Noddy explorador

Lo primero que hizo Noddy al llegar a casa fue explorar todo el entorno, olisqueando cada cosa que encontraba, típico de unn perro. Una vez que lo hubo investigado todo, o al menos lo que estaba a su alcance, volvió a acomodarse en su toalla improvisada pero permaneció atento a todos los movimientos a su alrededor.

El día de la música

¿Cómo empecé a sentir la música? La respuesta es tan complicada como un margen de 20 años en mi vida.

A la edad de 4 años mi infancia en los ratos de ocio se basaba principalmente en escapadas al campo, a la sierra, y en ocasiones esporádicas a diferentes pueblos, siguiendo de vez en cuando la estela de mi tío, que es cantante y con el que curiosamente no he intercambiado más que una palmadita en la espalda y una sonrisa en toda mi vida y ahora no sé qué es de él, la dura vida de gira de un cantante. A esa edad descubrí Pimpinela y junto a mi hermana mayor no dejábamos de interpretar cada fin de semana sus canciones, con las cintas de casete en el reproductor y un cuaderno donde anotábamos las letras con letra de caligrafía aprendida en el colegio, en ese proceso previo antes de interpretar que era toda una tradición.

La canción que más nos gustaba, porque nuestras voces encajaban perfectamente era una que a la vez nos definía, “Hermanos”. Esta canción me trae recuerdos maravillosos y cuando la escucho o pienso en ella enseguida vienen a mi mente un niño y una niña en el salón de casa, con una escoba en la mano a modo de pie de micro, la cinta en la cadena de música a todo volúmen y mirándose mientras cantában en las partes de la canción que lo requerían.

A partir de ahí, hay un gran salto en el tiempo de varios años hasta que volví a redescubrir la música con otro grupo y, a pesar de ellos, ni ese grupo ni Pimpinela me hicieron sentir la música más allá de una simple interpretación que disfrutaba sin embargo, simplemente fueron como una especie de guías, conductores que me encaminarían muchos años después a descubrir realmente lo que era la música, a vivir con ella, a llorar, a sentir la euforia en toda su plenitud y ese momento llegó en 1996, a mis 18 años, con Ella Baila Sola. Y eso es otra historia que ya está escrita.

Los pájaros en mi vida

Los pájaros han sido el único tipo de mascota que me ha acompañado de pequeño. Mi abuelo ya los criaba, aquellas pequeñas bolitas de color rosáceo que parecían cubiertas de pellejo tan frágil, a las pocas semanas se llenaban de pelo y echaban a revolotear tanto fuera como dentro de sus jaulas, una cualidad que siempre admiré en mi “yao”, siempre volvían a su criador.

Mi padre continuó el cuidado de los pájaros cogiendo prestados algunos de mi abuelo pero sin dedicarse a su crianza. Pasaron muchos y de ellos sólo conservo por desgracia, y porque yo me cargué esa tradición con un perro, sus muertes. Recuerdo al primero que se lo comió otro pájaro más grande arrancándole la cabeza mientras tiraba de la jaula, otro amaneció tieso en el fondo de la suya respectiva y el último que recuerdo tuve que enterrarle en compañía de Yoko para que él viese dónde estaba en todo momento, pero esta es una historia que ya contaré, tierna y curiosa, que viene a reflejar la inteligencia emocional animal en algún aspecto parecida a la de los humanos.

Sofía, espera un poco más

Cinco semanas, eso es lo que le restaba a Sofía para venir al mundo, pero… ha decidido que quiere venir antes 😛

¿Cuándo y cómo nacerá? Lo más probable dadas las circustancias es que sea por cesárea y que en pocos días pueda ver la cara de mi primera sobrina chica y la cara de mis otros dos sobrinos chicos a su lado. La familia sigue creciendo, muy pronto.

No worries

Cuando me paro a pensar en aquellos momentos que hacen que me olvide de todos los problemas que me rodean, siempre vienen dos de ellos cogidos de la mano, contrarios y diferentes pero igual de eficientes para olvidar las preocupaciones.

Es un misterio la tranquilidad que ofrece el mirar a la playa, sentarse en la arena, obervar el horizonte interminable y dejar no sólo la mirada perdida, sino dejar viajar la imaginación hasta los confines más allá de lo físico. Todo se olvida allí. Musa de inspiradores relatos y poesías que nacen de lo más profundo de uno mismo.

Nada mejor que estar demasiado ocupado pensando en otras cosas, el mejor remedio para no pensar, algo totalmente distinto a la reflexión que ofrece la playa pero que te sumerge en un estado efusivo en el que el juego y las risas contagiosas son fundamentales para darse cuenta de que la felicidad lo puede todo y no es un estado normal.

Marise y Richi

Es curioso el paso del tiempo, de repente una simple fotografía te trae tantos recuerdos a la mente, tantos olores y sensaciones, que a uno se le hace un nudo en la garganta de felicidad indescriptible por todo lo vivido.

Marise y Ricardo dentro de poco serán marido y mujer. A él aún no tengo el gusto de conocerle excepto en fotos y Marise es tan especial que se merece lo mejor en esta vida, entró en mi vida un mes de febrero de exámenes locos. A veces me pregunto qué hubiera sido de nuestras vidas si no hubiésemos coincidido en ese tiempo, en aquel lugar, si en lugar de haber ido a estudiar al Hogar 3 lo hubiésemos hecho en otro distinto, ignorando así todo lo que se creó después. Aquella sala de estudios que parecía más bien un siquiátrico por las neuronas que ya nos faltaban, fue el escenario donde reimos, disfrutamos y comenzamos a sentir que todos los que allí estábamos comenzábamos a estar unidos de alguna forma.

Esta fotografía en la bajada de la plaza, me trae también recuerdos muy especiales. Precisamente en ese mismo lugar que ellos posan, me sentaba yo de espaldas en el borde de piedra donde están las bolsas colocadas, en una noche de lluvia, truenos y relámpagos, frente al cual hay un garito, una pequeña nave donde Juanma tocaba con su grupo y que en un par de ocasiones nos invitó a presenciar en una de esas tantas noches de aquel verano inolvidable en el que cada noche era diferente y particular.

En terrenos olvidados

Cuando la tierra era más abundante que el terrible asfalto que se cierne sobre esas calles que ya no escuchan gritar de diversión a los niños, esta escena era más común. Objetos en terrenos olvidados, terrenos y objetos, con los que uno se topa muy de vez en cuando sin prestar la menor atención pero que, de camino a la rutina, se llegan a convertir en compañeros de viaje que si de repente un día desaparecen, por mucho que no sirvan de nada, por mucho que nos preguntemos de dónde vendrían, quién los habrá perdido o cuál sería su historia, terminamos echando de menos.