La vida no es como tú esperas…

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Pierdes un montón de tiempo pensando en cómo será tu vida.

El caso es que no lo sabrás hasta el día en que abras los ojos y veas. Que si te relajas y aceptas lo inesperado, tal vez encuentres algo más hermoso de lo que podías haberte imaginado.

La vida no es como tú esperas… es aún mejor.

(A la memoria de Yoko 15 oct 1993 – 8 dic 2006, por el día en que me levanté sin esperar nada, me relajé, abrí los ojos y le vi, por regalarme ese tiempo inesperado con el que nunca conté)

y volver

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El tiempo me enseñó a aceptar la muerte. Me enseñó a poder revivir los mejores momentos con una sonrisa en la cara en lugar de con lágrimas, a mirar cara a cara a los últimos momentos sin sentir un nudo en la garganta. Pero al tiempo se le olvidó avisarme de algo más.

Ayer en el parque vi aquella figura tan reconocible, pelos de color pelirrojo, andares de cazador, cazadora en este caso y no pude resistir ir hacia ella. Además de a Yoko, sólo he visto en mi vida a tres setter irlandés, pero lo que hace especial esta circunstancia es que nunca había visto uno desde que él murió.

Me acerqué y empecé a acariciar ese pelo tan suave, el mismo que acaricié durante años, cada mañana, cada noche, cuando entre risas o entre sollozos ponía su cara delante de la mía intentando participar en todo, lo bueno y lo malo. Mientras le acariciaba, hizo esa postura, apoyando su lomo contra mis piernas, como hacía él. Todo era igual, como volver.

Me hubiera quedado así eternamente. Fue unos segundos después de dejarle cuando entendí que el tiempo no me había enseñado aún a aceptar la gran necesidad de tenerle a mi lado de nuevo… y volver.

El tiempo es un río

time river

El tiempo es un río, que nace de la casualidad en alguna parte, que crece, que fluye entre rocas y juncos. El tiempo es un río que se desboca, que se concentra, que explota, que se bifurca. El tiempo es un río que crea otros tiempos, que sigue abriéndose camino hasta el fin de sus días.

El tiempo es un río, que envuelve y que guía, a través de senderos, de caminos inoportunos. Todo se puede hacer con el tiempo, excepto una cosa, que su corriente cambie de sentido.

fotografía de koppdelaney

Mamá Sara

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Es, además de mi prima, una de las mejores amigas que tuve desde la infancia. Juntos recorrimos muchos lugares, desde La Manga del Mar Menor, hasta Cuenca. Siempre inseparables, cada fin de semana en Los Alcores, jugando con bolas de tierra, al tenis, en la piscina, en el parque, no nos despegábamos el uno del otro.

Sólo el tiempo y el destino con sus caminos consiguieron separarnos y ahora apenas hablamos una vez cada año. Pero aquello que vivimos sigue estando ahí en el recuerdo… y es bonito, muy bonito.

El día 22 de mayo en la madrugada se convirtió en mamá y me invadió una enorme felicidad que acabó con todo lo malo del día, un sol entre las nubes. Me puse a rebuscar entre nuestras fotografías.

Y al final me decanté por uno de los lugares donde pasamos los 7 días más felices de nuestras vidas, en la playa, donde no hubo día igual, donde no hubo noche igual, cerca de donde se juntaban los dos mares, a unos kilómetros más allá de Oasis, donde decían que el barro de aquellas playas tenía propiedades únicas. Así decidimos posar, con el barro en la cara y felices, con ese Seat 127 amarillo al fondo que consiguió llevarnos hasta allí.

Teníamos tantas fotografías, entre viajes, cumpleaños y la antigua casa de los abuelos, que me costó decidirme por una para poner aquí, en esta, su entrada, porque es suya y para ella. ¡Felicidades mamá!

El gato azul: El regreso de Sofía

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Después de algunas semanas en que apenas he tenido tiempo para sentarme a escribir como se merece, aquí os traigo la tercera entrega de esta historia. Escribir un relato o un libro conlleva mucho tiempo. Muchas veces cuando me viene la inspiración hago una sentada de algunas horas y, a veces, sale algo bueno. Otras veces en muy contadas ocasiones, me despierto en mitad de la noche y mi cabeza se inunda de buenas ideas, en ocasiones a consecuencia de sueños o pesadillas (que por qué no, también ayudan y mucho).

Detrás de mí, en la otra habitación, conservo una carpeta con decenas de hojas e historias de ese personaje que algún día espero sacar a la luz y que sólo los que estuvieron conmigo en la Residencia Universitaria Bartolomé Cossio tuvieron la oportunidad de leer en un fragmento que saqué en la primera revista mensual (esa que se nos quedó en el limbo del tiempo después, proyecto de los fanzines que tanto me gustan). Ellos, entre ellos mis amigos, pudieron leer el principio de todo, el primer episodio de la novela.

Ese personaje tiene su pequeña historia, y mientras crece y se desarrolla, otro ocupa mi tiempo, este curioso gato azul del que tengo tantas y tan buenas ideas que a veces no sé por cual comenzar. Muchos, a puerta cerrada, sobre el anterior capítulo le tomaron cariño al gatito que se salvó y el final lo consideraron un tanto trágico cuando pensaban precisamente que ese era el protagonista de la historia. No puedo contarles todo ni a ellos ni a vosotros. Me gusta saber que, cuando escribo, alguien no puede adivinar con tiempo lo que va a suceder en una historia, quiero que cuando una persona se siente a leer lo haga sabiendo que puede ser sorprendido… pero también que otras veces tiene el control, hasta el punto de no saber si lo que imagina será o no lo que ocurra.

Quizá con esta nueva entrega sepan perdonar la tragedia de la anterior. En el capítulo que váis a leer, se mezclan el tiempo presente y un pequeño flashback emotivo. Esa mirada atrás no es ni mucho menos el inicio de la historia, pero sí parte de ella.

El Gato Azul: El regreso de Sofía – por José Francisco Cedenilla

Sofía Tarenzi vio cómo su vida de repente daba un giro inesperado. Hacía apenas unos minutos ocupaba el asiento 42 de un pájaro volador en los cielos de Italia y ahora estaba sentada en el tercer banco de una iglesia. Pensó que se sentía como un mantel blanco colgando de una cuerda y meciéndose contra el viento bajo la luz del sol del atardecer de la Toscana, mientras alguien vareaba sus entrañas con fuertes sacudidas que, si bien eran dolorosas, tenian ese regusto amargo y a la vez dulce de la expiación de los pecados. Mientras enfocaba la vista en la figura de un Cristo crucificado, imponente sobre la cabeza del párroco, y bajaba la mirada hacia el ataúd semiabierto, no podía dejar de admitir que toda su vida se había visto condenada al mismo hecho, alejarse de las personas a las que más quería y quererlas en la distancia hasta perderlas para siempre. Un cariño que ella sentía de verdad, pero que nunca llegaba a transmitir.

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Sus manos, con más hueso que piel, dedos finos y alargados, agarraban los pantalones vaqueros de color negro. Dos anillos de plata colgando de su cuello por una cadena, contrastaban con el color añil de la camiseta. Semblante serio y pensativo, ojos verdes llenos de tristeza, rasgos finos con pómulos que sobresalían y se convertían en su rasgo más característico, acentuado por el negro color de su pelo en media melena, un poco rizado y despeinado, abombado y despegado de su rostro. Las palabras del Señor se habían convertido durante aquella media hora en un mero tránsito entre sus dos oídos, porque su cabeza estaba ocupada recordando el tiempo que pasó a su lado.

Sofía tenía apenas siete años cuando, de la mano de un hombre, cruzó la puerta por primera vez. Una mano grande acarició su cabeza, aquel hombre se agachó, le dio un beso en la mejilla y dejó a su lado una maleta de equipaje donde estaban algunas de las cosas que había recogido de su habitación. Allí se quedó estática durante unos minutos, desorientada. Aquella casa olía a bizcocho recién horneado, a madera, a flores, a primavera, olía a hogar. Mientras miraba hacia el fondo del pasillo, donde había unas escaleras que subirían a algún desván lleno de secretos, una voz ronca y desgastada salía del lugar de donde venía ese dulce olor. La puerta, rota y desgastada, se entornó con un chirrido y una señora mayor se acercó ilusionada a la pequeña niña, llenándola de besos y abrazos.

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Recordaba aquel momento mejor que ningún otro porque algo en su interior se rompió del todo. Fue cuando su abuela Olivia le cogió de la mano, mientras con la otra portaba su maleta, mientras subían juntas las escaleras del fondo hacia ese desván lleno de secretos que se convertiría en su nuevo hogar, fue mientras pisaba cada uno de los escalones y a cada pisada su corazón se iba llenando de un peso insoportable y le costaba más respirar, cuando notó las primeras lágrimas de sentimiento resbalar por sus mejillas y sintió que dejaba algo atrás.

Un pequeño alboroto en la iglesia le hizo despertar de su sueño de recuerdos, cuando el párroco pidió a todos ponerse en pie. A pesar del dolor, sabía que cuando había perdido a alguien en su vida, por suerte siempre aparecía alguien para consolarla, este era su destino.

Ensimismada aún en sus pensamientos, sintió que alguien a su lado le agarraba de la mano y le daba un pañuelo. Apenas se había percatado de que las lágrimas volvían a inundar su rostro. Sin llegar a levantar la mirada mientras se secaba, le dio las gracias. La otra persona le tendió la mano y le ayudó a levantarse mientras le susurraba bajito.

– Hola, me llamo Noel.

El tiempo que nunca existió

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De vez en cuando nos vemos condenados a repetir el pasado y otras nos lo arrebatan de las manos. No somos dueños del tiempo, ni siquiera podemos dominarlo, bestia salvaje e indomable jamás. Tan sólo podemos conformarnos con manejar sus manecillas, si con eso nos damos por satisfechos, más nada cambiará, ni nosotros ni lo que nos rodea.

Es esta la hora perdida de nuestras vidas, que descansará por siempre entre los engranajes de un inmenso reloj.

Compulsa

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Hice mi primera compulsa de documentos hace algunos años, cuando existían las pesetas y ni siquiera había que pagar por hacerlo. El hecho de compulsar tres puñetereos papeles me dejó traumatizado entonces. Dos horas de espera, mientras la secretaria llegaba de un descanso interminable a su puesto de trabajo, mientras en ese tiempo, además de la gente que ya había, seguía acumulándose más y más y algunos, desesperados, se marchaban por aburrimiento… y porque hay otras cosas que hacer. Una vez conseguí entrar después de dos horas y media, me dicen que no me pueden hacer las fotocopias y que tengo que traerlas hechas. No me cago en todo pero sí muestro mi desaprobación hasta que consigo que me las hagan en la máquina que tiene a su izquierda. Con mucho esfuerzo y sin parar de refunfuñar, me compulsa los documentos de mala manera y salgo de allí con la sensación de que aquello y ese sistema es una mierda.

Con esto no quiero menospreciar ni mucho menos el trabajo que sé que muchos secretarios y secretarias realizan diariamente con respeto y profesionalidad, pero esta fue mi circunstancia y no es fácil olvidarla.

Como la compulsa de documentos era tan sencilla, se ha implantado una medida para facilitar aún más el trabajo, vamos, para disuadir a la gente de compulsar documentos. Ahora se trata de duplicar el trabajo, de multiplicar el tiempo y de gastar más papel si se puede. Doble de tiempo porque tienes que ir una primera vez a la secretaría para recoger un impreso de tres papeles que debes fotocopiar y entregar. Multiplicación del tiempo de gestión porque tienes que hacer tú las fotocopias con el consiguiente gasto de papel (tan concienciados que nos quieren hacer con la tala de árboles) y además ir al banco para hacer un ingreso de 20 céntimos, con la cola y la espera que eso conlleva a ciertas horas.

Todo para llegar después de varias horas (cuando ya se han tomado el café bien a gusto) y esperar la cola para que te pongan un puto sello. Quien inventó este procedimiento debe estar bien a gusto tocándose las pelotas en su silla de trabajo, de mi parte que le jodan.