La mentira

Hay mentiras piadosas, totalmente perdonables, fruto de una situación incómoda y que todos alguna que otra vez hemos utilizado para salir del paso, sabiendo que que no perjudicaría a nadie. Hay algunas mentiras que tienes patas, esas que dicen que las tienen muy cortas porque se pillan por todas partes, aunque algunas las tienen muy largas, eso sí, el tiempo las saca a la luz, por suerte o desgracia.

Dicen los que mienten que omitir información no es mentir, sino no contar toda la verdad. Tampoco hacen daño sino a sí mismos, creándose a su alrededor un mundo irreal en el que su familia va bien cuando quieren decir que es un desastre, en el que cuando les preguntas si trabajan en un bar te cuentan que es el dueño cuando en realidad es el camarero, en el que tienen cientos de joyas y muebles de muy buena madera pero su cartilla está en números rojos y toma pastillas para la depresión. No hacen daño, pero sí dan lástima. Otros ocultan para no hacer daño y quedarse con todo el dolor y a estos hay que agradecer inmensamente porque demuestran su cariño hacia los demás.

Hay quien miente sin ser consciente y no conoce medida ni se arrepiente ni es capaz ya de ver la realidad, pero las peores personas son aquellas que mienten sabiendo ya no sólo que van a hacer daño, sino ensañándose en la mentira para provocar un dolor más grande. Y rizando más el rizo, cargarte con una culpa que no te corresponde, haciéndote sentir un inútil cuando tu percepción es totalmente distinta.

Cómo eres consciente de esto hasta que alguien no te hace ver la verdad con pruebas y de repente te vuelves a sentir como un tonto otra vez. Y piensas que deberías haberlo imaginado, pero te cuesta creer que por tercera vez te vuelvan a engañar.

Es difícil, muy complicado sacar una mentira a la luz. Uno imagina cómo hacerlo y piensa en las consecuencias y posibilidades. Mientras tanto sólo hay una cosa clara, que lo que se pierde tras una gran mentira es la absoluta confianza.