Yu-Gi-Oh! Season Zero Yu-Gi-Oh! Capsule Monsters Yu-Gi-Oh! Yu-Gi-Oh! GX Yu-Gi-Oh! 5D’s y Yu-Gi-Oh! Zexal

Fue hace ya bastantes años cuando por primera vez en Nickelodeon y ya empezada, me enganché a esos episodios diarios de una serie que consistía en duelos de cartas. Una buena forma de pasar el rato de la merienda y una forma de reengancharme a series de dibujos animados que por aquel entonces se desmarcaban de la moda de series insulsas y sin vida creadas por ordenador.

Así llegó a mi vida Yu-Gi-Oh! y desde entonces ha estado en ella todo este tiempo, con sus 224 episodios originales de los cuales muchos se quedaron sin cruzar el charco pero que son toda una lección de cómo debe hacerse una serie para enganchar a la audiencia, con historias contadas que pueden divertir a los niños y a la vez pueden ser interesantes para un público más adulto, más cuando uno puede jugar a las cartas o con los videojuegos de la serie, estos con un gran salto evolutivo. Aún recuerdo sensaciones que años más tarde me producirían otras series que no eran animación, descubrir parentescos que no imaginaba entre los protagonistas, anhelos y por fin comprobar el grado de maldad y bondad que parecía no estar ligado con la realidad que yo imaginaba.

La serie estuvo salpicada de diversos side-episodes, que se alejaban momentaneamente de la trama principal durante parte de la temporada para saltar a otro universo, para, al regresar, mezclarse con la continuación de la historia de una forma magistral. Ni qué decir tiene que seguir una serie tan larga durante tantos años, va haciendo crecer la intensidad del final, apoteósico y del que aún he de ver sus últimos minutos, aunque sea en español latino y las voces se me antojen extrañas. Descubrir la existencia de Yu-Gi-Oh! Season Zero hace poco y ver que esos momentos a los que se referían en los episodios de la serie original, se debían a esta otra serie, fue todo un motivo de alegría.

Yugi daba después el relevo a Jaden con la continuación en Yu-Gi-Oh! GX, una serie totalmente independiente pero con la misma columna vertebral. Eso sí, de lejos las primeras temporadas comparadas con la original, distaban mucho de ofrecer una serie para un público adulto, concentrándo sus esfuerzos en un público más infantil y llevando la historia a un entorno poco creíble pero que también se saldó con éxito en sus casi 200 episodios. Fue aquí cuando nació para el mundo de los videojuegos una saga que aún hoy sigue sacando una entrega por año: Yu-Gi-Oh! Tag Force.

A su término, la serie no descansó, renovó por completo su apariencia y se instaló en otro universo con Yu-Gi-Oh! 5D’s con la que llegó un nuevo concepto que sin embargo tuvieron que llevar por otros derroteros quizá por petición popular, duelos en carretera mez clados con duelos clásicos, esta vez con una historia más amena e interesante, volviendo a crear a dos personajes antagonistas con algo que contar, de nuevo con decenas de episodios por delante, saga que culminó hace algunas semanas para dejar paso a otra idea diferente.

Y es que Yu-Gi-Oh! en sus más de 10 años de historia sigue sin dar tregua y ahora se convierte en Yu-Gi-Oh! Zexal, el último invento que estoy deseando ver, eso sí, después de reventar el resto de episodios que aún me quedan por ver, que son unos cuantos. No he querido saber de qué trata, dejaré que la magia de ese primer día que me senté a ver la serie por primera vez, haga acto de presencia, aunque no he podido evitar ver un pequeño adelanto… al fin y al cabo, la música de Yu-Gi-Oh! nunca se olvida.

Tetra mala suerte

Para un fan como yo de Perdidos, el número 4 no es sino aquel que forma parte y principio de la secuencia de lo que Hurley daría en llamar “números chungos”, y cuando decía “chungos” no iba mal encaminado, no ya por lo que sucedió en el pasado, por lo que estaba sucediendo en el presente, por lo que sucedería en el futuro, o en un lugar intangible, sino por las connotaciones que este número ha despertado a lo largo de la historia de la humanidad. Que Locke, uno de los protagonistas principales fuera el número 4 en la cueva y que la traducción de su nombre venga a ser “bucle” y este sea el número de inicio de una secuencia que nunca nos abandonará, no es casualidad.

De dónde viene ese respeto que tenemos por aquello que nos dicen que es malo, oscuro, no lo sé, cuando de pequeño me decían otros niños como yo que me tocase un botón cuando pasase frente a mí una persona pelirroja, cuando durante una temporada yo mismo me decía que apagando o encendiendo x veces la luz no me sucedería nada malo, cuando al ver una escalera a lo lejos cambiaba de acera para no tener que ponerme en el compromiso de pasar por debajo, paragüas que se abren en espacios cerrados o gatos negros que se cruzan en la noche augurando lo peor.

Afortunadamente todos esos miedos desaparecen cuando nos enrentamos a esa situación y obtenemos precisamente lo contrario a lo que esperábamos, como por ejemplo una buena noticia nada más pasar por debajo de una escalera.

Miedos infundados que sin embargo calan hondo en la cultura tradicional de un país y, por qué no decirlo, dan un poco de vidilla, como ese número 4 que incluso ya tiene enfermedad asociada, la “tetrafobia” en China y que casi es comparable con la muerte, hasta el punto de que el número de evita a toda cosa en casas, autobuses, hoteles y cualquier aspecto de sus vidas cotidianas, mientras que al otro lado del mundo significa buena suerte sobre todo si nos sale en un trébol. Qué sería de un viernes 13 o un martes y 13 sin el típico comentario de que algo malo va a pasar, hasta que nos damos cuenta de que o bien no pasa nada o si pasa es fruto de lo inevitable.

Aprender de un viaje

De cada viaje se aprende algo, los que lo viven en primera persona no lo olvidarán jamás, de las personas que conocieron, de las risas que pasaron, de las historias que les contaron y de todo lo que compartieron, amistades que se forjan desde el primer momento porque sabemos que el tiempo no es infinito, que no hay lugar para otra cosa que no sea disfrutar al máximo de cada segundo. Se viven intensamente porque estamos fuera del territorio, de nuestro territorio, al que ya estamos acostumbrados, al que dejamos pasar y en el que decidimos quien entra y quien sale.

Pero fuera de ahí estamos abiertos, porque nada es nuestro, porque nada nos ata y eso nos incita a dejarnos impregnar por todo lo que nos rodea, a ser esponjas que recogen cada experiencia. Y nadie puede evitar que al regresar a casa y exprimir los recuerdos, salgan algunas lágrimas de anhelo.

Mi cincuenta por ciento

Hola Yoko:

Pasa veloz el tiempo, como un tren sin destino, como el paisaje a través de sus ventanas, cambiante y sin posibilidad de retroceder para contemplar sus vistas de nuevo, pero los recuerdos viajan a nuestro lado y parecen tan sosegados al contraste con todo lo demás, ahí quietos en un rincón, como esperando una caricia que los despierte de ese estado de aletargamiento que sólo un viaje eterno ofrece.

Han pasado los años, todo ha cambiado, han ocurrido tantas cosas que no hemos podido disfrutar juntos, que nunca más podremos disfrutar juntos. Las lágrimas parecen haberme dado un respiro indefinido, quizá inmunes ante lo más doloroso ya vivido, convirtiéndose en una sonrisa de agradecimiento por tu tiempo, y han dejado lugar a los buenos recuerdos, a los momentos de risas, quizá el rumbo normal del ser humano cuando se supera una pérdida y se logra llevar la carga encima soportando mejor su peso.

Bajo del tren y llevo el equipaje conmigo, porque formaste parte de mi vida y lo sigues haciendo, porque tu nombre aún existe, aquí y en el cielo en el que estés, porque tú y yo seguiremos siempre siendo amigos, mi cincuenta por ciento.

Del Cola Cao con grumos al de pepitas de chocolate

No, no soy un adicto al Cola Cao desde que nací (sí de las Tosta Rica, de cuando eran gigantes y ahora que las hay de todas formas y sabores), no soy de esos que se meten una cuchara en la boca y lo dejan ahí hasta que se hace chocolate y lo saborean.

Mi aficción por el Cola Cao llegó a eso de los 7 u 8 años, el día en que mis padres se fueron de viaje y me quedé en casa de mi tía. Allí no me quedó más remedio que comer de lo que me daban y entre esas cosas estaba un buen desayuno de esos que se tomaba mi prima Sara con Cola Cao. A partir de ahí nacieron unos desayunos diferentes, quitando sólo mis años de Universidad y porque en el comedor no nos pusieron los dichosos sobrecitos, pero llegaron, tarde pero llegaron y yo los usé, claro.

Cajas de 3 y 5 Kg con tantos regalos en su interior cada verano que ya he perdido la cuenta: baticaos, karaokaos, ventiladores, Los Olimpicaos y muchos otros. El Cola Cao con grumos con el que uno se podía tirar tranquilamente 10 minutos meneando con la cuchara, explotando con ella contra el borde de la taza las burbujas de chocolate que asomaban y removiendo hasta que todo se diluía, un tiempo que no siempre había y del que nacieron precisamente la Baticao y el Cola Cao instantáneo. Tenía su cosilla, eso de meter varios litros de leche, echar ingentes cucharadas de cacao, batir, meter al frigo y disfrutar por la tarde de una buena merienda con Cola Cao fresquito.

El instantáneo disolvió por completo al de grumitos con el fin del colegio, mucho más rápido, cuando ya no había tiempo, cuando uno se levantaba casi corriendo para ir al Instituto, en apenas unos segundos verter en la leche y tomar. Y al normal le siguió el de cereales, con la misma rapidez pero más alimento y mejor sabor y en que actualmente estoy.

Pero… se ha colado un Cola Cao muy divertido para el que hay que tener tiempo, un buen sábado o domingo por la mañana, el de pepitas de chocolate. A simple vista las pepitas no se ven, el cacao cae en la leche como si nada, te lo tomas y al final hay sorpresa, un montón de pepitas de chocolate te esperan al terminar de beber, así que cuchara y al asunto, saboreando el chocolate, degustando hasta que no queda más.

Cuando hace años me dedicaba a explotar los grumitos por primera vez, no pensé que desde ese día se convertiría en un alimento en mi vida… y seguro que como en la mía, en la de muchos otros, cada uno con su historia personal.

Lo que parece y lo que es

En mitad de un descampado hay un hombre con ropas desharapadas, fumando y tosiendo, quizá un yonki metiéndose de todo, pienso. Mi madre me enseñó a que tuviera cuidado con la gente que se pincha, con las jeringuillas en el suelo, con los caramelos que te da un desconocido. Pero nadie me enseñó a distinguir entre lo que parece y lo que es, la desconfianza nace de las experiencias.

Un perro salió de entre las hierbas, el hombre, su dueño empezó a jugar con él y tirarle la pelota que le había dejado en el suelo. Al pasar, el perro me siguió gimiendo, le llevé hasta su dueño haciéndole gestos para que me siguiese, pero al darme la vuelta lo encontré de nuevo siguiendo mis pasos, así que lo cogí en brazos y se lo entregué a ese hombre desharapado que fumaba y tosía de vez en cuando.

La Cafetería Prado 16 enciende sus luces

El momento coke se traslada de casa a La Cafetería Prado 16, que tras varios meses por fin abre sus puertas hoy 1 de diciembre de 2011. Aquella idea que nació el mismo día del bautizo de Sofía y que era una invitación a un juego de dedución, se ha hecho realidad. Una planta baja con mesas al fondo, barra, cafetería y una segunda planta con mesas redondas y sillas de madera, decorada con cuadros de flores, zona wi-fi para subirse a tomar un café de forma más pausada mientras escribes en tu iPad o portátil ese libro o lees el e-mail o simplemente charlas con los amigos.

Una descripción física básica del espacio que se me queda corta a nivel emocional. No sabría expresar con palabras lo que he sentido al ver a mi hermana y a mi cuñado codo con codo detrás de esa barra, pero se me ha dibujado una sonrisa de felicidad y no he podido evitar recordar cómo y cuando empezó todo hace ya tantos años. Un cúmulo de momentos que de repente han aflorado sin saber por qué, mientras mis dos sobrinos correteaban de arriba a abajo. Momentos en flash de esos que parecen fotografía: yo sentado en el alféizar de la ventana redonda mientras lo conocía por primera vez sin saber que era él, mi hermana llorando emocionada mientras escuchaba “Bailar pegados” en la verbena de los sábados porque él no estaba, el día en que por primera vez tras aquella puerta sorprendí a mi hermana comiéndose un bocadillo y le dije que estaba embarazada o cuando viví el nacimiento de mi primer sobrino a muchos kilómetros de distancia…

Esta cafetería no es sólo un lugar, en su interior hay muchas historias y yo he sido partícipe de una de ellas. Quizá sea como muchas otras, o no, pero sigue siendo maravillosa.