Los primeros reencuentros

Cuando uno sueña con un reencuentro y el tiempo va pasando y nunca llega a producirse, la intensidad de ese sueño es proporcional a las ganas y a ese tiempo. Parece que nunca va a llegar el momento hasta que llega y entonces el mundo de repente deja de ser lo que es para convertirse en lo que quieres que sea.

Me tomé la semana con tanta tranquilidad y emoción que no preparé nada hasta última hora antes del viaje a Toledo. Apenas dos horas para tener todo preparado y además sin saber qué ponerme, un poco bastante perdido porque al llegar a la estación de autobuses no sabía ni a donde ir, hacía más de 6 años que no visitaba la ciudad. Al final, con unas cuantas prisas terminé un viernes 31 de agosto a las 17:30 de la tarde camino de la ciudad imperial recibiendo las indicaciones y consejos de los amigos que me esperaban en el destino, en el viaje más corto que recuerdo (a pesar de tener una duración considerable).

He de reconocer que las dos únicas veces que he cogido un taxi en toda mi vida fueron para subir de la plaza en Cuenca y para ir a ella, pero decidí hacer uso del comodín y dejar que un señor al que le tuve que indicar una calle que no conocía, al lado de una avenida que no conocía y un supermercado que sí conocía (para sorpresa mía) mientras le relataba mi niñez en aquella ciudad. Mientras le hablaba, atrás en el asiento, no podía quitarme de la cabeza el libro de “La estrella más brillante” de Marian Keyes, porque sin querer, ahora yo era uno de esos pasajeros que relataban sus historias.

Le hice parar cuanto antes (en parte porque el taxímetro se estaba hinchando demasiado ya) porque ya me podía guiar por esa zona. Quizá los metros más largos, una acera que subía. Pregunté por la calle y una chica me indicó. Nadie en casa. Llamada de teléfono. Y allí nos encontramos, a la salida de la puerta del supermercado, el primer reencuentro don Jesús, un abrazo, un par de besos y mucha emoción contenida. Nunca lo imaginé así en mis sueños, me sorprendió quizá porque no tenía esas ganas de llorar que siempre imaginé, tampoco ese abrazo intenso. Simplemente estaba feliz y sólo me apetecía continuar adelante.

Tras contarnos algunos momentos y recordar otros, aparte de quedarme un poco sorprendido por otro hecho, Bea ya se estaba aproximando. Bea, mi pequeña Bea, por la cabeza se me pasaban esos momentos de risas con su paricular humor. Salimos a recibirla abajo y allí estaba, saliendo del coche. De nuevo el recibimiento acabó con todo lo que imaginé. Un abrazo fuerte y un beso, como si el tiempo se hubiera detenido aquel verano de hace años y de repente hubiera decidido continuar su marcha. Quizá era hora de ir acostumbrándome, porque se repetiría una y otra vez.

Se que estos días algo ha cambiado, había dejado de sentir esa sensación y ahora que volví a sentirla, no puedo evitar echarla de menos. Sé que les necesito como siempre, como desde el primer día que conectamos. Hay tantas historias que son inacabables, cada minuto, cada segundo una nueva aventura, tantas para contar… estos son mis amigos.

3 comentarios en “Los primeros reencuentros

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