Quién abrirá la puerta hoy para ver salir el sol

Su cálida voz, profunda y con ese característico acento del sur, me trae unos recuerdos agradables de mi niñez cuando viajaba a Córdoba. En él escucho la voz de mi tio Maxi, tan parecida, casi igual, el hombre tranquilo que leía novelas del oeste, el que me regaló mis primeras figuritas de indios y vaqueros con las que jugaba en el suelo, el que siempre me sonreía y me daba una palmadita enel moflete, el que más se parecía a mí en mi familia, en caracter y gustos. Se cumplen ya 10 años desde que nos dejó, desde aquel día en que haciendo el traje para la fiesta de disfraces de la Residencia Universitaria, me corté con las tijeras y me hice sangre, a eso de las cinco de la tarde, con el sol poniéndose ya por el oeste, recibía la llamada y recogía mis cosas, y durante el largo viaje de vuelta a casa, pensaba en todas las cosas que habíamos hecho juntos, pocas pero inolvidables. Me contaron que estaba ingresado y aún me quedaba una esperanza, pero me lo contaron así para no hacerme daño durante el trayecto. Cuando llegué y pregunté qué tal estaba, recuerdo la cara de mi hermana sorprendida y negando y sólo sé que lloré hasta quedarme dormido.

Aunque muchas canciones tienen algo especial que han conseguido removerme algo por dentro, sólo tres de ellas consiguen emocionarme hasta el punto de crearme un nudo en la garganta, tan difícil de deshacer, que los ojos no aguantan más. La primera de ellas fue ‘Por ti’ de Ella Baila Sola. Eran su letra, su mensaje, el del sentido humano de protección hacia los más necesitados. La segunda me pilló totalmente desprevenido un sábado por la mañana de hace ya 14 años, mientras el locutor de Los 40 decía algo como “ya están aquí de nuevo, esto es lo nuevo de Ella Baila Sola” y de repente, entre los acordes de la guitarra comenzó a sonar ‘Despídete’. Entonces era la canción que describía mi vida. A la vez que me traía recuerdos de ese “adiós con el corazón”que cantábamos en el coche de cuando íbamos de veraneo a Madrigal de la Vera, a un hostal apartado del mundo donde conocí a amigos inolvidables y teníamos que despedirnos al final de cada verano, también contaba mi propia historia de futuro, muy pronto marcharía a la Universidad y entonces yo sería el protagonista de esa canción. Todavía recuerdo la primera vez que la escuché, dónde estaba, allí de pie, con un nudo en la garganta sin poder contener las lágrimas.

Uno nunca elige cuando llora de verdad. A veces las catástrofes más fuertes nos hacen más duros y sin embargo, cualquier pequeña brisa de aire, puede convertirse en el detonante, como una ruleta loca de sentimientos. Aunque había escuchado los primeros segundos, no fue hasta ayer en la noche, cuando regresé a la cama a las 4 de la madrugada, que me puse los auriculares del ipod y le di al play para escuchar ‘Quién’ de Pablo Alboran. Fue la calidez de la voz y el recuerdo que me traía siempre, el susurro del principio que daba paso a algo que iba a crecer más fuerte, que me haría llorar, poniéndome de nuevo ese nudo en la garganta, cuando escuché la frase más maravillosa que he oído jamás en mi vida, esa que con pocas palabras es capaz de contar una vida, su pasado, su presente y su anhelo de futuro, a la vez que le brinda un sentimiento de melancolía indescriptible.

Cuando no hay escapatoria, cuando se ha perdido aquello que más te importa y parece que todo se encuentra envuelto en la más absoluta oscuridad. Estas palabras saben calmar el dolor, mitigarlo y decirte al oído, con muy poquito, algo que me cuesta pronunciar aún en alto sin que ese nudo en la garganta vuelva a aparecer de nuevo.