La profundidad de un corte

Siempre me encontraba las patatas ya peladas y cortadas, en la mesa tras la comida miraba atento a mi padre mientras cortaba con el cuchillo la cáscara de una naranja o una manzana con la piel entera y con una sonrisa me la enseñaba, para hacerme sentir partícipe del orgullo de su proeza.

Mis primeros intentos fueron en vano, apenas lograba cortar un trozo y en lugar de piel me llevaba piel y fruta. No recuerdo el momento exacto, quizá lo hubo pero la cotidaneidad ha borrado su rastro. Quizá con el tiempo cuando uno crece, va aprendiendo el sentido y la profundidad de los cortes, de los propios y de los que nos ocasionan los ajenos, para que duelan en su justa medida, aunque de vez en cuando algo se nos escape de las manos.