Un encuentro con Mario

El destino siempre tiene algo preparado cuando menos lo esperas. Las posibilidades de encontrarse en un lugar por el que nunca pasas con un compañero al que hace años que no ves y que no sabes ni dónde estaba ni qué era de su vida, deberían ser de una entre millones.

Podría haberme quedado un minuto más duchándome o haber salido de casa tan sólo un minuto antes y no nos habríamos encontrado nunca hasta quién sabe cuando, pero así es lo inevitable. Mientras me disponía a ir a por una entrega, cerca de un taller de automóviles me encontré con Mario, aquel chaval que estudiaba enfermería y que estaba tres habitaciones más allá de la mía en la Residencia Universitaria, esa cabra loca que no paraba de piropear a las chicas y que revolucionó parte del hogar. Ahora poniendo su propio negocio además de continuar con su trabajo como enfermero y muchas más cosas de las que nos ha dado tiempo a hablar durante casi una hora.

Necesitaría mucho tiempo para definir lo que la estancia en Cuenca cambió en mí, pero caló tan hondo que en cuanto lo he visto, así como cada vez que oigo hablar de alguno de los que allí estuvimos, se me ilumina la cara de alegría, y más al saber que todos conservamos de allí un recuerdo imborrable, un lugar al que nos gustaría volver como si fuera aquello la isla de Perdidos.

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