dándolo todo en el agua, deportistas dejándose la piel. Esta noche se evadirán el color violeta rosáceo y azul representativos de estos juegos y todo habrá terminado, no antes sin ser testigos de la sorpresa que nos tienen reservada, porque tras cada final, hay un nuevo comienzo y se abrirá un nuevo camino que nos llevará muy lejos dentro de otros cuatro largos años. Cuatro largos años que permanecen ocultos al mundo, en que miles de deportistas de todas las nacionalidades se estarán preparando para el gran momento.

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Las últimas imágenes de Londres 2012 dejan ese sabor a fin. Multitud de deportes y disciplinas llegan a su término y los podios y escenarios se convierten en auténticas obras de cine, porque cuatro años de preparación y en algunos casos mucho más tiempo, invitan a volcar sobre ellos todas las ilusiones. Imágenes que muestran el dolor de la derrota, pero también las lágrimas de alegría. Momentos irrepetibles.

Dos últimas jornadas en las que las “chapas” le llovían a España, y de todos los colores, una nueva de bronce en natación sincronizada por equipos y otra más en balonmano femenino, más medallas en taekwondo y un nuevo oro de ellas, las chicas olímpicas, las protagonistas, como peces en el agua como no podía ser de otra forma, en una regata a cinco mangas donde se mantuvo la emoción casi hasta el final. Una maratón que por primera vez rompe con todas las tradiciones y no acaba dentro del Estadio Olímpico y esas últimas horas vividas con un inteso partido de baloncesto donde la plata sabe a oro.

Ya sólo queda la despedida, se ha vivido tan intensamente que parece que aquellos momentos en que se encendían los más de 200 pebeteros olímpicos queden lejos, muy lejos en el tiempo. Ahora toca ver cómo se apagan y ponen rumbo a otro destino.

Goodbye Peter

Mañana toca una nueva despedida y esta es de las más difíciles en los últimos seis años, aunque aún nos queda una última sorpresa para él, algo que no espera. Y es que seis años dan para mucho, para compartir cambios de turno, para competir con “espejo”, para intercambiar aficiones, para verle pasar por malos y muy buenos momentos, para verle ser papá, ahora por segunda vez, para darle algún que otro sonoro golpe en la espalda, para compartir descansos de esos de las tres de la tarde y horario de trabajo, para aprender y para divertirnos.

Peter, la única persona con quien en todo este tiempo jamás he discutido a pesar de todo el tiempo que hemos compartido, se va. He de ser realista y sé cuándo no voy a volver a ver a alguien a no ser que sea por casualidad y porque el destino decida unir de nuevo lo que separa, que a veces lo hace magistralmente y de qué forma. Sólo tendré unos segundos para despedirme, tan poco tiempo después de tanto vivido, pero creo que le dejaré algo que un amigo me dejó hace tiempo y de lo que aún hoy no puedo olvidarme, el recuerdo de aquello con lo que más nos reimos en uno de los mejores días.

Convirtiendo una pelota de voley playa en arte

Pocas veces me he puesto a crear algo sin tener al menos una idea, un pequeño resquicio, sin que la inspiración venga a visitarme, auqnue sea brevemente, pero de esas pocas veces, al final han terminado saliendo grandes cosas.Hoy recibía una lamada. Un proyecto ambicioso y muchas ilusiones depositadas. Para ser sinceros no tenía muchas ganas, una presentación larga que apenas entendía, sin las herramientas necesarias para poder hacer absolutamente nada. Supongo que serán el tiempo y el aprendizaje, los que están haciendo que sea más práctico de lo que era antes, así que he cerrado la prewsentación, me he quedado con la esencia de lo que se desea transmitir y lo he unido a lo que me gusta para motivarme.

Ante la falta de herramientas, una simple imagen de una pelota de mi deporte favorito, el voley playa, el photoshop y el trabajo con pintura y elipses han dado como resultado un boceto de logotipo para el ambicioso proyecto.

Time stop

Pararía el tiempo y dejaría correr tan sólo aquel en el que viví momentos felices de los que no fui consciente y aquellos de los que lo fui y lloré de felicidad porque se me escapaban de las manos, mientras se unen a otros momentos de los que no lo seré hasta que dentro de unos meses, quizá años, eche la vista atrás.

Algunos de esos momentos vagan libres por la calle de los recuerdos y otros están ligados irremediablemente a un lugar del que nunca nadie podrá arrebatármelos.

Un sobre de suero olvidado

Fase 3 de la recuperación. Tras una noche poco agradable de esas que vienen muy de vez en cuando, en mi caso de muy tarde en tarde, tanto que ya ni recordaba algo parecido, siguió una mañana con fiebre en la que apenas podía tenerme en pie, aunque con el paso de las horas fui ganando fuerzas para ir al médico, a un nuevo médico al que no conocía, en un centro que me encontré totalmente cambiado. La receta fue un suero y una dieta estricta.

Nunca entenderé cómo es posible que en una farmacia no tengan algo tan básico como el suero (no sé si es que esto de los recortes llega también aquí), pero en la siguiente sí que lo tenían. Me lo envolvió tan rápido y me pasó tan desapercibido que no me di cuenta.

Al llegar a casa llegó el momento de preparar un litro de agua mineral, potable. Quité el envoltorio de la farmacia y allí estaba aquella caja con aquellos sobres, los mismos que cuidadosamente le preparaba a Yoko cuando estaba enfermo tantas y tantas veces, cuando no quería probar la comida, para que tuviese alimento.

Me costó preparar el suero, el tiempo que tardé en recuperarme de aquellos recuerdos que irremediablemente acudían de nuevo al ver esos sobres color plateado. No podía quitarme de la cabeza fácilmente mi imagen agachado frente al cazo de beber insistiendo que bebiese cada cierto tiempo y viendo su lengua acercarse al agua mientras le acariciaba la cabeza diciéndole “muy bien”.

El plano y el tiempo

Si todo lo que vemos depende de un solo punto de vista y de un momento concreto, no cabe dar marcha atrás a las agujas del reloj para estar en el lugar correcto en ese momento concreto, ni posible estirar un segundo para que dure lo suficiente como para abarcar toda la belleza o alargar un sentimiento efímero.

No podemos hacerlo. El plano y el tiempo son los que son.

Pero sí podemos imaginarlo, imaginar un plano donde una persona andando por un puente de repente se convierta en funambulista, donde una luz que se mueve perdure en el tiempo, donde el plano y el tiempo sean lo que nosotros deseemos que sean.

El hombre del tiempo es de madera

No se necesita un hombre del tiempo para contar lo que cae por su propio peso. En algunos lugares, tan desérticos que apenas llega la señal de televisión, el hombre del tiempo no es de carne y hueso, no sale haciendo predicciones que le caen de un satélite, no señala un sol diciendo que hará sol ni una nube pronosticando tempestades.

Si la roca está caliente, hará soleado. Si la roca está fría, estará nublado. Si la roca está mojada, hará lluvia. Si la roca está blanca es que está nevando. Si te preguntas si aquello que ves es una roca es que está nublado y si la roca se levanta del suelo sola es que hay un tornado.

El mundo al revés

Hoy he recordado alguno de esos juegos de cuando éramos enanos, tan tontos y tan simples pero llenos de risas y buenos ratos, algunos como el teléfono escacharrado han formado parte de algo más que la niñez y uno descubre con asombro que siguen sin perder la frescura y la gracia. Cada vez que recuerdo el beso, verdad o atrevimiento no puedo desviar de mi cabeza la imagen de una noche en Córdoba en la calle a la luz de las farolas, pero eso es otra historia. Hoy quiero hablar del mundo al revés, de cuando imaginábamos cosas absurdas e imposibles como andar por el cielo o volar por la tierra, escribir con un papel en el boli, calentar la comida poniendo un poquito de hielo o enfriar la sopa poniéndola a cocer, andar con la cabeza y pensar con los pies.

La verdad es que nunca entró en mi imaginación que las cabras andasen por los tejados en lugar de por las montañas. Y la verdad es que a medida que el tiempo pasa y el mundo evoluciona es más difícil jugar a este juego porque cada vez hay menos cosas imposibles.

Frena un segundo

Han sido un par de semanas duras, mucho agobio, muchas prisas y poco descanso, casi sin necesidad de despertador para ponerme en marcha cada mañana, sin tiempo para pensar y aunquen quiera hacer que no se ha notado, con pocas ganas de hacer nada, ni siquiera mi mente estaba preparada para recibir cosas nuevas, una saturación de información de esas que te hacen sentir que ya no cabe nada más, sin saber por dónde salir, sin vía de escape.

Esta imagen es la que me ha dicho que frene un segundo en la carrera, la que por unos minutos me ha alejado de este tiempo y me ha conducido hacia un lugar que dentro de poco será de otros, una habitación perdida en el tiempo, de visitas de domingo sentado en una vieja silla de madera con el faldón de la mesa camilla sobre las piernas al calorcito, de fiestas de nochebuena y diversión. Y entonces me ha invadido esa mezcla irremediable de felicidad y añoranza que ahogan.

Whitney, I love you!

La muerte sorprende en cualquier momento y en cualquier lugar, simplemente llega y para el mundo de aquellos que se unían con lazos especiales, provocando un mar de recuerdos que se suceden rápidamente, un flashback en el tiempo que sólo puede terminar de una manera. Con las palabras “Whitney I love you!” la ex pareja de la cantante irrumpía en lágrimas sobre el escenario donde la noticia del fallecimiento le sorprendió.

Sólo cuando llegan estos momentos, aunque más tarde se nos vuelva a olvidar, tomamos conciencia de que, aunque lo tengamos todo, en realidad cuando nos vamos, lo hacemos sin nada, porque allá sea donde vayamos no tendrá ningún sentido. Las luces se apagan de nuevo en el escenario.

El lado de él

Guarda en sus cajones aquellos pañuelos de tela que aún lleva en el bolsillo todos los días, ordenados y recién doblados con vapor de plancha, los que de pequeño taponaron alguna vez mi nariz sangrienta siguiendo los viejos consejos, los que de vez en cuando le quitaba e inundaban el bolsillo de mis pantalones, cuando la palabra clinex aún no había llegado a mi vocabulario.

Su despertador ahora suena a una hora diferente cada día, ya sin el agobio de las prisas, con todo el tiempo por delante pero con otras citas ineludibles. En su mesilla ya no existen aquellas antiguas tenues luces que bajo una mampara de color ocre desprendían un ambiente de otra época, cautivador, preludio de dulces sueños y de desvelos inoportunos. Sus cajones eran territorio inexplorado, auténticos cofres en mi niñez en los que encontrar las pilas que me faltaban, una camiseta de verano que me pertenecía guardada por error o la radio que tantos años nos acompañó, la que cogía a escondidas explorando las ondas en busca de esas voces que salían de dentro.

Fin de fiesta

Reencontrarse con familiares que regresan por estas fechas, o con aquellos que aun sin estar lejos, el día a día impide ver con normalidad y pasar con ellos algunos momentos divertidos. Las mismas caras de alegría que sacan las bolas de Navidad y las luces de las cajas guardadas y polvorientas para poner el árbol, ahora se apagan a medida que regresan a su encierro.

Habrá otras noches de nervios en el servicio, posando frente al espejo y poniéndonos guapos, dando ese toque final con un perfume que nos gusta. Habrá otras noches de frío, abrigados un poco más de lo normal mientras salimos de casa al coche para después dejar el abrigo apartado en un rincón en el que muchas veces se pierde.

Parece que el tiempo nos haya hecho sus esclavos y no haya forma de dominarlo, como si no fuera posible disfrutar de estos momentos en otros días que no sean estos y sólo estos. Quizá deba ser así, para no romper la magia y soñar con el regreso.

Bajo la ducha el agua cae tibia y dejo que moje mi cabeza mientras el sonido de su caída me relaja y hace que piense. Al salir, el espejo está empañado y hago un círculo para verme. Son las 7 de la mañana. Los nervios por volver que tantos años han estado ahí y parece que nunca se van. Pero tengo una sonrisa en la cara, escondida, cómplice y disimulada. Un principio significa que existe un fin, pero un final también me cuenta que ya habrá otros principios.