Érase una vez (II) – Si a alguien me parezco más que a nadie en el mundo

Esta mañana me levanté como cada día, el cerebro ya se encargó de llevar a cabo las tareas rutinarias de antes de las 7 de la mañana, desayuno y ducha, aunque después de las 7 parece que soy yo el que toma el control de la situación para vestirme, echarme gomina en el pelo y peinarme y dejarme “to wapo”.

Todas las luces apagadas dispuesto a salir y una voz suena de repente: “nos vamos a Madrid”. Vuelta a deshacer el camino, aún sobra tiempo, siempre sobrará tiempo y si no se crea. Dos besos de felicitación de cumpleaños en la más absoluta oscuridad pero aún faltaba algo, total, mi cerebro no me había avisado de lo que hace este día diferente a los demás. Un regalo que tenía preparado a medias, con ilusión lo saco y se lo entrego cuando aún está tumbado y le digo “no te me duermas con él en las manos”.

Ella de fondo me recuerda que ha dejado algo de comida en el frigorífico. Mientras abro la puerta y salgo, todavía sigue enumerando nombres de comida.

No puedo negar que soy como él, que hago lo mismo que él, que sus gestos son los míos y sobre todo que somos físicamente un calco casi exacto, de mirada penetrante y ojos grandes, nariz prominente, bonita sonrisa y un porte de modelo.

Feliz cumpleaños papá.

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