De puentes colgantes

Los veía en las películas de Indiana Jones, siempre eran el escenario de pequeñas luchas y casi siempre acababan cortados por la mitad, con los malos al otro lado o cayendo hacia las profundidades y los buenos intentando salvar su propia vida y la de los demás aferrados a duras penas e intentando salir a la superficie.

El Puente de San Pablo en Cuenca siempre ha sido una fuente de ilusión y fobias. Cuando era pequeño lo cruzaba sin problemas, incluso me atrevía a frenarme en seco en mitad del mismo para mirar hacia abajo, a las rocas que lo miran desde el fondo. Sin embargo mi regreso a la ciudad trajo consigo un miedo a las alturas, no a las alturas en sí, sino a la sensación de desprotección en sitios altos.  Esa sensación de inestabilidad, de que todo se pueda desmoronar de un momento a otro ha ido creciendo sin sentido y hoy día soy incapaz de poner un sólo pie no sólo en este puente, sino en cualquier otro, sin que se me corte la respiración y me tiemblen las piernas.