El polo de hielo de 10 pesetas

Veinte años quizá no sean muchos, o sí, depende de cómo se mire, cuando no era más que un enano y me acercaba a la barra del bar de la piscina, en el lateral derecho, el del asador de pollos, el de la venta a los niños, y pedía mi polo de hielo de coca cola o de fanta o limón desembolsando apenas 10 pesetas, que a partir de un año comenzaron a subir a un ritmo de 5 pesetas al año hasta estancarse en las 45 pesetas. Para ese momento los helados ya pasaron a costar entre las 150 y 250 pesetas, una cifra exagerada y que no me podía permitir con mis 100 pesetillas de sueldo semanal a no ser que mi deseo convencise a quien tenía que hacerlo para poder degustar algo que no fuese de hielo.

Pero bien contento que estaba con un poco de 10 pesetas que me refrescaba y que se convirtió casi en ese punto de reunión de cada tarde después de una dura jornada en la piscina, de juegos y de deporte, justo antes o después de la cena.

Cada año de apertura de piscinas, me acercaba a ver el catálogo de polos que habría y llegó un momento en que esos polos desaparecieron dejando paso al twister y al frigopie y ya nunca volvieron, y se perdieron esos momentos de reunión en la barra lateral antes o después de la cena y se perdió esa magia de un simple polo de hielo a 10 pesetas.

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