Tómbola, bum bum, bum bum

El ambiente se respira en toda la ciudad, por cualquier rincón. Los edificios hacen las veces de amplificadores y envían esas palabras de la tómbola a cualquier lugar por distante que esté de su origen. Nada más salir a la calle y echar a andar hacia ese punto, uno va sintiendo su poder embriagador, una alegría, un pequeño nerviosismo, ese pequeño gusanillo que te hace venirte arriba.

La feria tiene un encanto irresistible en la noche. Son sus luces de colores que destacan contra la oscuridad, la cantidad de elementos y gente en los que uno puede reparar, interminable. Los sonidos de la tómbola rugen tan fuerte que penetran por todos los poros de nuestro cuerpo y se insertan como un corazón en un cuerpo de hojalata, imprimiendo su propio ritmo, desplazando con su música y volúmen al corazón para ser ellos quienes manden sobre nuestra voluntad, latiendo al ritmo de la fiesta.