El mundo al revés

Hoy he recordado alguno de esos juegos de cuando éramos enanos, tan tontos y tan simples pero llenos de risas y buenos ratos, algunos como el teléfono escacharrado han formado parte de algo más que la niñez y uno descubre con asombro que siguen sin perder la frescura y la gracia. Cada vez que recuerdo el beso, verdad o atrevimiento no puedo desviar de mi cabeza la imagen de una noche en Córdoba en la calle a la luz de las farolas, pero eso es otra historia. Hoy quiero hablar del mundo al revés, de cuando imaginábamos cosas absurdas e imposibles como andar por el cielo o volar por la tierra, escribir con un papel en el boli, calentar la comida poniendo un poquito de hielo o enfriar la sopa poniéndola a cocer, andar con la cabeza y pensar con los pies.

La verdad es que nunca entró en mi imaginación que las cabras andasen por los tejados en lugar de por las montañas. Y la verdad es que a medida que el tiempo pasa y el mundo evoluciona es más difícil jugar a este juego porque cada vez hay menos cosas imposibles.

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