Un techo bajo el que cobijarse

Cuando un animal llega por primera vez a un nuevo lugar, es curioso observarle. A diferencia de lo que ocurriría con un ser humano, no es consciente de que lo estás mirando e investigando en cierta forma, lo que hace que todo sea mucho más real y espontáneo.

Todos terminan haciendo lo mismo, aunque depende del carácter de cada uno. Olisquean la estancia y recorren el espacio que se les ofrece y cuando han dado varias vueltas finalmente eligen, casi siempre, un lugar donde cobijarse, donde el único frente que tengan que vigilar sea el que se encuentra delante de sus ojos, como si por instinto creyesen que están en un lugar hostil.

Una silla, un rincón, el bajo de una cama, cualquier lugar que les sirva para tener autoestima y confianza, para no sentir que el peligro pueda acercarse por cualquier flanco.