Y allí estaba la National Geographic Store de Gran Vía en Madrid

Viajé a Madrid con mi compañero, para una entrevista enfocada a conseguir otra categoría en el mismo trabajo, Jefe de Proyecto Junior. Algo más de dos horas de entrevista que se hicieron amenas y de las que los resultados fueron más que satisfactorios, pero eso ya es otra historia.

Eran cerca de las dos de la tarde, hora de comer y el siguiente autobús no saldría hasta poco más de dos horas después, así que nos dimos una vuelta por Callao y Princesa y salimos a Gran vía para comer en un Burger King. Hacía mucho que no paseaba por las calles más concurridas de la capital, desde hacía tiempo mis viajes a la ciudad se habían limitado a ir a Boadilla del Monte. Después de comer, la casualidad, buscando la famosa tienda de donuts Donut King, hizo que bajásemos casi toda Gran Vía y que la tienda nos pasase desapercibida, así que tras haber recorrido un largo camino, preguntamos y nos mandaron de nuevo para arriba.

Una calle, otro cruce de calle, de repente miro hacia arriba en una esquina y allí se alza, majestuoso, el símbolo de la sociedad de investigación para la naturaleza más fasmosa del mundo, allí estaba ante mis ojos la National Gegraphic Store.

Sabía de ella desde su inauguración y siempre había querido ir, aunque con el tiempo, se me había olvidado por completo su existencia. “Dios, la National Geographic Store, aquí tengo que entrar” le dije a mi compañero. Un amable hombre de seguridad permanecía de pie cuando entramos por la puerta, un recibidor inspirado en el símbolo circular de NGS, unas escaleras que conducirían seguramente a una segunda planta de exposiciones para las jornadas diarias y unas escaleras que conducían a un lugar mucho más acogedor.

Iluminación ténue, colores marrones, ropa, revistas, libros, peluches, fotografías… aquello era como estar en el paraíso, volví a convertirme en un niño con zapatos nuevos, me olvidé del tiempo y sentí como si hubiera saltado en el espacio y me encontrase en un lugar distante.

El tiempo que tuve fue breve, pero intenso, el suficiente para admirar por encima todo aquello, sin poder llevarme más que una camiseta con el dinero que tenía, un recuerdo muy especial. Tras salir de allí con pena y conseguir los donuts, iniciamos la gymkana por las calles y el metro hacia la estación de autobuses, a la que llegamos por los pelos. Al llegar a la ciudad, allí me encontraba, de camino a casa, con la bolsa amarilla de un lugar al que volveré sin duda.

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