El lugar de aquellos juegos

Cada vez hay menos espacio. En las ciudades se aprovecha cada mínimo espacio de tierra para edificar, para construir carreteras. Los parques están enlatados, contenidos entre vallas, acondicionados con una estúpida alfombra que pretende sustituir la tierra, para que no se manchen, para que lleguen a casa limpios.

Pero dónde queda entonces el lugar de aquellos juegos, donde los parques no existían, donde las carreteras quedaban a decenas de metros, donde más allá de las vías del tren se abría un campo infinito a la imaginación donde jugar manchándose las manos de tierra levantando castillos y dibujando marcas en el suelo para delimitar el espacio, donde el terreno era libre para corretear, para jugar, para descubrir misterios entre los objetos abandonados como si esa fuera nuestra particular aventura de esa tarde a la caída del sol.

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