Laika

Son muchas las ilusiones que unos padres vuelcan en sus hijos. Los tiempos cambian, las oportunidades son diferentes y todo aquello que un día ellos no pudieron llevar a cabo, hacen maravillas para que los que les siguen puedan lograrlo al fin, incluso esas pequeñas victorias que nacen y culminan las toman como logros personales, aunque no sean suyos propios.

Inconscientemente depositamos en nuestras mascotas otra serie de deseos. Les cubrimos bien con una manta cuando hace frío, les colmamos de caricias y jugueteamos con ellos, queremos que sean ajenos a los problemas del ser humano, son una evasión, nuestra evasión.

Hace ya 55 años, una perrita llamada Laika se convirtió en el primer ser vivo que viajaba al espacio. Toda una temeridad de aquellos a los que se les ocurrió la idea de utilizar un animal como conejillo de indias, poco valiente y algo que no comparto. Algo así como “pon tú la mano en el fuego y así si quema me avisas”. Ellos no tienen voluntad para decidir lo que quieren hacer cuando nuestra orden está ya dada.

Y es que cuando de relaciones entre mascotas y humanos se refiere, puede haber puro interés o puro sentimiento y sólo cuando uno es capaz de entender que su mascota no es recipiente de sueños y que nuestros caprichos pueden hacer daño, empieza a crearse una cierta relación de empatía que no necesita expresarse con palabras.