No hay meta sin un camino

Llegar al final de un camino, exhausto, con las zapatillas desgastadas, el sudor en la frente, la ilusión en el rostro, dar esa última y profunda respiración de alivio al sentir que todo ha terminado… para no encontrar nada y que la ilusión se transforme en lágrimas y rabia incontenida, la sensación de que todo lo que se ha hecho no ha servido para nada.

Cuando alguien se lleva un golpe una y otra vez en el mismo sitio, hace lo posible por no recibirlos de nuevo, y la conducta se va modificando para evitarlo. Y al final, haya un golpe o no encontremos nada tras un largo viaje de espacio o tiempo por largo o corto que sea, la esperanza se va minando a cada golpe y a cada decepción, la pasión que se ponía al principio en las cosas se va convirtiendo en una lastimosa rutina que tiene como único sentido el permanecer impasibles ante lo que venga, esperando que la suerte sonría esa vez, convirtiendo el optimismo en un pesimismo inconcreto y lleno de dudas.

La única forma de mantener viva esa esperanza, esa ilusión, es creer y confiar en que la meta no sólo se encuentra al final, sino que durante el camino se recogen importantes premios que algún día nos servirán tanto como aquellos que de vez en cuando encontramos tras la larga travesía.