Marilia, Marilyn y Superman

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Septiembre. “Trae el casete de Ella Baila Sola, por favor”- le dije.

Mi padre aparecía por la puerta de casa una tarde de septiembre de hace diecisiete años tras llegar del trabajo. Salí corriendo a ver si lo traía. Sí, allí estaba el casete, con aquellas dos chicas en portada sentadas cómodamente sobre un sofá, que apenas me había dado tiempo a descubrir esas semanas a través de una simple canción, sin internet entonces. Ahora sabía que se llamaban Marta y Marilia, aunque al principio las llamaba “lo echamos a suertes”.

Cogí el “loro” de la habitación y lo arrimé al enchufe de la cocina mientras mi madre terminaba de cocinar. Metí el casete y, sin darme cuenta en ese momento, comencé a descubrir realmente la música.

Una voz sonaba en el salón, mi madre diciendo que fuese a cenar. Todos estaban allí, pero yo seguía embelesado frente a los altavoces, con los codos apoyados sobre la encimera y pensativo, divagando sobre cada nota, cada palabra, cara ritmo. Aquellas canciones me hacían sentir algo diferente dentro de mí. Era un conjunto perfecto, lleno de armonía que entraba por mis oídos y ya jamás podría escapar.

Ante la insistencia, apagué la música. Ante la insistencia y porque sabía que aún quedaban muchas canciones por disfrutar. Siempre me ha gustado reservar para más tarde y disfrutar poco a poco de lo que me hace sentir bien.

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Han pasado diecisiete años desde aquel mágico momento y de los muchos más que llegaron desde ese día. La emoción de poder disfrutar del enorme éxito, de descubrir a los demás sus canciones como si fuesen propias, la de compartir con otros fans conciertos, vídeos, fotos y recuerdos, el segundo disco, el tercero que intenté que me vendiesen dos días antes y que tuve en mis manos el fin de semana previo a su salida en una calle de Cuenca. La dolorosa ruptura “infinita”, los trabajos en solitario o acompañando a otros artistas. El tremendo vacío que intenté llenar con otras voces y dúos y el feliz regreso a medias hasta su nueva ruptura. Toda una vida junto a Marta y Marilia.

Escuchar de nuevo su voz, tras una década de silencio, fue como dar marcha atrás al reloj o como si una mano invisible hubiera dado al pause de mi radiocasete y de nuevo hubiera pulsado el play a placer. Cuando parecía que todo estaba perdido y que nunca volveríamos a escucharla, Marilia aparecía de repente para unir a otros que, como yo, conservábamos el bonito recuerdo de nuestra banda preferida.

El primer disco, el segundo, el tercero, el recopilatorio, el de Marta Botía, el de EBS… muy pronto tendrán a su lado un compañero de viaje infatigable con nueve nuevas canciones que comienzan por “Marilyn y Superman”.

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La primera vez que lo escuché no pude evitar sorprenderme. Acostumbrado a una Marilia acompañada con coros y cuyas letras eras muy metafóricas, a las que había que encontrar un sentido e invitaban a reflexionar, ahora me encontraba ante algo distinto y que desencajó mis ideas. Ese “algo” nuevo ya no está construído de frases metafóricas, sino de frases sencillas y directas que incluso puede que a alguno le suenen infantiles, adolescentes  incluso graciosas. Las notas encorsetadas han dejado paso a un estilo más abierto para dar rienda suelta a una voz que ya no tiene coros, que suena limpia y perfecta, con las pequeñas imperfecciones perfectas de esos pequeños desafines que me encantan y que le hacen única.

Estas casi dos décadas me han enseñado a disfrutar de las idas y venidas, de lo que fue, de lo que es, de lo que se marcha y de lo que regresa. Ya no soy el niño que apoyaba los codos sobre la mesa escuchando embelesado, pero cada vez que oigo sus voces de nuevo, me doy cuenta de que sigue ahí, encerrado en algún lugar de mi cabeza, esperando con ilusión volver a pegar el oído en el altavoz mientras alguien me insiste que vaya a probar la cena.

Claro de luna

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Un universo lleno de posibilidades, un pequeño espacio en blanco, vacío pero tan lleno, una puerta al conocimiento y a la imaginación y un lugar desde el que acceder a cosas que de otra forma sería imposible entre las infinitas posibilidades.

La primera vez que accedí a Google hará ya 15 años, sentí el maravilloso poder de tener el mundo en la palma de mi mano. De repente una palabra abría el camino a lo desconocido. Y la primera vez que vi que esas seis letras daban rienda suelta a la imaginación y se convertían en homenajes, recuerdos e ideas me sorprendí.

Desde hace ya tiempo esas pequeñas píldoras de creatividad se abren paso cada día, siempre algo nuevo. Y una de las que más me ha sorprendido ha sido sin duda el claro de luna, el merecido e inesperado homenaje al compositor francés Claude Debussy, una pieza musical surgida del poema de Paul Verlaine que pone fin a estas líneas.

canvas3Your soul is a chosen landscape
Where charming masqueraders and bergamaskers go
Playing the lute and dancing and almost
Sad beneath their fanciful disguises.

All sing in a minor key
Of victorious love and the opportune life,
They do not seem to believe in their happiness
And their song mingles with the moonlight,

With the still moonlight, sad and beautiful,
That sets the birds dreaming in the trees
And the fountains sobbing in ecstasy,
The tall slender fountains among marble statues.

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Curro y el legado de las aves

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No hay verano que no tengamos a cargo a una mascota. Echando la vista atrás, desde el año 2008 unos peces de colores, unas tortugas, el año 2010, el mejor de todos, mi queridísimo perro Noddy y los maravillosos nueve días que me regaló entre mordiscos y muchas, muchas tonterías, después vinieron unas cobayas y este año le tocó el turno a un agapornis.

Por la parte paterna, los pájaros siempre han sido la mascota preferida, aunque parece ser que conmigo se rompió esa cadena, porque no logro encontrarle el sentido a tener a un pájaro en una jaula cantando todo el rato y volviéndote la cabeza loca, que es lo que me ha pasado con Curro, además situado al lado de mi habitación y respetando apenas las horas de sueño (y porque no escuchaba ningún ruido).

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Aunque no tengo muchas referencias más allá de lo que he visto, mi abuelo se dedicaba casi a la cría de pájaros, con discusiones con mi abuela frecuentemente debido a esta pequeña pasión que conservaba en la terraza. Tengo vagos recuerdos, de cuando los dejaba las puertas abiertas y me aseguraba que volverían para comer, y así era. De salir a saludarle siempre en el mismo lugar, dándoles de comer, observándoles. Cuando yo crecí, apenas hablábamos de ellos porque no me interesaban, pero sin duda tenía que tener grandes conocimientos, que ahora ya será imposible recuperar. El tiempo quita lo que da.

En casa, de pequeño, siempre tuvimos pájaros. Nunca les hacía caso alguno y terminé acostumbrándome a ellos. El último nos acompañó coexistiendo con Yoko (al que le decía “pipi” y se volvía loco levantándose sobre las patas traseras y mirando hacia la jaula).

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Un día me levanté y el pájaro estaba tirado en la parte baja de la jaula, inerte. Con él acabo el legado de esta mascota en la casa y comenzó el reinado de otra. Tuvo su entierro, necesario. Lo envolví con cuidado en unos trapos y junto con Yoko salimos de paseo a un pequeño camino al lado del colegio. Allí hice un pequeño hoyo con las manos, lo enterré y cubrí de tierra, haciéndole comprender mediante la palabra “pipi” que ahora allí descansaría para siempre. Para asegurarme, volví a pronunciar la palabra en casa. Yoko no se levantó sobre las patas buscando, algo había comprendido quizá.

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