Nada es eterno

Todo tiene un principio. Todo tiene un final. A veces vivimos ese inicio con una espectacular pasión y mucha entrega, en otras ocasiones asistimos a ese duelo con el que todo acaba, quizá nunca lo vimos comenzar, quizá nunca lo veremos terminar y otras veces simplemente somos testigos del paso del tiempo sobre algo de lo cual ni hemos visto el inicio ni el fin, meras piezas que entran dentro de un juego que ya ha comenzado.

Y el que comienza algo sabe del dolor que cuesta dejarlo, sabiendo que cuando se entere de su final llegará un cierto sentimiento de pena ahogada.

Y el que termina algo siente una pequeña culpabilidad, a menudo no merecida, de no haber sabido mantener lo que se inició con tanto empeño.

Y el que nunca vio inicio ni fin habrá pasado siendo parte de su historia, pero sin sentirlo suyo.

Y el que vio el principio y el fin, sentirá esa pena ahogada porque todo acaba, la culpabilidad de no haberlo mantenido y el sentir que lo que ha hecho, de alguna forma ha tenido un hueco en la pequeña historia, pero tendrá un sentimiento que nadie más podrá disfrutar, que aquello que ha hecho, ha sido y seguirá siendo suyo siempre.