Raquel Sánchez Silva, la gran aventurera

Siempre la había visto de soslayo, zapeando por los canales en alguna mañana al pasar por Cuatro y en diversas colaboraciones. Su presencia en el segundo Pekín Express me disgustó por la marcha de Paula Vázquez. Nunca pensé que este rostro llegaría a convertirse en uno de los que pretendería seguir allá donde fuese, en su ruta por el mundo, en busca de aventuras.

Ver a Raquel Sánchez Silva en la televisión se ha convertido en una fuente de buenas sensaciones. Puede que sea su sonrisa, puede que sea el espíritu aventurero que la impregna, o quizá que transmite hacia la cámara la ilusión y la traspasa y hace que llegue hasta ti, que penetre hondo y ya nunca más se vaya. Su paseo por Pekín Express en la segunda edición fue un entorno de transición, había que acostumbrarse a una nueva imagen para este concurso de aventuras que nos tiene cada temporada en vilo y que de ahora en adelante se queda en manos de alguien que quizá nos sorprenda también a pesar de que su imagen ha quedado tocada por el concurso musical OT. Nunca se sabe. La tercera edición de Pekín Express significó ya la consolidación, aunque poco duraría, dejándonos un sabor amargo.

Su paso a Telecinco para presentar junto a Jorge Javier la edición de Supervivientes 2011 fue algo que nadie esperaba. ¿Qué hacía Raquel en un reality que había perdido el interés año tras año? ¿Por qué confiaba en ese proyecto? La respuesta parece quedar clara ahora, con más de 3 millones y medio de espectadores cada semana, batiendo records en los últimos años del reality que ya parecía sentenciado a su muerte definitiva. Si Raquel confiaba en ese proyecto era por algo y lo hemos descubierto con ella.

Una aventurera de los pies a la cabeza, Raquel ha visitado 30 países, alguno de ellos imaginario (la isla de Perdidos) y ha tenido numerosas experiencias, de las que destacan algunas muy sensitivas como pasar una noche en una Yurta bajo las estrellas en el más absoluto silencio, pasar varias horas en una plaza alejada del mundo, cruzar una sonrisa con completos extraños o sentir la mano de un niño a modo de despedida, sabiendo que jamás volverás a verlo.

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