Mis amigos y yo

No sé cuántas veces soñé con ese momento cada vez que nos separamos, los nervios del reencuentro, imaginar cómo sería, quizá un abrazo intenso, lágrimas, comenzar a contar todas las historias de estos últimos años…

Toooodo se desbarató. De repente, en un sólo segundo, todo cambió. Aquel abrazo intenso se convirtió en un abrazo normal y un par de besos, las lágrimas se sustituyeron por sonrisas cómplices y, excepto algún pequeño paréntesis, no malgastamos el tiempo contando los últimos años. Como Bea me dijo: “Parece como si jamás nos hubiésemos separado, como si no hubiera pasado el tiempo, como si fuera ayer la última vez que nos vimos”.

Y nada tan cierto como eso, de repente es como si estuviésemos otra vez conviviendo en el mismo hogar, pateando las calles de Cuenca, esta vez las cuestas de Toledo, desayunando juntos, compartiendo espacios, redescubriendo las viejas bromas y nuestro particular sentido del humor que nos conectaron a todos de una forma inexplicable hasta el día de hoy y más allá.

No estábamos todos (la que podíamos haber liado si eso llega a suceder), pero sí una buena parte. Disfrutamos de los preparativos de la boda de uno de los nuestros y de una velada muy especial que terminó como sólo pudo terminar en nuestro caso, porque estas cosas sólo nos pasan a nosotros. Como diría alguien: “!Que se sepa quienes somos!”.

Correr por el parking desierto del Alcázar a las casi 3 de la madrugada, con un hipo de la leche mientras la música clásica suena por los altavoces, no tiene precio. Por cierto, el ron me lo metieron en mi granizado de limón, no hay otra explicación posible.

Continuará…