Ana la de Tejas Verdes, el comienzo de una historia imperecedera

Cuando llegó a Bright River no había signo de tren alguno; pensó que era demasiado temprano, de manera que ató el caballo en el patio del pequeño hotel del lugar y fue a la estación. El largo andén habría estado desierto, a no ser por una niña sentada sobre un montón de vigas en el extremo más lejano.

Matthew, notando apenas que era una niña, cruzó frente a ella tan rápido como pudo, sin mirarla. De haberlo hecho, no hubiera podido dejar de percibir la tensa rigidez y ansiedad de su actitud y expresión. Estaba allí sentada, esperando algo o a alguien y, ya que sentarse y esperar era lo único que podía hacer, se había puesto a hacerlo con todos sus sentidos. […]

– No estoy esperando a una niña – dijo Matthew inexpresivamente-. He venido por un muchacho. Debía estar aquí. La señora de Alexander Spencer debía traérmelo de Nueva Escocia.

El jefe de estación lanzó un silbido.

– Sospecho que hay algún error – dijo-.[…]

La muchacha le había estado observando desde que se cruzara con ella y le miraba ahora fijamente.[…]

– Supongo que usted es Matthew Cobert, de Tejas Verdes – dijo con voz dulce y extrañamente clara -. Me alegro de verle. estaba empezando a temer que no viniera a por mí e imaginando el motivo. Había decidido que si usted no venía a buscarme esta noche, iría por el camino hasta aquel cerezo silvestre y me subiría a él para pasar la noche. No tendría ni pizca de miedo y sería hermoso dormir en un cerezo silvestre lleno de capullos blancos a la luz de la luna, ¿no le parece? Uno podría imaginarse que pasea por salones de mármol, ¿no es cierto? Y estaba segura que si no lo hacía esta noche, usted vendría a buscarme por la mañana.