Odio ver cómo te marchas, pero sonrío al mirar cómo te vas

Las despedidas siempre dejan un sabor agridulce, un desahogo incontrolable donde se mezclan bonitos recuerdos que nos hacen sonreir de placer y a la vez la desazón de saber que esos momentos serán lo único que queden porque no habrá más hasta que el destino quiera.

Y cuando ambos sentimientos se cruzan, nace un nudo en la garganta.

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