Un refresco en el desierto

Una tacita de chocolate caliente, poner las manos alrededor como si fuera una pequeña estufa y dar pequeños sorbos. Reconfortante, ¿verdad? Pero pensar ahora esto en pleno verano, en los días, hasta ahora, más calurosos del verano, es cuanto menos agobiante.

En la época en que mover un sólo músculo del cuerpo se convierte en una agonía, en las noches en que no paramos de dar vueltas en la cama aún medio desnudos y con la ventana de par en par, en los días en que una caminata bajo el sol nos obliga a beber varios vasos de agua seguidos y hacer deporte nos deja exhaustos, con el sudor resbalando por debajo de aquellas que deberían frenarlo, las cejas (que para eso están ahí), y ni siquiera ellas pueden frenar tal cansancio. Entonces un vaso al que echamos unos cuantos hielos y que cubrimos de refresco, de cola mismamente, escuchando el crujido de los hielos resquebrajarse al contacto, con las chispas surgiendo de la superficie.

Acercas la boca y pruebas un sorbo y entras en el séptimo cielo, ese sabor frío sacude todos tus sentidos y ya sólo deseas beber de aquella fuente de placer.