20 años

yoko fotografia

Hoy nacías tú. En algún lugar del mundo, mientras yo continuaba mi vida sin saber de ti, tú nacías y abrías por primera vez tus pequeños ojos para ver este mundo, sin saber que en pocas horas nuestros destinos se cruzarían por una extraña mezcla de casualidades, por lo inevitable.

Cuando lo tenía entre mis manos, cuando aún era lo bastante pequeño para cogerlo en el regazo y acariciarlo, siempre pensé que estaríamos juntos mucho tiempo, quizá veinticinco años. Lo acariciaba mientras dormía apacible, observando esa cara tan dulce y pelirroja, su perfecta narizota negra y redondeada, sus orejas suaves, le molestaba un poco viendo cómo se revolvía cuando le hacía cosquillas en los tres pelos del bigote que le sobresalían del morro y no me resistía a darle unos besos grandotes, pensando todo lo que nos quedaba por disfrutar y por vivir.

Aunque cuando nació aún no sabíamos el uno del otro, nos conocimos un 16 de octubre de 1993, bueno, más bien yo lo conocí a él. Papá y mamá habían viajado a Córdoba y estaba solo en casa con mi hermana mayor. Esa mañana hice algo inusual porque me levanté antes de lo previsto, simplemente me desperté antes, no sé por qué. No era consciente de que ese pqueño descontrol me cambiaría la vida. Normalmente solía levantarme con la hora pegada, el tiempo justo para prepararme el desayuno, arreglarme y salir pitando al instituto. Pero aquella vez fue distinto, me lo tomé con calma, me preparé un desayuno más completo, y en lugar de desayunar de pie como siempre, me senté tranquilamente en la mesa de la habitación para beber el cola cao con leche y unos cereales.

Sólo iba a desayunar, pero como había tiempo por delante decidí poner la tele. Podía haberme levantado más tarde haciendo el remolón en la cama, haber desayunado sin más, podía haber puesto el televisor en cualquier cadena, incluso unos minutos más tarde y entonces todo en mi vida habría tomado otro rumbo, pero ocurrió como debía ocurrir. Estaban terminando los dibujos animados de Telecinco en “Desayuna con alegría”, presentado por Sofía Mazagatos entonces y acto seguido salió una camada de once cachorros pelirrojos, todos en una cesta, recién nacidos el día anterior. Junto a Juan Luis Malpartida, el criador (más conocido también por llevar los animales de El Gran Juego de la Oca de Emilio Aragón en Antena 3), estaba Sofía Mazagatos. De esa camada, cada uno de los perritos iba a quedarse en alguna casa, dos para Sofía, uno para Patricia Pérez, otros para presentadores y presentadoras de la cadena y dos de ellos iban a ser para dos niños, los que estábamos al otro lado de la pantalla. Para ello había que escribir una carta de por qué queríamos tener un perro. No había sorteo de por medio, nada de suerte, aquí jugaba el sentimiento.

No tenía ni idea de que un mes más tarde uno de esos niños era yo. Redacté la carta y la finalicé al llegar del instituto. Una vez redactada contando todas las ganas que tenía de tener un perro, le dije a mi hermana lo que iba a hacer y la dejé en el buzón de correos más cercano. Más tarde Pilar Soto, redactora que la eligió, me contó que se había emocionado mucho al leer la carta y que estaba en los archivos de la cadena, yo desgraciadamente no tengo ninguna copia, aunque me encantaría e intentaré ver si es posible rescatarla de alguna forma, sabr el sentimiento que escribí aquel día y que me llevó a él.

Con tantos niños escribiendo para un programa tan popular, casi lo di todo por perdido desde el momento en que inserté la carta en el buzón, pero allá iba. Las semanas pasaron y un día llegó un aviso de telegrama. En ese momento nada se me pasó por la cabeza, sólo sé que recuerdo ir a la oficina de correos cuando caía la noche, cruzando la calle San Francisco, pasando por debajo de una escalera (no me olvidaré de este detalle), llegar a la oficina, recoger el telegrama y prometerme no leerlo hasta llegar a casa. Quizá era de alguno de los amigos o amigas con los que me carteaba por entonces.

Me pudieron la ganas, lo hice en el ascensor. Cogí el sobre y lo abrí leyendo sus primeras palabras: “Enhorabuena, has ganado el perro…”. Me había hecho tan a la idea de la imposibilidad de que alguien me diese un regalo tan querido que lo había olvidado, incluso durante unos segundos me extrañé y no supe a qué se refería. Los 32 segundos en el ascensor dieron para abrir el telegrama, leerlo, extrañarme y comprender que se refería a aquel día en que escribí. También me dio tiempo a saltar de alegría, recuerdo la sensación como si estuviera allí dentro de nuevo, a salir disparado, llegar a casa y gritar por todas partes localizando a mi madre para decirle que me habían dado al perro.

Otro error de cálculo. El día que envié la carta, la única que sabía el secreto era mi hermana, así que las caras de mis padres eran un poema ya que no entendían nada. Con tranquilidad les expliqué todo y un poco reticentes ya que nunca habían querido que tuviésemos un perro en casa a pesar de llevar varios años insistiendo, no les quedó más remedio que aceptarlo.

En el telegrama me venía un telefono para llamar pero aunque lo hice, ya era demasiado tarde aquel día, tuve que esperar al día siguiente para contarcar con la redactora. Resultó que al escribir la carta, no indiqué ningún número de teléfono, además de casi ningún dato para contactar conmigo, lo que hizo que Pilar Soto tuviera que buscarse la vida para encontrar la dirección de alguna forma hasta dar conmigo. También tenía una mala noticia, y es que la entrega del perro se retrasaría hasta enero, debido a que la niña a la que le habían dado el otro tenía unos problemas personales. Pilar me prometió que los perros estarían muy bien acompañados, correteando entre la redacción y los presentadores de la cadena hasta que pudiésemos grabar el programa.

Sí, había que ir a Telecinco para grabar la entrega. Ocurrió a mediados de enero de 1994, una redactora nos llevó en coche directamente hasta los estudios por los que recorrimos sus pasillos, en los que muchos actores y presentadores se me quedaron mirando confundiéndome con uno de los personajes de Médico de Familia (Iván Santos, que hacía el papel de Alberto), hasta llegar, atravesando el comedor, hasta la zona exterior donde estaba situado el plató de “Desayuna con Alegría”.

Nada más entrar y esperar un rato a que estuvise la otra chica, Sofía Mazagatos vino directa a saludarnos y a coger con cariño a los dos perritos que acababan de llevar a la entrada para que eligiésemos. Había una perrita y había un perrito. No sé muy bien cómo sucedió, miré a uno y a otro y sólo sé que en la cara de él había algo que me enternecía, así que lo cogí.

Prepararon nuestros micrófonos e hiceron algunas pruebas de sonido. Tenía a mi lado a Sofía Mazagatos, que me decía más o menos lo que iba a preguntarme además de contarme que ella se había quedado con dos y alguna que otra historia antes de empezar. Yo no dejaba de acariciar el pelo suave y rojizo de ese cachorro que se acurrucaba en mis piernas. Fue el día en que Yoko y yo nos conocimos por fin. Y así ocurrió…

El séptimo cumpleblog (especial 3,000,000 de visitas)

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El siete, ese número mágico con tantas connotaciones en nuestras vidas, las vidas de un gato (azul), los años de mala suerte al romper un espejo roto y mirarse en él, los siete días de la creación y su contínua repetición en el apocalipsis del final de nuestras vidas, el siete, ese número perfecto.

El siete, los siete días de la semana, las siete notas musicales y los siete colores del arco iris (tradicionalmente, venga, vamos a repetirlos como nos enseñaron en la escuela). Las siete maravillas del mundo, las antiguas y las nuevas. El siete es el número del universo, con sus siete rayos con nombre, Sthula Sharira, Linga Sharira, Kama Rupa, Kama Manas, Manas, Buddhi y Atma. El siete es la balanza y la pareja. Siete son las ramas del saber, Raja, Karma, Jnana, Hatha, Laya, Bhakti y Mantra y siete son las ciudades sagradas, Ayodhya, Máthura, Gaya, Casi, Kanci, Avanti y Dv Araka.

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Aunque el número once es el que más me ha acompañado a lo largo de toda mi vida (y aún hoy sigue haciéndolo de forma misteriosa), mi vida parece regida por el número siete. Hoy confesaré que a los 7 años rompí un espejo y me miré en él. No soy especialmente supersticioso, antes sí, ahora ya no, soy de los que pasa debajo de las escaleras sin temor, de los que no se asusta por cruzarse con un gato negro y de los que ya no hacen tonterías cuando se cae la sal o veo a alguien vestido de amarillo, aprendí a pasar de las supersticiones.

Y aunque no soy supersticioso, sé reconocer algunas cosas y una de ellas es que mi vida ha ido en ciclo de 7 años, pero no siempre para mal, muchas de las veces para bien, cambiando sin querer, quizá fruto de la casualidad, desde que rompí aquel espejo. A los 14 aprendí a ser adulto haciéndome más fuerte, a los 21 abandoné mi soledad para cambiar drásticamente de vida y conocí a los que hoy son mis amigos, a los 28 la vida se llevo mi cincuenta por ciento, a lo que más quería, a mi siempre amigo eterno Yoko al que dediqué el nombre de todos mis proyectos desde entonces. Estoy en los 35, esperando saber si el destino reserva algo o si ese espejo ya se cobró su deuda. A lo mejor el cambio se está produciendo poco a poco, en este mismo momento, y no sepa ver su cara hasta que pase el tiempo.

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Este blog se inició en otro lugar y con otro nombre un 11 de octubre, por el mero hecho de escribir y compartir con los demás, con ese mundo que es una audiencia inmensa, en el que siempre hay alguien para escuchar. Apenas dos meses más tarde y tras la trágica pérdida, Yoko le dio otro sentido y su nombre.

Est teclado está diciendo basta, tras pulsar cada una de sus teclas millones de veces, algunas no se quedan marcadas, os invito a ver que la letra “e” desparace de vez en cuando de las palabras. Su sucesor está aquí al lado y hay que darle paso antes de que mis cabreos al leer lo escrito aumenten.

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Esta celebración del séptimo cumpleaños del blog es muy especial por muchas cosas. El 8 de octubre así como quien no quiere la cosa, las estadísticas reflejaron ya más de 3,000,000 de visitas durante todo este tiempo. Tres millones de miradas que me ilusionan y que se hace una cifra enorme e imposible de asimilar lo suficiente como para ser consciente de ella. Pero no son sólo esos tres millones. Durante esta aventura surgieron otras, El libro gordo de Petete para los niños con sus más de 600,000 secretos, Mars & McLeod con más de 350,000 seriéfilos, el blog no oficial de Mujeres y Hombres y Viceversa con 1,500,000 seguidores, o la pasión por los videojuegos destada en Yoko’s Play con más de 2,300,000 jugadores.

Esos blogs han sido partícipes de parte de mis pasiones y desde hace unas semanas llegan a un nuevo nivel, el de los dominios propios abandonando la casa que los acogió. De esta forma nació primero el lugar que pronto, ahora en prueba, será el centro de todo, el cerebro, la placa madre, el motor, Yoko y Yo.

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La pasión por el entretenimiento no desaparece, Yoko’s Play y Mars & McLeod se fusionan para dar forma a una web de la que estoy muy orgulloso por su estética y por el cuidado que he puesto en hacerla paso a paso durante los meses de verano, En Episodios Anteriores. Con logo creado por un experto chico con residencia en Rumanía y con mascota propia, Jack Shephard y Vincent, creada por uno de los mejores dibujantes de cartoon del mundo, Muhamad Rizqi.

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El círculo se completa con una ilusión hecha realidad y la que fue la fuente de inspiración para que todo esto comenzase hace 7 años. Todo nació el día en que accedí a un blog grupal, creado por unos amigos de Barcelona. De cada publicación, con cada opinión, con cada historia y cada fotografía, consiguieron inspirarme para buscar mi propio hueco en el océano inmenso. Con el tiempo y cada vivencia y situación personal, terminaron dejando el blog. Ahora 7 años más tarde y con muchos nervios y sudores para conseguir su regreso, que ya contaré en otra entrada, se me iluminan los ojos y se me dibuja una gran sonrisa al anunciar la vuelta de Ideoflexia.

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Tras hablarlo con alguno de los autores originales y tener el visto bueno de su creador, volverán Anna y Tietgale (que me emociono de sólo pensarlo). Los lazos de esta vida me cruzaron con gente impresionante a la que no puedo olvidar, compañeros de residencia universitaria que también estarán allí, como Alberto, ese gran artista del que siempre quise un cuadro, un gran polemista y “opinador” y José Luis, educador, con el que apenas compartí unas palabras en su día y alguna que otra hora de gimnasio y de fiesta, pero que el facebook ha hecho que pueda leer unos artículos y ver una personalidad que no pude descubrir en su día.

Cada texto, cada palabra en estos siete años no ha sido tiempo perdido delante de una pantalla. Ha sido como hablarle al mundo, pero sobre todo a mí mismo. La posibilidad de plasmar en palabras pensamientos, inquietudes, aficiones, reflexiones y que cada una de esas palabras esté condicionada por tu propio día a día, hacen que escribir un blog sea algo grande y único. Os espero aquí y en esos nuevos lugares donde las ideas y las pasiones se vierten en un océano sin límites, como botellas con mensaje, donde lo bonito es atrapar una, sacar el papel y disfrutar de la sorpresa que aguarda.

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Moda

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He visto esta imagen y me ha sido imposible evitar que el primer pensamiento que me viniese a la cabeza fuesen los Power Rangers, y después de eso, toda esa serie de películas que mi padre nos alquilaba cuando éramos pequeños cuando teníamos el vídeo Beta y después el VHS, desde King Kong pasando por Godzilla y todos sus sucedáneos, mezclando a unos y otros, a cada cual peor hecho, en películas baratillas de serie B que ahora me parecen lo peor del mundo pero que en su tiempo lograban entretenerme. No sé si eran esos efectos especiales de tres al cuarto o la idea de imaginármelos como juguetes, pero fuese como fuese, me dejaban delante de la pantalla con los ojos pegados.

Los Power Rangers y toda esta parafernalia me pillaron con la edad justa en la que uno se deja llevar por el resto de niños. Que si ahora todos vestidos de Power Ranger, tú azul, tú rosa, tú amarillo, el regalo más deseado de las ferias y sus tómbolas, los muñecos campando a sus anchas por los escaparates de las jugueterías… el caso es que echo la vista atrás y aunque sí recuerdo que me lo pasaba muy bien delante de la pantalla, nunca llegué ni a vestirme de uno de los personajes ni a tenerlos como muñecos, a pesar de que los deseaba.

El tiempo pasa y uno se pregunta, como con Médico de Familia, cómo pudo llegar a ver semejantes bazofias. El secreto está muy claro, es la moda la que nos mueve desde siempre, audiencias millonarias para series y películas que no valen tanto pero sobre las que se genera un movimiento que te lleva a rastras sin querer. Y pasa lo mismo en todos los campos, en la literatura, en la moda de vestir, en los objetos y consumibles que utilizamos y comemos todos los días. Todo es objeto de la moda y lo que se escapa de ella está destinado a un segundo plano.

Lo mejor de todo es que cualquiera de nosotros podemos imponer una moda sin o pretendiéndolo. Basta con mezclar una idea en la que crees y confías al cien por cien con un mucho de personalidad en el momento oportuno. Y el ingrediente más importante: la suerte.

Marilia, Marilyn y Superman

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Septiembre. “Trae el casete de Ella Baila Sola, por favor”- le dije.

Mi padre aparecía por la puerta de casa una tarde de septiembre de hace diecisiete años tras llegar del trabajo. Salí corriendo a ver si lo traía. Sí, allí estaba el casete, con aquellas dos chicas en portada sentadas cómodamente sobre un sofá, que apenas me había dado tiempo a descubrir esas semanas a través de una simple canción, sin internet entonces. Ahora sabía que se llamaban Marta y Marilia, aunque al principio las llamaba “lo echamos a suertes”.

Cogí el “loro” de la habitación y lo arrimé al enchufe de la cocina mientras mi madre terminaba de cocinar. Metí el casete y, sin darme cuenta en ese momento, comencé a descubrir realmente la música.

Una voz sonaba en el salón, mi madre diciendo que fuese a cenar. Todos estaban allí, pero yo seguía embelesado frente a los altavoces, con los codos apoyados sobre la encimera y pensativo, divagando sobre cada nota, cada palabra, cara ritmo. Aquellas canciones me hacían sentir algo diferente dentro de mí. Era un conjunto perfecto, lleno de armonía que entraba por mis oídos y ya jamás podría escapar.

Ante la insistencia, apagué la música. Ante la insistencia y porque sabía que aún quedaban muchas canciones por disfrutar. Siempre me ha gustado reservar para más tarde y disfrutar poco a poco de lo que me hace sentir bien.

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Han pasado diecisiete años desde aquel mágico momento y de los muchos más que llegaron desde ese día. La emoción de poder disfrutar del enorme éxito, de descubrir a los demás sus canciones como si fuesen propias, la de compartir con otros fans conciertos, vídeos, fotos y recuerdos, el segundo disco, el tercero que intenté que me vendiesen dos días antes y que tuve en mis manos el fin de semana previo a su salida en una calle de Cuenca. La dolorosa ruptura “infinita”, los trabajos en solitario o acompañando a otros artistas. El tremendo vacío que intenté llenar con otras voces y dúos y el feliz regreso a medias hasta su nueva ruptura. Toda una vida junto a Marta y Marilia.

Escuchar de nuevo su voz, tras una década de silencio, fue como dar marcha atrás al reloj o como si una mano invisible hubiera dado al pause de mi radiocasete y de nuevo hubiera pulsado el play a placer. Cuando parecía que todo estaba perdido y que nunca volveríamos a escucharla, Marilia aparecía de repente para unir a otros que, como yo, conservábamos el bonito recuerdo de nuestra banda preferida.

El primer disco, el segundo, el tercero, el recopilatorio, el de Marta Botía, el de EBS… muy pronto tendrán a su lado un compañero de viaje infatigable con nueve nuevas canciones que comienzan por “Marilyn y Superman”.

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La primera vez que lo escuché no pude evitar sorprenderme. Acostumbrado a una Marilia acompañada con coros y cuyas letras eras muy metafóricas, a las que había que encontrar un sentido e invitaban a reflexionar, ahora me encontraba ante algo distinto y que desencajó mis ideas. Ese “algo” nuevo ya no está construído de frases metafóricas, sino de frases sencillas y directas que incluso puede que a alguno le suenen infantiles, adolescentes  incluso graciosas. Las notas encorsetadas han dejado paso a un estilo más abierto para dar rienda suelta a una voz que ya no tiene coros, que suena limpia y perfecta, con las pequeñas imperfecciones perfectas de esos pequeños desafines que me encantan y que le hacen única.

Estas casi dos décadas me han enseñado a disfrutar de las idas y venidas, de lo que fue, de lo que es, de lo que se marcha y de lo que regresa. Ya no soy el niño que apoyaba los codos sobre la mesa escuchando embelesado, pero cada vez que oigo sus voces de nuevo, me doy cuenta de que sigue ahí, encerrado en algún lugar de mi cabeza, esperando con ilusión volver a pegar el oído en el altavoz mientras alguien me insiste que vaya a probar la cena.

Curro y el legado de las aves

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No hay verano que no tengamos a cargo a una mascota. Echando la vista atrás, desde el año 2008 unos peces de colores, unas tortugas, el año 2010, el mejor de todos, mi queridísimo perro Noddy y los maravillosos nueve días que me regaló entre mordiscos y muchas, muchas tonterías, después vinieron unas cobayas y este año le tocó el turno a un agapornis.

Por la parte paterna, los pájaros siempre han sido la mascota preferida, aunque parece ser que conmigo se rompió esa cadena, porque no logro encontrarle el sentido a tener a un pájaro en una jaula cantando todo el rato y volviéndote la cabeza loca, que es lo que me ha pasado con Curro, además situado al lado de mi habitación y respetando apenas las horas de sueño (y porque no escuchaba ningún ruido).

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Aunque no tengo muchas referencias más allá de lo que he visto, mi abuelo se dedicaba casi a la cría de pájaros, con discusiones con mi abuela frecuentemente debido a esta pequeña pasión que conservaba en la terraza. Tengo vagos recuerdos, de cuando los dejaba las puertas abiertas y me aseguraba que volverían para comer, y así era. De salir a saludarle siempre en el mismo lugar, dándoles de comer, observándoles. Cuando yo crecí, apenas hablábamos de ellos porque no me interesaban, pero sin duda tenía que tener grandes conocimientos, que ahora ya será imposible recuperar. El tiempo quita lo que da.

En casa, de pequeño, siempre tuvimos pájaros. Nunca les hacía caso alguno y terminé acostumbrándome a ellos. El último nos acompañó coexistiendo con Yoko (al que le decía “pipi” y se volvía loco levantándose sobre las patas traseras y mirando hacia la jaula).

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Un día me levanté y el pájaro estaba tirado en la parte baja de la jaula, inerte. Con él acabo el legado de esta mascota en la casa y comenzó el reinado de otra. Tuvo su entierro, necesario. Lo envolví con cuidado en unos trapos y junto con Yoko salimos de paseo a un pequeño camino al lado del colegio. Allí hice un pequeño hoyo con las manos, lo enterré y cubrí de tierra, haciéndole comprender mediante la palabra “pipi” que ahora allí descansaría para siempre. Para asegurarme, volví a pronunciar la palabra en casa. Yoko no se levantó sobre las patas buscando, algo había comprendido quizá.

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Un guión de cartones y muñecos

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Desde que apenas tenía 3 años de edad y escribí mi primer poema, que de repente me encontré en una vitrina en uno de los pasillos del colegio recibiendo después un premio (una historia que ya contaré), no he parado de crear, imaginar, historias de todo tipo, aunque menos de lo que quisiera.

Maldigo esas dichosas épocas en que la inspiración desaparece por motivos personales e impiden dar rienda suelta a la creación, pero cuando esta vuelve es apasionante. Ese papel en blanco se inunda de tinta y uno no sabe cuándo terminar.

En estos últimos 7 años he dejado aparcado el formato de papel tradicional. Atrás queda aquella época en que la imaginación tenía que reconducirla mediante papel, boli, lápiz, recortables, tizas e historias inventadas que quedaron perdidas en el aire porque fueron solo habladas. Como no tenía ordenador, imaginaba lo que sería escribir con uno, crear imágenes y tener todo un mundo nuevo al alcance de la mano. Cuando lo tuve delante sin embargo, comprobé que esas posibilidades también había que canalizarlas para crear algo bueno, si bien he de confesar que cuantas más posibilidades tuve a mi alcance, más moría un poco la salud de la imaginación, las firguras de papel, las cajas de galletas convertidas en diversos objetos y casas, cuando de repente un trozo de papel cobraba vida propia y se convertía en llave para un concurso improvisado o una simple silla colocada del revés sobre otra daba para varios episodios inventados de una serie que se llevó el viento.

Ahora todo está más al alcance, incluso tengo la posibilidad de compartir con el resto del mundo algo que antes se quedaba entre cuatro paredes o entre las hojas de una carpeta, pero no dejo de recordar los momentos en que, cuando era pequeño, me ponía enfrente de un trozo de cartón y un par de muñecos y coches y las palabras fluían en un guión en directo por los que ahora daría todo por tener entre mis manos.

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Los 80: Mercromina para las heridas

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No recuerdo cuándo fue la última vez que mi madre cogió aquel botecito de tapa blanquecina y cuerpo oscuro. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo desenroscó y de su interior salía un estrecho tubito empapado en un pigmento rojo, cuando según se acercaba a la zona afectada, el cerebro a uno lo ponía ya en preaviso del escozor que iba a sentir. No recuerdo esa última vez en que, con mucho cuidado, iba pasándolo, casi acariciando la piel por encima.

Eran los últimos meses de los años 80 cuando mi hermana comenzó a estudiar enfermería en Cuenca. Yo apenas tenía 11 años y, aunque vagos, si tengo algunos recuerdos del momento en el que el antiséptico que nos había acompañado desde el principio de nuestras vidas, vivió sus últimos momentos a nuestro lado.

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Fue un dia en que mi padre se hizo una herida. De repente mi hermana le dijo a mi madre:”tráeme el betadine”. Lo recuerdo alto y claro, la palabra “betadine”. Recuerdo a mi madre sacando de su mochila de viaje un frasco de color amarillento, recuerdo unas gasas, impregnadas de una sustancia amarillenta, oscura, casi marrón, al contacto con la piel.

Al día siguiente miré en el armario. El botecito colorado con su tapa blanquecina había desaparecido y no recordaba cuándo fue la última vez que esa sustancia roja limpió mi piel. En aquel momento supe que algo había cambiado y que nunca volvería verlo.

Mercromina, gracias por curarme tantas veces de pequeño, de una forma tan dolorosa y suave.