Desatar cadenas

Pasó tanto tiempo encerrado, enjaulado, maltratado, en un ambiente donde los palos volaban de esquina a esquina, donde las voces resonaban en los tímpanos y el único silencio era el de la triste oscuridad de la noche, encerrado en un lúgubre sótano por el que cada amanecer, por una pequeña rendija en algún lugar del subsuelo, se colaba la luz de la mañana, desgraciadamente de otra mañana donde todo volvería a comenzar.

Por eso fue bonito y especial desatarle las cadenas, dejar que su cuerpo experimentase el palo del viento ondeando su pelo, el ruido de las olas y el agua golpear cada centímetro de su piel, el silencio de la noche bajo las estrellas. Me quedé dormido de felicidad y con los primeros rayos de sol una lengua áspera contra mi cara vino a despertarme. A continuación un aullido. No era de dolor, era de agradecimiento, de libertad, de vida, de cualquier cosa menos de dolor.

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