Érase una vez (II) – Si a alguien me parezco más que a nadie en el mundo

Esta mañana me levanté como cada día, el cerebro ya se encargó de llevar a cabo las tareas rutinarias de antes de las 7 de la mañana, desayuno y ducha, aunque después de las 7 parece que soy yo el que toma el control de la situación para vestirme, echarme gomina en el pelo y peinarme y dejarme “to wapo”.

Todas las luces apagadas dispuesto a salir y una voz suena de repente: “nos vamos a Madrid”. Vuelta a deshacer el camino, aún sobra tiempo, siempre sobrará tiempo y si no se crea. Dos besos de felicitación de cumpleaños en la más absoluta oscuridad pero aún faltaba algo, total, mi cerebro no me había avisado de lo que hace este día diferente a los demás. Un regalo que tenía preparado a medias, con ilusión lo saco y se lo entrego cuando aún está tumbado y le digo “no te me duermas con él en las manos”.

Ella de fondo me recuerda que ha dejado algo de comida en el frigorífico. Mientras abro la puerta y salgo, todavía sigue enumerando nombres de comida.

No puedo negar que soy como él, que hago lo mismo que él, que sus gestos son los míos y sobre todo que somos físicamente un calco casi exacto, de mirada penetrante y ojos grandes, nariz prominente, bonita sonrisa y un porte de modelo.

Feliz cumpleaños papá.

El Ecce Homo que revolucionó todo un país

Va, mínimo, camino de ser tan popular como la mismísima Giocconda, gracias a esta revolución en que un simple fresco se ha convertido en noticia fresca y en burla en todo el país. Nos situamos en la iglesia del Santuario de Misericordia en Borja, una localidad de Zaragoza, donde en uno de sus murales hay un Ecce Homo que debido al paso del tiempo estaba perdiendo la pintura. Cecilia Jiménez, una señora residente en la localidad, ha sido la encargada de convertir ese Ecce Homo en una pintura muy pero que muy fresca, tanto que podría competir contra Pocoyó o los Teletubbies, porque en lugar de la imagen que debería ser, lo ha convertido en algo que no se sabe si es “Kiko ay mi Kiko”, el niño de la Pantoja o un esquimal con la cara emborronada.

La anciana asegura que no lo hizo sin permiso y que cualquiera que entrase en la iglesia podía ver cómo pintaba. Al margen de todo esto, el mural ya es toda una sensación en internet y ha dado pie a que muchos decidan convertirse en verdaderos artistas recreando en el rostro, desde el propio Kiko Rivera hasta prsonajes de otros cuadros e incluso de Barrio Sésamo y tomando buena nota para hacer de otras grandes obras mejores obras si cabe 😛

Y nadie duda de las buenas intenciones de esta buena mujer, al menos una pintura menos se quedará sin sufrir el desgaste del tiempo. En los tiempos que corren no está ni tan mal, que faltando el pan sobren las sonrisas.