Una guerra tras otra

Para tapar la claridad siempre hay tiempo. Para irrumpir con estruendo y llevárselo todo al paso sin importar cuántos, dónde, cómo, ni cuando.

La dura pena carga por dentro. Arrasa, destruye, intimida. Ciego de dolor, de angustia, pena y sufrimiento.

Cuando la claridad ya ha sido enturbiada y el rastro de la guerra siembra el suelo, no queda sino un alma en pena distante, sentado, agarrando fuerte con sus brazos las rodillas, llorando, pensando, divagando. Sabe el mal que ha provocado, pero no se lamenta por los daños, se lamenta porque cuando salga la luz de un nuevo día que destape las heridas, el cielo volverá a ponerse de nuevo.

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