Capacidad de sorpresa

Uno cuando es pequeño no es capaz de apreciar una continuidad en las cosas. Nos limitamos a esa edad a ver las cosas que nos gustan sin preguntarnos cuánto van a durar, nos conformamos con ver cualquier cosa que se tercie porque nos centramos en la repetición de aquello que nos ha gustado, una capacidad similar a la de los bebés, aunque menos pronunciada, que desean que se les haga la misma gracia una y otra vez y parecen no cansarse nunca.

Una capacidad esta que va disminuyendo a medida que vamos creciendo. Si de bebés, el síntoma de repetición es agotador, de niños tiene un cierto límite, mientras que cuando somos adultos, disminuye hasta el punto de que con una sola vez basta para perder toda su esencia. Nos volvemos más selectivos y elegimos la continuidad de aquello que nos aporta algo, desechando a la primera todo lo demás.

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