Poético final a 10 años de historia: Gran Hermano

No existía una forma mejor de poner fin a 10 años de historia, antes de comenzar el duro camino que le queda al concurso por delante llevando a cuestas los peores registros de su historia con este GH: El Reencuentro.

Tras casi dos meses de convivencia que dieron comienzo un buen día en que se nos invitó a soñar con aquello que más deseábamos, volver a ver a los exconcursantes de Gran Hermano y disfrutar de su estancia en la casa de nuevo reviviendo todos los buenos y malos momentos del pasado, el reencuentro que comenzó como un sueño propiamente dicho, hace unas semanas que acabó siendo la peor de las pesadillas para cualquiera de sus más fieles seguidores que jamás se ha perdido una sola semana el concurso desde el mítico 23 de abril de 2000, entre los que me encuentro.

Una forma diferente de votación en que el público no sentenciaba, sino que ponía a disposición, cambiando las tornas habituales del programa, reglas poco definidas que iban cambiando según al programa le interesaban como las continuas expulsiones a las que ya estamos habituados y que tanta polémica levantan (tanto como levantan audiencia), el mantener a Indhira tras haber expulsado a Arturo después de haber dejado claro que si uno salía, el otro compañero iba detrás de él a la calle, regla que tuvieron que mantener posteriormente tras otra expulsión y el abandono voluntario de Maria José Galera para no desentonar.

Quizá la regla vulnerada más grave residía en el hecho de que cada semana variaba el número de concursantes salvados por la audiencia, sin comunicación previa, hecho que de haberse llevado a rajatabla, hubiese supuesto la eliminación de Nico y Ainhoa hace ya varias semanas.

El tremendo partidismo de Mercedes Milá hacia ciertos concursantes que son repudiados por la mayoría del público, así como una sensación de sectarismo entre ella, ese ser animal que tiene un blog en la web de la cadena y uno de los ganadores, siempre defendiendo a los mismos personajes como si sus opiniones fuesen la verdad todopoderosa, no han ayudado mucho.

Sea como sea, la gala del 23 de marzo, a falta de un mes para cumplir su décimo aniversario, y a pesar de haber alcanzado su peor registro histórico desde que todo comenzó, logró sacarme del aburrimiento y la pesadilla en que se había convertido este GH: El Reencuentro, regalándome una de las mejores galas que he podido presenciar en su historia, al menos a título personal tras haber visto todas y cada una de las ediciones con todo el mimo posible.

No hicieron falta cábalas, ni cálculos, ni artimañas posibles, llegó tal cual, por obra de un destino hilado en conjunto por una audiencia y unos concursantes que más que nunca parecieron entrar en simbiosis para regalarnos el gran momento que estaba por llegar y que si uno echa la vista atrás, se ha venido hilando segundo a segundo para poner el punto y final a 10 años de historias. Tras 11 ediciones, decenas de concursantes y expulsiones y cientos de días de convivencia, allí quedaron Silvia y Pepe, al margen de sus parejas, una de las cuales Jorge ya tuvo su momento con maria José y otra, Raquel que sigue siendo ese mueble aparcado en una esquina de la casa, dirimiendo acerca de la cuestión que ha sumido a este concurso en lo que hoy es, un CONCURO y una CONVIVENCIA, dos símbolos opuestos que reflejan lo que Gran Hermano ha supuesto para los que andan divididos entre la razón y el corazón.

El momento del encuentro entre Silvia y Pepe

Silvia representa el corazón. Una concursante que puso la coherencia y el saber estar en cada momento, con educación, respeto y mucha razón. Víctima de un pacto de sus excompañeros de concurso por el simple hecho de proteger a otra de las concursantes, Ania, que en parte gracias a ella llegó a la final de su edición, decidió abandonar el programa por amor y por orgullo en una de las expulsiones más dolorosas y traumáticas para los seguidores que veíamos en ella a la auténtica ganadora, por ser sincera, directa y por tenerlos bien colocados, sin pensar en el premio final, convivió fuera largo tiempo con su pareja Israel con el que tuvo esa pequeña criatura, la primera de la generación Gran Hermano.

El primer Gran Hermano era un amasijo de buenas intenciones, con sus mejores y peores momentos. Siguieron otras cinco ediciones más en las que el público siguió premiando la convivencia por encima de todas las cosas, con registros de audiencia millonarios, hasta que un buen día Roberto Ontiveros decidió poner fin a su andadura en el programa que le había dado la fama confiando plenamente para GH 7 en el personaje que, para muchos, rompería el molde de Gran Hermano como hasta ahora lo conocíamos, Pepe Herrero.

Como Pepe dijo en sus propias palabras hace unos días en El Reencuentro “es que yo pongo la razón donde vosotros ponéis el corazón“. Pepe podría definirse con pocas palabras como el perfecto vendedor de enciclopedias, la persona que te dice lo que quieres escuchar en el momento oportuno, a pesar de que en su interior no las sienta, el que te sonríe mientras su sonrisa oculta otras intenciones, el que encandila a una mayoría por su comportamiento, su saber estar y su educación. Nunca llegará a disfrutar una de las más atractivas facetas del concurso por muchas oportunidades que se le otorguen, al igual que otros muchos jamás podrán disfrutar del hecho de abstraerse de la convivencia como él y centrarse única y exclusivamente en la parte de concurso, aunque siendo sinceros, ¿cuántos de los que vemos Gran Hermano nos acordamos del premio final cada día que un concursante nos hace sonreir con sus gracias, llorar con sus lágrimas o cabrearnos con sus actuaciones? A pesar de todo Pepe se impuso hasta hoy día como el ganador con mayor porcentaje de votos de la historia del concurso, conquistando, con sus cualidades antes mencionadas, a la mayor parte de la audiencia.

Desde entonces, y al margen de lo que la fama creó, Pepe creó una escuela de sucesores que intentaron imitar su juego sin éxito año tras año, mientras que otros se centraban en convivir como Silvia, al estilo primer Gran Hermano. Dos formas de disfrutar, dos fromas de ver el concurso, ambas criticadas, apreciadas, odiadas, incomprendidas.

El antagonisto entre Silvia y Pepe viene a ser la eterna lucha entre el bien y el mal, como dije antes, la eterna odisea entre el corazón y la razón. Parecía obra del destino que nos quería regalar a estos dos personajes exponentes de las dos filosofías de Gran Hermano, allí, en la casa que celebra esos 10 años, discutiendo en ese momento ya histórico en que ella le hizo frente poniendo toda la carne en el asador y arriesgando todo lo que tenía, entre lo que está bien o lo que está mal. Una Silvia que imponía la regla de la convivencia sana y divertida, frente a un Pepe que, por primera vez abucheado tras su decisión de salvar a dos personajes odiados por el público, trataba de defender, contra la rival quizá más fuerte que encontrará jamás, su decisión de sobreponer el juego ante todo. Teniendo en cuenta que a Pepe siempre se le ha premiado por jugar bien, ahora esos mismos seguidores deben decidir si le conceden el beneficio de la duda al cometer semejante fallo final de principiante y más sabiendo que es el público el que decide al ganador.

Es algo casi mágico que este aniversario mítico vaya a terminar de esta forma tan apoteósica, a la vez que cruel y fascinante para los fieles seguidores, porque esa audiencia que vota tiene en su mano decidir hacia dónde inclina la balanza, si hacia esos concursantes que han regalado su vida durante 10, 50 o 100 días, conviviendo y dándo lo máximo de sí mismos, o si prefieren que la estrategia y el juego con las personas sean lo que debe predominar en este programa que se ha definido siempre como “concurso de convivencia”. Sólo ahora una de esas palabras puede ser cierta, o concurso o convivencia, parafraseando un dicho muy famoso hace una década, “sólo puede quedar una“.

Lo maravilloso es que, ni en nuestros mejores sueños, podríamos haber llegado a imaginar hace diez años que semejante metáfora iba a tener lugar en Gran Hermano. Al fin y al cabo es lo que tiene este concurso, son tantas las emociones y anécdotas que arrastra a sus espaldas en el tiempo, que es capaz de construirse solo y convertirse en pura y deliciosa literatura.