Mi bote de canicas

Debe estar enterrado en algún armario olvidado bajo toneladas de cosas inservibles. Mi bote de canicas, un bote de Nestquick, ese que de vez en cuando se me caía armando un gran estruendo y un enorme jaleo recopilando todas y cada una de las bolas del suelo, en el que de pequeño abría su tapa de hojalata y observaba con admiración cada una de ellas.

Las había verdes y azules, amarilas de color simple como bolas de billar, otras que en su interior portaban una pequeña estela de color que se difuminaba al girar con el toque del dedo. Las había de diferentes tamaños y algunas eran todo lujo, con brillantina o muy elaboradas. Jugar requería concentración y todos los sentidos, sobre todo era vital apuntar correctamente hacia el lugar exacto.Un juego que me enseñó habilidades y que ofrecía muchas posibilidades. Tardes en la arena o en la alfombra compartiendo un juego universal que parece haberse perdido por siempre en el recuerdo.

 

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