Sólo quedaba yo

No es el tipo de colchón de siempre, algo más duro, ese especial que tengo desde pequeño para corregir la espalda (que ya se me quedó bien hace tiempo), y al que me acostumbré, pero el sitio para dormir está genial y al fin y al cabo, para dormir ahí ya sólo quedaba yo.

La habitación de las niñas, de mis hermanas, fue antes la habitación de mis padres, hasta que ambas se intercambiaron pared con pared. Muy pronto el lugar donde de pequeño no hacía más que despertar a mis padres los sábados por la mañana lanzándome en la cama, se convirtió en terreno vedado por mis dos hermanas, el acceso a la habitación se convirtió en una ardua tarea, puerta cerrada, cuchicheos… esas cosas de chicas. Y yo, que quiero y siempre he querido lo que no tengo y siempre he querido hacer del “no puedo” un “puedo hacerlo”, me metía como podía y donde podía, como buen hermano pequeño.

Aproveché la visita de nuestros amigos, los arregla paredes de humedad que actuaron en mi habitación, para instalarme casi de forma definitiva en ese lugar de la casa, donde he pasado un primer verano sin calor excesivo y donde si puedo pasaré un invierno calentito, lejos de mi habitación encantada, esa que parece un horno cuando más calor hace y un congelador cuando hace frío, todo lo contrario al resto de estancias.

Mi madre ya anda diciéndome que me vaya despidiendo de dormir en la nueva cama y vaya pensando en volver a la mía, por eso de que se gastó tanto en un colchón bueno, pero creo que podré salirme con la mía.

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