El lugar donde las bicicletas mueren

En la esquina que ahora doblo todos los días tras salir de casa, pared negra y con acera, se atesoran recuerdos de la infancia que lamentablemente ni tan siquiera conservo en fotografía, sólo en esa cámara llamada memoria.

Esa esquina antes cerrada era un pequeño establo, uno de los varios repartidos en hilera en una calle que antes estaba cerrada, el más pequeño de todos. Bajaba con mis hermanas cada tarde cuando hacía buen tiempo, no recuerdo si tenía llave o candado, sólo sé que ellas abrían la puerta de madera que estaba muy deteriorada y en del pequeño habitáculo sacábamos nuestras bicicletas, una blanca para ellas y la mía una roja a la que enseguida quité las ruedas de guía y a la que enseguida también se le rompió el faro bajando la cuesta de la calle que ahora está a mis espaldas.

Esa pequeña habitación ya no existe, ni la arena donde jugábamos cada tarde, tampoco existen esas bicicletas que tienen su propia historia de aventuras, de robos y pérdidas, de rivalidades. Objetos que forman parte de un mundo que ya no existe.

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