Verano día 2 – Primer encuentro con Sofía

El despertador sonaba como cada mañana… qué narices, no hizo falta despertador que sonase como cada mañana. Normalmente a uno le despiertan la luz entrando por la ventana, el sonido de una moto, el teléfono, cosas normales. ¿Alguna vez os ha despertado el sonido de un paraguas cayendo al suelo? Pues así he despertado yo esta mañana.

No deja de resultar curioso. Antes de nacer Sofía el pasado sábado 3 de julio, esa misma madrugada, mientras yo estaba camino del trabajo, lo hacía bajo una noche de cielo tormentoso y lluvia incesante paraguas en mano esperando que no me cayese un rayo. Sobre las 11 de la mañana comenzó a salir el sol, curiosamente la hora a la que ella nació.

Pero el paraguas simbólico de aquella situación no cayó solo, fue Noddy, el nuevo inquilino, quien lo tiró. Al despertarme miré al suelo y allí estaba el enano, mirándome fijamente. Bastó con hacer un gesto al desperezarme para que intentase saltar encima de la cama (aunque no llega todavía). Parecía ser que el paseo de ayer le gustó mucho y quería repetir enseguida. Segunda escapada a la ciudad en la que le hice prácticamente el mismo recorrido aunque variando algunos tramos para que conociese muchos más sitios, esta vez con parada en el parque subiéndose al banco mientras a las 7 de la mañana sonaba el sonido de los buhos, ese que hace que a los perros se les agudicen los sentidos de una forma muy graciosa. Después del paseo (ya apenas se paraba), de vuelta a casa y primera vez que se queda solo.

Viaje a Fuenlabrada a las 10:30, camino de ver a Sofía por primera vez. Algo más de una hora, un hospital desconocido por mí, gigantesco, parece la terminal de un aeropuerto, nada más entrar un simpático vendedor de cupones de la Cruz Roja nos saca una sonrisa, se agradece, más cuando por los pasillos ves pasear a gente con cáncer que necesita que le alegren el día, y lo consiguen con creces. Planta nº3, parada de ascensor, pediatría y ya estamos dentro. Justo llegamos a la habitación cuando hay enfermeras dentro. Impaciencia por verla ya. Dice mi hermana que es enfermera, que después ellas incluso podrían ser las peores pacientes.

Pocos minutos después ya se puede pasar. Allí está Sofía. En foto parecía ya regordeta y bien formada, pero en realidad ha perdido un poco de peso y da sensación de fragilidad. Es guapa, muy guapa, y no descubriría sus hoyuelos, esos que le vienen de herencia de mi hermana, hasta haberme ido, cuando la dejamos soñando en su camita con pequeños espasmos faciales que los revelan en una simulada sonrisa. Es la primera vez que la veo sonreir y he sido el primero en verlo. Le digo a mi hermana que tiene los hoyuelos que ella tenía de pequeña también, desde la cama no puede verlo ahora. El viaje de vuelta rememorando se hace más corto, tanto como un suspiro.

Al llegar a casa Noddy ha destrozado medio periódico que tenía bajo el cazo de la comida y ya de paso, como ve tanta televisión, se ha hecho fan de Scottex y ha tirado del rollo de papel higiénico que está roto en pedazos por toda la casa. Mientras lo recojo no para de morderme los talones cuando ando, haciendo que me parta de la risa.

Desde luego, si la felicidad tiene un nombre bien podría condensarse una parte de ella en estos dos días. Los nuevos encuentros con seres bajitos siempre llevan una sonrisa marcada a fuego.

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