No perder nunca la esperanza

Resulta curioso observar a un perro cuando se cierra una puerta que quiere cruzar. Da igual cuantas veces pasemos y salgamos de la habitación, el animal siempre insiste y permanece atento a cada movimiento para intentar meterse dentro, aunque sea imposible, aunque lo haya intentado días, semanas, meses sin éxito, como si nunca perdiera la esperanza.

A diferencia de nosotros que, tras insistir un poco, entendemos que no tenemos nada que hacer y nos alejamos de esa puerta, agachamos la cabeza y reconocemos que nunca nos dejarán pasar.

Qué pasa por la mente de un perro para insistir una y otra vez cuando todo lo que hace, todo lo que espera, es para nada. Y qué pasa por nuestra mente para decidir que está todo perdido.

Noddy sobrevive. Los maltratadores de animales no descansan en verano.

Ayer cuando mi cuñado se acercó a ver a los perros en la parcela, a Noddy, a las dos perras y al Husky Siberiano, se encontró un escenario dantesco. Lleno de bultos en la cabeza y otras partes del cuerpo el Husky yacía inmóvil y solitario en el terreno. Algún hijo de puta maltratador que no tenía nada mejor que hacer, se cebó con él. Al ir a recogerlo, se le derramó la sangre por los oídos, le habían reventado por dentro a base de golpes. Ahora descansa en paz junto con Lobito.

Todos los demás perros, las dos hembras y Noddy, habían desaparecido y no habían dejado rastro. Esta mañana temprano, al regresar, al menos no todo fueron malas noticias, no se sabe de dónde, Noddy había regresado totalmente sano y a salvo, aunque las otras dos perras están en paradero desconocido, quizá se las llevaron o quizá también terminaron huyendo del hijo de puta ese.

De Noddy no era de extrañar, pequeño, ágil y veloz como ya pude descubrir el pasado verano inolvidable que pasamos juntos, ha conseguido salvar su vida. Volver al piso ya no es una opción, todo este tiempo al aire libre con mucho terreno para correr y jugar, lo han adaptado a ese estilo de vida. Habrá que seguir soñando con esos mordiscos en los talones y con su manía de subirse a todos los bancos de la calle.

Un día feliz

Añorar las cosas quizá no es bueno. Queda ese regustillo amargo de algo que quieres y no puede ser, cuando lo mejor sería no tener que echar nada de menos y poder hacerlo.

Las circustancias, las vidas que nos hemos construído a base de fallos y aciertos, hacen que el simple hecho de ver una fotografía haga salir ese sentimiento y esa frase: “esta sería mi idea de un día feliz”.

Pues sí, esta sería mi idea de un día feliz…

No pidas cosas extrañas el día de los Inocentes

Uno de los primeros días de noviembre recibí ese telegrama en el que la redactora de TeleCinco de “Desayuna con Alegría” por aquel entonces me comunicaba “Has ganado el perro…”. Debido a circustancias de la otra persona que debía acompañarnos hasta el programa para grabar, no sería hasta enero cuando me encontraría con Yoko por primera vez.

Cada día que pasaba era un mundo, constantemente me pasaba cada tarde muy cerca del teléfono esperando que sonase, esperando recibir esa llamada que dijese que ya podíamos ir a por él. Y esa llamada llegó aunque no nos comunicó exactamente cuándo ni cómo iríamos, eso quedaba a una semana de distancia aún cuando volviera a ponerse en contacto conmigo.

Yo le dí rienda suelta a la imaginación, pensando en cómo podríamos traernos a Yoko después de grabar y un 28 de diciembre, precisamente este día, como si no hubiera otro en que hacer este tipo de cosas, me dio por llamar a la estación de autobuses. Mi pregunta fue bastante concreta: “¿Se pueden llevar animales en el autobús?”. En ese momento fui consciente del día que era y la respuesta que recibí fue la siguiente: “Sí, y una oveja también si quieres no te jode”. Por mucho que intenté convencerle de que mi pregunta era real, creo que quien me atendió nunca se lo tomó en serio.

Una manta vacía a los pies de la cama

Siempre ha estado ahí, mientras tú estabas y me la arrancabas con los dientes y la llevabas arrastrando por el pasillo, y desde hace ya cuatro años que no estás, sea invierno o verano, desde aquel día que nada más podía tapar esa respiración agitada y el llanto… qué importante es respirar, y sentirlo.

“La manta del Yoko”, así quedó bautizada y así continúa, no sé si por su olor, por su textura o por lo que diablos sea, era tu preferida, la que te atraía e incluso la que conseguía cambiarte los ojos de color en ese estado de euforia que tanta gracia me hacía.

Porque fuiste importante, porque vivimos juntos sin apenas despegarnos durante más de trece inolvidables años y porque sigues siendo mi mitad, esa que volveré a recuperar algún día. Cada año que pasa me aleja de ti, pero cada año que pasa también me acerca a tu alma. Una manta vacía a los pies de la cama no es nada, pero cuando la coges y te envuelves en ella con recuerdos, lo es todo.

17 años

Hola Yoko:

Hoy hubieras cumplido 17 años y faltarían ya pocas, poquitas horas para que, casi con mi desayuno en las manos, mientras cogía asiento para comer los cereales, de refilón te viera en la tele. Nuestro primer encuentro en la distancia, que es como ahora estamos al fin y al cabo, separados por un cristal invisible. Hace 17 años ese cristal me impedía tocarte y achucharte y durante tres meses no pudimos vernos, tan solo esperar hasta que llegó el momento del encuentro, en un plató de televisión, nada común para un dueño y su mascota, porque nuestra historia no es normal.

Ahora ese cristal es invisible y la espera es eterna, sólo podemos esperar infinitamente, no puedo cogerte ni acariciarte, ni hacerte cosquillas en esas enormes orejas. De vez en cuando levanto el colchón de la cama y ahí permanece tu correa. Intento coger las cosas con tiento, para que no suene, pero no puedo evitarlo a veces, el tintineo de la cadena que tan contento te ponía, ahora me produce melancolía.

Si tu enfermedad no te hubiera rondado durante tanto tiempo, quizá ahora estaríamos los dos andando por la ciudad, por nuestros sitios favoritos, parando de vez en cuando para que descansaras y disfrutando de los últimos años juntos hasta el final.

Sé que descubriste muchas emociones y que disfrutaste plenamente, aunque me faltara tiempo y espacio para que esto ocurriese más a menudo. El día en que te dejamos suelto por primera vez entre tanta gente cerca de una orilla, no sabías distinguir entre la profundidad y seguiste corriendo hasta tener las patas totalmente sumergidas en el agua, tras lo cual te quedaste parado sin saber qué hacer. Yo me asusté y fui corriendo a por tí mojándome pantalones y zapatillas. Los dos salimos juntos de aquella anécdota y unas toallas nos estaban esperando mientras el sol caía con los últimos rayos.

Nos faltaron tantas cosas por vivir o quizá vivimos las que teníamos que sentir, es algo que nunca sabremos. Sólo quedan momentos en el recuerdo como en un álbum de fotografías, que vienen de vez en cuando para sacarme una sonrisa y para hacerme saber que aquello mereció la pena.

TQ.

Buscando la compañía

Todos los perros y sobre todo los cachorros, enseguida responden a una llamada, un silbido, una palmada, un grito, cualquier gesto que implique un movimiento por el que se puedan sentir atraídos, como si en todo momento intentasen refugiarse en la compañía y acercarse con confianza a esa mano que se les tiende.

Noddy, ahora despierto, ahora dormido

Flashback de nuevo hacie el primer día de Noddy en casa, de visita antes de adentrarse en nuestras vidas durante aquellos inolvidables 9 días.

Quizá por el efecto de la vacuna y porque había jugado ya demasiado, lejos de la presión del más pequeño que gusta de achucharlo tan fuerte que lo asusta, Noddy se sintió protegido en los brazos de la yaya y comenzó a quedarse profunda y plácidamente dormido.

Verano días 6 al 9 – Mudanza, la despedida

Podría calificar sin miedo a estos nueve intensos días como una pequeña aventura feliz, una especie de sueño cumplido lleno de cosas importantes, recuerdos recuperados y otras de menor importancia que se vienen a sumar a una experiencia de lo más placentera en su suma.

Una noche de tormenta que se despeja y deja paso a un cálido sol de verano, nace mi sobrina Sofía en ese preciso momento en que los rayos de sol comienzan a filtrarse entre las nubes de ese sábado, al día siguiente y durante los siguientes días de nuevo viví la experiencia de tener conmigo de nuevo un perro. Se frenan esas pesadillas en las que me olvidaba de poner agua o comida a Yoko, vuelvo a experimentar los paseos de la compañía de mi nueva mascota por lugares que ya no frecuentaba desde que falleció, los dos parques, la arena, el supermercado, el colegio para niños discapacitados, los chalets, el gimnasio… volver a pasar por cada uno de ellos era como vivir dentro de un sueño. Y nuevas experiencias, aunque Noddy es como los demás perros y tal y como hacía Yoko su lugar preferido para dormir en verano era el cuarto de baño donde hace más fresco, a su edad necesita morder las cosas y si Yoko en su día destrozaba periódicos, Noddy no iba a ser menos, pero Noddy tiene una manía especial que lo hace adorable, ahora cuando ve un banco, gime un poco para que lo suban a él y ahí nos podemos tirar las horas muertas, se sienta, se tumba, observa a su alrededor, un perro comprometido con su entorno.

La primera vez que vi a Sofía en el viaje a Fuenlabrada, nacida en el hospital donde su madre trabaja, y sus hoyuelos en la cara al sonreir mientras soñaba, que no olvidaré. Días mágicos a los que se vienen a sumar cosas menores pero también imborrables como los partidos de cuartos, semifinal y final, campeones del mundo de fútbol, la intensidad vivida y las celebraciones posteriores a cada triunfo, algo que no estaba dentro de nuestros planes.

9 días especiales, pero todo acaba y aunque queda verano por delante y nunca se sabe lo que podrá suceder, muy seguramente, como cada verano lo recuerdo por algo distinto, este lo recuerde por estos días intensos en los que muchos deseos se hicieron realidad como si me hubieran tocado con una varita mágica.

Y al igual que los recuerdos regresaron, al irse dejan ese mismo sabor agridulce. La mudanza de una mascota es tan sencilla que produce miedo. Unos cuantos juguetes, el cazo de la comida y el lugar donde dormir. Y una vez recogido es como si no quedase rastro de su existencia pero se nota una soledad terrible. Aún ahora espero al llegar a casa, mientras me quito las zapatillas, que una boca juguetona venga a interrumpirme mientras desato los cordones. Aún queda en mí la inercia de cerrar alguna puerta de la casa prohibida para él y entonces caigo en la cuenta de que tristemente ya puedo dejarla abierta. Aún no he pasado de nuevo por su lugar de paseo y sus bancos preferidos, pero sé que recordaré cada momento en cada uno de ellos, con el alba y el anochecer como telón de fondo mientras los búhos emitían sus sonidos en los árboles, esa tranquilidad que se respira a las 7 de la mañana en un parque vacío.

En la despedida, decidí quitarme una espina clavada, bajé con mis padres en el ascensor, con Noddy cogido en brazos antes de que se lo llevaran con sus verdaderos dueños y antes de meterlo en el coche le di un beso en la mejilla llevándome un cariñoso lametón. Creo que ya no volveré a tener pesadillas.

Verano días 4 y 5 – Una habitación para Sofía

Sofía ya está en casa, la que a partir de ahora será su casa, su habitación, con sus colores, sus muñecos (aún debo decidir el mío mira que para una niña me cuesta decidirme más después de dos sobrinos) y su nueva cuna. Es maravilloso pensar cómo será su evolución a partir de aquí, lo que le condicionará a vestir de una forma u otra, a pensar de la misma forma a medida que crezca. Cuántas cosas nacen de algo tan simple.

Cuando se haga mayor no lo recordará, debido a la imperfección humana que nos hace olvidar experiencias algo más allá de los 4 años para abajo, pero otros lo recordarán por ella, sonreirá y se lo llevará consigo. Cuando le diga que fui el primero en ver sus hoyitos como los de su madre al sonreir mientras soñaba o cuando le cuente que mientras yo iba al trabajo en una noche de tormenta su madre se dirigía al hospital y mientras salía de nuevo el sol ella nacía, cuando su madre le recuerde cómo la cogió por primera vez piel con piel.

Mientras en Madrid Sofía se acomoda en sus nuevas mantas, la etapa del ecuador entre Noddy y yo llega a su punto más vulnerable, ese en que se coge ya demasiada confianza y uno empieza a pensar que muy pronto deberemos decirnos un largo “hasta luego”. Apenas me dejó disfrutar ayer del partido que nos llevó por primera vez a la final de un mundial porque no paraba de darme la lata mordiéndome los pies. Ya estamos en la final, esto es como los cometas, que quizá uno sólo lo pueda ver una vez en la vida. Mención especial a la reina Sofía, muy bien vestida de bandera pero impresionante su nulo manejo del lenguaje español que me hace preguntarme si aún en sus aposentos no seguirá hablando griego, porque conjugar en una misma frase de dos palabras mal el género “jugador bonita” no lo hace ni un niño alemán recién llegado a las islas para pasatr sus vacaciones. Deprimente, hasta de mala leche me puso. Un poco más de cultura no le vendría mal.

Tras el partido, entre pitidos de coches, toda la humanidad vestida con la camiseta de España o las banderas (quién lo diría cuando los colores de España nos parecían antiestéticos hace tan sólo unos años) saqué a Noddy a la calle con poco tiempo por delante ya que al día siguiente había que estar en pie de nuevo para ir a trabajar. Y el trabajo ya es otra historia, podría decirse que por primera vez en más de tres años y medio me he sentido mal por las decisiones tomadas, engañado en cierta forma. Un día de inflexión que hará que jamás me fie ya de nadie. Cuánto echo de menos a quien se fue, porque estoy casi seguro de que esa decisión nunca la habría tomado. A algunos no les vendría mal un poco de objetividad y echarle un par de huevos.

Por suerte me queda aún una cosa, la seguridad y confianza en que todo tendrá su lado justo y en que hoy he hecho algo de lo que me siento orgulloso y que ha salido de camino del trabajo a casa. Y a partir de ahí que se coma la conciencia quien tenga que comérsela.

Verano día 3 – Confianza

Siempre, siempre sucede de la misma forma, en cualquier parte, cualquier entorno. Conocer a alguien por primera vez es como estar en un continuo estado de alerta. Sin pretenderlo, todos los sentidos están despiertos, atentos a cada movimiento, palabra, entonación, sonrisa, gesto que pueda indicar que estamos actuando frente al desconocido de forma correcto o incorrecta. Si contamos algo divertido que nos sale de forma natural y el otro sonríe, vamos por el buen camino, las cosas se hacen mucho más sencillas, se podría decir que entramos en un estado de “perfecta sintonía”. Si por el contrario percibimos que ante nuestras bromas la otra persona no reacciona como esperábamos, comienza el desconcierto, lo cual, si bien hace las cosas mucho más interesantes, también dificulta la comunicación.

Con los animales ocurre exactamente lo mismo. Llegan a un lugar donde deberán observar las reacciones, donde nosotros observamos las suyas, donde se establecen una serie de normas en las que el SI y el NO van agarrados con fuerza de la mano. Noddy ya se ha soltado y ha cogido confianza, aunque a veces se toma demasiadas licencias, mordiendo nuestros talones a cada paso que damos por la casa, lo cual ha producido ya algun pisotón involuntario y eso sí, unas risas por las cosquillas impresionantes.

En la calle también ha cogido plena confianza, aunque aún entre gemidos me pide de vez en cuando que lo lleve en brazos… la calle es tan grande y él tan pequeño. Nustras paradas durante el largo camino en los bancos han tenido más éxito del esperado, esta misma mañana se subía a todos ellos intentando comunicarme que hiciésemos una parada en alguno. Digamos que está aprendiendo y entendiendo ya la rutina de salir a pasear, con un itinerario casi marcado. Las “normas”, si es que se pueden llamar así, están comenzando a establecerse.

Sofía es otra de las grandes incógnitas. Mi hermana comienza a entender que el lenguaje de los bebés no es muy claro y así lo expresa cuando dice apesadumbrada “si es que no sé por qué llora”. Gases, hambre, pipí, calor, quizá con el tiempo logre entenderlo, estableciendo así una comunicación no verbal, pero hasta que ese día llegue, aún hay que acostumbrarse. No hay nada de lo que preocuparse, todos hemos pasado por el estado bebé.

Aún no se sabe el día en que regresarán a casa, todo depende del peso. Casi todos los bebés al nacer pierden un porcentaje de su peso, pero si es superior al 10% y continúan perdiéndolo, necesitan algunas pruebas más. Mientras tanto Sofía comienza a coger confianza con el nuevo mundo fuera del vientre materno. Nuevas necesidades, un nuevo sitio en el que reposar, el contacto con esos seres de los que antes llegaba el sonido como muy lejano, el contacto directo con otras pieles, la luz del sol que entra por las rendijas de la ventana, las nuevas sensaciones que muy pronto formarán parte de la vida común.

Verano día 2 – Primer encuentro con Sofía

El despertador sonaba como cada mañana… qué narices, no hizo falta despertador que sonase como cada mañana. Normalmente a uno le despiertan la luz entrando por la ventana, el sonido de una moto, el teléfono, cosas normales. ¿Alguna vez os ha despertado el sonido de un paraguas cayendo al suelo? Pues así he despertado yo esta mañana.

No deja de resultar curioso. Antes de nacer Sofía el pasado sábado 3 de julio, esa misma madrugada, mientras yo estaba camino del trabajo, lo hacía bajo una noche de cielo tormentoso y lluvia incesante paraguas en mano esperando que no me cayese un rayo. Sobre las 11 de la mañana comenzó a salir el sol, curiosamente la hora a la que ella nació.

Pero el paraguas simbólico de aquella situación no cayó solo, fue Noddy, el nuevo inquilino, quien lo tiró. Al despertarme miré al suelo y allí estaba el enano, mirándome fijamente. Bastó con hacer un gesto al desperezarme para que intentase saltar encima de la cama (aunque no llega todavía). Parecía ser que el paseo de ayer le gustó mucho y quería repetir enseguida. Segunda escapada a la ciudad en la que le hice prácticamente el mismo recorrido aunque variando algunos tramos para que conociese muchos más sitios, esta vez con parada en el parque subiéndose al banco mientras a las 7 de la mañana sonaba el sonido de los buhos, ese que hace que a los perros se les agudicen los sentidos de una forma muy graciosa. Después del paseo (ya apenas se paraba), de vuelta a casa y primera vez que se queda solo.

Viaje a Fuenlabrada a las 10:30, camino de ver a Sofía por primera vez. Algo más de una hora, un hospital desconocido por mí, gigantesco, parece la terminal de un aeropuerto, nada más entrar un simpático vendedor de cupones de la Cruz Roja nos saca una sonrisa, se agradece, más cuando por los pasillos ves pasear a gente con cáncer que necesita que le alegren el día, y lo consiguen con creces. Planta nº3, parada de ascensor, pediatría y ya estamos dentro. Justo llegamos a la habitación cuando hay enfermeras dentro. Impaciencia por verla ya. Dice mi hermana que es enfermera, que después ellas incluso podrían ser las peores pacientes.

Pocos minutos después ya se puede pasar. Allí está Sofía. En foto parecía ya regordeta y bien formada, pero en realidad ha perdido un poco de peso y da sensación de fragilidad. Es guapa, muy guapa, y no descubriría sus hoyuelos, esos que le vienen de herencia de mi hermana, hasta haberme ido, cuando la dejamos soñando en su camita con pequeños espasmos faciales que los revelan en una simulada sonrisa. Es la primera vez que la veo sonreir y he sido el primero en verlo. Le digo a mi hermana que tiene los hoyuelos que ella tenía de pequeña también, desde la cama no puede verlo ahora. El viaje de vuelta rememorando se hace más corto, tanto como un suspiro.

Al llegar a casa Noddy ha destrozado medio periódico que tenía bajo el cazo de la comida y ya de paso, como ve tanta televisión, se ha hecho fan de Scottex y ha tirado del rollo de papel higiénico que está roto en pedazos por toda la casa. Mientras lo recojo no para de morderme los talones cuando ando, haciendo que me parta de la risa.

Desde luego, si la felicidad tiene un nombre bien podría condensarse una parte de ella en estos dos días. Los nuevos encuentros con seres bajitos siempre llevan una sonrisa marcada a fuego.

Verano día 1 – Noddy se instala en casa, primer paseo

Es casi como volver a empezar desde el principio, no tan exagerado, pero muy similar. Una cosa lleva a la otra y al final todo a lo mismo, misma casa, distinta mascota pero los objetos comienzan a tomar posiciones y curiosamente todos terminan en el mismo lugar que antes… comedero en la parte baja del mueble de la cocina, comida en la terraza, toalla en la habitación y la colcha donde dormir en el mismo lugar en que Yoko durmió por primera vez en aquella caja de cartón improvisada. Todo adopta la misma posición de aquel día en que todo comenzó.

Me siento extraño, cuando lo acaricio es como si recordase todos esos momentos especiales, pasaron más de 13 intensos años y empiezan a aflorar sentimientos desvanecidos en el tiempo. Volver a recordar poner un vaso de comida, rellenar el agua cada cierto tiempo, la hora de salir a pasear…

El primer paseo por la ciudad tampoco podía ser de otra manera, lo bajo en brazos por las escaleras y al primer contacto con el suelo se queda parado. ¿A qué me suena esto? Con mucha paciencia y dándole ánimos arranca y da sus primeros pasos por la acera. Cuidado, que ahora toca bajar y subir los bordillos y además uno tiene trampa porque al bajar hay una canalización de agua. Resultado, una pierna se le cuela, pero enseguida sale a flote con un poco de ayuda.

Llegan las primeras compañías, gente paseando y los primeros encuentros con su misma especie, que se saldan como suelen saldarse este tipo de encuentros, el más veterano dando vueltas y olisqueando y el novato quieto dejándose hacer. Tres encuentros son suficientes para la primera salida. Noddy se resiste a andar, torcer la esquina ya ha sido suficiente. (Pues no te queda nada majo).

Se sube a mis piernas implorando que lo coja en brazos. Me convence durante un trecho, pero debo ser fuerte, no me puedo dejar intimidar. Quizá en el pasado pudiera ser, pero ahora estoy curtido en el tema. Chaval, tienes que aprender a caminar tú solo y para eso vamos a alternar. Le hago conocer la ciudad, el itinerario largo que hacía con Yoko, esto le ayudará a pasar por la experiencia y a conocer los lugares por los que pasará todos los días. Ni tú ni yo vamos a olvidar este primer paseo, de eso estoy seguro.

Llegamos al parque, ese en el que uno que yo me sé se comía de todo, incluso algún trozo crudo de carne del supermercado. Llega el momento de sentarse y esperar, quizá familiarizarse con el entorno le ayude a estar más relajado y hacer lo que tiene que hacer… no hay forma, esta primera salida sé que es en vano, nada más sentarme ya me suplica de nuevo cogerle en brazos.

Se ha hecho de noche, nos sentamos en un banco junto a la carretera, muy cerca de donde Yoko se paró y no quiso continuar hace ya muchos años, la historia se repite. Le cojo en brazos, las farolas cercanas se apagan y quedamos en penumbra. Con el ruido de los coches y las motos se queda dormido entre mis brazos. Lo miro y no quiero que acabe ese momento, porque es simplemente precioso.

Intento alargarlo hasta que ya es suficiente. Como era de esperar, el camino de vuelta ya no va detrás de mi a la zaga, huele sus propias pisadas y se adelanta a mí, incluso tira de la correa, sabe que estamos llegando de nuevo a casa.

Noddy explorador

Lo primero que hizo Noddy al llegar a casa fue explorar todo el entorno, olisqueando cada cosa que encontraba, típico de unn perro. Una vez que lo hubo investigado todo, o al menos lo que estaba a su alcance, volvió a acomodarse en su toalla improvisada pero permaneció atento a todos los movimientos a su alrededor.

Los pájaros en mi vida

Los pájaros han sido el único tipo de mascota que me ha acompañado de pequeño. Mi abuelo ya los criaba, aquellas pequeñas bolitas de color rosáceo que parecían cubiertas de pellejo tan frágil, a las pocas semanas se llenaban de pelo y echaban a revolotear tanto fuera como dentro de sus jaulas, una cualidad que siempre admiré en mi “yao”, siempre volvían a su criador.

Mi padre continuó el cuidado de los pájaros cogiendo prestados algunos de mi abuelo pero sin dedicarse a su crianza. Pasaron muchos y de ellos sólo conservo por desgracia, y porque yo me cargué esa tradición con un perro, sus muertes. Recuerdo al primero que se lo comió otro pájaro más grande arrancándole la cabeza mientras tiraba de la jaula, otro amaneció tieso en el fondo de la suya respectiva y el último que recuerdo tuve que enterrarle en compañía de Yoko para que él viese dónde estaba en todo momento, pero esta es una historia que ya contaré, tierna y curiosa, que viene a reflejar la inteligencia emocional animal en algún aspecto parecida a la de los humanos.

Noddy llega a casa

Desde que Yoko nos dejó, ningún otro perro había vuelto a pisar la casa. Mi sobrino irrumpió con Noddy en los brazos como si tal cosa, esperando ver si me daba cuenta. Enseguida le tendió la toalla azul en el suelo y le dejó encima de ella. Poco tardó en acomodarse y esta es la primera foto para la que posó.

Un lugar de encuentro muy especial

Durante todos estos años, se ha creado en el blog un lugar muy especial, aquel donde personas de todo el mundo comparten sus sentimientos por la pérdida de una mascota: Dicen que los perros van al cielo.

Cada vez que alguien deja un mensaje me detengo a leerlo con gran interés y cierta nostalgia. Encierran en sus palabras ese dolor que se siente por la pérdida repentina, palabras de agradecimiento a ese ser que ya no está, promesas de futuros reencuentros en un lugar como sea que se llame si no es el cielo, el corazón.

Siento que ese pequeño espacio tiene una esencia especial. Sin querer y poco a poco, se ha convertido en un pequeño santuario donde dejar muestras de agradecimiento por los buenos momentos vividos. Entras, te desprendes un poco de tu dolor, lo compartes con los demás y, cuando sabes que muchos han pasado por lo mismo, comprendes y aceptas.

La llegada de Noddy

Sí, como el famoso personaje de dibujos animados, Noddy, así se llama la nueva mascota de mis sobrinos, esta vez tendrá que compartir momentos con otro perro más que vendrá enseguida, en un mes más o menos, cuando nazca de la camada, ya que Noddy se quedará en la casa y el otro, de nuevo un mastín, irá destinado a cuidar la parcela.

Espero tener fotos muy pronto para ponerlas. Ahora es un cachorrillo y está casi todo el rato durmiendo, pero es un aire fresco para mis dos peques que necesitaban llenar de alguna forma la ausencia de Lobito. Ojala pudiera hacer yo lo mismo.

Vincent & Jack, el recuerdo de Perdidos

Todavía hoy sigo con esa especie de nostalgia tras seis largos años y con un nudo en la garganta y los ojos inundados cada vez que recuerdo la escena final.

Durante todo este tiempo, aunque se me pasó por la cabeza en muchas ocasiones, nunca llegué a culminar la apertura de un blog dedicado a la serie que más me ha impactado en mi vida en todos los aspectos, a pesar de pasarme un par de veranos día a día sacando tiempo imposible para escribir esas entradas sobre The Lost Experience, Find 815 y el epílogo que aún sigo preparando, nunca encontraba el momento.

Pero al final llegó, una cuestión del destino o no, aquella escena final me trajo recuerdos de la serie y de mi propia vida, de los juegos con Yoko, de todo lo que pasamos juntos para al final acompañarlo y no dejarle solo en sus últimos minutos.

Enlace a Vincent & Jack

De este recuerdo final nace la idea que enseguida me vino a la cabeza, Vincent & Jack, un lugar que será un homenaje a la serie y todo lo que la rodea, con lo que ya hice, lo que ya hay y lo que haré, empleando aquellos iconos que en su día me llamaron tanto la atencion, como Retrievers Of Truth, el lugar donde se decía de los perros labradores:

Amigo. Compañero. Alma gemela. El perro labrador puede leer tu mente. Escuchar lo que piensas. Sentir tu dolor. Pueden comunicarse sin emitir un solo sonido. ¿Estás receptivo?

So it begins

La efímera vida de Lobito

Hola Yoko:

Esta tarde Lobito dejó esta vida para marcharse a tu lado. Tras comer, le dejaron en el patio del chalet atado. Poco tiempo después, cuando Rubén fue a buscarlo, se lo encontró con convulsiones y rápidamente avisó, pero no se pudo hacer nada ya, a los pocos segundos yacía sin vida.

Me paro a pensar en la existencia, tan irregular para unos y para otros, de forma incomprensible cualquier momento puede ser el que nos lleve, somos tan frágiles como gotas de lluvia golpeando el suelo y desperdigándose por ytodas partes. La vida de Lobito ha sido efímera, apenas le ha dado tiempo suficiente a disfrutar más de esas carreras por el descampado, ni de más momentos de risas, cariño y juegos de Rubén y José María, cuya principal ilusión era ir a verle siempre que podían a la parcela.

Hoy esas risas y juegos han sido llanto. José María apenas lo comprende, sabe que ha muerto pero a su edad apenas sabe que no le volverá a ver nunca más. Rubén sí lo entiende, la primera vez que su madre tuvo que explicarle el significado de la palabra “morir” fue cuando tú te fuiste. Hoy al lado del cuerpo inerte de Lobito, arañaba el suelo y gritaba pidiendo irse con él.

Conozco el sentimiento. No es fácil dejar marchar y sólo el paso del tiempo logra aliviar las heridas, aunque no curarlas del todo. Para no sentirnos siempre mal, quizá el secreto consista en mirar cara a cara a ese último recuerdo, en revivirlo una y otra vez hasta que forme parte de lo que somos, de nuestra vida, aunque al revivirlo en nuestra soledad de nuevo algún día, nos provoque un nudo en la garganta.

Estas fotos son el último recuerdo de esta tarde. Mientras que la tristeza invade ahora mismo los corazones, tenemos la suerte de que en las fotografías se inmortalizan los momentos de felicidad. Ahí permanecerán encerrados para siempre.

en memoria de Lobito que falleció la tarde del 2 de mayo de 2010

Lobito

El pasado 24 de diciembre conocí a Lobito. Han pasado ya más de 3 años desde el fatídico día en que tuve que decir adios a Yoko y desde hace ya tiempo siento la necesidad de tener otra mascota a la que cuidar y con la que divertirme. El sueño de Lobito fue efímero y pasajero, apenas un instante antes de la cena de nochebuena y un tiempo después jugueteando con él y también recogiendo sus necesidades, todo sea dicho, pero imborrable.

Ahora Lobito ya no es este pequeño cachorro que sale en las fotos tomadas aquella noche, sino un adulto 6 veces más grande al que ya es imposible coger en brazos y que cuida de una finca en la que recibe periódicamente la visita de mis dos sobrinos que saben que fin de semana equivale a “ir a ver a Lobito”.

Prometo traer sus fotos.

Instinto ancestral

Esta tarde mientras comía he podido ver un trozo del documental “En el vientre materno”. En él, me ha sorprendido aber que mientras aún estamos creciendo, ya desarrollamos instintos que tiene cualquier especia animal ante lo desconocido y ante los peligros, como el simple hecho de protegernos el cuerpo poniendo los brazos sobre una determinada parte del cuerpo.

Los instintos persiguen a humanos y animales haciendo claramente visible que todos procedemos de un lugar común, el acto reflejo de interpretar y simular los movimientos del otro ser que tenemos al lado, cada uno a su manera, pero al fin y al cabo, lo mismo.

Dependientes del tiempo

En el escaparate de una tienda de animales, un perro se movía nervioso dentro de su jaula de cristal (nunca entenderé por qué se permite tener a estos animales encerrados durante horas y horas) intuyendo que pronto le sacarían en el descanso entre jornada y jornada para corretear por el local.

Cuando uno no puede valerse por sí mismo y realizar lo que le apetece independientemente de la hora del día que sea, hacemos ni más ni menos que lo que los demás desean que hagamos. Un bebé no puede valerse por sí solo para comer ni para ir a los sitios, depende totalmente de lo que la persona a su cargo desee, al igual que una mascota no suele salir sola a la calle ni puede coger la comida de la despensa cuando le apetece.

Se crea entonces el sentido de la dependencia del paso del tiempo, con el transcurso de los días aprendemos que para obtener las cosas hay que esperar, aunque aún no seamos conscientes de cuánto, pero tenemos la certeza de que tarde o temprano  llegará.

Un homenaje a Jerry y Alex Costa, ganadores de TU SÍ QUE VALES

Nada mejor que terminar el año con unas risas y con emoción, hace esacasos minutos y por cuestiones de trabajo, no he podido ver la gran final de Tú Si Que Vales emitida el día 30 de diciembre de 2009 hasta esta tarde, antes de los típicos preparativos de la nochevieja.

Desde que comenzó la segunda temporada del programa y vi a Jerry, me enamoré de él. Fue una mezcla de sentimientos, mientras por una parte me provocaba risas y simpatía, por otra me producía ternura, cuando se arropaba en la mantita en el suelo, cuando recogía sus cosas en la maleta, cuando enseñaba el mensaje “No nos abandones”… ayer partía como mi favorito y hoy, entre respiraciones entrecortadas por la emoción que siempre me ha embargado al ver este programa, asistía a su proclamación como ganador absoluto, acompañando así a otro de los grandes ganadores de la primera edición, Roberto.

Mucha suerte a Jerry y a su cuidador, maestro y fiel amigo Alex.

Un corazón de amor sin dueño

Han pasado ya 3 años y ni tan siquiera uno de esos días me he olvidado de tí, como si los más de 13 años que pasamos juntos nuestras vidas se hubieran enlazado para siempre con hilos invisibles. Algunas mañanas, algunas noches, pongo mi mano sobre el pecho sintiendo mi respiración, como hice aquella noche para calmar la pena, para sentirte un poco más cerca de una distancia infinita que ya nos separaba.