Mantas de colores que pasan por la ventana

Eran largos recorridos, horas a veces angustiosas, en ocasiones de resignación ante la evidencia de que no quedaba más remedio. Mis viajes a Madrid cada dos semanas y de allí a Cuenca, más de cinco horas en que sucedían pequeñas aventuras, de gente conocida que te acompañaba en el viaje, de gitanas que piropeaban mis ojos, pequeños detalles que hacían cada recorrido diferente.

Pero ellas, las mantas de colores, siempre estaban allí, salpicadas de diferentes tonalidades de colores marrón, amarillo, lila, ocre y, ya de camino a mi segunda ciudad, surcadas de flores que giraban mirando hacia el sol, mustias cuando el verano rondaba ya las puertas. Esas mantas de colores siempre conseguían relajarme, hacían que me olvidase por un momento del largo viaje y que mi mente se ocupara de imaginar por aquellos amplios parajes otro tiempo, otro mundo en que millones de años antes otros seres gigantescos surcaban sus tierras.

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