Cuando Ash conoció a Pikachu

Quince largos años han pasado, cuando parecía que ya pocos personajes podrían colarse de aquella manera, como lo hacían en sus tiempos la Abeja Maya, la foca Seabert, la hormiga Ferdy o los Pitufos, de repente llegó uno de esos dibujos que logró meterse en el bolsillo al público de todas las edades por la ternura que desprendía y porque con tres sílabas decía muchas cosas y a la vez que nos enternecía, conseguía sacarnos una sonrisa.

Cientos de episodios, más de una decena de películas después, revisar de nuevo el primer episodio deja su pequeña estela de emotividad. Comprobar cómo se conocieron Ash y Pikachu y cómo en pocos minutos lograron cautivarnos pasando de enemigos a amigos para toda una vida de aventuras que estaba por llegar. Y no sólo en la serie.

A lo largo de todos estos años los Pokemon se han colado en nuestras vidas, a través de los videojuegos para los más pequeños y no tan pequeños, los hemos tenido presentes en algún rincón de la casa, durante mis años de estudios universitarios recuerdo a ese chico del hogar 2 cuya pasión eran estos seres ficticios. Conseguía dibujarlos como nadie, haciendo posters, disfrazándose del propio Ash en los carnavales, jugando con él a la consola, descubriendo sus cuadros y esculturas en la sala de bellas artes reflejándolos con detalle, hasta una revista anual de la residencia contó con su presencia y una entrevista.

Pocos personajes han conseguido una repercusión social tan grande a nivel mundial en los últimos años, sobre todo en un país como el nuestro, donde la programación infantil ha sido relegada a un tercer o cuarto plano, sin término medio, pululando entre tempranas horas de la mañana y ahora impulsada en cierta forma gracias a los canales temáticos en la TDT que permiten a los niños adueñarse de vez en cuando del mando a distancia.

Qué pocos serán los que no han pronunciado alguna vez en su vida aquellas tres famosas sílabas que tanta gracia nos hacían pika-pika-pikachu.